A qué edad escribieron sus obras clave los grandes novelistas

Por Martín Cristal

“…Hallándose [Julio César] desocupado en España, leía un escrito sobre las cosas de Alejandro [Magno], y se quedó pensativo largo rato, llegando a derramar lágrimas; y como se admirasen los amigos de lo que podría ser, les dijo: ‘Pues ¿no os parece digno de pesar el que Alejandro de esta edad reinase ya sobre tantos pueblos, y que yo no haya hecho todavía nada digno de memoria?’”.

PLUTARCO,
Vidas paralelas

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Me pareció interesante indagar a qué edad escribieron sus obras clave algunos novelistas de renombre. Entre la curiosidad, el asombro y la autoflagelación comparativa, terminé haciendo un relevamiento de 130 obras.

Mi selección es, por supuesto, arbitraria. Son novelas que me gustaron o me interesaron (en el caso de haberlas leído) o que —por distintos motivos y referencias, a veces algo inasibles— las considero importantes (aunque no las haya leído todavía).

En todo caso, las he seleccionado por su relevancia percibida, por entender que son títulos ineludibles en la historia del género novelístico. Ayudé la memoria con algunos listados disponibles en la web (de escritores y escritoras universales; del siglo XX; de premios Nobel; selecciones hechas por revistas y periódicos, encuestas a escritores, desatinos de Harold Bloom, etcétera). No hace falta decir que faltan cientos de obras y autores que podrían estar.

A veces se trata de la novela con la que debutó un autor, o la que abre/cierra un proyecto importante (trilogías, tetralogías, series, etc.); a veces es su obra más conocida; a veces, la que se considera su obra maestra; a veces, todo en uno. En algunos casos puse más de una obra por autor. Hay obras apreciadas por los eruditos y también obras populares. Clásicas y contemporáneas.

No he considerado la fecha de nacimiento exacta de cada autor, ni tampoco el día/mes exacto de publicación (hubiera demorado siglos en averiguarlos todos). La cuenta que hice se simplifica así:

[Año publicación] – [año nacimiento] = Edad aprox. al publicar (±1 año)

Por supuesto, hay que tener en cuenta que la fecha de publicación indica sólo la culminación del proceso general de escritura; ese proceso puede haberse iniciado muchos años antes de su publicación, cosa que vuelve aún más sorprendentes ciertas edades tempranas. Otro aspecto que me llama la atención al terminar el gráfico es lo diverso de la curiosidad humana, y cuán evidente se vuelve la influencia de la época en el trabajo creativo.

Recomiendo ampliar el gráfico para verlo mejor.

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Ver más infografías literarias en El pez volador.
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Lenta biografía literaria (5/6)

Por Martín Cristal
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Continúo la serie de posts donde, a modo de “biografía literaria”, comparto una versión extendida del texto con el que colaboré en el Nº 10 de los Cuadernos de la Biblioteca Córdoba, acerca de las obras que fueron puntos de inflexión en mi derrotero de lector-escritor.
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[Leer la parte 1 | Leer la parte 2 | Leer la parte 3 | Leer la parte 4]
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Cae la noche tropical, de Manuel Puig

Manuel-Puig-Cae-la-noche-tropical29 años | Leer para aprender cómo se hacen diálogos perfectos. ¿Cómo consigue Puig que los personajes sean tan vívidos sin acotaciones del narrador? Con lenguaje allanado a conciencia para ser coloquial y, al mismo tiempo, comprensible, con la información dispuesta para que sea tan natural para ellos (en lo que hace a los sobreentendidos que manejan) como interesante para el lector (develándole de a poco las relaciones interpersonales, los conflictos, el argumento). Es teatro pero sin un director; en otras palabras: es la vida.

Por esa trabajada sencillez, hay quien piensa que la profundidad en la obra de Puig es escasa (el señorón de Mario Vargas Llosa es un caso célebre). Por el contrario, yo creo que tiene gran hondura, pero no intelectual, sino emocional, o incluso sentimental. Sus personajes —que también viven en el extranjero, como lo hizo Puig, y como yo cuando la leí— me calaron hondo como si hubieran sido personas de carne y hueso a las que hubiera conocido.
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Cuentos completos, de Isidoro Blaisten

