Antología: 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana. (II)

Por Martín Cristal

25-minutos-en-el-futgosduro-Rojo-BEF-TapaContinúo relevando los cuentos de 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana, antología a cargo de los mexicanos Pepe Rojo y Bernardo Fernández, Bef.

En el post anterior comenté los cuentos que más me gustaron. En menor medida, también me agradaron los que siguen a continuación. [Atención: spoilers]:

Chris N. Brown, “El sol también explota” [2008]: Basado en Fiesta de Hemingway, el cuento aplica ideas de corte cyberpunk a las prácticas artísticas avanzadas. El argumento se centra en Nathaniel, un land artist —impotente y transformado en cyborg tras recibir heridas en el frente de guerra—, quien traba relación con la bioartista Elkin, “una surrealista genómica que mezcla biología hardcore con caprichos de niña  rica para crear esculturas vivas”. Elkin busca en Nathaniel algo más que una colaboración artística en igualdad de condiciones.

Cory Doctorow, “El juego de Anda” [2004]: Con una atmósfera que me recordó la de Ready Player One, de Ernest Cline, el autor explora el universo de los juegos online. El juego se convierte en algo más que eso cuando se revela un correlato entre los combates entre avatares de ese universo virtual y cierta realidad sociale oscura y desoladora. El juego pasa a tener consecuencias concretas en el mundo real, y así la protagonista experimenta un verdadero “cambio de nivel”. El título es una variación de El juego de Ender, pero el cuento es muy diferente.

Eileen Gunn, “Estrategias estables para la gerencia intermedia” [1988]: Una naturalización socialmente aceptada de La metamorfosis kafkiana, aplicada al mundo laboral contemporáneo. Los ejecutivos de una empresa se ofrecen voluntariamente para una alteración genética que les provea mutaciones animales que —según la misma compañía, que promueve los cambios— serán útiles para su futuro trabajo.

John Kessel, “El último americano” [2007]: En Masterpieces ya habíamos admirado su breve cuento “Una huida perfecta”; la expectativa era alta y Kessel sale bien parado con este cuento más largo, el más político del libro. Narra la vida de Andrew Steele, un personaje que en sus aspiraciones mesiánicas y megalómanas recuerda a algunos de Ballard. El contenido del cuento es difícil de resumir; lo memorable es la forma en que se expone: el relato es la reseña de una biografía “recreada”. Contiene citas de obras que Steele escribió en distintos momentos —como líder militar, religioso, político—, seguidas del comentario del reseñista sobre las “recreaciones en la Cognósfera” realizadas por la biógrafa, Fiona 13. Esas recreaciones virtuales nos permiten atestiguar  en primera persona algunas escenas clave de la vida de Steele.

Conney Willis, “Incluso la reina” [1992]: Un cuento futurista (y lleno de humor) en el que abuela, madre e hijas hacen una junta familiar para discutir el caso de una de éstas últimas, ausente en la reunión: tiene veintidós años y ha elegido unirse a “un grupo feminista preliberación” que propone devolver a las mujeres a las costumbres que tenían antes de la igualdad lograda mediante un implante tecnológico, el shunt. Se discuten conceptos de matriarcado y patriarcado y de pronto [spoiler!] surge el descubrimiento, por parte de las hijas, de un sobreentendido que nadie mencionaba: una de las consecuencias de dejar el shunt será volver a menstruar, proceso biológico olvidado hace tiempo, cuyas molestias ellas desconoce por completo. La abuela tiene un par de cosas que decir al respecto.

Don Webb, “Cuaderno de Tamarii” [1998]: Un cuento que participa de la tradición de aquellos relatos “antropológicos” (o “biológicos”, o incluso “xenobiológicos”) en los que se acumula el registro de las extrañas costumbres de un pueblo exótico, una especie rara o una raza extraterrestre (tradición que atraviesa todo Olaf Stapledon y se remonta por lo menos hasta Swift y Los viajes de Gulliver, y que tiene otros exponentes famosos en “Kappa” de Akutagawa o “El informe de Brodie” de Borges, entre otros cuentos).

