Antología: 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana. (II)

Por Martín Cristal

25-minutos-en-el-futgosduro-Rojo-BEF-TapaContinúo relevando los cuentos de 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana, antología a cargo de los mexicanos Pepe Rojo y Bernardo Fernández, Bef.

En el post anterior comenté los cuentos que más me gustaron. En menor medida, también me agradaron los que siguen a continuación. [Atención: spoilers]:

Chris N. Brown, “El sol también explota” [2008]: Basado en Fiesta de Hemingway, el cuento aplica ideas de corte cyberpunk a las prácticas artísticas avanzadas. El argumento se centra en Nathaniel, un land artist —impotente y transformado en cyborg tras recibir heridas en el frente de guerra—, quien traba relación con la bioartista Elkin, “una surrealista genómica que mezcla biología hardcore con caprichos de niña  rica para crear esculturas vivas”. Elkin busca en Nathaniel algo más que una colaboración artística en igualdad de condiciones.

Cory Doctorow, “El juego de Anda” [2004]: Con una atmósfera que me recordó la de Ready Player One, de Ernest Cline, el autor explora el universo de los juegos online. El juego se convierte en algo más que eso cuando se revela un correlato entre los combates entre avatares de ese universo virtual y cierta realidad sociale oscura y desoladora. El juego pasa a tener consecuencias concretas en el mundo real, y así la protagonista experimenta un verdadero “cambio de nivel”. El título es una variación de El juego de Ender, pero el cuento es muy diferente.

Eileen Gunn, “Estrategias estables para la gerencia intermedia” [1988]: Una naturalización socialmente aceptada de La metamorfosis kafkiana, aplicada al mundo laboral contemporáneo. Los ejecutivos de una empresa se ofrecen voluntariamente para una alteración genética que les provea mutaciones animales que —según la misma compañía, que promueve los cambios— serán útiles para su futuro trabajo.

John Kessel, “El último americano” [2007]: En Masterpieces ya habíamos admirado su breve cuento “Una huida perfecta”; la expectativa era alta y Kessel sale bien parado con este cuento más largo, el más político del libro. Narra la vida de Andrew Steele, un personaje que en sus aspiraciones mesiánicas y megalómanas recuerda a algunos de Ballard. El contenido del cuento es difícil de resumir; lo memorable es la forma en que se expone: el relato es la reseña de una biografía “recreada”. Contiene citas de obras que Steele escribió en distintos momentos —como líder militar, religioso, político—, seguidas del comentario del reseñista sobre las “recreaciones en la Cognósfera” realizadas por la biógrafa, Fiona 13. Esas recreaciones virtuales nos permiten atestiguar  en primera persona algunas escenas clave de la vida de Steele.

Conney Willis, “Incluso la reina” [1992]: Un cuento futurista (y lleno de humor) en el que abuela, madre e hijas hacen una junta familiar para discutir el caso de una de éstas últimas, ausente en la reunión: tiene veintidós años y ha elegido unirse a “un grupo feminista preliberación” que propone devolver a las mujeres a las costumbres que tenían antes de la igualdad lograda mediante un implante tecnológico, el shunt. Se discuten conceptos de matriarcado y patriarcado y de pronto [spoiler!] surge el descubrimiento, por parte de las hijas, de un sobreentendido que nadie mencionaba: una de las consecuencias de dejar el shunt será volver a menstruar, proceso biológico olvidado hace tiempo, cuyas molestias ellas desconoce por completo. La abuela tiene un par de cosas que decir al respecto.

Don Webb, “Cuaderno de Tamarii” [1998]: Un cuento que participa de la tradición de aquellos relatos “antropológicos” (o “biológicos”, o incluso “xenobiológicos”) en los que se acumula el registro de las extrañas costumbres de un pueblo exótico, una especie rara o una raza extraterrestre (tradición que atraviesa todo Olaf Stapledon y se remonta por lo menos hasta Swift y Los viajes de Gulliver, y que tiene otros exponentes famosos en “Kappa” de Akutagawa o “El informe de Brodie” de Borges, entre otros cuentos).

Margaret Atwood, “Aterrizajes en casa” [1989]: La idea de referirse a una especie extrañando sus características, de manera que sospechemos que se trata de nosotros mismos pero vistos de otro modo, la sentí un poco transitada (por ejemplo, nada menos que por Kurt Vonnegut). Este cuento era lo primero que leía de Atwood y, sin que me haya disgustado, me resultó un tanto simplón.

Kij Johnson, “Spar” [2009]: Un cuento de sexo con aliens. Ni más ni menos. Empieza así: “En el pequeño salvavidas, ella y el alienígena cogían sin detenerse, sin cesar”… y sin espacio para otra cosa.

* * *

Godzilla in a scene from the film 'Godzilla VS. The Smog Monster', 1971. Toho/Getty Images

La variedad es la impronta de una antología como ésta; por ende sería difícil (y hasta sospechoso) que un lector gustara de todos los cuentos, incluso de la mayoría. En mi caso, tras la lectura creo reconocer que es la idea que vertebra cada relato lo que me seduce primero en aquéllos que terminan gustándome más; pero también, casi enseguida, la capacidad de cada autor para trascender esa idea, para no quedarse estancados en su mero lucimiento e ir más allá, desnudando la complejidad de las relaciones humanas —afectadas por todas las implicancias de esa idea disparadora— al punto de conseguir mi emoción como lector. Los que logran todo eso son los que más me gustan.

En cambio, resultaron lejanos a mis intereses los cuentos que ensayan variaciones de personajes-ícono, autores o motivos conocidos, como por ejemplo el de Joe R. Lansdale, “El programa en doce pasos de Godzilla” [1994], casi un chiste sobre el famoso monstruo japonés; el de Will Clarke, “El orfanato pentecostal para niños voladores” [2008], una parodia del mundo de los superhéroes en un pueblito tipo Smallville; o, en un tono completamente distinto, el de Rudi Rucker, “Rutinas de Tánger” [2012], que busca remedar el estilo de William Burroughs (del que no soy muy fan). Las excepciones al respecto fueron las reescrituras mencionadas de Shepard y Brown.

También me resultaron refractarios los que centran su idea en juegos del lenguaje más que en la idea o la trama (Catherynne M. Valente y su autorreferente “13 maneras de observar el espacio/tiempo” [2010]; o el de Christopher Rowe, “El estado voluntario” [1992]). Y directamente no soporté el reencuentro con la densa jerga cyberpunk de “Mente distribuida” [1995], de Paul di Filippo, autor al que ya había leído en Mirroshades; éste y el de Rucker fueron los únicos cuentos que directamente abandoné. El breve cuento de Charlie Jane Anders (“La última persona joven del mundo escribe sus memorias” [2007]) tampoco me resultó especialmente atractivo o interesante.

Cierra el libro el cuento más reciente, del antólogo de Mirrorshades, Bruce Sterling: “Antes y después de México” [2013]. Tiene la virtud de intentar algo diferente, que se sale del espectro temático/ambiental esperable para uno de los padrinos del cyberpunk. Sterling lleva su relato cerca del indigenismo postapocalítico de Plop —la novela de Rafael Pinedo—, salvo que no es tan extremo como el autor argentino en su presentación de las costumbres y de la aridez del paisaje. Escapar de los encasillamientos es algo que siempre me parece loable, pero a este cuento de Sterling lo sentí largo, basado más en el ambiente que en una idea realmente estimulante o atractiva.