Isidoro-Blaisten-Cuentos-completos32 años | Blaisten demuestra que la división entre “lo popular” y “lo culto” no tiene mucho sentido, y que en todo caso no tienen por qué ser compartimentos estancos (en mis textos trato de practicar ese intercambio de referencias, claro que sin abusar). Su humor tampoco se resiente por el feliz hallazgo de formas sofisticadas para dar cauce a relatos magistrales como “Violín de fango”, “El tío Facundo”, “Mishiadura en Aries”, “Dublín al Sur”, “A mí nunca me dejaban hablar”, “Cerrado por melancolía” o “Versión definitiva del cuento de Pigüé”, entre otros. (Más tarde reencontré una ironía similar a la de Blaisten en algunos cuentos de Hebe Uhart, aunque apoyada en una prosa y una estructura narrativa en apariencia más sencillas). Por supuesto, también me identifico con la cultura judía que subyace en muchos de estos relatos.
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Diez clásicos universales

Ulises-James-Joyce33-35 años | En estos años decidí encarar una selección personal de diez autores clásicos universales, depurados de una larga lista. Los que más me impactaron fueron la Ilíada (ya conocía la Odisea); el Quijote; la Divina comedia; varias obras de Shakespeare (sobre todo Hamlet, Romeo y Julieta y El mercader de Venecia) y el Ulises de Joyce. También releí el Martín Fierro.

Me gustaron un poco menos, la Eneida de Virgilio; Madame Bovary de Flaubert; y Crimen y castigo de Dostoievski. Poco y nada: el Werther de Goethe, aunque subrayé varias partes; y su Fausto me pareció directamente horrible.

En las shortlists la polémica siempre se instala en la arbitrariedad del límite. Cumplo en agregar entonces que el autor número once de mi lista fue Thomas Mann, quien también tuvo su chance y de cuya montaña mágica me bajé en la página 400 (no descarto volver a ella algún día); el doceavo fue Marcel Proust, con quien apliqué una lectura experimental que resultó muy disfrutable. Tras este paréntesis clásico, continué con mi secuencia variada de lecturas.
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La conciencia de Zeno, de Italo Svevo

Italo-Svevo-La-conciencia-de-Zeno34 años | Conecta con Fante en la honestidad brutal con que sus (rimados) narradores —Cosini y Bandini— se observan a sí mismos. Pero el Zeno Cosini de Svevo llega mucho más hondo y a la vez desborda de humor, incluso en las escenas más patéticas, como aquélla del cachetadón que le da el padre moribundo justo antes de fallecer.

“¡Escriba! ¡Escriba! Y verá que llegará usted a descubrirse por completo”, le dice el doctor a Zeno, quien no ceja en su intento de autoexplorarse, sin solemnidad alguna. Esa introspección no aburre en sus propios recovecos porque jamás para de narrar, siempre con prosa transparente (la única parte cuyo tono difiere del resto es la última). Antes de escribir cualquier cosa —en especial si va a ser realista y en primera persona— uno debería darse un baño en las páginas de este libro.
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[Continuará en el próximo post].

Lo mejor que leí en 2009 (3/3)

Por Martín Cristal

Tercera y última parte de los libros que más disfruté leer en 2009:
[Leer Primera parte]
[Leer Segunda parte]

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En busca del tiempo perdido:
Por el camino de Swann
, de Marcel Proust

Texto a audio (TTS). Novela.

Mi deseo de probar la tecnología de “Texto a audio” (TTS) me llevó a hacer el experimento de escuchar en mi reproductor de mp3 este clásico que había relegado por otras lecturas. Los preparativos de la experiencia, aquí; los apuntes sobre la experiencia, aquí; y algunas relaciones de la experiencia y el texto proustiano, aquí.

El famoso estilo de Proust —minucioso y dilatado, prolijo, lleno de meandros y digresiones— queda a contrapelo de lo que la mayoría de los escritores de mi edad hace hoy. Y aunque es cierto que a veces harta (sobre todo cuando el tema de tal o cuál parte no nos importa demasiado: qué me importan a mí todos los detalles arquitectónicos de la iglesia de San Hilario en Combray, por ejemplo), en otras ocasiones, cuando trata alguna debilidad humana o pinta la forma de ser de un personaje, me resultó paradójicamente refrescante leer a un autor que hace justo lo que hoy nadie hace (o lo que en general no se hace, porque algunos autores sí escriben con períodos largos, sin miedo a las subordinadas o parentéticas: en Argentina, Juan José Saer lo hacía, y Alan Pauls lo hace; en México, me dicen, Daniel Sada también se anima).

