Dos novelas del narco mexicano

Por Martín Cristal

Ante el desbordado saldo de muertes relacionadas con el narcotráfico en México (del que en buena parte también es responsable el ex presidente que le declaró la guerra: no se apagan incendios con gasolina), resulta lógico que varios narradores de ese país hayan enfocado el tema en sus ficciones. Elmer Mendoza, Juan Villoro, Daniel Sada, Sergio González Rodríguez y hasta Carlos Fuentes son algunos de los que dieron cuenta, cada uno a su modo, de distintos aspectos de esta delicada situación social, económica y política, que ya sobrepasa lo coyuntural para ser, llana y tristemente, una faceta cultural más de México.

Se ha querido acuñar el término “narcoliteratura”, lo que quizás sea un exceso, ya que en todo caso son apenas algunos rasgos temáticos comunes los que se aglutinan, y no necesariamente una forma narrativa o un estilo. El término, sí, funciona como una etiqueta comercial rápidamente asimilable para el mercado exterior. Y es que el narcotráfico como tema literario ha interesado más allá de las fronteras mexicanas: por ejemplo, las dos novelas breves que recomendamos aquí, se consiguen en librerías de Argentina por la vía de ediciones españolas.

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Trabajos del reino, de Yuri Herrera

Yuri-Herrera-Trabajos-del-reinoEsta novela breve de Yuri Herrera (Actopan, 1970) narra en tercera persona pero desde el punto de vista de un cantante de corridos, esa música popular del norte mexicano que, en sus letras, es el cantar de gesta del narco y sus antihéroes (o como la define Herrera: “…no son canciones para después del permiso, el corrido no es un cuadro adornando la pared. Es un nombre y es un arma”). Este Artista —Herrera elige nombrar a sus personajes por el arquetipo que representan— se pone al servicio de un Rey del narco para difundir sus proezas y las de sus aliados. A cambio de sus epopeyas de acordeón y redoblante, el bardo recibe dinero, alojamiento, comida y hasta la posibilidad de grabar: todo lo que jamás tuvo, al menos nunca a granel y con tanto lujo. Ahora lo tiene por trabajar para este Reino, en el que enseguida descubrirá cuán inestable es el equilibrio entre traiciones y deseos prohibidos. Bajo el ala del Rey no se pueden cometer errores.

Destaca el uso del lenguaje por parte de Herrera (algo que Fogwill supo elogiarle): en esta novela es lírico —ciertas páginas incluso parecen poemas—, pero a la vez tiene una fuerte raigambre oral mexicana, sin excesos, en un balance muy bien logrado. El lector argentino no familiarizado con la vertiente mexicana del idioma quizás pueda acusar que el sentido de algunas frases se le escapa; insisto en que el sazón del texto está precisamente ahí, y que no por esa nimia dificultad debería soslayar este excelente libro (además, en esta era digital todo lo que uno no entiende puede guglearse más tarde).

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Fiesta en la madriguera, de Juan Pablo Villalobos

J-P-Villalobos-Fiesta-en-la-madrigueraEn lo escritural, la primera novela de Juan Pablo Villalobos (Guadalajara, 1973) va hacia el lado opuesto: simplifica al máximo la cuestión del lenguaje mediante la asignación de la voz del relato a un narrador de corta edad, lo que la hace de digestión más rápida y para todo público. Tochtli es hijo de Yolcaut, un poderoso narcotraficante; con la ingenuidad de su mirada, que a veces pone al relato cerca de la fábula infantil (aunque matizada con toques de esa rara madurez que Salinger le atribuía a los niños en sus cuentos), Tochtli va dando cuenta de la vida que lleva, aislado en la mansión desértica de su padre.

Uno de los caprichos de este principito es obtener, para su zoológico privado, un hipopótamo enano de Liberia, animal en vías de extinción que sólo puede conseguirse en África (en el zoo de la novela de Herrera, el animal-emblema es el pavo real). Claro que ningún deseo es imposible para el hijo de un hombre como Yolcaut. La gracia de la novela de Villalobos reside en que el lector infiere del relato cándido de Tochtli todo el mundo opresivo y violento que lo rodea. La persistente inocencia del niño es un milagro entre toda esa sangre. Una sangre que todavía se derrama y espanta y da que hablar, tanto en México como en el resto del mundo.

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Trabajos del reino, de Yuri Herrera. Novela. Periférica, 2008 [2004], 128 páginas. | Fiesta en la madriguera, de Juan Pablo Villalobos. Novela. Anagrama, 2010, 112 páginas. Recomendamos estos libros en “Ciudad X”, del diario La Voz del Interior (cuyo manual de estilo insiste en cambiarme las X por J cuando escribo “mexicanos” o “mexicanas”). Córdoba, 6 de marzo de 2014.

