Lo mejor que leí en 2014

Por Martín Cristal

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2014:
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Shakespeare-Bill-Bryson-RBAShakespeare
de Bill Bryson
(biografía)

Muy ameno, y útil
para poder confeccionar
esta infografía sobre el Bardo

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Una-breve-historia-de-casi-todo-Bill-BrysonUna breve historia de casi todo
de Bill Bryson
(divulgación científica)
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Catalogo-de-formas-Nicolas-CabralCatálogo de formas
de Nicolás Cabral
(novela breve)
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Mark-Z-Danielewski-La-casa-de-hojasLa casa de hojas
de Mark Z. Danielewski
(novela)
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Selected-Stories-Philip-K-DickRelatos selectos de Philip K. Dick
(Selected Stories of Philip K. Dick)
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Desciende-Moises-William-FaulknerDesciende, Moisés
de William Faulkner
(relatos)

De este libro salió el
epígrafe inicial de Mil surcos
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El-animal-no-domesticado-Laura-Garcia-del-CastanoEl animal no domesticado
de Laura García del Castaño
(poesía)
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Milton-Hatoum-Dos-hermanos-Beatriz-Viterbo-Editora-OKDos hermanos
de Milton Hatoum
(novela)
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Jorge-Ibarguengoitia-Las-MuertasLas muertas
de Jorge Ibargüengoitia
(novela)
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Francisco-Ide-Wolleter-Poemas-para-Michael-JordanPoemas para Michael Jordan
de Francisco Ide Wolleter

Se puede leer online
o descargar desde aquí
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Annie-Leonard-La-historia-de-las-cosasLa historia de las cosas
de Annie Leonard
(ensayo de política ambiental)
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Padgett-Powell-El-sentido-interrogativoEl sentido interrogativo. ¿Una novela?
de Padgett Powell
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El-Numero-Thomas-Ott-Edicion-argentinaEl número 73304-23-4153-6-96-8
de Thomas Ott
(historieta)
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Amos-Oz-Contra-el-fanatismo-SiruelaContra el fanatismo
de Amos Oz
(ensayos)
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Kurt-Vonnegut-Barbazul-Plaza-y-JanesBarbazul
de Kurt Vonnegut
(novela)
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[Ver lo mejor de 2013 | 2012 | 2011 | 2010 | 2009]

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Lo mejor que leí en 2013

Por Martín Cristal

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2013:

Rascacielos-J.G.BallardRascacielos
de J. G. Ballard
(novela)
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Alessandro-Baricco-Mr-GwynMr Gwyn
de Alessandro Baricco
(novela)
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Isidoro-Blaisten-AnticonferenciasIsidoro-Blaisten-Cuando-eramos-felicesAnticonferencias y
Cuando éramos felices
de Isidoro Blaisten
(artículos)

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Alejo-Carbonell-Sendero-luminosoSendero luminoso
de Alejo Carbonell
(poesía)

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Junot-Diaz-Asi-es-como-la-pierdesAsí es como la pierdes
de Junot Díaz
(relatos)
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Los-ultimos-Katja-Lange-MullerLos últimos
de Katja Lange-Müller
(novela)
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La-comemadre-Roque-LarraquyLa comemadre
de Roque Larraquy
(novela)
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Stanislaw-Lem-SolarisSolaris
de Stanislaw Lem
(novela)
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Alejandro-Lopez-keres-cojer-guan-tu-fakkeres cojer? = guan tu fak
de Alejandro López
(novela)

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Yasmina-Reza-ArteArte
de Yasmina Reza
(teatro)

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Damian-Rios-El-verde-recostadoEl verde recostado
de Damián Ríos
(poesía)

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Francis-Scott-Fitzgerald-El-Gran-GatsbyEl gran Gatsby
de F. Scott Fitzgerald
(novela)

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Conversaciones-con-mario-levrero-silva-olazabalConversaciones con Mario Levrero
de Pablo Silva Olazábal
(entrevista)
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Robert-Silverberg-Muero-por-dentroMuero por dentro
de Robert Silverberg
(novela)
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Kurt-Vonnegut-Desayuno-de-campeonesDesayuno de campeones
de Kurt Vonnegut
(novela)

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Laura-Wittner-La-tomadora-de-cafeLaura-Wittner-Balbuceos-en-una-misma-direccionLa tomadora de café y
Balbuceos en una misma dirección, de Laura Wittner
(poesía)

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[Ver lo mejor de 2012 | 2011 | 2010 | 2009]

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Lenta biografía literaria (6/6)

Por Martín Cristal
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Finalizo la serie de posts donde, a modo de “biografía literaria”, comparto una versión extendida del texto que se publicará antes de fin de año en los Cuadernos de la Biblioteca Córdoba, acerca de las obras que fueron puntos de inflexión en mi derrotero de lector-escritor.
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[Leer la parte 1 | Leer la parte 2 | Leer la parte 3 | Leer la parte 4 | Leer la parte 5]
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Nueve cuentos, de J. D. Salinger

salinger-nueve-cuentos34 años | De todos los libros que Salinger publicó en vida, mi preferido es este conjunto de cuentos (cuya traducción ya comentamos aquí). Sobre todo por cómo logra que el vacío de un personaje —el de Seymour Glass, generado en “Un día perfecto para el pez banana”— se vuelva enorme en el resto de sus obras, una ausencia que paradójicamente siempre está presente y marca la vida de los demás personajes. Algo así quisiera lograr con el David Fisherman de Las ostras; espero poder sostenerlo a lo largo de la tetralogía. Otro rasgo fuerte de Nueve cuentos es que los niños se presentan como seres inteligentes y sensibles, a los que no se puede tratar así nomás. En la página final de Las ostras quise que apareciera ese rasgo salingeriano: algún eco de la ternura con que Boo Boo Glass levanta el ánimo de su hijo en el cuento “En el bote”.
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Relatos I y II, de John Cheever

John-Cheever-Relatos-I35-36 años | Creo que los sueños rotos de esa clase media norteamericana de los cincuenta que narra Cheever se parecen a los de la “generación country” de la Argentina de las últimas dos décadas. Cheever encaró su obra con la tenacidad de esos escritores que eligen desde el principio y para siempre una forma y un cúmulo limitado de temas como su inalterable documento de identidad. A otros eso puede salirles mal, o puede cansar y aburrir rápidamente a sus lectores, pero en Cheever funciona impecablemente. Para mí es imposible ese monocultivo: necesito la variedad, lo surtido. Lo que sí aprendí tras leer a Cheever es que no hay por qué tener miedo de interpolar breves pensamientos o reflexiones entre los hechos narrados (lo difícil, claro, es hacerlo con hondura, inteligencia y compasión siquiera cercanas a las suyas). [La lista de los cuentos que más me gustaron de ambos tomos, aquí].
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Lecturas más recientes

Amos-Oz-Un-descanso-verdadero37-40 años | Lecturas muy próximas, cuyo peso aún no puedo procesar. Un descanso verdadero, de Amos Oz me sedujo sobre todo por tono y estilo; espero no se note mucho con qué ahínco le robé a Oz su cadencia en el largo primer párrafo de Las ostras (o mejor sí: que se note).