Cabe reflexionar entonces si un escritor debe amoldarse al gusto de su época en aras de ser un hombre de su tiempo o, por el contrario, rebelarse contra ese gusto para ser personal, cualquiera sea su suerte a partir de esa decisión. Estimo más lo segundo, aunque en cierto porcentaje no deba descuidarse del todo lo primero.

Proust también resulta un maestro del símil: los párrafos más convincentes están organizados para establecer un paralelo. Se detiene mucho en el paisaje, quizás demasiado para nuestro gusto contemporáneo (“a nadie le interesa más el paisaje”, dice —palabras más o menos— Jorge Barón Biza en El desierto y su semilla).

En la segunda parte, el amor de Swann se hace más dramático cuando aparece el ingrediente de los celos. La mayor incidencia de lo social (que obliga al texto a discurrir por los puteríos de los salones parisinos) hizo que esta parte me interesase menos que la pureza de la primera parte, donde el narrador evoca Combray y su infancia. El comienzo de la tercera parte —donde el narrador juega a adivinar cómo son las ciudades que desconoce a partir de lo que le sugieren sus nombres— me recordó a Shakespeare y su famoso “¿Qué hay en un nombre?” (Romeo y Julieta).

En general, este tomo gira en torno de la evocación de un pasado irrecuperable y el funcionamiento de la memoria; la infancia; los usos sociales de la clase alta francesa de fin de siglo XIX y principios del XX; el contraste entre la vida en París y la de provincia; el paisaje; interesantes pasajes sobre la lectura, la escritura y otras artes (sobre todo pintura y música); y reflexiones minuciosas sobre la naturaleza de los seres humanos, ya sean generales o particularizadas a través de un personaje. Una novela que lo contiene todo, y que nos permite entrar y salir de ella mientras llevamos adelante otras lecturas.

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Tratado de los vientos, de Gastón Sironi

Viento de fondo, 2007. Poesía.

Un autor de Córdoba, ¿puede escribir sobre los mares y las naves que los surcan y —especialmente— sobre los vientos que impulsan o desbaratan a esas naves? Gastón Sironi (1967) sí puede. Un aire marino recorre los versos de este Tratado. Aunque para el poeta las imágenes no provengan sólo de los océanos, sino también de los lagos serranos, para nosotros la mayor parte de la lectura transcurrió en el mar… Hay sal, hay mástiles y amarras, hay un olor a motor dos tiempos, hay algo que desborda o amaina…

Destaca la prolija enumeración poética de los vientos del mundo, cuyos nombres no repito aquí para no robarle sorpresa a esos versos. ¿Cómo nombrar al viento? Y sin embargo, cuántos vientos se pueden nombrar… Algunos nombres nos resultan conocidos; otros los sabíamos y los habíamos olvidado. Y otros resultan extraños, pero todos ellos se escuchan de una forma nueva al ser engarzados en la cadencia del poema —dan ganas de leer en voz alta—, y también al ampliarse su significado mediante la incorporación lírica de las etimologías.

Cabe destacar lo exquisito de la edición: formato horizontal y tapas duras; páginas de guarda negras; papel color marfil; una clásica y elegante Garamond en buen cuerpo; la mayoría de los poemas en cajas justificadas, con diagonales separando los versos; y el cuidado de interiores que todo libro merece y la mayoría no tiene.

Después de leer el libro de Sironi, descubrí su blog, Viento de fondo.

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Jimmy Corrigan, el chico más listo
del mundo
, de Chris Ware

Planeta-De Agostini, 2003. Historieta.

Una gran historieta, y una gran historia, también. Ware es un narrador extraordinario. Algunas razones concretas para afirmarlo, aquí.
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Una mujer en Jerusalem,
de A. B. Yehoshúa

Anagrama, 2008. Novela.

Atentado suicida en Jerusalem; entre las víctimas, una mujer. Pasan días sin que nadie reclame su cuerpo y no lleva otra identificación que un recibo de sueldo. Un periodista inescrupuloso decide hacer una nota criticando a la empresa en que esta mujer trabajaba. ¿Cómo no notaron su ausencia en tanto tiempo? El dueño de la empresa, preocupado por su reputación, le encarga al director de recursos humanos que averigüe cómo ha sido posible una cosa así, quién era la mujer, en qué puesto trabajaba, qué se puede hacer para responder a esa nota de prensa, cómo podrían compensar semejante descuido… y todo lo antes posible.