Tres sueños

Por Martín Cristal

El sábado, durante el almuerzo, mi chica me iba a contar algo que soñó, pero apenas me dijo “anoche soñé que…”, recordé de un solo golpe que yo también había tenido dos sueños. Dos y no sólo uno, como había creído al despertar.

En el primer sueño, una araña estaba dentro de un vaso transparente, y cada vez que yo la sacaba de ahí sacudiendo el vaso hacia una pared —porque yo necesitaba ese vaso—, el bicho volvía a meterse ni bien el vaso tocaba otra vez la mesa. Volvía al vaso a una velocidad asombrosa, tantas veces que al fin me obligó a buscar el pilón de un mortero para meterlo en el vaso y triturar a la araña en el fondo. El sueño se interrumpió antes de que lo hiciera. En mi memoria, la araña se impuso: cuando desperté, sólo recordaba este sueño, y nada del segundo, que sólo volvió a la hora del almuerzo, cuando mi chica dijo “anoche soñé que”.

En el segundo sueño, mi padre agonizaba en un hospital. No lo veía porque yo estaba afuera de su habitación. Recuerdo una luz lechosa, verdiblanca. También una ventana, la punta de una cama a contraluz (la punta de los pies). Y la sensación. Recuerdo la sensación. Algo como peso, impotencia, desasosiego, tristeza, bronca. Una tensión brutal entre resignación y negación. Este sueño (creo) también se interrumpía antes de que llegara la muerte.

Después del almuerzo, mi padre me habló por teléfono. Quería decirme dos cosas, pero sólo recordaba una de ellas (algo sobre un paquete que había llegado para mí desde México). Mi padre tiene setenta y cinco años, y la memoria le falla cada día un poco más; a mí también, pero por lo pronto se me nota menos. Esto, que a veces me irrita, porque perdemos un tiempazo en el teléfono mientras él trata de recordar por qué me llamó, esta vez fue como un remanso. Lo dejé dudar, pensar, hacer memoria, hablar, decirme cualquier cosa, hasta que se acordó de lo otro que quería decirme: que había encontrado, en el fondo de un cajón, el pasaporte ruso con el que mi abuela entró al país en 1923. Me lo describió, y yo escuchaba su voz y me alegré de que estuviéramos ahí, cada uno en su casa, y no en un hospital verdiblanco.

A la tarde me enteré de la muerte de Fogwill. Posteé una foto in memoriam. La foto me gusta porque está desnudo, o porque parece desnudo, pero no por el pecho descubierto, sino por la mirada. Me parece que tiene una mirada desnuda. No sus miradas famosas, la de loco, la de tipo furioso o inteligente, ni tampoco una mirada de indolente o distraído.

Ayer lunes, a la siesta, leí la nota que Carlos Schilling escribió en La Voz para recordar a Fogwill. En esa nota, Schilling arranca diciendo: “Muchas veces soñé la muerte de Fogwill, porque dicen que matar a alguien en sueños le alarga la vida. No sirvió”.

Anoche soñé que una ex compañera del secundario —cuyo nombre no recuerdo y a quien no he vuelto a ver desde entonces— nos llevaba a mi chica y a mí en su auto: nos iba a acercar desde el Nuevocentro Shopping hasta Cañada y San Juan. Mi chica y yo tuvimos que ir en el asiento trasero, porque el del acompañante ya estaba ocupado… por Fogwill.

Fogwill hablaba y hablaba, pero desde atrás no escuchábamos lo que decía, porque la radio estaba prendida. Mientras trepábamos la calle Misiones, la conductora, de repente, cambió de idea: dijo que ya no iba para la zona de Cañada y San Juan, frenó en una esquina cualquiera y nos hizo bajar a todos. Fogwill bajó primero y se alejó. Yo lo despedí diciéndole: “Chau, nos vemos”. La conductora, con cierta saña, dijo: “eh, por qué le decís ‘nos vemos’, si sabés bien que se acaba de morir”. Lo dijo en voz demasiado alta, como para que el propio Fogwill pudiera oír que ya estaba muerto.