También El proyecto Lázaro, de Aleksandar Hemon, una exploración magistral de la frontera entre realidad y ficción, entre memoria e invención. Me estimuló su arquitectura, el sagaz entrecruzamiento de las subtramas que componen el libro.

Aleksandar-Hemon-El-proyecto-LazaroPor último, ante las crecientes “lecturas interesadas” que arrinconan al escritor contra el hastío reiterado de lo obligatorio, hace poco me pregunté: ¿qué leía cuando lo hacía por puro placer y aún no sabía que escribiría? Mi recuerdo rebobinó hasta la ciencia ficción. Después, un encuentro providencial con Elvio Gandolfo me orientó tras Dick, Ballard, Priest, Millhauser, Mieville, Pinedo, Chiang…

Volver a leer un género que creía descartado liquidó en mí cualquier “teoría evolutiva del lector” (o del escritor). Como dijimos aquí, no avanzamos por un camino empedrado de libros Rafael-Pinedo-Plop-Interzonahacia algún improbable punto de perfección zen, sino que vamos y volvemos por una red que ampliamos como cualquier araña teje la suya entre los tallos de dos flores. Tenemos influencias y taras, las recorremos leyendo y escribiendo en diversas direcciones, y después nos morimos.

Eso es todo, amigos.

August Eschenburg y Risas peligrosas, de Steven Millhauser

Por Martín Cristal

Instrumentos de precisión fantástica

Steven-Millhauser

Puede que hoy sea más rápido ubicar a Steven Millhauser (Nueva York, 1943) por ser el autor del relato en el que se basó la película El ilusionista que por trabajos anteriores como su novela Martin Dressler —ganadora del Pulitzer— o el tríptico Pequeños reinos (ambos libros publicados en castellano por la editorial Andrés Bello). Si se lo busca actualmente por las librerías argentinas, pueden encontrarse al menos dos obras más: la novela breve August Eschenburg (Interzona, 2005) y los cuentos de Risas peligrosas (Circe, 2010).

Steven-Millhauser-August-Eschenburg Millhauser sitúa muchas de sus historias en el salto del siglo XIX al XX. El fervor cientificista y los recursos técnicos de esa época le permiten imaginar toda clase de invenciones de corte steampunk (como se le llama a la corriente de la ciencia ficción cuyo imaginario se despliega desde esa “era del vapor”). August Eschenburg, por ejemplo, es la historia de un alemán de esos años que sobresale por la construcción de muñecos mecánicos, autómatas capaces de movimientos cada vez más delicados. Su habilidad sorprende al público,
al menos mientras éste no se distrae con las otras novedades que ofrece la época. Con bella precisión, Millhauser nos hace meditar sobre las diferencias entre arte y artesanía, sobre lo efímero del interés social dispensado a ciertas prácticas, sobre el gusto estético como una construcción colectiva y mutante, prisionera de su tiempo, y también sobre la amenaza permanente del fracaso y el sinsentido vital. El libro integra la colección Línea C, dirigida por Marcelo Cohen, quien también se ocupó de traducirlo.

Steven-Millhauser-Risas-PeligrosasSi bien es más reciente, Risas peligrosas quizás sea más difícil de conseguir. Abre con “El ratón y el gato”, un cuento muy distinto del resto; en él, Millhauser le inyecta un hálito reflexivo a las habituales rencillas entre Tom y Jerry. La Parte II, “Actos de desaparición”, reúne cuatro historias que transcurren en la actualidad. La más memorable es “La desaparición de Elaine Coleman”. Apartado del triste y ominoso sentido histórico que la palabra “desaparición” tiene en la Argentina, el cuento propone que la presencia de los otros es una construcción de la que todos somos responsables: nuestra pertinaz indiferencia podría erosionar la existencia de una persona. También se destacan el cuento que titula al conjunto, donde la potencia de la risa es explorada como una moda pasajera entre adolescentes, y el impecable “Historia de un trastorno”, que desnuda lo inútil del lenguaje para dar cuenta de la profunda vastedad de lo real, un poco como lo hacía el Funes borgeano.

Borges y también Calvino sobrevuelan la Parte III, “Arquitecturas imposibles”. La pueblan los extremos de lo enorme (cúpulas que cubren ciudades enteras, o torres babélicas construidas por varias generaciones de obreros)[*] y de lo pequeño (las obras infinitesimales del maestro miniaturista de un antiguo reino, o los ínfimos detalles que cuidan unos “duplicadores” que, a diario, reproducen los cambios de una ciudad entera en otra cercana e idéntica).

La última parte, “Historias heréticas”, vuelve al siglo XIX y a personajes como Eschenburg: miembros de una Sociedad Histórica que intentan conservar cada bagatela del presente en aras de su futuro estudio; un precursor del cine que no consigue el movimiento mediante la fotografía, sino con la pintura; un grupo de científicos que intenta perfeccionar una máquina que reproduzca hasta las sensaciones táctiles más finas…

Es el amor por los detalles lo que caracteriza la prosa de Steven Millhauser. Esa atención por lo preciso y lo exacto incluso se vuelve su tema en aquellos relatos donde los personajes destilan una obsesión similar por la minucia trabajada y pulida hasta la locura, aunque luego descubran que sus empresas conducen a callejones sin salida.

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Risas peligrosas, de Steven Millhauser. Relatos. Circe, 2010. 288 páginas. | August Eschenburg, de Steven Millhauser. Nouvelle. Interzona (Línea C), 2005. 98 páginas. | Con una versión más corta de esta reseña, recomendamos ambos libros en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 6 de junio de 2013).

 

[*] Este cuento, “La torre”, nos recordó inevitablemente a otro cuento de Ted Chiang, “La torre de Babilonia” , el cual preferimos sobre el de Millhauser.

Cacería, de María Teresa Andruetto

Por Martín Cristal

Cacería es el título “mondadorizado” de lo que puede leerse como una edición ampliada de Todo movimiento es cacería, colección de cuentos que María Teresa Andruetto (Arroyo Cabral, Córdoba, 1954) publicara originalmente con el sello cordobés Alción. A los ocho cuentos incluidos en aquella edición de 2002, aquí se suman otros cinco, en perfecta armonía con los anteriores. Respecto del cambio de título, no me consta si la iniciativa fue de la autora o si se trató de una sugerencia del editor; si éste fuera el caso y por si Mondadori tuviera en mente reeditar alguna vez a Hemingway o a Proust, quisiera dejar asentado en actas que Campanas no es un mejor título que Por quién doblan las campanas, ni Tiempo resulta más pregnante y conmovedor que En busca del tiempo perdido.