En esta parábola, con una fuerte carga moral que hubiéramos preferido quizás más matizada, Yehoshúa (1936) parte de la situación del Israel contemporáneo, presa del terror y la violencia, para explorar la responsabilidad social de las empresas en la vida actual —las cuales a veces suplantan el rol del núcleo familiar— y también la frialdad en su trato a los trabajadores, por más que para ellos exista un departamento “de personal” al que, cosméticamente, se haya renombrado “de recursos humanos”.

El director de esa área, de quien nunca sabemos el nombre (sólo el cargo), se vuelve el protagonista de una historia que transita por dos tópicos: primero, el misterio, la intriga; y después, el viaje, en el que este hombre —improvisado detective y viajero— aprenderá a ganarse el valor de la palabra “humano” que ostentaba su cargo, para así comprender mejor su trabajo y también las circunstancias de su problemática vida familiar.

Lamento el título cambiado para la versión en castellano, Una mujer en Jerusalén (no soporto la castellanización de “Jerusalem”, como tampoco ver escrito “México” con J, error en el que yo también supe caer antes de vivir por allá). El título original en hebreo es Shlijutó shel ha-memuné al mashavei ehosh: La misión del director de recursos humanos. Se entiende que el reemplazo se deba a que es un título que podría desorientar la clasificación del libro en librerías —un misleading title que podría llevar a esta novela al estante de los libros de management—, pero nos hace perder el doble sentido que Yehoshúa quiere que descubramos en esa frase.

Aquí termina la serie de los mejores libros que leí en 2009. Una síntesis —¡y ahora nos lo dice!— salió en el especial “Lecturas de 2009” de la revista digital HermanoCerdo.

Tiempo recobrado (III)

Por Martín Cristal

Lectura del primer tomo de En busca del tiempo perdido mediante la tecnología Text to Speech (“Texto a audio”). Tercera y última parte: algunas relaciones entre esta experiencia de audio y el texto de Proust.

[Leer la primera parte: motivos y preparativos]
[Leer la segunda parte: apuntes sobre la experiencia]

Proust versus iProust

En la segunda parte de esta serie consigné algunos apuntes acerca de escuchar a Proust en la voz monocorde de un sintetizador. Aunque la experiencia me ha demostrado que ésta es una forma de “leer” perfectamente practicable, qué impersonal resulta ser si se la compara con la manera en que, en la novela, Proust accede a las obras de George Sand: cuando niño, y a través de la voz experta de su madre…


Si mi madre no era una lectora fiel, lo era en cambio admirable para aquellas obras en que veía el acento de un sentimiento sincero, por el respeto y la sencillez de la interpretación y por la hermosura y suavidad de su tono. […] Asimismo, cuando leía la prosa de George Sand,
[…] atenta a desterrar de su voz toda pequeñez y afectación que pudieran poner obstáculo a la ola potente del sentimiento, revestía de toda la natural ternura y de toda la amplia suavidad que exigían a estas frases que parecían escritas para su voz y que, por decirlo así, entraban cabalmente en el registro de su sensibilidad. Para iniciarlas en el tono que es menester encontraba ese acento cordial que existió antes que ellas y que las dictó, pero que las palabras no indican; y gracias a ese acento amortiguaba al pasar toda crudeza en los tiempos de los verbos, daba al imperfecto y al perfecto la dulzura que hay en lo bondadoso y la melancolía que hay en la ternura, encaminaba la frase que se estaba acabando hacia la que iba a empezar, acelerando o conteniendo la marcha de las sílabas para que entraran todas, aunque fueran de diferente cantidad, en un ritmo uniforme, e infundía a esa prosa tan corriente una especie de vida sentimental e incesante.

Nada de esto logra la pobre voz de “Jorge” en mi reproductor de mp3. No me quejo: bastante bien lo hace para ser una máquina. Esto me hace creer que para la ficción el audiolibro es superior al TTS, siempre que quien lo graba sepa desterrar de su voz esa afectación que sí sabía eludir la madre de Proust cuando leía.

iProust

En otro pasaje de la novela, el niño Proust lee un libro en el jardín; lo lee con tanta atención que se pierde de oír algunas de las campanadas que marcan las horas desde la iglesia de Combray:


Y algunas veces, esa hora prematura sonaba con dos campanadas más que la última; había, pues, una que se me escapó, y algo que había ocurrido, no había ocurrido para mí; el interés de la lectura, mágico como un profundo sueño, había engañado a mis alucinados oídos, borrando la áurea campana de la azulada superficie del silencio.