* * *

Más allá de la consideración de cada cuento, siempre muy personal, esta bella edición de Almadía (apenas opacada por algunas erratas) me resultó de gran provecho para actualizar la paleta temática y de recursos formales que el género es capaz de exponer hoy.

También confirmó la percepción —que ya tenía gracias a Gibson y Ballard, amén de una serie televisiva como Black Mirror— de que el “futuro” de la ciencia ficción se ha aproximado a nosotros, que el género hoy tiende a interesarse más en la exploración del futuro cercano, un “casi presente” alterado por el frenesí de los cambios tecnológicos. Los siguientes veinticinco minutos hoy nos importan más que los próximos mil años.

Finalmente, el libro me aportó los nombres de algunos autores que hoy tengo interés en seguir leyendo, como Bacigalupi, Saunders, Shepard o Liu, a quien ya venía explorando.

Antología: 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana. (I)

Por Martín Cristal

25-minutos-en-el-futuro-Rojo-BEF-SobrecubiertaTras haber relevado un panorama temporal amplio de la ciencia ficción con la lectura de la antología Masterpieces —la cual trae cuentos de la década de 1930 a la de 2000—, y después de recorrer otro específico de la vertiente cyberpunk como el de la famosa antología Mirroshades, me interesó mucho la actualización propuesta por 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana, antología a cargo de los mexicanos Pepe Rojo y Bernardo Fernández (alias Bef).

El libro ofrece relatos de ciencia ficción de Estados Unidos y Canadá publicados en los últimos veinticinco años. Salió en 2013 y nunca me crucé con él en las librerías locales, aunque este año tuve la suerte de encontrarlo en la Feria del Libro de Buenos Aires (a precio de oro en el stand del distribuidor de Almadía en Argentina).

Sin contar a “un par de autores que fue imposible convocar”, y a otros muy difundidos en castellano —William Gibson, Kim Stanley Robinson— que los antologadores eligieron dejar fuera para darles espacio a autores menos conocidos, el volumen reúne veinticinco historias muy eclécticas, incluso cuando todas pueden ser contenidas por la etiqueta “ciencia ficción”, lo cual demuestra la amplitud que puede alcanzar el perímetro genérico.

Los relatos fueron traducidos por Rojo y Bef, y también por Alberto Chimal, Gerardo Sifuentes y Alberto Calvo. La traducción está pensada sobre todo para los lectores mexicanos. Al respecto, dicen los antologadores: “Si el libro cae en las manos de lectores de otros países hispanoparlantes, les pedimos una disculpa por el saborcillo local, pero era parte de la misión”. El que avisa no es traidor, y si bien ese “saborcillo” se percibe ya desde ese mismo diminutivo, nunca interfiere negativamente en la lectura.

 

Los cuentos

De los relatos seleccionados en estas 736 páginas, sólo conocía dos: el brillante “La historia de tu vida”, de Ted Chiang (que había leído en el extraordinario libro homónimo, la única colección de relatos de Chiang hasta la fecha); y la cruza fantástico-cheeveriana “Los osos descubren el fuego”, de Terry Bisson (que mencionamos al comentar la “generación mediática” en Masterpieces). Me quedaban veintitrés relatos para descubrir y disfrutar.

[Atención: spoilers]

Los que más me gustaron fueron los siguientes:

Paolo Bacigalupi, “El apostador” [2008]: Si el mundo de la televisión alcanzó en menos de cien años de existencia la histeria de los ratings minuto a minuto, el mundo de internet, con todas las herramientas de medición instantánea de las que dispone, llegó mucho más allá en menos tiempo. Bacigalupi extrema esa obsesión corporativa por la cacería de clics mediante esta historia en la que un inmigrante del sudeste asiático trabaja generando contenidos para una compañía norteamericana de noticias en la red. La visualización en directo del tráfico digital se combina con el eterno dilema entre la popularidad de los contenidos y su calidad (es decir, con la discusión sobre su relevancia).

La competencia es feroz y exige una tasa de viralización y masificación que algunos contenidos de calidad no podrán alcanzar por muy buenos que sean; la decisión de seguir publicándolos termina siendo de orden político. El protagonista del cuento puede darse cuenta de esto gracias a que lo ve todo con la distancia del que no pertenece a la sociedad con la que ahora convive; él contrasta sus decisiones con los valores heredados de su padre en su tierra de origen: Laos. El personaje está muy bien construido, y el final del cuento resulta conmovedor.

ADN

Greg Bear, “Música en la sangre” [1983]: Es el único cuento de la antología que escapa al rango temporal 1988-2013 predefinido por los antologadores; resulta curioso que sea el primero del libro, porque así el volumen arranca con una excepción. Rojo y Bef afirman en el prólogo que “la importancia del cuento justifica la decisión”. Tras la lectura no se puede más que agradecer la licencia: el de Bear es sin duda uno de los mejores cuentos del volumen. En el relato, la nanotecnología se presenta tan desarrollada que es capaz de interactuar dentro del cuerpo humano, con su ADN, para así transformar al hombre. Por otros medios, el cuento llega a la misma pregunta-conclusión que Soy leyenda de Richard Matheson: esta mutación, ¿implica la destrucción de la raza humana o sólo su evolución en otra cosa?

George Saunders, “93390” [2000]: Un cuento escrito con la fría objetividad de un informe acerca de “un estudio de toxicidad aguda de diez días”, cuyos sujetos son veinte monos; se los observa mientras se los somete a un envenenamiento controlado. Con el lenguaje frío y objetivo de la ciencia, Saunders consigue desnudar el nivel de crueldad que el ansia de conocimiento puede alcanzar en lo referido al uso de animales vivos en experimentos. A un tiempo, este breve relato eriza la piel y lleva a reflexionar sobre el tema.

Ken Liu, “Los algoritmos del amor” [2004]: Descubrí a este autor muy poco antes, en otra antología —Terra Nova—, y ya estoy encantado leyendo su primera colección de relatos, publicada en 2016: The Paper Menagerie. Liu no incluyó “Los algoritmos del amor” en dicha colección, y en efecto puede que éste no sea uno de sus mejores cuentos; sin embargo, destaca en el conjunto de los veinticinco seleccionados aquí.

Elena hace carrera en el diseño de muñecas animadas, autómatas capaces de interactuar con los humanos. La ilusión de inteligencia es cada vez mayor, Elena hace sus muñecas cada vez más sofisticadas. Cuando la tragedia llegue a las vidas de Elena y su pareja, Brad, ellos harán uso de esos conocimientos tecnológicos para sobrellevarla. El precio a pagar por Elena es que todos sus avances en inteligencia artificial ponen en cuestión la inteligencia humana y la realidad de las interacciones sociales.

A juzgar por éste y otros cuentos que llevo leídos de Liu, la marca del autor parece ser la combinación de buenas ideas con el don de lograr la emoción del lector.

Lucius Shepard, “Kirikh’quru Krokundor” (2009): Shepard falleció en 2014 y hasta aquí no había leído nada de él (sí sobre él: precisamente la necrológica de Martín Pérez en Página/12). Rojo y Bef informan que este cuento se publicó originalmente en una antología por el bicentenario de Edgar Allan Poe; como los demás relatos de aquel libro, el de Shepard es una reelaboración de un cuento de Poe (en su caso “El dominio de Arnheim”).