Margaret Atwood, “Aterrizajes en casa” [1989]: La idea de referirse a una especie extrañando sus características, de manera que sospechemos que se trata de nosotros mismos pero vistos de otro modo, la sentí un poco transitada (por ejemplo, nada menos que por Kurt Vonnegut). Este cuento era lo primero que leía de Atwood y, sin que me haya disgustado, me resultó un tanto simplón.

Kij Johnson, “Spar” [2009]: Un cuento de sexo con aliens. Ni más ni menos. Empieza así: “En el pequeño salvavidas, ella y el alienígena cogían sin detenerse, sin cesar”… y sin espacio para otra cosa.

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Godzilla in a scene from the film 'Godzilla VS. The Smog Monster', 1971. Toho/Getty Images

La variedad es la impronta de una antología como ésta; por ende sería difícil (y hasta sospechoso) que un lector gustara de todos los cuentos, incluso de la mayoría. En mi caso, tras la lectura creo reconocer que es la idea que vertebra cada relato lo que me seduce primero en aquéllos que terminan gustándome más; pero también, casi enseguida, la capacidad de cada autor para trascender esa idea, para no quedarse estancados en su mero lucimiento e ir más allá, desnudando la complejidad de las relaciones humanas —afectadas por todas las implicancias de esa idea disparadora— al punto de conseguir mi emoción como lector. Los que logran todo eso son los que más me gustan.

En cambio, resultaron lejanos a mis intereses los cuentos que ensayan variaciones de personajes-ícono, autores o motivos conocidos, como por ejemplo el de Joe R. Lansdale, “El programa en doce pasos de Godzilla” [1994], casi un chiste sobre el famoso monstruo japonés; el de Will Clarke, “El orfanato pentecostal para niños voladores” [2008], una parodia del mundo de los superhéroes en un pueblito tipo Smallville; o, en un tono completamente distinto, el de Rudi Rucker, “Rutinas de Tánger” [2012], que busca remedar el estilo de William Burroughs (del que no soy muy fan). Las excepciones al respecto fueron las reescrituras mencionadas de Shepard y Brown.

También me resultaron refractarios los que centran su idea en juegos del lenguaje más que en la idea o la trama (Catherynne M. Valente y su autorreferente “13 maneras de observar el espacio/tiempo” [2010]; o el de Christopher Rowe, “El estado voluntario” [1992]). Y directamente no soporté el reencuentro con la densa jerga cyberpunk de “Mente distribuida” [1995], de Paul di Filippo, autor al que ya había leído en Mirroshades; éste y el de Rucker fueron los únicos cuentos que directamente abandoné. El breve cuento de Charlie Jane Anders (“La última persona joven del mundo escribe sus memorias” [2007]) tampoco me resultó especialmente atractivo o interesante.

Cierra el libro el cuento más reciente, del antólogo de Mirrorshades, Bruce Sterling: “Antes y después de México” [2013]. Tiene la virtud de intentar algo diferente, que se sale del espectro temático/ambiental esperable para uno de los padrinos del cyberpunk. Sterling lleva su relato cerca del indigenismo postapocalítico de Plop —la novela de Rafael Pinedo—, salvo que no es tan extremo como el autor argentino en su presentación de las costumbres y de la aridez del paisaje. Escapar de los encasillamientos es algo que siempre me parece loable, pero a este cuento de Sterling lo sentí largo, basado más en el ambiente que en una idea realmente estimulante o atractiva.

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Más allá de la consideración de cada cuento, siempre muy personal, esta bella edición de Almadía (apenas opacada por algunas erratas) me resultó de gran provecho para actualizar la paleta temática y de recursos formales que el género es capaz de exponer hoy.