El sueño continuó en un supermercado: con mi chica todavía comentábamos la crueldad de la conductora del auto —“¡cómo le va a decir eso!”— mientras yo me arrodillaba para buscar una botella de Pritty, o alguna otra gaseosa de limón, quizás una Schweppes. Estiré la mano para sacar una botella grande de uno de los estantes más bajos y oscuros, y entonces descubrí que el envase estaba abierto: alguien se había tomado casi la mitad. Un empleado del supermercado, mestizo o negro, muy viejo y desdentado (parecido a un trompetista de New Orleans que aparece en una historieta que estoy leyendo por estos días, 100 balas), apareció a mi lado y me señaló acusatoriamente, como si hubiera sido yo el que se había tomado la gaseosa, ahí, en el súper.

Mientras me paraba, murmuré: “la puta que lo parió”. El empleado lo tomó como un insulto personal. Yo no había querido insultarlo a él, era una puteada más bien genérica, por el fastidio de la situación. Quise explicárselo, pero él ya se había dado la media vuelta para ir a buscar al encargado. Supongo que quería echarnos del lugar, pero nosotros no lo íbamos a permitir.

Un paseo por L. A.

Por Martín Cristal

En un post anterior con algunas ideas sobre el concepto de canon, planteaba la necesidad de no presentar a éste como un ranking, sino como un espacio: podría ser una ciudad con distintos barrios, suburbios, zonas céntricas, periféricas, en construcción… Aquí sobrevuelo a mi modo la Ciudad Literatura Argentina (L. A.)., centrándome sobre todo en narradores. Invito a quienes leen a mejorar o cambiar el mapa según sus apreciaciones y a agregar los nombres que faltan, que son muchísimos (¡en esta fiesta faltan mujeres!). Mejor si describen la zona que representarían esos nombres.

Mi mapa personal de L. A. —la ciudad llamada Literatura Argentina—, podría empezar a dibujarse a partir de una zona residencial alta, el cerro Borges, con casonas de arquitectura clásica y un hermoso cementerio lleno de nombres ilustres. Desde su mirador, se alcanzan a ver los lejanos barrios de las orillas, esos de costumbres pendencieras y criollas; se sabe que en los días más brillantes se llega a ver más allá todavía, incluso otros países con idiomas y costumbres diferentes. Junto a esa alta colina y bajo su sombra permanente, están los barrios Bioy Casares, Silvina Ocampo Anexo, el lujoso y barroco Mujica Láinez, el pequeño Pepe Bianco; sólo a cierta hora del día el sol da de lleno en esos barrios, que tienen sólo ese instante para brillar. Enfrente, aislada y tenebrosa, venida a menos y con un poco de envidia, está Villa Sabato, en una colina más baja separada del resto por una gran depresión, la cual se atraviesa por el Túnel del mismo nombre.

Más a la izquierda, alejado de todo lo anterior, otro alto cerro: el Marechal, una zona un poquito más popular, peronista y catolicona, un área divertida a la cual se llega tomando el juguetón tranvía G, de Girondo. Desde el Marechal, por un puente que cruza el río Quiroga, se llega a Cortázar, un barrio que recuerda al Latino de París y que puede recorrerse de muchas formas; si se sigue más lejos se llega a Ampliación Abelardo Castillo, que repite o continúa la arquitectura de las zonas ya mencionadas. Filloy es un barrio antiguo, de trazado heterogéneo y construcciones disímiles, donde los nombres de todas las calles tienen siete letras y también pueden leerse de atrás para adelante.

Muy lejos de ahí, está Arlt, un barrio aparte, un bajofondo duro, con su propia jerga y mucha personalidad; en esto último, la zona de Fogwill, aunque mucho más nueva, se le parece un poco. Los dos son barrios peligrosos (ladrones, rufianes y secuestradores en el primero; traficantes de armas o cocaína, críticos, espías y ex combatientes devenidos en asaltantes en el segundo). Blaisten es el área céntrica de los comercios cerrados por melancolía, de los judíos, de los consultorios de analistas, todos entreverados con los conventillos de Marco Denevi; una especie de Once porteño.

Atraviesa el centro la avenida Saer, que tiene veintiuna cuadras y termina en el río; no lejos de ahí se encuentra la “zona rosa” Manuel Puig, donde están los cines para ver a las estrellas de Hollywood y emocionarse con melodramas.

Extienden la ciudad algunas áreas más modernas: Fresán, Pauls, Berti, Kohan, la futurista Cohen, el conurbano Bermani, además de muchas otras del barrio joven que muestran arquitectura contemporánea, edificios nuevos, muchos (sólo) de antología, muy diferentes entre sí. Por ahí cerca queda Aira, una zona llena de casitas a medio hacer: un emprendimiento inmobiliario que primero llama la atención por su ingenioso trazado general y por la velocidad de su construcción, pero que, si se lo releva casa por casa, casi siempre termina siendo una decepción.

