El número, de Thomas Ott

Por Martín Cristal

La cifra de la locura

El-Numero-Thomas-Ott-Edicion-argentina“Un rostro, una palabra, una brújula, un aviso de cigarrillos, podrían enloquecer a una persona, si ésta no lograra olvidarlos”. Así dice el narrador borgeano del cuento “Deutsches Requiem”; esa frase prefigura y resume la idea argumental de otro famoso cuento de Borges, “El Zahir”. Pero, ¿y si ese objeto arbitrario que obsesiona y enloquece, en lugar de ser una moneda o un astrolabio persa, fuera simplemente un número? En tal caso desembocaremos en deschavetados como el Jim Carrey de El número 23, la película de Joel Schumacher, o el matemático maníaco de Pi, el orden del caos, la ópera prima de Darren Aronofsky. O, en la misma línea, en el protagonista de El número 73304-23-4153-6-96-8, o sólo El número, como también se conoce a esta historieta de Thomas Ott (Zurich, 1966), publicada originalmente en 2008 y ahora con flamante edición argentina.

En el arranque de la historia, un condenado a muerte es llevado a la silla eléctrica. Su ejecutor encuentra un papelito en la mano del cadáver: tiene escrita la secuencia numérica 73304-23-4153-6-96-8. Pronto una serie de coincidencias llevan a que el ejecutor se vaya convenciendo de que esos números se anticipan a la realidad… y, por ende, de que esas coincidencias no son meras casualidades, sino que vaticinan porvenires a corto plazo.

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Ott pone en marcha un relato determinista, que transita por los temas de la predestinación y el desbarrancamiento en la locura. Lo hace con el estilo que lo ha caracterizado desde los cuentos breves de Tales of Error (1989) o Greetings from Hellville (1995), pasando por obras un poco más complejas estructuralmente, como Cinema Panopticum (2005). Los rasgos más evidentes de ese estilo son tres:

Primero, la poca cantidad de cuadros por página: entre uno y cuatro, no más. Segundo, y mucho más determinante, el escaso o nulo uso de la palabra: en las historietas del suizo, los globitos de diálogo brillan por su ausencia (sólo unas pocas historias suyas se permiten viñetas con un epígrafe —un caption— que colabore en la narración). En El número, no hay epígrafes; si figuran caracteres es sólo porque forman parte del dibujo, como por ejemplo los titulares de un diario o el número que identifica a una casa. No hay diálogos ni onomatopeyas: nada de cracks ni booms ni bangs. (Cabe señalar que, aunque no tenga palabras, igual decimos que leemos una historieta. La historieta en sí es el lenguaje).

Dejo en tercer lugar el aspecto más importante del estilo de Ott. Es la expresividad de su dibujo, que en buena parte deviene de la técnica utilizada: el esgrafiado, o carte à gratter (“tarjeta de raspar”). Es aquel ejercicio que muchos descubrimos en el aula de plástica, durante la primaria: nos hacían tapar una hoja entera con tinta china, y luego dibujábamos con la punta de un compás, quitando la tinta (a veces, antes de entintar la hoja, la pintábamos con crayones de colores, para que al pasar el punzón más tarde no reapareciera la luz del papel sino la sorpresa multicolor del crayón). Ott no oscurece la blancura del papel con los trazos de un lápiz. Opera al revés: Ott libera la luz de la oscuridad, para así tramar degradés, establecer fronteras con contraluces y desarrollar atmósferas hechas de esquirlas luminosas en combate permanente con las sombras.

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El número, como otras historietas de Thomas Ott, parece una vieja película de cine mudo. Su aire de film noir kafkiano depende un poco de ese mood que Ott consigue con la iluminación (esa luz que, por ejemplo, viene a pintar los rostros desde abajo). El número —y Ott en general— tiende al relato circular y a la sorpresa argumental. Por más que desde la contratapa nos digan que ésta es “su primera novela gráfica”, lo cierto es que su estructura narrativa está más cerca del cuento que de la novela. Digamos en todo caso que El número es más extensa que otras historias del suizo, en las que siempre hay humor negro, un coqueteo constante con la muerte, desesperación de solitarios, reveses para los ambiciosos y la construcción lenta pero segura de un clima cargado de presagios y terrores.

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El número 73304-23-4153-6-96-8, de Thomas Ott. Historieta. Loco Rabia-2D Ediciones, 2014 [2008]. 140 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X“, La Voz (Córdoba, 4 de diciembre de 2014).

Vida de Pi, de Yann Martel

Por Martín Cristal

El tigre y el mar

El centro es un bote y la circunferencia, el horizonte. El radio es la mirada del que espera ser rescatado. ¿Qué más hace falta para calcular la vasta superficie de historias posibles que flotan en el Océano Pacífico? Sólo un náufrago llamado Pi.

Piscine Molitor Patel —o Pi a secas— es hijo del encargado del zoológico de Pondicherry, India. El joven se educa en la costumbre de observar atentamente el comportamiento de los animales. El aprendizaje que destila de ese estudio a veces es un alimento espiritual que Pi también busca en fuentes más obvias, como la religión. Pero, ¿en cuál religión? ¿El Hinduismo, el Cristianismo, el Islam? ¿Cómo elegir entre todos esos relatos que compiten para darle forma al origen, el presente y el final de nuestro universo?

Ésta es una de las preocupaciones existenciales del personaje central de Vida de Pi, la tierna e imaginativa novela del autor canadiense Yann Martel (1963), por la cual éste obtuvo el prestigioso Premio Booker en 2002. En la Argentina pasó algo desapercibida, quizás porque el libro era importado y en esa época postcrisis el bolsillo no daba para lujos así.

Martel narra sin apurarse. Primero se presenta a sí mismo como autor-entrevistador; sólo después pasa al relato, que pone en boca del propio Pi. En esta parte, deja que su narrador se explaye sobre su vida en Pondicherry; quiere que conozcamos muy bien a Pi antes de arribar al detonador de la novela, ese hecho que no pueden callar ni las contratapas, ni las ilustraciones de tapa, ni las colillas cinematográficas ni tampoco esta reseña. Y es que, en busca de una vida mejor, la familia de Pi decide trasladarse a Canadá con animales y todo, para venderlos. Pero el buque en que viajan naufraga. Sólo Pi se salva, en un bote al que también suben algunos animales. Entre ellos, un tigre de Bengala adulto.

O sea que hay un bote y el mar (hay Hemingway), hay un chico indio y un tigre (hay Kipling), hay un fugaz islote con plantas extrañísimas (hay Swift), hay el relato de un náufrago (García Márquez, sí, pero mucho más divertido). ¿Cómo sobrevivió Pi durante 227 días? [*]. Su historia es, literalmente, increíble. ¿Qué relato elegimos creer cuando la fe y la razón están reñidas en el entendimiento? Martel propone la belleza de la ficción narrativa como un factor desequilibrante, capaz de dirimir esa clase de empates.

Vale la pena explorar los estantes reales y virtuales para ver si aparece un ejemplar de esta hermosa novela. Si no, habrá que esperar hasta noviembre, cuando el estreno de la adaptación cinematográfica —dirigida por Ang Lee— la vuelva a poner a flote en el océano de las librerías.

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Vida de Pi, de Yann Martel. Novela. Destino, 2003. 336 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 6 de septiembre de 2012).

[*] 227 días: 22 / 7 = 3.142857… Bastante cerca de Pi, ¿no?