En el relato, un grupo de académicos y estudiantes va a explorar Saint Gotthard, un asentamiento “establecido en 1863 en un valle andino en Venezuela por una secta morava disidente que hasta entonces tenía su sede en Suiza”. El motivo del viaje es realizar una investigación sobre esta secta, que de pie a un futuro libro a medio camino entre lo académico y lo sensacionalista.

Este largo relato impone un ritmo de novela corta. Tras la presentación de los personajes y los motivos del viaje, llegamos a las ruinas del aislado y solitario asentamiento: su atmósfera de misterio es vívida, muy bien lograda, tanto en el paisaje —cuyas descripciones son fundamentales— como en lo referido a la tensión creciente entre los exploradores, que perciben que algo en el lugar los amenaza e influye fuertemente en sus pulsiones sexuales.

Jeff VanderMeer, “Variaciones de la cabra” [2009]: Notable explotación de las posibilidades cuánticas de un acontecimiento como el atentado a las Torres Gemelas en 2001. La visita del presidente de los Estados Unidos a una escuela parece, en principio, un calco del momento en que George W. Bush fuera informado sobre el ataque (momento que Michael Moore inmortalizara en Fahrenheit 9/11), salvo que aquí las cosas son aún más complejas: una máquina del tiempo le ha permitido al presidente revisitar variaciones del mismo momento una y otra vez en forma superpuesta, otorgándole así distintos matices a la tragedia, y un peso agobiador a sus variantes.

Nancy Kress, “Margen de error” [1994]: Breve y efectivo. Karen es una madre ocupada con sus hijos pequeños. Una noche viene a hacerle una consulta profesional Paula, su hermana y ex colega de un proyecto de ingeniería genética. Algo no anda bien en el proyecto, y Paula viene a pedir ayuda. Pero Karen dejó de trabajar ahí hace años, cuando se convirtió en madre; fue apartada del proyecto por maniobras de la propia Paula. Surgen viejos resentimientos y se va afilando una revancha en curso.

[Continuará en el siguiente post].

La rueda celeste [The Lathe of Heaven], de Ursula K. Le Guin

Por Martín Cristal

Ursula-K-Le-Guin-La-rueda-celesteThe Lathe of Heaven es literalmente “El torno del cielo”; el traductor, Rubén Masera, adaptó el título como La rueda celeste. Publicada en 1971, esta novela de Ursula K. Le Guin (California, 1929) resulta amena y fluida, en parte gracias a una prosa con menos arabescos que la que antes encontré en otra famosa obra de Le Guin: La mano izquierda de la oscuridad (1969).

La autora —quien, además de muchos premios, también tiene en su curriculum el haber traducido al inglés la novela Kalpa Imperial de Angélica Gorodischer— propone en La rueda celeste un argumento de claro corte dickiano.

[Atención: spoilers].

George Orr es un habitante de una Portland futura y sobrepoblada. Es un hombre rabiosamente promedio, que no se destaca en ningún aspecto salvo en uno íntimo: cada tanto, tiene sueños “efectivos”, esto es, capaces de alterar la realidad.

No vaticinan el futuro, sino que, al despertar, ya han modificado el continuum de Orr. Así, por ejemplo, el sueño de la muerte de una tía con la que Orr no se llevaba bien termina con el descubrimiento, al despertar, de que (ahora) esa tía está muerta desde hace ya varios años. Todos recuerdan el accidente que la mató. Sólo Orr recuerda ambas líneas temporales: la actual (tía muerta) y la anterior (tía viva hasta ayer mismo).

Con sentimientos de culpa, Orr empieza a tomar drogas que le eviten soñar. Demasiadas: descubierto y estigmatizado como adicto por un distópico Estado controlador, es enviado a Terapia Voluntaria con el doctor Haber. El terapeuta descubre el secreto de Orr y, con la ayuda combinada de la hipnosis y una máquina —el Incrementador, que potencia las ondas mentales del paciente—, logra inducir los sueños de Orr sin demora, en el mismo consultorio. Pronto Haber los manipulará para ir mejorando su situación personal y también la del mundo… todo con las mejores intenciones, aunque esos cambios traerán aparejados, cada vez, problemas mayores a la humanidad.

La situación planteada se lee bajo una óptica doble: Haber “sabía que los sueños de Orr cambiaban la realidad y los empleaba con ese fin” pero, al mismo tiempo, “utilizaba hipnoterapia y liberación onírica para tratar a un paciente esquizofrénico que creía que sus sueños cambiaban la realidad” [p. 113].

Aunque no se tratan de sueños oraculares, el mecanismo ficcional es similar a de “la profecía”: se señala lo que va a suceder (es decir, Haber da las instrucciones sobre lo que Orr debe soñar para cambiar la realidad) pero siempre expresándolo con un punto ciego o una falta de precisión verbal que permitan que ocurra una cosa distinta de la que Haber espera.

Orr en inglés podría remitir (además de a Orwell) a “or”, es decir nuestra “o”: la conjunción que “sirve fundamentalmente para relacionar dos posibilidades expresando que solamente una de ellas se realiza” (María Moliner). El diagnóstico de la esquizofrenia —las dos o más realidades superpuestas que el sujeto entiende estar viviendo— también relaciona esta novela con La afirmación de Christopher Priest.

En el camino, Orr intenta zafar del abuso de Haber mediante la ayuda de una abogada mestiza, Heather Lelache, con quién irá enamorándose. Ante la progresiva superposición de realidades diferentes en la vida de Orr, éste descubre que lo que importa no es cuán utópico o catastrófico sea el continuo temporal en el que le toque vivir: en tanto no conduzca a la aniquilación de la raza humana, todo lo demás es soportable si en esa línea de tiempo todavía se está junto a la persona amada.

Antología: Relatos selectos de Philip K. Dick

Por Martín Cristal

I. El libro

Selected-Stories-Philip-K-DickTras leer algunas novelas de Philip K. Dick, quise pasar a sus relatos. Descubrí que sus Cuentos completos son casi imposibles de conseguir en Córdoba: sólo vi los cinco tomos juntos una vez, en una comiquería (donde, dicho sea de paso, también se consigue la revista Palp). Editados por Minotauro e importados desde España, resultaban más caros que un e-reader. Por supuesto, compré el e-reader, y después conseguí los cinco tomos en versión electrónica (también un sexto con algunos inéditos compilados por fans de Dick).

Como ya había podido comprobar, con el e-reader pasamos del problema de la escasez al de la abundancia. Ahora que los tenía, ¿realmente quería leer cinco tomos de Dick? Los volúmenes “completos” de cualquier autor siempre nos reservan zonas tediosas o poco interesantes, porque en su afán de exhaustividad esos libros necesariamente incluyen intentos fallidos, tanteos, variantes no muy logradas o etapas no tan atractivas de la obra del escritor en cuestión.