En las afueras y hacia el este, cerca del popular barrio Soriano, se encuentra el estadio Fontanarrosa y el edificio del periódico local, el Walsh; también en las afueras, pero exactamente del otro lado de la ciudad, se encuentran el museo de curiosidades Macedonio Fernández, el mirador Piglia (desde donde pueden verse todos los edificios de la ciudad, excepto el propio mirador) y el extraño hotel Witold, de avejentada arquitectura vanguardista. Luego viene la circunvalación, con varias salidas: la ruta Belgrano Rawson conduce al sur; la Héctor Tizón, al norte.

A partir de ahí: el campo, la infinidad de la pampa que rodea y abraza a la ciudad, no como el fin o la nada, sino al revés, como el comienzo: es la marca que la ciñe, que le muestra cuál es su límite máximo. Esa extensión infinita es el país: el Martín Fierro.

Yo siempre vuelvo a esta ciudad y busco la zona en que nací para afincarme cerca de ella y hacerme amigo de mis vecinos. Ya la encontraré.

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Imagen: Lomos de libros gigantes en la fachada del estacionamiento de la Biblioteca Pública de Kansas City. Fuente: Selectism.

Me gusta!

Diez años de Vivir afuera

Por Martín Cristal

El poder, tal como se diseñó a sí mismo en la Argentina menemista —época en que transcurre la acción de Vivir afuera, novela de Fogwill publicada cuando el gobierno de Carlos Menem todavía no llegaba a su fin—, fue un poder centrífugo, excluyente, que giraba a la velocidad de los mass media, generando un espacio central que dejaba a todos los que no comulgaban con él en la periferia de aquella zona: al margen. Era un poder en forma de salvavidas: un hueco en el centro (un vacío, pero no de poder sino de moral, un vacío de sentido: el poder por el poder mismo y lo “hueco” entendido aquí también como lo superficial, lo frívolo y lo vacuo: la tilinguería menemista), rodeado de un amplio “sálvese quien pueda”, perimetral y circular. Un salvavidas que, a la larga, no salvaría a nadie.

Por esa zona periférica transitan los personajes de esta novela de Fogwill. Sobreviven afuera, en el sálvese quien pueda, y su herramienta principal es la transa. El que mejor conoce los mecanismos de la transa, más posibilidades tiene de sobrevivir. Hay que sabérselas todas, hay que calcular, prever… o perecer.

Geográficamente, esa figura del salvavidas se calca sobre el mapa de la capital argentina: la figura queda así dibujada sobre el suburbio, el anillo exterior, la periferia, todo lo que está por fuera de la avenida General Paz. El agujero es la ciudad, Buenos Aires, aunque en sus calles también sea posible encontrar marginados.

La mujer, el judío, el negro, el pobre, el drogadicto, el enfermo de sida, el viejo, el que todavía vive de las ideas de otra década, el extranjero ilegal, el homosexual, el que opera fuera de la ley, el ex convicto, el ex combatiente… Todos ellos son marginales y, a su vez, todos marginan, todos tienen de algún tercero una idea discriminatoria: ninguno está, entonces, en el centro de nada. En Vivir afuera también hay marginales para distintos estratos de la sociedad, o para una parte de la sociedad (en la novela, es el caso de Saúl respecto de la comunidad judía porteña).

La supervivencia descarnada se inclina hacia la violencia. Las drogas la potencian, pero no siempre como un fin en sí mismas: muchas veces son sólo la moneda corriente para la transa, el equivalente a la sal o las especias de antaño, circulante con el que se comercian otras cosas: transas “más grossas” que la droga misma o bien información, infidelidades.

En Vivir afuera, el punto de vista narrativo favorece la perspectiva del marginado, y no la de esos otros que viven en la parte vacía del salvavidas, a los que el marginal, despectivamente, apoda “la gilada”. Mientras que en El gusano máximo de la vida misma, novela de Alberto Laiseca, la gilada se organiza verticalmente —los seres de las alcantarillas, abajo; la gilada, arriba, en la superficie—, en la novela de Fogwill la organización se extiende en un eje “adentro-afuera”: los protagonistas de esta novela, como señala su título, viven afuera, en el mundo real. En cambio, la gilada no vive en el mundo de verdad: la gilada no tiene idea de la vida, de lo que ocurre, porque vive en un mundo que ha aceptado las reglas impuestas por el poder, un mundo inflado de convertibilidad y cuotas, ciego, clasemediero; la gilada es feliz en su manera idiota de vivir sin enterarse de nada con tal de mantener cierto nivel de confort y bienestar económico. Sin embargo, en el fondo, el marginal flaquea a veces y termina deseando lo mismo, tal como en el caso de Susi, que suspira por unas vacaciones en el paraíso costero de la clase media argentina, Mar del Plata:

 

“¡Estar con gente y con parejas en un lugar donde nadie te conozca y que nadie tenga miedo ni hable de vos y lejos de aquí!”