Mientras usamos la vista para leer, el oído se abstrae del entorno. Por el contrario, al usar mis oídos para seguir el relato de Proust, mi vista —desacostumbrada a adoptar un rol secundario— no quiere dejar de registrar lo que sucede alrededor. Por eso me resulta más factible distraerme del relato al oírlo que al leerlo. Si oigo una historia mientras circulo por el espacio público, otras funciones siguen operando en forma paralela (debo mirar, caminar sin tropezar, etc. Muy pocas veces estoy en situación de poder cerrar los ojos).

Para que la escucha de un relato en mi reproductor de mp3 gane algo de esa abstracción natural que se produce al leer un libro, tengo que reconfigurar los mecanismos de mi atención. Sólo así las “capas de conciencia” que separan la experiencia interior de la lectura y el mundo exterior no terminarán cambiadas tal como están cambiados mis sentidos en esta nueva experiencia.

Para que esas capas no se trastoquen, intento que los sentidos se reconfiguren; así, esas “capas de conciencia” vuelven a funcionar en un orden natural que bien puede ser el que analiza Proust en el mismo fragmento en que recuerda sus lecturas en el jardín de Combray:


En aquella especie de pantalla coloreada por diversos estados, que mientras que yo leía, iba desplegando, simultáneamente mi conciencia, y cuya escala empezaba en las aspiraciones más hondamente ocultas en mi interior, y acababa en la visión totalmente externa del horizonte que tenía al final del jardín, delante de los ojos, lo primero y más íntimo que yo sentía […] era mi creencia en la riqueza filosófica y la belleza del libro que estaba leyendo, y mi deseo de apropiármelas […]

Tras esta creencia central, que durante mi lectura ejecutaba incesantes movimientos de adentro afuera, en busca de la verdad, venían las emociones que me inspiraba la acción en la que yo participaba […]. Eran los sucesos ocurridos en el libro que leía […].

[…] Venía luego, proyectado a medias ante mí, y ya menos interior a mi cuerpo que la vida de aquellos personajes, el paisaje que servía de fondo a la acción y que influía sobre mi pensamiento más poderosamente que el otro, aquel que yo tenía a la vista, cuando alzaba los ojos del libro. […]

[…] al ir siguiendo de dentro afuera los estados simultáneamente yuxtapuestos en mi conciencia, y antes de llegar al horizonte real que los envolvía, me encuentro con placeres de otra clase: sentirme cómodamente sentado, percibir el buen olor del aire; no verme molesto por ninguna visita, y cuando daba la una en el campanario de San Hilario, ver caer trozo a trozo aquella parte ya consumada de la tarde, hasta que oía la última campanada…

Con mi mp3, claro, la cosa es bien distinta. El oído, que al leer se cierra al mundo exterior, casi como si dejase de funcionar, aquí debe estar atento al interior; y la vista, que al leer se consagra al mundo ficcional del relato, aquí se queda fuera, de guardia en una frontera donde, si bien no cesa de funcionar, se mantiene firme en stand by: un vigilante del mundo exterior, desde donde provienen la mayoría de las distracciones. De éstas no se libran los que escuchan ni los que leen. Ni siquiera Proust, que nos confiesa: A veces, arrancábame de mi lectura, desde mediada la tarde, la hija del jardinero, que corría como una loca…

El TTS y otras herramientas electrónicas de lectura

Ninguna de las herramientas electrónicas de las que disponemos hoy para leer —algunas de las cuales ya abordé al referirme a la lectura del Ulises— parece desbancar por sí sola a la lectura en papel, pero todas en su conjunto resultan ser muy poderosas.

La tecnología TTS es muy útil como complemento. Sin duda será más potente cuando mejoren las condiciones de las máquinas (memoria RAM, etc.). Si en vez de grabar sílabas se introducen a su diccionario más palabras completas (hoy hay sólo algunas), el audio será cada vez más fluido. Para eso, claro, hará falta un programa que se vaya acercando a la lógica de Funes el Memorioso: cada vez menos combinatoria de bloques básicos, y cada vez más pregrabación de bloques complejos.

En lo personal, pienso seguir usando esta tecnología. Admito que no con Proust (a quien seguramente volveré en papel), sino con novelas breves con un estilo más conciso y seco, o bien con textos ensayísticos o teóricos, lecturas “por saber” a las que también quisiera tener acceso sin restarle tiempo a las lecturas “por placer”, ésas que todavía prefiero encarar en mi casa, tirado en una hamaca, descalzo y con un vaso de algo a mano.