“Todo movimiento es cacería” es un verso de Amelia Biagioni que Andruetto eligió para abrir el cuento del mismo nombre. Es el primer relato del libro, y su clave es… Seguir leyendo en El lince miope

Fundación y Fundación e imperio, de Isaac Asimov

Por Martín Cristal

1. Fundación

El comienzo-problema de Fundación de Asimov, como impulsor del relato, me pareció interesante. El psicohistoriador Hari Seldon, que opera desde Trántor —el planeta-capital
de un Imperio galáctico—, combina el estudio de las Matemáticas con el de la Historia. Mediante un manejo casi perfecto del cálculo probabilístico, Seldon es capaz de razonar el futuro comportamiento de las masas, y así prevé, con altísimo grado de certeza, la inevitable caída del Imperio. Seldon le pone fecha y todo; volverá la barbarie y durará milenios… salvo que se siga su plan. El psicohistoriador no puede impedir la caída del Imperio, pero esa barbarie milenaria podría ser mucho más breve, casi un mal pasajero, si se hace lo que él propone: crear una Fundación, oculta en una esquina del sistema planetario; conformada por la crema del mundo científico, la Fundación se abocará en un principio a la construcción de una Enciclopedia Galáctica que conserve el conocimiento de la humanidad, para que éste no se pierda tras la caída del Imperio. Así podrá contrarrestarse la barbarie y reducir su reinado de oscuridad a apenas algunos siglos, hasta una posterior restauración.

El impulso de ese planteo —que vuelve “científico” el viejo tema narrativo del oráculo y sus espejismos— me duró mientras leía las tres primeras partes (“Los psicohistoriadores”, “Los enciclopedistas” y “Los alcaldes”); en la cuarta (“Los comerciantes”), mi interés decayó por el mecanicismo argumental de la serie. Y es que, si bien el planteo de esta popularísima saga de Isaac Asimov es poderoso, después nos será repetido machaconamente en cada capítulo, un defecto cuyo origen seguramente nace en la publicación original por entregas, que se veía obligada a actualizar a los nuevos lectores sobre el concepto inicial de la obra. En el conjunto de la llamada Trilogía de la Fundación, ya fusionada en un único volumen —donde no han sido editadas esas actualizaciones repetidas— el efecto resulta hartante.

En Fundación, Asimov no invierte en la construcción interior de los personajes (como si lo hace, por ejemplo, Frank Herbert en Dune, cuyo primer tomo leí al abandonar esta trilogía asimoviana; como escritor, Herbert me pareció muy superior). Quizás Asimov renunció a esforzarse en esa inversión debido a los amplísimos saltos temporales que hay entre las partes, elipsis centenarias que impiden que un personaje pueda reaparecer vivo en la parte siguiente. Por esta razón o por la que sea, lo cierto es que en este Asimov no hay nada del investment of character que J. J. Abrams nos recomienda apasionadamente para cualquier ficción (aun si la batuta la llevan los efectos o los elementos fantásticos, como en su serie Lost).

Así, los personajes de Fundación se perciben como meros peones en sucesivos dilemas lógicos apenas disfrazados de narración. Esta sensación de que el problema a resolver tiene más peso que el propio relato de la búsqueda de una solución —es decir, que el relato es apenas un ejemplo animado para comprender la abstracción de dicho dilema—, es algo que ya había detectado en los cuentos de Yo, robot, del propio Asimov, los que en su momento también me parecieron meras ilustraciones de paradojas lógicas. Sin embargo, en aquellos cuentos, por ser más breves, el frío provocado por la frazada corta de ese camuflaje narrativo se me hizo más tolerable.

La estrategia discursiva principal de Asimov en Fundación es el diálogo, pero en esto el autor tampoco se muestra muy sutil. Los intercambios entre los personajes son agobiantes declamaciones sobre intrigas y encrucijadas históricas, centradas en detectar fallas y descartar cursos de acción posibles, para así hallar el más conveniente en cada crisis. Las nuevas intrigas palaciegalácticas y políticas —que pueden ser tan aburridas como las del Episodio II de Star Wars— y los engaños que suceden a esas discusiones siempre se resuelven al final de cada parte, como en un relato policial clásico.

En suma, el libro se vuelve una narración mecánica, bastante monótona. Luego de tres partes, esa monotonía queda desnuda en su sentido seriado, y ahí el interés comienza a decaer. Quizás esta lectura mía sólo se deba a que, tras unos pocos libros, la space opera y la ciencia ficción hard se han ido perfilando como una de las variantes que menos me atraen dentro del género.

2. Fundación e imperio

[Atención: spóilers].

En el segundo libro de la trilogía, Fundación e imperio, Asimov subsana lo de la discontinuidad de los personajes, ya que aparece un grupo de ellos que persiste de un capítulo a otro. En lo dramático, el golpe magistral en este segundo libro es el de cancelar la ilusión de “éxito asegurado” de esa misión transgeneracional iniciada en el primer libro. El plan perfecto de Hari Seldon, que parecía destinado al triunfo, aquí se revela como falible, abriendo las posibilidades de la trama.

La aparición mística y amenazadora del Mulo es refrescante como elemento desestabilizador de la imperturbable lógica seldoniana, pero la “intriga” de cuál es su verdadera identidad se ve venir a media legua: es muy previsible, porque cede y cede ante la sospecha de que responde a la fórmula de “en el más débil se esconde el más poderoso”. (En El señor de los anillos, por ejemplo, éste es uno de los temas centrales: cada ser es vital para el equilibrio del todo, por lo que no hay ningún ser insignificante; así, la Tierra Media debe esperar que su destino sea resuelto por el viaje de un minúsculo hobbit).

La apertura del final hacia la búsqueda de la Segunda Fundación —tal el nombre del tercer libro de la trilogía— seguramente logrará su propósito de revivir la intriga sobre la continuación de la saga para muchos lectores, pero en mi caso no consiguió que remontara mi creciente desagrado por el estilo trabado y mecánico de Asimov. Esos diálogos —formales, repetitivos, llenos de planteos que vuelven a recapitularse cada vez sólo para agregar un término más a la ecuación lógica que el autor construye tras cada crisis histórica— me fueron cargando de impaciencia al negarme otro disfrute que no fuera el de “descubrir” o “adivinar” soluciones para esos problemas planteados, como si en vez de estar leyendo una novela, estuviera resolviendo un sudoku de 895 páginas. Con todo el dolor del mundo (es sólo una forma de decir, en realidad) decidí no leer las 300 de Segunda Fundación, al menos por ahora. Quizás me arrepienta y termine la Trilogía alguna vez. Hari Seldon seguramente ya calculó que la mayoría de los lectores lo hace.

Mapamundi + La casa del admirador: reseña doble

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[…] Los cuentos de Mapamundi son un flash: fotografías complejas de varias capitales del mundo hechas desde una perspectiva bien argentina, pero que muestra cada rincón del planeta de una manera tan singular como atrapante. […] “Viajar: aprender a desprenderse”, escribe Cristal, y acierta y estira ese concepto a varios de los textos del libro. Estos siete viajes juegan con las leyes temporales, con los límites espaciales, con las voces y las entonaciones, y si bien podrían sólo divertir o entretener, terminan siendo más intrigantes que otra cosa. Disparadores de preguntas, de nuevas vivencias.