De paso: es raro que Fogwill —quien predica el abandono de los “encender” y los “ascender” para escribir “prender” o “subir”— haya elegido decir “lejos de aquí”, en vez de “lejos de acá” (y también que varias de las marcas comerciales que figuran en el texto estén mal escritas, lo cual es grave si se considera la predilección del autor por mencionarlas). Más allá de estos deslices, el lenguaje de Vivir afuera quiere ser fiel al registro oral de cada sector social; la jerga puede ser difícil para un lector no argentino, aunque muchas expresiones estén explicadas por el contexto o, directamente, por los personajes. Este hábil manejo de los sociolectos forma parte del procedimiento verosimilizador de Fogwill; el recurso que completa dicho procedimiento es el de la profusión de detalles técnicos: autos, motores, aviones, armas, drogas, tendencias sociales y de consumo, cuestiones médicas (y transas)… en todo se interesa el autor para explicárnoslo con minuciosidad, lo cual produce que el lector acepte esa cascada orgánica de datos como cierta, sin preocuparse de verificar si todos sus detalles son verdaderos: uno lee, entiende y cree. Fogwill no inserta esos contenidos en la novela en forma de miniensayos interpolados en la acción (como sí lo hace, por ejemplo, otro autor con “mirada sociológica”, Michel Houellebecq, en novelas como Las partículas elementales o Plataforma), sino en las voces comunes y corrientes de sus narradores, lo cual no le resta eficacia.

En el margen —consuelo— se coge como Dios manda, mientras que los de la gilada incluso llegan a creer a veces que lo que Dios manda es no coger. El sexo es un elemento siempre presente en la novela, y es por momentos perverso y salvaje, si bien como engranaje narrativo de la novela para muchos lectores quizás raye en lo gratuito y lo burdo.

El poder no ignora a los marginales; por el contrario, los observa. Los espía, los vigila y hasta los usa de vez en cuando, para luego escupirlos otra vez en el borde externo de ese espacio central que quiere sólo para sí. El lector puede comenzar a sentirse paranoico cuando arribe a las partes de la novela donde queda claro que las herramientas de control que el poder utiliza son variadas, y nunca descansan.

¿Es autorreferencial la breve mención de un escritor —cuyo nombre no se explicita— que escribe “libros sobre la marginalidad” en el piso de arriba de la librería de un tal Platygorsky (pp. 284-285)? ¿Sería Fogwill este escritor que se encontraría así con sus propios personajes? Habría que confirmarlo con el autor. En todo caso, encuentro también otras señales autorreferenciales, como por ejemplo, en los nombres de “Guillermo Wolff” (Guillermo = William = Will; y también las letras F/O/G/W/I/L/L incluidas en ese nombre), que es la voz narradora tal vez más próxima a la voz pública del autor, y del secundario “Quique Frog” (a quien se refiere como “el padre de la estrellita de la tele”: Vera, la hija de Fogwill, es actriz). Fogwill, amigo de los anagramas y las autorreferencias, ya había usado este recurso en su novela mas famosa, Los Pichiciegos, donde uno de los personajes usaba su apodo (Quique).

La novela también incluye referencias a relatos anteriores de Fogwill. Reconozco por ejemplo al personaje apodado “Pichi”, cuya inclusión establece la intertextualidad entre Vivir afuera y Los pichiciegos. Este enlace de una novela con la otra le confiere a cada una el carácter de “partes del todo”, de ese todo que vendría a ser la obra completa del autor.

En esta novela —que Fogwill terminó en 1998, aunque se distribuiría sólo un año después debido a diferencias del autor con la editorial—, Ricardo Piglia es satirizado a través de un personaje que aparece de soslayo: un escritor de apellido Millia. En cierto momento, la novela se ensaña con él. Sin embargo, en una entrevista con Daniel Link (nota que en su momento desencadenó alguna polémica), Fogwill declaró que a él le gustaría saber si Vivir afuera, pensada respecto de los años noventa, llegaría a ser comparable con lo que representa Respiración artificial de Piglia respecto de los ochenta.

Bueno: han pasado diez años. Pasaron demandas, elogios, críticas y polémicas. Creo que es hora de releer Vivir afuera para comprobar si aquel deseo se ha cumplido. Es posible que así sea.