Tiempo recobrado (II)

Por Martín Cristal

Lectura del primer tomo de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust mediante la tecnología Text to Speech (“Texto a audio”). Segunda parte: apuntes sobre la experiencia.

[Leer la primera parte: motivos y preparativos]

Duración

Comencé la escucha el 15 de junio de este año; la terminé el 30 de agosto. En esos dos meses y medio repartí las 18 horas de audio de “Por el camino de Swann”. Creo que leer el mismo libro en papel me hubiera tomado menos tiempo, pero seguramente no hubiera podido hacerlo en el lugar y las condiciones en que lo escuché: parado, apretujado o casi a oscuras en un ómnibus de la línea T. Fueron 18 horas ganadas al tiempo muerto de esos viajes. Tiempo recobrado para la literatura.

Concentración/dispersión

Estoy esperando el bondi y pasa un amigo en auto. No sólo no se ofrece a llevarme, sino que encima me saluda alegremente. Le devuelvo el saludo y, distraído con estas cosas, me doy cuenta de que el narrador ha seguido adelante con el relato. Debo rebobinar para retomarlo donde me quedé. Esto es molesto (rebobinar es esperar, así que ahora espero por partida doble: al narrador y al bondi), pero en lo referente a la mera distracción, esto no es muy diferente de distraernos mientras leemos un libro.

En otras oportunidades, rebobino tres veces un mismo fragmento, y me distraigo otras tantas en el mismo punto del relato; así me doy cuenta de que mi atención no está bien dispuesta. Entonces cambio de carpeta en el reproductor y me pongo a escuchar música; volveré al texto otro día. Es lo mismo que pasa con un libro al reconocer que nuestros ojos cansados ya han repasado dos o tres veces la misma página sin poder extraerle un sentido.

También es frecuente que, al surgir una reflexión para estos mismos apuntes, deje de concentrarme en el texto de Proust; así pasan varias frases, que luego debo rebobinar.

Hay una diferencia crucial entre leer y escuchar un texto. Dejarnos llevar por los pensamientos que genera la lectura de un libro es algo muy común y disfrutable. Eso no es distraerse; al contrario, es pensar más hondo, discurrir por caminos insospechados con la lectura como pretexto. Un narrador que nos habla al oído sin detenerse no nos deja espacio para eso: o lo seguimos a él o nos vamos detrás de nuestros pensamientos. Sí, podríamos andar con el dedo listo sobre las teclas Pausa o Stop, pero eso seguiría teniendo la desventaja de ser un movimiento consciente, una burocrática aduana entre el texto y nuestra potencial divagación.

Sin subrayados

Resulta lamentable la imposibilidad de subrayar. A veces escucho un fragmento que me maravilla —el famoso de la magdalena, entre muchos otros— y deseo marcarlo de alguna manera para volver a escucharlo luego. Puedo hacerlo de inmediato, rebobinando (todavía decimos así, aunque en la era digital ya no haya bobina alguna), pero más tarde ya no podré ubicar ese fragmento sin ponerme a renegar con el rewind y el fast forward. Al final, cuando llego a casa termino subrayando lo que me interesa en el archivo de Word… pero a eso ya tengo que hacerlo en un tiempo que estaba destinado a otra actividad.

La voz

La traducción de Pedro Salinas, demasiado castiza para mi gusto, milagrosamente coincide con la voz de “Jorge”, cuyo acento es ibérico, por lo que cada una de estas cosas resulta tolerable gracias a la asistencia de la otra. Poco a poco me voy encariñando con la voz como si fuera la verdadera de ese narrador proustiano. ¿Qué va a pasar cuando use el programa para escuchar otro texto con la misma voz? ¿Voy a pensar que me lo lee Marcel? Puede que no: la sintaxis hace milagros.

ProustOye

En otros ámbitos

Voy acostumbrándome. Aunque a veces estoy en un lugar donde podría leer algo en papel, siento que tengo ganas de ponerme los auriculares y seguir con Proust. Mérito de Marcel más que del sistema de audio, sin duda, pero al menos eso prueba que el sistema no es necesariamente un obstáculo para el disfrute.