La solución fue guglear alguna antología autorizada. Encontré una que salió a veinte años de la muerte del autor y titulada Selected Stories of Philip K. Dick (Pantheon Books, NY, 2002; reeditada por Houghton Mifflin Harcourt, NY, 2013). Aunque no estaba en castellano, podía extractar los veintiún relatos seleccionados de las versiones electrónicas que ya había encontrado traducidas en la red. Sólo tendría que leer en inglés la introducción —muy provechosa, de Jonathan Lethem—, texto que hallé en Google Books.
|

II. Los cuentos

Cada vez me convenzo más de que la ciencia ficción se disfruta al máximo en textos de mediana extensión (sin duda más que en esas novelas hoy infladas por la moda del best-seller). Los mejores relatos de esta antología me parecieron:

“Sobre la desolada Tierra”, un relato nada tecno, sino más bien religioso: Silvia es una chica especial que —como los santos o los mártires— percibe ciertas apariciones angélicas que deambulan por nuestro planeta. Desoyendo a su familia y a su novio Rick, Silvia quiere irse con esos ángeles flamígeros, pasar al otro lado. Pero la cosa puede salir mal… ¿vale arrepentirse después? ¿Se puede volver del más allá sin alterar el equilibrio del universo?

“La fe de nuestros padres”: Chien es un integrante del Partido en una China que ya domina el mundo. Tiene una ascendente carrera por delante porque sabe callar sus pensamientos. Justo cuando su fidelidad y sus capacidades son puestas a prueba por el mismísimo Líder del Partido, Chien se mete (no tan) accidentalmente una droga que lo enfrenta a una verdad aterradora: el Líder no sería lo que aparenta ser (no sería humano). ¿Está drogado ahora, Chien, o en realidad lo estaba antes, cuando veía al Líder con su apariencia habitual? Podrá averiguarlo esta noche, en la recepción del Partido donde por fin podrá conocer al Líder en persona. Un relato genial.

“Algo para nosotros temponautas”: Una paradoja temporal. Así como alguna vez hubo una “carrera espacial” entre Estados Unidos y la Unión Soviética, ahora hay otra por dominar el viaje en el tiempo. El apuro por ser los primeros lleva a errores en el lanzamiento: un poco como el Eternauta de Oesterheld, los temponautas de Dick quedan atrapados fuera y dentro de nuestro mundo, fantasmas superpuestos en un loop temporal interminable que los agobia, y que —según calculan— sólo podrán romper de una forma.

“Quisiera llegar pronto”: Mi favorito del libro. Víctor Kemmings, embarcado en un viaje interplanetario, sufre un accidente: la criogenia no alcanza la temperatura correcta y, aunque su cuerpo viaja congelado como corresponde, su conciencia queda despierta. La computadora de la nave detecta el inconveniente; calcula que si Kemmings no recibe estimulación sensorial, tras los diez años de viaje llegará en estado vegetativo. Para salvar la situación, la computadora —que se dirige a Kemmings oralmente, como la HAL 9000 de Kubrick pero con mejor leche— decide bombardear a Kemmings con realidades virtuales construidas a partir de sus propios recuerdos.

Y también cuatro que ya conocía parcialmente, por sus adaptaciones al cine: “La paga” (Paycheck, con Ben Affleck); “Equipo de ajuste” (The Adjustment Bureau, con Matt Damon, película que expurga la faceta religiosa del cuento original); “El informe de la minoría” (Minority Report, con el insufrible Tom Cruise); y “Podemos recordarlo todo por usted” (Total Recall, en su primera versión, con Arnold Schwarzenegger, en la que se amplificaba el componente de aventuras).

Esta antología vino a redondear mi percepción de la obra dickiana, ofreciendo toda clase de variantes en la configuración de los temas y motivos habituales del autor. Estos temas eran de esperar, ya que de la lectura de sus novelas habíamos mensurado ya el perímetro de sus obsesiones: simulacros, paranoia… Para captar de un vistazo esas superposiciones, hice la siguiente tabla (click para ampliarla):

Cuentos-de-Dick-935px

Si ya me eran familiares estos temas filosóficos o especulativos en la obra de Dick —y también los agentes que los provocan: robots o máquinas, aliens, drogas, extrañas deidades—, todavía me faltaba asimilar un “segundo juego de motivos” superpuesto en la estética del autor. Me lo hizo ver mejor Lethem en la introducción del libro:

“El segundo juego de motivos empleado por Dick es más prosaico: una obsesión perfectamente típica de los cincuenta por las imágenes de los suburbios, el consumidor, el burócrata, y con la situación de hombres pequeños debatiéndose bajo los imperativos del capitalismo. Si Dick, como un barbudo tomador de drogas californiano, puede haber parecido un candidato para integrar el círculo beat (y de hecho se juntaba con los poetas de San Francisco), su persistente compromiso con los principales materiales de su cultura lo preservaron de irse flotando hacia ensueños de escape. Lo relaciona en cambio con escritores como Richard Yates, John Cheever y Arthur Miller…”.

Tambien según Lethem (todo un fan, que hasta tiene tatuado el aerosol de Ubik en el brazo), “el gran logro de Dick […] fue el de convertir los materiales de la ciencia ficción norteamericana de estilo pulp en un vocabulario para una notable visión personal de la paranoia y la dislocación.” Sin ánimo completista, siento que tras estas lecturas ya he comprendido bien ese logro. Me queda como pendiente la exploración del Dick tardío, ese iluminado que, de la invención de diversas formas de la paranoia, pasó directamente a su mistificación.

|

Solaris, de Stanislaw Lem

Por Martín Cristal

Soledad Solaris

Stanislaw-Lem-Solaris Casi todas las traducciones de Solaris, novela publicada en 1961, habían sido hechas a partir de su versión francesa y no del original escrito por Stanisław Lem (1921-2006). Finalmente, la editorial española Impedimenta reeditó la novela en traducción directa del polaco, a cargo de Joanna Orzechowska. Hay varias razones para agradecer esta reedición: por la exquisitez de su factura editorial; porque —en los últimos años y por estas pampas— las ediciones anteriores sólo podían conseguirse a duras penas en librerías de usados; por la informada y entusiasta introducción de Jesús Palacios; y, sobre todo, porque es una excelente excusa para leer una gran novela, o para releerla, o bien para cotejar el texto con sus adaptaciones cinematográficas: la muy rusa y muy sesuda de Andréi Tarkovski (1972), o la muy yanqui y más liviana de Steven Soderbergh (2002).

El siguiente párrafo de la novela sintetiza bien su concepto central: “El ser humano ha emprendido el viaje en busca de otros mundos, otras civilizaciones, sin haber conocido a fondo sus propios escondrijos, sus callejones sin salida, sus pozos, o sus oscuras puertas atrancadas”. Sobre esa tensión funciona Solaris. Buscando comprender un planeta del espacio exterior, los personajes —el solarista Gibarian, el cibernético Snaut, el físico Sartorius y el psicólogo Kelvin, protagonista de la novela— acaban asomándose a los abismos de sus propias existencias: las miserias y la oscuridad de su interior.

Solaris-Lem-Tarkovski

El carácter de la novela deviene del trenzado genial de dos posibles ángulos de lectura: por un lado, si se la lee desde dentro del género, se trata de una novela de esas que la ciencia ficción llama “de primer contacto” (con seres extraterrestres), aunque más bien postule la imposibilidad de lograr dicho contacto con cualquier ser que nuestro entendimiento humano no pueda antropomorfizar. Por otro lado, desmarcándose ya de la Ciencia Ficción, es una novela psicológica, que explora las relaciones humanas, el amor, la culpa, el peso del pasado, la angustia del porvenir, la amenaza permanente de la locura, el miedo a la soledad: nuestra contextura espiritual más profunda.