El juego ocupa un lugar más secundario en la trama de La casa del admirador, donde si bien sigue habiendo un intento por desmontar las reglas del lenguaje –como en toda apuesta ambiciosa–, ese esfuerzo es menos lúdico y más conceptual, casi teórico. Acá el novelista cordobés apuesta fuerte, y se mete con uno de esos escritores a los que muchos temen sugerir por el peso de su nombre. El escritor cordobés se mete con Borges. Con el viejo Borges, sí, ese al que tantos no se animan a leer. Porque la casa de ese admirador no es otra cosa que la mansión de un tipo que está desquiciado por Borges y su obra, por el personaje y la creación. Un loco lindo, sí, pero un obsesivo espeso, bien rompe bolas, interesantísimo. […]


Benjamín Uribe
, en Ay Mag, revista digital
de arte, diseño, tecnología y tendencias.
Córdoba, miércoles 18 de julio de 2012.

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La historia de tu vida, de Ted Chiang

Por Martín Cristal

Ted Chiang (EE.UU., 1967) reunió en La historia de tu vida sus primeros ocho relatos de ficción especulativa, casi todos publicados en revistas entre 1991 y 2002. Con ellos, este autor —que publica a cuentagotas— cosechó varios de los premios que galardonan a la mejor ciencia ficción. Son destacables la frescura del enfoque para cada tema y la inteligencia de los planteos que conducen cada trama, transportados por una prosa llana y amena. Aquí sintetizo el disparador de cada relato, sin quemar sus argumentos.

El libro abre con “La torre de Babilonia”, un
vívido relato en primera persona sobre la construcción de aquella mítica obra arquitectónica; su tono de fábula antigua lo distancia un poco del resto del libro. Mejor y más representativo resulta “Comprende”: narra la irrefrenable expansión de la inteligencia de un hombre cuyo cerebro, dañado después de un accidente, ha sido reconstruido y potenciado mediante una nueva droga. Si hace poco viste Sín límites (Limitless; Neil Burger, 2011) y te pareció que la peli desperdiciaba una buena idea por falta de profundidad —al fin y al cabo, la “inteligencia total” de su protagonista apenas le alcanza para hacerse rico y obtener poder, como si más allá de esos primeros objetivos los problemas metafísicos no terminaran siendo un desafío mayor para cualquier mente excelsa—, Chiang demuestra con este relato cuánto más lejos se puede llegar con el mismo concepto.

El núcleo duro del libro se compone de tres relatos que abrevan en las ciencias de los números y las letras. “Dividido entre cero” reexplora el tópico del matemático cuya propia genialidad se inclina hacia la locura, lo que lo lleva a cortar lazos con los demás; esto recuerda un poco a las películas Una mente brillante (A Beautiful Mind; Ron Howard, 2001) o La prueba (Proof; John Madden, 2005). En “La historia de tu vida”, una lingüista contratada para aprender el idioma de unos aliens recién llegados a la Tierra, le va contando a su hija el curso de sus vidas entrelazadas; los saltos adelante y atrás del relato quedan justificados por la nueva concepción del tiempo que ella abraza tras comprender el extraño sistema lingüístico de los extraterrestres. “Setenta y dos letras” es una sinuosa amalgama de autómatas victorianos, permutaciones cabalísticas, homúnculos, gólems y clonación genética.

En forma de ensayo, el brevísimo “La evolución de la ciencia humana” discurre sobre un salto en la historia del conocimiento, el cual dejaría atrás a buena parte de la humanidad, incluidos los mismos científicos. “El Infierno es la ausencia de Dios” pasa de la ciencia a la religión (cristiana): en un mundo contemporáneo en que los milagros son la práctica habitual de unos ángeles gigantescos —tan misericordiosos como destructores—, pueden distinguirse las fatalidades causadas por Dios de las que son obra del puro azar. La paradoja de tener que seguir amando a (y creyendo en) un ser superior capaz de dañarnos y quitárnoslo todo, obliga al protagonista a una difícil prueba: la de intentar acercarse a ese mismo Dios que mató a su mujer. Chiang entiende su cuento como una reescritura crítica de la historia de Job. Dice el autor en sus notas:


Para mí, una de las cosas menos satisfactorias del Libro de Job es que, al final, Dios recompensa a Job. Dejen a un lado la cuestión de si los nuevos hijos pueden compensar la pérdida de los anteriores. ¿Por qué Dios le devuelve algo a Job? ¿Por qué ese final feliz? Uno de los mensajes básicos de ese libro es que la virtud no siempre es recompensada; que a las buenas personas les suceden cosas malas. Job finalmente acepta esto, probando su virtud, y por consiguiente es recompensado. ¿No les parece que esto debilita el mensaje?

Me parece que al Libro de Job le faltó el valor de sus convicciones: si el autor estuviera realmente comprometido con la idea de que la virtud no siempre recibe su recompensa, ¿no creen que el libro debería haber terminado con un Job absolutamente desposeído de todo?

Cierra “¿Te gusta lo que ves? (Documental)”. Con una fluida estructura de documental televisivo (la cual recuerda un poco a la segunda parte de Los detectives salvajes), se alternan los testimonios de distintas personas a favor y en contra de un experimento: la “calistenia”, que consiste en eliminar, con una sencilla operación quirúrgica, la conexión cerebral entre la percepción y el reconocimiento de la belleza física. Las posiciones ideológicas y las consecuencias que Chiang extrapola de esa posibilidad son ricas y variadas.

Como los extras de un DVD, el libro se completa con una jugosa serie de comentarios del autor para cada cuento [de ahí tomamos la cita sobre Job]. La historia de tu vida no es fácil de conseguir en las librerías argentinas: podés comprarlo en alguna megalibrería virtual, pedirlo en el website de la editorial o —si no queda más remedio— rastrearlo por la gran tela de araña digital, ahí donde todavía no ha sido apedreada por el FBI. Yo no lo haría, pero ésta es la historia de tu vida, no de la mía.

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La historia de tu vida, de Ted Chiang. Relatos. Bibliópolis, Madrid, 2004. 256 páginas. Con otra versión de esta reseña, recomendamos este libro en el número 22 de la revista Ciudad X (abril de 2012).

El hombre imposible, de J. G. Ballard

Por Martín Cristal

Mientras que en Fiebre de guerra nos impresionaban sobre todo tres relatos por la forma en que estaban estructuradas sus respectivas narraciones, en El hombre imposible —colección de cuentos que data de 1966— lo que prevalece es la calidad del estilo. (La traducción de Marcial Souto sin duda colabora en esta apreciación). El libro en su conjunto quizás sea menos impactante, pero la prosa de Ballard ya demuestra poseer esa capacidad para volver vívido cualquier paisaje mental, por más árida o difícil que pueda parecer su elucubración. El del estilo es, sin duda, uno de los factores principales por los que el autor terminó por fusionar esas panorámicas terminales y desoladoras con el nuevo adjetivo que ahora las abarca, el cual deriva de su propio nombre: lo ballardiano.