Empiezo a probarlo en otras partes. Por ejemplo: a pie, apenas anochece, por un camino que conozco bien —de mi trabajo a lo de mis padres o de la parada del ómnibus a mi casa— puedo abstraerme un poco del entorno, en penumbras y ya visto mil veces, y así escuchar mejor el relato. Muchas veces mis distracciones no son fugas del texto a la realidad, sino en el sentido opuesto, desentendiéndome de la realidad debido al texto; al descubrirme en tal estado, cruzando calles como un zombie, me da miedo de que me atropellen. Voy con el dedo sobre el botón de Pausa, para poder cortar el sonido de inmediato ante cualquier emergencia.

Estoy en un bar: quiero leer un libro de papel, pero el televisor está prendido en un programa de chismes de la farándula. Está con el volumen a mil y el bar es chiquito. Dejo el libro, me pongo los auriculares y sigo con Proust, que me cuenta sobre su amigo Bloch. Mientras, miro por la ventana. Ya bajó el sol, la gente cruza una esquina céntrica, vuelve a sus casas. Puedo verlo todo, aun siguiendo el relato, como si alguien me lo contara desde el otro lado de la mesa. Pero, si mi atención es convocada por un culo llamativo o una cara conocida (o viceversa), entonces… a rebobinar. [Más sobre estas distracciones en la tercera parte de esta serie.]

Pequeños accidentes

Con el peso de la mano dentro del bolsillo de la campera, vuelvo sin querer hasta el minuto cero del fragmento que estoy escuchando. Entonces, para volver al punto en que estaba, tengo que apretar el botón de fast forward, haciendo una parada cada tanto para escuchar por dónde voy. En esas paradas reconozco no sólo los párrafos que ya he oído antes, sino que también vuelven, como un flashback, los lugares por donde yo andaba cuando escuché esos párrafos la primera vez. El efecto es, irremediablemente, proustiano.

Otro: termino el fragmento 19 y el reproductor, en el que no he cargado la novela completa, recomienza con el fragmento 10, que ya he escuchado hace días, pero que no reconozco desde las primeras líneas porque, casualmente, dicho fragmento comienza con un “Pero”, lo cual le añade cierta continuidad con la última oración del anterior. Cuando me doy cuenta del error me veo forzado a admitir que en realidad no he estado escuchando con total atención; me siento como si un maestro me retara en la clase por haberme descubierto mirando por la ventana.

Defectos

Hay problemas con los nombres propios en otros idiomas: el programa los castellaniza y muchos suenan mal. Si hay algo mal tipeado o mal puntuado en el texto, esto se refleja en una pronunciación o un pausado defectuosos, que pueden resultar molestos. También hay algunos fragmentos breves que se han grabado entrecortadamente; se los entiende, pero se oyen como en los casettes cuando la cinta estaba mordida.

Utilidad

Quizás la tecnología TTS resulta mejor para textos ensayísticos, periodísticos o académicos que para un texto narrativo. Con todo y lo mejoradas que están las voces, la cadencia de la lectura es, a la larga, demasiado mecánica. [Más sobre esto en la tercera parte.]

El recurso quizás funciona mejor con textos que tienen enunciados no demasiado largos, por lo que hay que reconocer que Proust no era lo más indicado para arrancar… Lo probé con algunos de los artículos de Mario Vargas Llosa recopilados en su libro La verdad de las mentiras, y la experiencia resultó bastante satisfactoria. También con el primer capítulo de Una introducción a la teoría literaria, de Terry Eagleton, aunque aquí los enunciados sí eran largos, y los nombres propios en inglés quedaban deformados. Para la poesía creo que este recurso no sirve de mucho, salvo que quisiera usárselo de forma experimental.

También sirve en casa, para no tener que leer tanto en pantalla: un texto bajado de internet, un trabajo para la facultad, un artículo periodístico… No hace falta ser ciego para recurrir a esta tecnología; podemos usarla justamente para no quedarnos ciegos.

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En el artículo siguiente termino la serie con algunas relaciones entre el texto de Proust y esta experiencia de audio.

Tiempo recobrado (I)

Por Martín Cristal

Un experimento: lectura del primer tomo de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust mediante la tecnología Text to Speech (“Texto a audio”). Primera parte: Motivos y preparativos.

1. Motivos

En un artículo anterior me preguntaba cómo destinarle más tiempo diario a la lectura. Una posibilidad es aprovechar los viajes en transporte público. Siempre llevo conmigo un libro para esos tiempos muertos; sin embargo, las condiciones para leer en colectivos, trenes o subterráneos muchas veces no son favorables. Aunque uno ya se haya acostumbrado al ruido hasta abstraerse de él, lo cierto es que no siempre hay espacio o buena luz para leer. A raíz de esto, en junio se me ocurrió iniciar el experimento que detallo a continuación.