El fanático de la CF dura disfrutará los cálculos y las especulaciones sobre el planeta, las descripciones casi abstractas de sus fenómenos y, sin duda, también una interesantísima prueba empírica a la que Kelvin se somete para demostrarse a sí mismo que la pesadilla que está viviendo no es tal, sino una tortura psicológica perteneciente al mundo real, en lo que podríamos leer entrelíneas como una refutación del solipsismo, o un “Test-Anti-Philip-Dick”. (Todos estos aspectos son los menos explotados por las dos películas basadas en la novela). Por su parte, los menos adeptos a las ciencias duras seguramente preferirán concentrarse en los personajes y enredarse en los vericuetos de sus almas, ya desde el plano sentimental (como Soderbergh) o desde una perspectiva más intelectual (como Tarkovski).

Solaris-Lem-Soderbergh

Hay una tercera manera de pensar este libro. Si —como decíamos acá— Richard Matheson en Soy leyenda (1954) actualizó el Drácula de Stoker al tomar los miedos típicos que suscitaba el vampiro victoriano y superponerlos a los miedos típicos de un siglo XX posnuclear (fusionando así “terror” con “ciencia ficción”), podríamos decir, en un sentido igual de amplio, que Lem hace lo propio en Solaris con las historias de fantasmas: las saca de aquellas mansiones embrujadas y góticas para ponerlas en órbita, superpuestas a los miedos de una década del sesenta ya en plena carrera espacial. Lem hace deambular a esos fantasmas dentro de una nave claustrofóbica en la que, si el chico de la película Sexto sentido llegara de visita para decir “veo gente muerta”, todos los demás tripulantes le responderían: “chocolate por la noticia”.

_______

Solaris, de Stanisław Lem. Novela. Traducción de Joanna Orzechowska; introducción de Jesús Palacios. Impedimenta, 2011 [1961]. 292 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 1 de agosto de 2013).

Ojo en el cielo, de Philip K. Dick

Por Martín Cristal

Dick-Ojo-en-el-cieloOjo en el cielo de Philip K. Dick (1957) me resultó una novela muy entretenida a pesar del apresuramiento con el que parecen haber sido escritas algunas de sus partes. Si eso no la desmerece es porque la idea que la sostiene presenta un gran potencial: son esos conceptos que pueden replicar en su seno una gran cantidad de aventuras diferentes (“ideas-recipiente”, inagotables, como las que contienen a algunas series de TV exitosas: un mismo marco que permite reiniciarse en diferentes historias).

En cierta forma, Eye in the Sky es un experimento previo de Dick con una idea que depuraría y relanzaría doce años más tarde en su novela Ubik. Todo empieza cuando un grupo de personas que realiza una visita guiada por las instalaciones del desviador de radiaciones protónicas de Bevatrón —en la ciudad californiana de Belmont— sufre un accidente terrible: el gran rayo radioactivo se descontrola y funde la plataforma de acero por la que los visitantes caminaban. El rayo los quema y todos caen hasta un piso de cemento, veinte metros más abajo.

No sabemos (ni importa) qué carajo sería un “desviador de radiaciones protónicas”; lo que sí sabemos es que, tras un accidente similar pero imaginado por Stan Lee, los ocho visitantes hubieran quedado convertidos en superhéroes con extrañas facultades (¿los Ocho Fantásticos?). En cambio, bajo la égida de Dick, lo que sucede es que los personajes sobreviven al mortal accidente para despertar —oh sí, aquí viene— en una realidad enrarecida.

Phil-in-the-Sky

[Atención: aquí empiezan los verdaderos spoilers].

Esa realidad nueva se va revelando más y más diferente del contexto “real” previo al accidente (la Norteamérica macartista de los años cincuenta). Ahora todo el mundo vive en una teocracia muy particular. La ciencia ha quedado subordinada a la teología; de hecho hay un desarrollo técnico muy curioso, la “teofonía”, que provee los medios físicos para mantener la comunicación con Dios.

Parece que eso será todo, el planteo de una nueva sociedad: Dick se toma medio libro en re-presentar ese mundo religioso —sincrético, con menos de cristiano que de musulmán— y en hacer deambular por él a los personajes en busca de respuestas. Pero, cuando las encuentran, la cosa cambia. Descubren que esa realidad en la que ahora todos se mueven es proyectada por la conciencia de uno de los accidentados. Ésta es la idea potente que, como decía al comienzo, podría replicarse infinitamente en una serie. Una persona domina el mundo, lo modela de acuerdo con sus taras y obsesiones; los demás sólo pueden tolerar sus caprichos o adivinar quién es y escapar de esa realidad ajena dejando inconsciente a esa persona —es decir, “apagando” el proyector de esa conciencia… para pasar a ser proyectados por otra.

Así, pasada la mitad de la novela, Dick inventa y destruye y vuelve a inventar realidades con una velocidad de vértigo. Nos dejamos llevar por su vorágine fascinados con la plasticidad que su propia idea le permite, y así le perdonamos algunas ligerezas, como por ejemplo que una de las personas accidentadas, la señora Pritchet, se deje convencer tan fácilmente de eliminar del mundo —de su mundo— cualquier cosa que se le ocurra a los demás.

El final puede resultar un poco aguado… salvo que, atendiendo al corolario habitual en Dick —que si la realidad es falsificable entonces ninguna “realidad” es garantía de ser “la” realidad— entendamos que los ocho fantásticos no han vuelto al mundo inicial: aunque parezca que están otra vez en los Estados Unidos de los cincuenta, lo cierto es que ese final tan feliz y su futuro tan prometedor se adivinan también como una revancha para el resentimiento y las frustraciones que uno de los personajes —Bill Laws, el guía negro— declaró previamente. Él más que nadie hubiera querido volver al mundo “real” pero introduciéndole las modificaciones mínimas para que sus oportunidades no se vieran disminuidas por cuestiones de credo, raza o extracción social. Volver pero con una oportunidad de prosperar en un emprendimiento propio, sin prejuicios que lo frenen, y en base a sus propias capacidades.

Pero son sólo conjeturas: Dick deja estas explicaciones en suspenso. Y es lo mejor que puede hacer para que el texto siga vivo tras su lectura.

Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, de Philip K. Dick

Por Martín Cristal

Dick-Fluyan-mis-lagrimas-dijo-el-policiaFluyan mis lágrimas, dijo el policía, novela publicada por Philip K. Dick en 1974, presenta una nueva variante en la obsesión dickiana por el cuestionamiento de “esa película a la que llamamos realidad”. Jason Taverner, un famoso y acaudalado conductor de televisión, sufre un ataque —muy bizarro— que lo introduce en otro universo. Un universo idéntico al de siempre… salvo por un detalle: en este otro mundo nadie conoce a Jason Taverner. Nadie sabe quién es, ni siquiera hay registros de su nacimiento. Nada: Jason Taverner no existe ni siquiera para los que antes eran sus seres más cercanos. Pero sí existe para sí mismo, por lo que deberá hacerse valer en un mundo de fuerte estratificación social (gentileza de las castraciones y la eugenesia), donde la policía no se anda con medias tintas frente a indocumentados como él. En esta idea de caída social hay algo que proviene de Príncipe y mendigo, de la Odisea (en la parte en que Ulises vuelve disfrazado a Ítaca) y de todos los relatos en los que un rey o un notable pasa desapercibido para descubrir cómo es el mundo de la gente común.