Los relatos agrupados son ocho (en la edición —Minotauro, 1972—, el título del segundo cuento falta del índice). Abre el conjunto “El gigante ahogado”, que narra el hallazgo del cadáver de un gigante en la playa cercana a una ciudad costera.


Yacía de espaldas con los brazos extendidos a los lados, en una actitud de reposo, como si estuviese dormido sobre el espejo de arena húmeda. La piel descolorida se le reflejaba en el agua y el cuerpo resplandecía a la clara luz del sol como el plumaje blanco de un ave marina.

En este cuento, tan cerca del fantástico como de la ciencia ficción, Ballard supera con timón firme todas las previsiones del lector, esa lista que siempre empieza por los lugares comunes que uno ruega que el texto no transite. Así, el gigante no revive para temor de los pobladores que curiosean sobre su cuerpo tendido, ni éstos terminan siendo los habitantes de Lilliput (ni el muerto, Gulliver). El cuerpo muerto simplemente se va volviendo parte del paisaje al paso tranquilo de una prosa exquisita.

La playa es uno de los paisajes favoritos de Ballard. Esto se verifica en el cuento “El parque temático más grande del mundo” (en Fiebre de guerra), o en Playa terminal, colección de cuentos anterior a El hombre imposible; y también en el segundo cuento de este libro, titulado “La jaula de los reptiles”, menos impactante que el primero. En este relato, una pareja de viejos toma sol en una playa atestada de gente a más no poder, mientras una vaga amenaza cobra cuerpo en el cielo.

Las aves se vuelven peligrosas (y enormes) en “Pájaro de tormentas, soñador de tormentas”. Aunque el contexto del relato es muy diferente, cuesta no pensar en Los pájaros de Hitchcock, estrenada tres años antes de la publicación de este libro. En “La Gioconda del mediodía crepuscular” también aparecen unas gaviotas que alteran la paz de Richard Maitland, quien acaba de ser operado de la vista. Con sus ojos vendados y en una casa aislada, Maitland experimentará una de esas extrañas bilocaciones que Cortázar supo explotar en cuentos como “Lejana” o “La noche boca arriba”.

El ritmo del libro decae con El delta en el crepúsculo —con su arqueólogo herido, celoso y loco—, y más todavía en “El día eterno” que —tal cual— se hace interminable. Este cuento transcurre en una ciudad abandonada en África, donde el tiempo casi se ha detenido para favorecer un crepúsculo sin fin, y donde los sueños y la realidad parecen tener un punto de contacto firme. La sensación de cuento que quiere ser novela pero no termina de decidirse, es la misma que en “Memorias de la era espacial”, uno de los cuentos más largos de Fiebre de guerra, el cual también transcurre en una geografía dañada, con el paso del tiempo empantado casi por completo.

“Tiempo de pasaje” es uno de los mejores cuentos del libro, a pesar de que su idea central es un juego con el tiempo que resulta algo trillado: narrar la vida de un hombre de la tumba a la cuna, como si ése fuera el flujo normal de la existencia. El primer indicio de extrañeza es, en la primera página, una lápida con las fechas invertidas: James Falkman, 1963-1901. Si esta biografía en rewind resulta memorable y uno de los mejores cuentos del libro (junto con el del gigante) es por su ajustada ejecución.

Cierra el libro el cuento que le da título, “El hombre imposible”, que reflexiona sobre la cirugía reparadora, los transplantes, la donación de órganos, la prolongación artificial de la vida y la relación entre cuerpo y espíritu. Si somos cuerpo y alma, ¿qué o cuánto dejamos de ser al reemplazar una o más partes de nuestro cuerpo por las de otra persona? A su modo, Ballard aplica la paradoja del Barco de Teseo al cuerpo humano. El título del cuento adelanta una pista acerca de por qué la población anciana, poco a poco, va prefiriendo no prolongar su vida con transplantes.

Mujeres, de Elvio E. Gandolfo

Por Martín Cristal

Recomendamos este libro en el Nº 21 de la revista Ciudad X (marzo de 2012).

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El libro se titula Mujeres, pero no es ningún tratado con perspectiva de género. Yéndonos al otro extremo, tampoco es la novela homónima de Charles Bukowski, ésa en la que las palabras clave eran “coño”, “polla” y “follar”.

La cosa es así: cuando Elvio Gandolfo lo publicó, en 1992, el título de este libro era menos abarcativo. Nombrándolo Dos mujeres, el autor indicaba de entrada que lo central en aquel díptico serían esas mujeres particulares con las que se encontrarían los narradores de cada relato. Dos mujeres fue reeditado recientemente en España, con muy buena recepción crítica; en nuestras librerías puede conseguirse otra reedición, la montevideana de 2007, en la que Gandolfo agregó un tercer relato y consecuentemente cambió el título a Mujeres (quizás por aquello de que “tres son multitud”).

En el más memorable de estos tres relatos, “Escamas, piel”, la evocación de un levante en una panadería evoluciona morosamente hasta transportar al narrador (y al lector) desde esa atmósfera cotidiana y reconocible hasta el centro de un terror informe, lovecraftiano e insondable. Lo sigue “Rete Carótida”, la narración más paranoica y rara del libro, tanto por el extraño nombre de la mujer en cuestión (una gorda que acosa con fotos pornográficas al narrador) como por el clímax gélido y fantástico que consigue cristalizar. Ambos relatos comparten un aire de familia. El cuento extra es “Las negritas”: incluso el gay declarado y venido a menos que narra la historia se ve atraído sexualmente por estas dos voluptuosas “negritas” que hipnotizan al barrio de Pompeya. Habrá música tropical, sudor, sangre y mucho misterio en el camino hacia una inquietante resolución.

En las tres narraciones hay respeto y por momentos hasta un temor reverente por la figura femenina, la cual se ubica siempre como capaz de escapar de su propio molde (el establecido por la expectativa social, el estereotipo figurado y solventado por el varón) para convertirse en algo único, tan atractivo y deseable como repulsivo y amenazante: una síntesis de lo complejo de las relaciones hombre-mujer. Nunca el narrador-hombre aparece en una posición de superioridad respecto de esas extrañas mujeres que le toca conocer. Si así lo cree, es algo momentáneo: pronto cae en el plano inclinado de lo desconocido y rueda directo a una revelación fantástica, imprevisible. Porque “las chicas de Gandolfo”, más que particulares, son singularísimas.

“Ésta será un historia de terror… pero no lo parecerá porque soy yo la que la cuenta”, decía Auxilio Lacouture al comienzo de Amuleto, la novela de Bolaño. Las tres historias de Mujeres son un poco así: escalofriantes, aunque al principio no lo parecen… porque es Gandolfo el que las cuenta. Su estilo transparente y minucioso dosifica el mecanismo narrativo de modo tal que el estupor se apodera de los lectores en el momento justo.

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Mujeres, de Elvio. E. Gandolfo. Relatos. HUM Editor, 2007. 96 páginas.