También confirmó la percepción —que ya tenía gracias a Gibson y Ballard, amén de una serie televisiva como Black Mirror— de que el “futuro” de la ciencia ficción se ha aproximado a nosotros, que el género hoy tiende a interesarse más en la exploración del futuro cercano, un “casi presente” alterado por el frenesí de los cambios tecnológicos. Los siguientes veinticinco minutos hoy nos importan más que los próximos mil años.

Finalmente, el libro me aportó los nombres de algunos autores que hoy tengo interés en seguir leyendo, como Bacigalupi, Saunders, Shepard o Liu, a quien ya venía explorando.

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Ready Player One, de Ernest Cline

Por Martín Cristal

Nostalgia geek de los ochenta

Primero una historia real. En las tempranas consolas Atari, la empresa no ponía el crédito de los programadores en ninguna parte. Esto llevó a Warren Robinett, programador del videojuego Aventura, a esconder subrepticiamente una llave especial en uno de los laberintos del juego: quien la encontraba podía entrar en un aposento secreto donde aparecía la leyenda “Creado por Warren Robinett”. A estas sorpresas que los creadores de un programa ocultan entre su código, se les llama “Huevos de Pascua”.

Ahora la historia de ficción. En 2044 fallece el creador de Oasis, un programa de realidad virtual (una especie de Second Life archimejorada) que acabó por tragarse a Internet: no hay interacción web que no se haga a través de Oasis. En su video-testamento, James Halliday revela al mundo que no tiene herederos y que quien encuentre el Huevo de Pascua que ha escondido en el inabarcable universo virtual del programa, pasará a poseer toda su fortuna y a controlar Oasis. Millones de cazadores románticos o ambiciosos abrazan el concurso y —provistos de casco y guantes especiales— exploran la cebolla virtual, mientras afuera el mundo real se cae a pedazos. Uno de ellos es Wade Watts, el joven protagonista de la novela Ready Player One.

El truco de Ernest Cline (Ohio, 1972) reside en establecer que Halliday era un viejo geek que vivió su adolescencia en los ochenta; así, las pistas sembradas para encontrar el Huevo provienen de la cultura tecno-pop de esa década. Como otros jóvenes de 2044, Wade se vuelve un experto en Pac-Man, Star Wars, Ultra Siete, Calabozos & Dragones… y en muchos otros subproductos ochenteros. Si Halliday “siempre quiso que todo el mundo compartiera sus obsesiones, que a todo el mundo le encantaran las cosas que a él le encantaban”, Cline busca lo mismo: inyectarnos su berretín retro, su nostalgia geek de los ochenta. Empieza a hacerlo ya desde la solapa, donde aparece sentado sobre el capot de un DeLorean. Claro que Cline viaja en sentido opuesto al del auto de Volver al futuro: dice llevarnos a 2044, pero en realidad nos devuelve a 1984 y sus zonas aledañas.
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¿La traducción? Floja: hay que deducir varios nombres de videojuegos y series de TV, que en Argentina no se llamaban como en España; incluso hay varias inexactitudes que muchos lectores no perdonan, como por ejemplo la de llamar “réplicas” a los replicantes de Blade Runner. ¿El relato? Muy explicativo, con algunas resoluciones apresuradas y argumento pum-para-adelante: puro best-seller, sí, tanto que la contratapa del libro va directa a los réditos económicos: rey del ranking en Amazon, derechos vendidos a Warner Brothers para una película…

Ready Player One es un entretenimiento ligero, con más fórmulas de best-seller que de ciencia ficción, cuya aventura —¿un derivado post-cyberpunk light?— está estructurada como un videojuego (en esto último recuerda un poco los desafíos graduales de El juego de Ender). En líneas generales, no es más que una búsqueda del tesoro puesta por escrito, aunque puede resultar divertida e incluso absorbente para quienes —como Cline o un servidor— hayan quemado una parte de su gloria adolescente jugando en las maquinitas de los ochenta.

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PD. Sobre esta misma novela, recomiendo leer también la reseña de Jack Moreno.