A la manera de Shakespeare, algunas acciones pequeñas señalan el tema general (en este caso, los simulacros): Taverner falsifica documentos; un empleado de hotel fuma habanos falsos; se sospecha que las cartas que recibe otro personaje son falsificadas por la policía… Paso a paso y droga a droga, crece la paranoia de Taverner. “¿No llevaré un microtrans, en alguna parte?”, piensa en cierto momento. Más redonda y emblemática aún es una frase que suelta Buckman, el policía del título: El vivir equivale a ser perseguido.

Tal como suele suceder en las ficciones de Dick, el personaje llega al punto en que no se siente “completamente real”: semienvuelto en lo ilusorio, pierde “la capacidad para decir lo que es bueno o malo, cierto o falso”. “Como la mayoría de las verdades”, dice, todo se vuelve “una cuestión de opinión”.

Mientras Taverner circula por el mundo tratando de recuperar su situación anterior sin llamar la atención de la policía, el lector lo sigue en pos de una explicación para este desdoblamiento imperfecto de la realidad inicial, lo que eventualmente se descubre; y si bien desde lo argumental esa explicación “solipsística del universo” resulta del todo imprevisible, la verdad es que esa revelación no alcanza para olvidar que la idea que rige a la novela —el paso a un mundo paralelo en el que todo es idéntico excepto el status social/existencial de una sola persona (el personaje principal), lo cual hace que ese mundo le sea hostil—, es bastante menos atractiva que otras que el autor desarrolló en otros relatos. Las últimas páginas, de tipo epilogales, resultan más deslucidas que las de un final con vuelta de tuerca que dejara pensando al lector (como el de las últimas páginas de Ubik o El hombre en el castillo, por ejemplo).

En suma, disfruté del libro, pero no es la novela que más me gusta entre lo que llevo leído del autor.

|

PD. El título de la novela —que me parece genial por la extrañeza que provoca— cobra sentido durante la lectura en un pasaje en el que el jefe de la policía escucha y cita, emocionado, el primer verso de la “Lachrimae Antiquae Pavan” de John Dowland, un aria cuya letra comienza diciendo, precisamente, “Fluyan mis lágrimas…”. Varias citas de ese mismo poema funcionan como epígrafes del libro. Por mi parte desconocía la pieza, y valió la pena descubrirla. Aquí en una hermosa versión instrumental:

John Dowland, Lachrimae Pavan.
Guitarra clásica: Nataly Makovskaya.

Flores para Algernon versus Muero por dentro

Por Martín Cristal

[Atención: spoilers]

Resulta interesante comparar la evolución de los personajes centrales de dos novelas de ciencia ficción que eligen la mente como campo de batalla para su relato: Flores para Algernon, de Daniel Keyes, y Muero por dentro, de Robert Silverberg. Ambas son célebres dentro del género, y con razón.

Daniel-Keyes-Flores-para-AlgernonLa novela de Keyes es de 1966 (basada en un relato de 1959). En ella seguimos el diario de Charlie Gordon, un joven de treinta y dos años con retraso mental, que acepta someterse a un experimento de cirugía. La intervención de su cerebro no sólo promete “curar” su discapacidad, sino que además podría potenciar su inteligencia hacia niveles muy superiores a la media. El lector percibe los avances postoperatorios en la prosa de Charlie, primero llena de simplezas y hasta errores ortográficos y gramaticales, pero pronto correcta y cada vez más sofisticada. Charlie llegará a cuestionar la autoridad de los mismos médicos que lo sometieron al experimento.

Robert-Silverberg-Muero-por-dentroPor su parte, en la novela de Silverberg, de 1972, el narrador es un flamante cuarentón que tiene poderes telepáticos de nacimiento. David Selig puede leer la mente de los demás, si bien no transmitirles a los otros ningún pensamiento propio. El relato se desarrolla mayormente en primera persona, si bien intervienen también otros recursos narrativos (sorprende la riqueza de Silverberg en el manejo de estas variantes); nos presenta a Selig justo en el momento en que percibe la declinación de esos poderes extrasensoriales. Poco a poco, David deberá aprender a vivir como una personal común.

Hay muchas comparaciones posibles. En ambas novelas, por ejemplo, destaca el uso del flashback. Selig rememora días de juventud con un poder telepático intacto, aunque también las tribulaciones que esa misma rareza solía ocasionarle, haciéndolo sentir un freak. Por su lado, los flashbacks de Gordon son tristes: si bien Charlie cuenta con una lucidez nueva para analizar su pasado, éste sigue siendo el pasado de un chico con retraso mental. Sus recuerdos no han cambiado (sí sus herramientas para comprenderlos). Esto le produce una especie de escisión o disociación en su personalidad.

Sin querer entrar en la discusión que siempre suscita la definición de qué es lo normal, lo que me interesó al comparar la evolución de los personajes de ambas novelas es ver cómo los autores han construido el flujo dramático en estas dos ficciones. Veamos [ampliar el gráfico para ver más detalles]:

Grafico-Silverberg-Keyes-COMPARADOS

En el gráfico, por ejemplo, vemos cómo el punto de partida de Keyes está lleno de esperanza por la posibilidad de cambio, que el protagonista ya vislumbra, mientras que el de Silverberg se desmorona exactamente en la dirección opuesta. Más aún: para poder mostrarnos mejor la próxima decadencia de Selig —para que su tobogán sea más pronunciado—, Silverberg nos lo presenta en un día radiante donde sus poderes han vuelto, temporalmente, al máximo de su capacidad.

David no quiere perder lo que tiene porque eso lo emparejará con los demás, obligándolo a vivir como ellos, algo que él no sabe cómo encarar. Por el contrario, Charlie desea esa medianía que casi todos los demás comparten (después, incluso, la superará ampliamente). La inteligencia de Charlie crece con algunas mesetas; llegada la mitad de la novela, el personaje todavía está lejos de alcanzar el pico máximo de sus capacidades mentales. La telepatía de David, en cambio, se va perdiendo y recuperando intermitentemente.

En el gráfico también se puede apreciar cómo el clímax de ambas novelas inicia más o menos a los tres cuartos de la lectura (es fácil comparar esos porcentajes con el libro electrónico). Charlie alcanza la cima de su inteligencia, muy por encima de la media; desde ahí comienza a decaer —el experimento ha fallado, sí—; lo vemos perder página a página aquella lucidez que había ganado lentamente a lo largo de la novela. Por cada avance, que en su etapa de superación personal llevaba tres páginas de desarrollo, en la de su decadencia tomará sólo una. Así de acelerada es su caída. El dramatismo de las páginas finales de Flores para Algernon reside en este vértigo y en su inexorabilidad (no en vano hay en esa parte un referencia fuerte a El paraíso perdido de Milton).

La debacle dramática en Muero por dentro se consigue casi a partir del mismo punto de la lectura, pero de otra manera: lo que Silverberg hace no es plantear una bajada inexorable, sino un electrocardiograma caprichoso de imprevistas muertes y sorpresivos regresos. Los poderes de David Selig no son cada vez más débiles, sino cada vez más difusos e incontrolables. Vienen y se van cuando quieren. (Como con la señal del teléfono celular, es bueno contar con ella o bien no contar con ella en absoluto; lo peor es que sea intermitente, ya que esto es lo que genera problemas y malentendidos). El dramatismo, para el lector, se apoya en esa imprevisibilidad.