Fiebre de guerra, de J. G. Ballard

Por Martín Cristal

Fiebre de guerra es el último libro de cuentos de J. G. Ballard (1930-2009). Se publicó en 1990, pero se tradujo al castellano recién un año antes de la muerte del autor. Quienes solemos padecer las traducciones españolas, agradecemos la buena factura de Javier Fernández y David Cruz en esta primera edición.

Entre estos catorce cuentos hay tres que se destacan por su forma, sin que ésta sea su único atractivo. “Respuestas a un cuestionario” dosifica cien respuestas a un interrogatorio policial, cuyas preguntas no figuran; infiriéndolas, se deduce el relato de un crimen y una catástrofe nacional. “El índice” nos informa del extravío de la autobiografía de H. R. Hamilton, un megalómano impresentable. Lo único que queda de esa autobiografía es su índice analítico; el cuento no es más que ese listado alfabético de nombres, hechos y lugares, pero con él puede reconstruirse la vida entera de Hamilton  (de hecho, “megalómano” e “impresentable” son rasgos que se desprenden de esa reconstrucción). En “Notas hacia un colapso mental”, un paciente psiquiátrico sólo alcanza a escribir el título de una declaración sobre el asesinato de su mujer; enseguida ese título es analizado palabra por palabra, en notas que desovillan una trama enfermiza.

Mente prodigiosa para un género en el que la imaginación es central, Ballard también le aportó a la ciencia ficción una pluma de gran calidad. Sólo unos pocos cuentos —como “Amor en un clima más frío” (sobre el sexo obligatorio en una época post-sida) o “El parque temático más grande del mundo” (el cual vuelve a la playa, uno de los paisajes predilectos del autor)— resultan demasiado expositivos en su manera de presentar sus ideas-fuerza, y se pasan rápidamente porque no proponen la vivacidad y el juego inteligente de los otros.

Salvando esa minoría, el libro rebosa de situaciones provocativas. En el cuento “Fiebre de guerra”, ensaya una inversión de roles (como la de los bomberos incendiarios de Bradbury): los Cascos Azules de la ONU alientan un combate interminable en una Beirut de laboratorio. “La historia secreta de la Tercera Guerra Mundial” es el testimonio del único ciudadano que logró apartarse de la TV y atestiguar un intercambio nuclear entre EE.UU. y la URSS: una guerra que no superó los cinco minutos de duración. “El espacio enorme” y —sobre todo— “Informe sobre una estación espacial no identificada” trabajan sobre los conceptos de Infinito y Universo, un poco como Borges en “La biblioteca de Babel”. En “Cargamento de sueños”, un barco derrama desechos tóxicos en una islita del Caribe: el efecto principal es una extrañísima mutación de fauna y flora; el secundario, un cuento alucinante (literalmente).

Encuentro entre Ballard y Borges en los años setenta. Foto de Sophie Baker.
Fuente: www.cccb.org.

Un lindo detalle de la edición de Berenice: arriba del pie de imprenta aparece la definición de “ballardiano” según el Collins English Dictionary. El término aglutina una modernidad distópica, paisajes desoladores creados por el hombre y los efectos psicológicos del desarrollo social, tecnológico o ambiental. Ésos son exactamente los síntomas de la fiebre que contagia este libro, a los que podríamos sumarles también el condimento de dos o tres locos mesiánicos que siempre se las arreglan para conseguir seguidores.

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Con una versión más corta de la presente reseña, recomendamos este libro en el número 16 de la revista Ciudad X (octubre de 2011).

Quince narradores de Córdoba antologados en No Retornable Nº 8

Acaba de publicarse el Nº 8 de la revista on-line No Retornable. Su directora, Sol Echevarría, lo presenta diciendo —entre otras cosas— lo siguiente:


“En este número, decidimos hacer un
dossier de narrativa cordobesa porque a veces, desde Buenos Aires (capital mundial, etc., etc.), nos centramos demasiado en la producción local. Creemos que los autores seleccionados dan cuenta de cierta tendencia estética en la narrativa contemporánea de la provincia de Córdoba, con sus variedades y excepciones, que es interesante”.

El dossier incluye cuentos de Eugenia Almeida, Cuqui, Pablo Dema, Sergio Gaiteri, Pablo Giordano, Luciano Lamberti, Pablo Natale, Eloísa Oliva, Martín Pachetta, María Pousa, Javier Quintá, Adrián Savino, Ramón Sisterna y también uno escrito por un servidor. Bon appétit.

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PD. Alguna vez comenté en este blog mis dificultades para traducir el epígrafe de Shakespeare que abre este cuento…

Lo mejor que leí en 2009 (2/3)

Por Martín Cristal

Segunda parte de los libros que más disfruté leer en 2009:
[Leer Primera parte]
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La gaviota | El jardín de los cerezos,
de Antón P. Chéjov

Planeta-Biblioteca La Nación, 2000. Teatro.

Si a los clásicos, como quería Borges, se los aborda con un “previo fervor”, también cabe decir que muchas veces se llega a ellos con demasiada información anticipada, lo cual puede provocar una “previa desconfianza” o también un “previo desgano”. Si la obra no se expande más allá de todo eso que ya sabemos de ella, la “misteriosa lealtad” borgeana puede convertirse en una nada misteriosa decepción. Conmigo, La gaviota (1896) superó esta dificultad.

El joven Trepliov pide: “Hacen falta nuevas formas. Nuevas formas hacen falta, y si no se encuentran, mejor es nada”. El artista en ciernes, el escritor wannabe que reclama lo Nuevo para el Arte, enfrentado al artista que ya goza de tal nombre en base a una trayectoria sólida y reconocida que, paradójicamente, ya no le aporta al Arte más que repeticiones aprendidas, fue el conflicto que sostuvo mi interés a lo largo de la lectura. ¿Aceptar madrinas o padrinos artísticos, ir en busca de su apoyo o su consejo, o bien criticarlos, rebelarse contra ellos desde el principio, sin aceptar nada de sus manos? A la relación Trepliov-Trigorin (escritor joven vs. escritor consagrado, si bien no genial) se ofrece como contraste la de Nina con la madre de Trepliov (actriz principiante que busca ser como su admirada actriz famosa). Estas tensiones se exacerban por el entrecruzamiento de las relaciones personales entre las partes. El amor tiñe la admiración y el desprecio, e incluso la percepción del talento ajeno. A veces es al revés: el talento, el desprecio o la admiración contaminan el amor…

¿Qué pasa cuando, años después de haber reclamado “lo nuevo”, el escritor descubre que él mismo recae en sus propias y rutinarias formas, que más importante que las formas era escribir lo que fluyera del alma, y que aprender todo esto le ha costado el derrumbe del amor y las relaciones humanas a su alrededor? La contundente respuesta de Trepliov —empujada también por su irremediable teen spirit— llega con la caída del telón.