2. Herramientas

Supe de los programas de Text To Speech —“Texto a Audio”; TTS por sus siglas en inglés— más o menos desde que las Mac incorporaron el panel de control “Speech” a mediados de los noventa. Poco después Radiohead utilizaría ese recurso para el tema “fitter happier” de su álbum OK Computer (1997).

Estos programas interpretan los caracteres de un archivo de texto para que un sintetizador de voz los transforme en los fonemas correspondientes. De un archivo de texto (.doc, .rtf, .txt…) se obtiene un archivo de audio (.mp3, .wav…). En la época de OK Computer las voces eran muy robóticas: entrecortadas, metálicas, monocordes. Hoy se han humanizado bastante al incorporar algunos matices según la puntuación. Además hay voces de hombre o de mujer, con pronunciaciones y acentos diferentes… El resultado dista de ser perfecto, pero su grado de avance sorprende cuando uno las escucha por primera vez.

Decidí probar esta tecnología —que también se usa en el software para personas ciegas— con algún libro digital de los miles que pueden conseguirse en Internet. Ya que se trataba de recuperar un tiempo muerto de mi vida, me pareció que el texto indicado podía ser En busca del tiempo perdido, una obra cuya lectura había ido posponiendo por diversos motivos (diversos libros). Sería como superponerle, a la búsqueda introspectiva de Proust, mi propio empeño por recobrar un tiempo de mi vida que siento perdido de antemano cada día.

Una experiencia demasiado larga podía resultar desgastante, así que limité esta prueba al primero de los siete famosos tomos de Proust. Escucharía “Por el camino de Swann” con mi reproductor de mp3 en el ómnibus en el que vuelvo a casa cada día, después del trabajo.

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3. Preparativos

El texto. Busqué en Internet el libro de Proust en formato digital (.doc). En la versión que encontré no figura el crédito del traductor; mucho más tarde cotejé algunas partes con una edición en papel, por lo que estimo que se trata de la primera traducción, hecha por Pedro Salinas. [Hay otras más actuales].

Las voces. Probé en el sitio de Loquendo las distintas voces disponibles. En castellano, las hay con acento español, mexicano, chileno, argentino y americano (neutro). Cada voz es un programa en sí mismo, identificado con un nombre de persona. Las voces pueden aplicarse a un texto dado por medio de distintos programas conversores de texto a audio. Aunque en la prueba de internet todas las voces se oyen bien, luego en el funcionamiento real con el conversor no todas andan igual. Opté por bajar las voces de “Diego” (acento argentino), “Francisca” (chileno) y “Jorge” (español).

El programa. Bajé algunos conversores de texto a audio para probarlos. El programa HAL Text To Speech Reader funcionaba bien “en vivo” en mi computadora, pero algo fallaba al querer convertir los archivos a mp3. Finalmente llevé adelante el experimento con un demo del programa Alive Text To Speech. El Text To Speech Maker también funciona, aunque no es tan eficiente.

Pruebas. Hice algunos experimentos cortos variando las voces, las velocidades de lectura y las calidades de audio. Finalmente elegí la voz de “Jorge”: aunque su acento no era el que más me convencía, resultó ser la que funcionaba con mayor fluidez. Para la conversión a audio, determiné una velocidad de lectura intermedia y una calidad de 320 Kbps (alta), en formato mp3. Aquí un minuto de muestra (aunque en menor calidad: 192 Kbps):

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Extensión. Tomé fragmentos de aproximadamente 17.000 caracteres con espacios (17 Kb: casi 9 páginas A4, si tipeadas en cuerpo 12 y a doble espacio). Al convertirlos a audio, quedaban archivos mp3 de unos 45 Mb; cada fragmento rondaría los 20 minutos de duración. Todo el primer tomo de Proust quedaría comprendido en 54 archivos de audio: casi 18 horas de duración total.

Conversión. La fragmentación del texto tuve que hacerla en forma manual, copiando y pegando en distintos archivos txt, lo cual me llevó casi 50 minutos de mi tiempo (perdido). Hecho esto, el resto de la conversión lo realizó la computadora por sí sola, en forma subordinada (es decir, incluso mientras yo ocupaba la máquina en otras tareas). Alive Text To Speech tardó unas cuatro horas y media para convertir todo el primer tomo de Proust.

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Leer la segunda parte, con los apuntes sobre la experiencia propiamente dicha…