En ambas novelas hay una sensación de pérdida irremediable que sólo se compensa por el aprendizaje que experimentan sus protagonistas a lo largo del proceso. La inteligencia puede atraer problemas que ella misma no pueda resolver; Charlie Gordon aprende que algunas situaciones de su pasado fueron felices sencillamente porque él lo ignoraba todo acerca de ellas. Por su parte, aprender a ser una persona normal puede ser difícil para David Selig, pero en el camino aprenderá que un poder especial puede no ser una virtud, sino una carga: algo que no te acerca a los demás, sino que te separa de los demás. La diferencia es el tema fuerte que estos dos excelentes textos tienen en común.

La afirmación, de Christopher Priest

Por Martín Cristal

—¿Por qué no me dices lisa y llanamente la verdad?
—Porque la verdad nunca es lisa y llana.

I.


En las primeras páginas de La afirmación (1981), me sorprendió encontrarme con que la estrategia de Christopher Priest para establecer el punto de partida del protagonista-narrador es muy similar a la de La casa del admirador: dejar al personaje en pampa y la vía, listo para emprender un cambio grande en su vida. Como Ernesto Funes, Peter Sinclair pierde novia y trabajo (en su caso, también al padre); está harto de la gran ciudad (“frente a mi recién adquirido odio a Londres, el campo cobraba a mis ojos visos románticos, nostálgicos”); después de reencontrarse con un viejo amigo, logra librarse de la urbe en quince días; y mediante el ofrecimiento de ese amigo, él también se va a una casa de provincia, en la que asumirá ciertas responsabilidades.

Por supuesto, el Sinclair de Priest apareció 26 años antes que mi Funes… Ya hablamos alguna vez aquí del sentimiento ambiguo que se siente al leer en otro autor algo parecido a lo que uno ha escrito, aunque sea en un breve pasaje de la obra ajena. (Son los andrajos de alguna vieja y desmantelada pretensión de originalidad, supongo. Aclaro desde ya que, por fuera de esta coincidencia, La afirmación no podría ser más diferente de La casa… y que de mi parte es un atrevimiento compararlas).

Por el contrario, algunas diferencias iniciales —que se ampliarán hasta lo incomparable cuando la novela de Priest ponga todas sus cartas sobre la mesa— podrían ser: que Sinclair tiene una familia (una hermana, con la que no se lleva muy bien), aunque en la casa de campo a la que se muda, él será el único habitante; y que, en su reconcentrada soledad, él decide escribir la historia de su vida, un suceso central en la novela. Aunque primero intenta una crónica llana en sus hechos, pronto comprende que la ficción es la herramienta ideal para que el relato de su existencia cobre un sentido más profundo y cercano a la verdad:


Así trabajé, pues, aprendiendo sobre la marcha cosas de mí mismo. La verdad quedaba a salvo a expensas del hecho literal, pero era una forma más alta, superior de la verdad.

[…]

…gracias a la invención de los detalles afloraban a la superficie las verdades más altas.

[…]

Hay una verdad más profunda en la ficción, porque la memoria es imperfecta…

La descripción del trabajo de escritura de Sinclair, las marchas y contramarchas, las etapas a atravesar en el proceso y los problemas que ofrece la narración escrita a quien decide encararla, son descriptos por Priest con tanta minuciosidad y justeza que esas páginas dedicadas al tema son muy recomendables para quien esté pensando en probarse como escritor.

II.

[Atención: spoilers]

Sinclair avanzará en el texto, hasta que su hermana venga a arrancarlo de su ensimismamiento campestre. En cierto capítulo pasamos a leer lo que pronto entendemos como la versión ficcionalizada de su vida. La sinopsis inicial de esta otra parte podría ser la siguiente:

Peter Sinclair vive en Jethra —un trasunto de Londres— y gana la Lotería de Collago, una de las islas del Archipiélago de Sueño (el territorio ficcional de Priest, un “desafío imaginativo”, un “paisaje mental”, un “territorio neutral, un mundo para vagabundear, una vía de escape”: el lugar al que el autor también se fugará en otras obras, como en su reciente The Islanders). El premio de la Lotería no es dinero, sino una operación quirúrgica que logra la “atanasia”: el ganador se vuelve inmortal, aunque la intervención tiene un requisito: previamente, el paciente debe escribir su biografía, manuscrito que…


Es utilizado después, en la rehabilitación. Lo que te hacen, para hacerte atanasio, es purgar tu sistema. Te renuevan el cuerpo, pero te lavan el cerebro. Después del tratamiento serás amnésico.

Con ese escrito, la memoria del paciente será reconstruida (Te conviertes en lo que escribes. ¿No te aterra?). El tema de la implantación de memorias me trajo de inmediato a la mente —¿o serán recuerdos artificiales, instilados por alguien más?— aquella cita incluida por Borges en una nota de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”: “Russell (The Analysis of Mind, 1921, página 159) supone que el planeta ha sido creado hace pocos minutos, provisto de una humanidad que ‘recuerda’ un pasado ilusorio”. También volvieron a mí Total Recall, el segundo test de Voigt-Kampff en Blade Runner, Eterno resplandor de una mente sin recuerdos y Abre los ojos.
|

Ahora bien, ¿qué pasa si un paciente como Sinclair no ofrece a los médicos un diario íntimo o una puntillosa crónica, sino un texto de ficción sobre su propia vida? ¿Un texto donde —por ejemplo—, figuran muchas cosas cambiadas, como el nombre de la vieja y conocida ciudad de Jethra, que en su texto figura con el absurdo nombre de Londres?

Con ese giro, la novela consigue establecer que ninguno de los dos manuscritos sea enteramente ficcional, ni ninguna de las dos realidades enteramente verdadera. O como explica el mismo Sinclair: Ahora había dos realidades, y cada una de ellas explicaba la otra.

 

III.

Más allá de ofrecer reflexiones muy valederas para el tema de la identidad, la memoria y la inmortalidad (de una de esas reflexiones surge el título de la novela: …veía la atanasia como una negación de la vida, cuando en realidad era una afirmación), lo que Priest logra narrativamente es meternos en la cabeza de un psicótico/esquizofrénico que vive y se debate entre dos mundos paralelos pero cada vez más confundidos.

¿Podría leerse que esa lucha interna sea la vieja disputa literaria entre el realismo y lo imaginario? Si en el siguiente fragmento remplazamos los nombres de las amantes de Sinclair, cambiando Gracia por “Realidad” y Seri por “Imaginación”, quizás reconozcamos una respuesta afirmativa a esa pregunta, y sobre el final del fragmento, una solución o síntesis para ese conflicto hipotético:


Seri sedaba; Gracia, en cambio, corroía. Seri incitaba, Gracia desanimaba. Seri era serena; Gracia, en cambio, era neurótica. Seri era dulce y pálida, y Gracia era turbulenta, efervescente, caprichosa, excéntrica, amante y vital. Seri era dulce, sobre todo dulce. Seri, creación de mi manuscrito, había sido forjada para que me explicara a Gracia. Pero los acontecimientos y los lugares descritos en el manuscrito eran prolongaciones imaginativas de mí mismo, y también lo eran los personajes. Yo había supuesto que representaban a otras personas, pero ahora veía que eran, todos, diferentes manifestaciones de mí mismo.

Si logramos mantener la locura a raya, en el entrecruzamiento de imaginación y realidad podemos encontrar una verdad que ninguno de los dos campos logra captar por sí solo. Ese cruce —o al menos, la alternancia— entre ambos territorios no sólo es posible: es necesario. Contando también con esa intersección podemos vivir (y narrar) más completamente, más cerca de lo que es cierto y verdadero.