El jardín de los cerezos (1903) narra la decadencia de una aristocracia incapaz de reconocer el momento histórico que le toca vivir. De esta otra obra sabía más antes de leerla, por lo que tenía cierto desgano al empezar, pero tuve suerte: justo en esos días, la Comedia Cordobesa estrenó su adaptación para el Festival Internacional de Teatro Mercosur, dirigida por Luciano Delprato. Pudimos verla poco después. No estaba ambientada en la Rusia del cambio de siglo, sino en la Argentina de los sesenta; la invención de Chéjov no se resintió en absoluto. La escenografía sesentera nos pareció brillante, y la decisión de presentar las indicaciones iniciales de cada acto en la forma de canciones, un acierto y un hallazgo.

El prólogo de Enrique Llovet pone a la figura del propio Chéjov en un lugar tan querible que me llevó a leer “Tres rosas amarillas“, de Raymond Carver, donde éste imagina los últimos días del dramaturgo ruso.

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Los gauchos judíos, de Alberto Gerchunoff

Biblioteca Nacional-Colihue, Colección Los raros, 2007. Relatos.

Publicada en 1910, en el espíritu del Centenario, esta colección de estampas de la vida rural de los inmigrantes judíos en Argentina, oficia —según explica Perla Sneh en el excelente estudio introductorio— “de vía de acceso de la comunidad judía a una sociedad no siempre hospitalaria”. El título fue impugnado por Borges en su cuento “El indigno”, en el que su protagonista, judío, dice: “Gauchos judíos no hubo nunca. Éramos comerciantes y chacareros”.

El propio Gerchunoff, en la página que introduce la obra, explicita su propósito de integrar a los judíos al festejo del Centenario de la Argentina, cuando dice: “Judíos errantes, desgarrados por viejas torturas, cautivos redimidos […], digamos el cántico de los cánticos, que comienza así: Oíd mortales…”. También lo hace en el primero de los relatos, “Génesis”: “Por eso, cuando el rabí Zadock-Kahn me anunció la emigración a la Argentina, olvidé en mi regocijo la emigración a Jerusalem, y vino a mi memoria el pasaje de Jehuda Halevi: ‘Sión está allí donde reina la alegría y la paz’”.

El libro se compone de escenas de la vida rural en Entre Ríos (el arado, el ordeñe, la trilla, la langosta); relatos sobre la tiranteces entre tradición y asimilación (raptos y bodas frustradas) o sobre el sincretismo de las nuevas supersticiones (historias de brujas y aparecidos); narraciones costumbristas; muestras de los acercamientos amistosos con el resto de la población (“La visita”), de algunas incomprensiones mutuas o, en algún caso, de un abierto antisemitismo (“Historia de un caballo robado”).

La prosa de Gerchunoff es dulce y poética, bucólica, tierna, aunque en ella hoy resulta un tanto arcaico el uso del “vosotros”. Los gauchos judíos es una oportuna lectura de cara al Bicentenario, como un punto de partida para pensar qué pasó en estos segundos cien años entre la comunidad judía y la Argentina.

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Un descanso verdadero, de Amos Oz

Siruela-Debolsillo, 2008. Novela.

A esta novela, publicada originalmente en 1982, me la había recomendado Mónica Maristain cuando yo todavía vivía en México. Pero me dejé estar y, de vuelta a la Argentina, cuando quise comprarla, la edición de Siruela me resultaba carísima, como todos los libros importados luego de la crisis de 2001. Por suerte este año encontré una edición económica en Eterna Cadencia. El estilo de Oz me fascinó, por lo que este año le dediqué un artículo en El pez volador.

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Leer parte 3 de 3

Talleres literarios

Por Martín Cristal

Conozco a algunos escritores que dirigen talleres literarios. Sé que los coordinan con honestidad, porque creen en lo que hacen y son buena gente. Con todo esto, no cabe más que decir que en su caso se trata de un trabajo digno. Los respeto como escritores y como trabajadores. Espero que ellos también puedan respetar mi punto de vista general sobre los talleres literarios.

Brevemente: detesto los talleres literarios. El mío es un rechazo natural, apriorístico, irracional, aunque después me haya puesto a pensar sobre ese rechazo. Son muchas las veces en que la literatura funciona así: primero sube desde el estómago el me gusta/no me gusta y sólo después baja desde el cerebro el porqué de ese agrado o desagrado.

Tengo para mí que la escritura es un espacio de libertad individual donde nadie puede decirme lo que tengo que hacer. Es una de las razones por las que adoro ese espacio desde que lo descubrí. Puedo tolerar las humillaciones diarias del ámbito laboral o de la vida en sociedad sólo porque sé que de regreso a casa tendré ese terreno privado de libertad total. Mi último reducto, mi reino. Tendría que estar loco para exponer ese jardín secreto al mandato, la tutela o la aprobación regular de terceros.

John Cheever dice (en el prólogo de sus Relatos) que el escritor “se presenta más bien solo y determinado a instruirse por su cuenta”; así lo entendía yo incluso antes de leer a Cheever. No digo que sea siempre del modo que pasaré a detallar, pero en demasiadas ocasiones el taller literario sólo sirve para:

1. Escribir igual o casi igual que el coordinador del taller, al aceptar de entrada su criterio de autoridad (en el caso de los talleristas más ingenuos, sin siquiera haber leído antes cómo escribe dicho coordinador) y pensar que su visión de la literatura es la literatura toda, al someter lo escrito al criterio escolar de “bien hecho” o “mal hecho”, evaluación que cada uno debería ser capaz de lograr para sí mismo y según parámetros propios.

2. Utilizar secretamente el taller como un modo de relacionarse con el coordinador en caso de que éste sea un escritor “famoso” (en cuyo criterio de autoridad se confiará sólo por eso), sobre todo porque así puede que consigamos su recomendación editorial para llegar al sueño del primer libro publicado. Cuando se consigue el objetivo, o cuando se descubre que es imposible de conseguir, la continuidad en el taller pierde sentido.

3. Exponer nuestros textos a la crítica demente de otros idiotas que inconscientemente utilizan el taller como terapia grupal para canalizar otros problemas y descargan sus frustraciones sobre lo que nosotros hemos escrito, grupo en el que, con frecuencia, se incluye también al coordinador. (En el caso de que un taller tenga como finalidad central, abierta y declarada la de ser algún tipo de terapia de grupo, entonces todo se vuelve mucho más sincero, aunque en ese caso tanto da que sea de literatura como de crochet o jardinería).

4. Utilizarlo secretamente sólo para conocer gente, lo cual explica la disminución de la asistencia cuando los talleristas van encontrando pareja, o la disolución total del taller cuando el que encuentra pareja es el coordinador.

5. Considerarlo como un “talentómetro” para medirse frente a terceros. Mientras que los escritores potencialmente buenos son siempre los primeros en irse al darse cuenta de que en realidad no necesitan el taller, los malos se quedan porque nunca tienen idea de lo que pasa por encima de sus cabezas, y los de la mitad de la tabla también se quedan, porque están encantados con su nueva posición luego del retiro de los buenos. Resultado: el Reino de los Talleres Literarios pertenece a los Mediocres. [Tengo la sensación de haber leído esto en alguna parte, pero ¿dónde? Ciertamente no en un taller].

6. Considerarlo sólo como un pasatiempo, lo cual no es un problema para los pasatiempistas, que son legión, sino para los dos o tres pobres tontos que se toman el taller a pecho y tienen que escuchar las críticas vagas, endebles o arbitrarias de los otros, que la están pasando bárbaro.

7. Proporcionarle al coordinador un público cautivo asegurado para la presentación de los libros que él mismo publique.

8. “Ganar tiempo” en un proceso de ensayo y error colectivo, en vez de “perder tiempo” en un proceso de ensayo y error individual (?).

9. Exponerse a situaciones como las que recrea Roberto Bolaño al comienzo de Los detectives salvajes:


“…leíamos poemas y Álamo [el coordinador], según estuviera de humor, los alababa o los pulverizaba; uno leía, Álamo criticaba, otro leía, Álamo criticaba, otro más volvía a leer, Álamo criticaba. A veces Álamo se aburría y nos pedía a nosotros (los que en ese momento no leíamos) que criticáramos también, y entonces nosotros criticábamos y Álamo se ponía a leer el periódico.

El método era el idóneo para que nadie fuera amigo de nadie o para que las amistades se cimentaran en la enfermedad y el rencor”.

10. Corroborar lo que Stephen King —por citar a un escritor que está en las antípodas de Bolaño—, también apunta en Mientras escribo (On Writing):


“Los talleres de escritores presentan el grave problema de erigir el ‘debo’ a categoría de norma. […] Y no olvidemos las críticas. ¿Qué hay de ellas? ¿Qué valor tienen? Según mi experiencia, lamento decir que muy escaso. Suelen ser de una vaguedad exasperante. Sale fulanito y dice: ‘Me encanta el clima del cuento de Peter… tiene algo como… como una sensación de… no sé, como muy tierno… No sé describirlo bien…”.

Otras gemas de seminario son ‘me da la sensación de que pasa algo con el tono’, ‘el personaje de Polly me ha parecido muy estereotipado’, ‘me han gustado mucho las imágenes, porque ayudan a ver con claridad de lo que se trata’…

Y en vez de tomar las palomitas recién hechas y acribillar al charlatán, el resto de corro suele ‘asentir con la cabeza’, sonreír y mostrarse ‘pensativo’. Demasiado a menudo, los profesores y escritores residentes asienten, sonríen y compiten en mostrarse pensativos. Por lo visto hay pocos inscriptos a quienes se les ocurra que si tienes tal o cual sensación y no puedes describirla, si es como, no sé, una especie de, ahora no caigo, quizás te hayas equivocado de clase, joder”.

[…] Las clases o seminarios de escritura son tan poco ‘necesarios’ como este libro o cualquier otro sobre el oficio de escribir. […] La mejor manera de aprender es leyendo y escribiendo mucho, y las clases más valiosas son las que se da uno mismo.”

Creo que está bien prepararse para hacer, pero creo que es mejor hacer. Creo que leyendo y escribiendo se aprende a escribir. Creo que la literatura se enseña a sí misma, ya que provee en forma de textos todo el conocimiento necesario para construir nuevos textos (esto no sucede en otras artes: no hay piezas musicales que me expliquen por sí solas cómo se interpreta o compone la música, ni una pintura que explique por sí misma cómo se pinta; pero sí hay libros que explican cómo se hace un libro, cómo funciona la gramática, cómo se escribe un cuento o una novela…).

Creo en equivocarme y avanzar sobre mis errores. Creo en reconocer mis limitaciones y transformarlas en virtud para conseguir un estilo propio. Creo que practicar la autonomía de mis decisiones estéticas favorecerá mi confianza respecto de esas decisiones. En caso de duda, creo en la consulta específica —en el momento en que uno siente que la necesita— sobre un trabajo concreto personal (no una consigna de taller) a mentores o pares que uno elija sobre la marcha y cuyo criterio respete de antemano por conocer lo que hacen o piensan. Creo también en la escucha atenta de lo que los editores y los correctores de estilo, desde su experiencia como tales, tienen para sugerir, independientemente de que después uno atienda o no esas sugerencias. Creo en la publicación de la obra como una instancia más del aprendizaje.

Es probable que todos los talleristas del planeta repudien esto. Buena suerte, muchachos: pueden discutirlo en la reunión de la próxima semana.

Inauguración de El pez volador

Abro este espacio para compartir impresiones y notas personales sobre mis lecturas, así como algunas ideas sobre narrativa. Casi todo lo que iré publicando son apuntes que tomo o tomé para mi uso particular, pero que quizás también le sean útiles o interesantes a otros (en todo caso, su publicación en este medio no hará daño a quienes no los necesitan). No sé cómo serán recibidas estas anotaciones, pero me queda claro que sería imposible valorarlas si las mantuviera aisladas para siempre en la oscuridad de mi computadora. La posteridad no es un buen cajón para guardar las cosas, porque cuando se pueda sacarlas de ahí, seremos nosotros los que estaremos en un cajón… Mejor ponerlas aquí, a la vista del presente.

Pretendo que El pez volador se eleve y se zambulla en distintas cuestiones relacionadas con la lectura y el arte narrativo, aunque no será un espacio de crítica literaria ni funcionará como un “taller literario a distancia”, toda vez que no soy crítico ni coordinador de talleres. Respecto del oficio del escritor, creo en el aprendizaje individual y en soledad: leer enseña a escribir, y no dejar de hacerlo enseña a escribir mejor cada vez. Leer y escribir: las dos cosas se hacen a solas. A modo de credo o presentación, hago mías estas palabras de John Cheever (tomadas del prólogo de sus Relatos):

Al escritor podemos verlo aprendiendo torpemente a caminar, a hacerse el nudo de la corbata, a hacer el amor, y a comer los guisantes con tenedor. Se presenta más bien solo y determinado a instruirse por su cuenta. Ingenuo, provinciano en mi caso, a veces obtuso y casi siempre torpe, incluso una cuidada selección de sus primeros trabajos será siempre la historia desnuda de su lucha por recibir una educación en economía y en amor.

Respecto de la lectura de algunos clásicos universales —el Quijote, la Divina Comedia o la Ilíada, entre otros— he decidido no dejarme intimidar por la impresión de que sobre ellos está todo dicho, ni por el hecho de saber que hay estudiosos que le han dedicado a estas obras la vida entera, en primer lugar porque nunca se sabe qué nuevas conexiones se pueden hacer entre los textos antiguos y el presente, y en segundo lugar porque al escribir aquí no pienso solamente en los entendidos en literatura: creo que, si no ellos, otros pueden sacarle provecho a los apuntes de este blog, y eso ya es suficiente motivación. También iré publicando notas referentes a la obra de autores contemporáneos, no con afán de crítico especializado, sino de lector que disfruta de lo que lee y luego quiere pensar y conversar un rato sobre eso.

Un diario de lectura con apuntes sobre narrativa: eso, espero, será El pez volador. Al compartir estos artículos estoy dispuesto a equivocarme y aprender.

Bienvenidos los que leen.

Martín Cristal