Plop, de Rafael Pinedo

Por Martín Cristal

Recuerdos de un mundo peor

“No sé con qué armas se luchará en la Tercera Guerra Mundial, pero sí sé con cuáles lo harán en la Cuarta: con piedras y palos”. La advertencia de Einstein condensa el espíritu de aquella ciencia ficción que imagina cómo sería vivir en un mundo en el que la gran hecatombe ya ha ocurrido, para así dejarle paso al relato de sus secuelas. Son las llamadas ficciones postapocalípticas.

Plop, la novela breve de Rafael Pinedo (Buenos Aires, 1954-2006), esboza con trazos duros y certeros un baldío postapocalíptico de una desolación tal que, a su lado, el mundo de Mad Max todavía parece tecnificado y floreciente. A pesar del primitivismo que domina el libro, hay indicios que nos muestran que estamos en el futuro y no en un pasado remoto: no son los metales —que en los universos pseudomedievales del fantasy también existen—, sino otros desperdicios industriales dispersos en el paisaje los que aportan pistas de una tecnificación pretérita. Vidrios y cemento, sí, pero sobre todo los plásticos (tan siglo XX). También hay, diseminados, viejos aparatos inservibles “que nadie sabe para qué son, o fueron”.

Así, podría decirse que la de Plop es una “ciencia ficción pobre” (un concepto muy atendible para elaborar ficciones especulativas en un contexto latinoamericano). No “pobre” por los recursos expresivos de Pinedo —muy medidos pero potentes—, sino por la pobreza intrínseca de sus personajes, condenados a la supervivencia más áspera en un páramo interminable.

En esa tierra baldía nace un bebé bautizado Plop. Su nombre no tiene relación con los desmayos de Condorito; la onomatopeya marca a quien fuera parido en el barro. Lo criará “la vieja Goro” (que arbitrariamente leímos como una referencia —¿cariñosa o irónica?— a Angélica Gorodischer). Goro es la única del grupo que sabe leer, y por eso esperamos de ella alguna revelación. Sin embargo, nada se nos dice de la catástrofe que pudo haber llevado a esta parte del mundo —¿la pampa argentina?— a semejante desintegración.

Seguimos las memorias del protagonista en capítulos breves que nos muestran cómo ha sido vivir bajo las leyes de una tribu ferozmente estratificada. Una organización férrea y violenta, con rituales y tabúes, cuya finalidad es la supervivencia de la mayor parte del grupo.

Para Plop, esa pirámide social será una tentadora cuesta que trepar: la novela antropológica de Pinedo se va inclinando hacia el tópico de la soledad del poder. Sanguinaria y cruel, despojada y dura como la prosa de Pinedo: así es la vida que Plop recuerda en una serie de precisos flashbacks.

(Sólo una cosa no cierra del todo: ¿por qué el castigo final del protagonista —anticipado desde la primera página— es tan elaborado y trabajoso en comparación con otros —no menos efectivos— que son más frecuentes y sencillos en la tribu? “…Recicle, pira, aguja, despellejamiento, degüello o qué”, proponía Plop en otra parte como menú para castigar a cierto vigía que no cumplió bien su tarea [p. 99]. Quizás Pinedo pensó que ese tipo de castigo es el que procede en una sociedad así para quien abusó de una jerarquía máxima obtenida por la fuerza…).

Plop obtuvo el premio Casa de las Américas en 2002. Pinedo murió poco después. Dejó dos novelas más con que es posible completar el diorama desolado de su imaginación: se titulan Frío y Subte, ambas de reciente aparición en España.

_______
Plop, de Rafael Pinedo. Novela. Interzona (Línea C), 2004. 144 páginas. Con una versión algo más corta del presente texto, recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 1º de noviembre de 2012).

El hombre en el castillo, de Philip K. Dick

Por Martín Cristal

1. De versiones alternativas

Con la llegada del e-reader pasé de la escasez de ciencia ficción en librerías a tal superabundancia en formato electrónico que de repente no sólo contaba con los textos que hacía tiempo quería leer, sino que además en algunos casos hasta podía elegir entre más de una traducción.

Así me pasó con The Man in the High Castle, de Philip K. Dick (1962). Encontré una versión de Manuel Figueroa (Minotauro, 1974) y otra de Francisco Arellano Selma (Orbis-Hyspamérica, 1986). ¿Cómo elegir? Por la tapa hubiera debido descartar la versión de la “serie blanca” de Hyspamérica, que insistía en nombrar al libro como El hombre del castillo. (En la edición de la Biblioteca de Ciencia Ficción —“la azul”—, el traductor es el mismo, pero en la tapa no figuraba ese error). Sin embargo, para decidir mejor opté por comparar los primeros párrafos de cada una:
|

Versión de Manuel Figueroa, Minotauro, 1974:

Durante toda una semana el señor R. Childan había examinado ansiosamente el correo, esperando encontrar el valioso envío de los Estados de las Montañas Rocosas. Cuando abrió la tienda el viernes a la mañana y vio que en el suelo había sólo dos cartas pensó que iba a tener dificultades con su cliente.

|
|

Versión de de Francisco Arellano Selma, Orbis-Hyspamerica, 1986:

Childan había estado esperando el correo durante una semana con ansiedad. Pero el valioso envío procedente de los Estados de las Montañas Rocosas no había llegado. El viernes por la mañana, cuando abrió la tienda y vio que por el suelo no había más que cartas echadas por la boca del buzón, lo primero que pensó fue: “voy a tener un cliente enfadado”.

Esto no pretendía ser de ningún modo una valoración precisa del trabajo de los traductores, ejercicio que hubiera debido hacer cotejando con el original en inglés, que sólo ahora
gugleo:


For a week Mr. R. Childan had been anxiously watching the mail. But the valuable shipment from the Rocky Mountain States had not arrived. As he opened up his store on Friday morning and saw only letters on the floor by the mail slot he thought, I’m going to have an angry customer.

Quedan servidas las comparaciones. En mi caso, tras el rápido experimento referido, preferí la primera, la de Figueroa. Sin embargo, a las pocas páginas surgió otro aspecto que resultó decisivo: descubrí que esa versión de Minotauro en formato .mobi —sin duda hecha y compartida con amor por algún fan de Dick— no estaba tan bien formada como la de Hyspamérica (en la primera las rayas de diálogo eran un caos). Pronto esto se tornó insoportable, así que volví a “abrir” la otra —de tapa más fea— para por fin leer de un tirón esta gran novela, tal vez el ejemplo literario más popular de ucronía.

2. De tiempos alternativos

El hombre en el castillo imagina cómo podría ser el mundo si Alemania y Japón hubieran triunfado en la Segunda Guerra Mundial. Resulta divertida la forma en que Dick hace que sus personajes elogien La langosta se ha posado, del autor ficcional Hawthorne Abendsen —The Grasshopper Lies Heavy, una novela ucrónica dentro de esta novela ucrónica—, lo cual es como elogiar su propia obra. De esa ucronía de Abendsen se nos dice que es “la más interesante forma de ficción posible dentro de la ciencia-ficción”; un “interesante libro” del que “puede extraerse una gran lección moral”. Incluso alguien se sorprende de que “nadie antes haya pensado en escribirlo.”


“No hay nada científico en ella. No se desarrolla en el futuro. La ciencia-ficción trata del futuro, en particular de un futuro donde la ciencia está más adelantada que ahora. Ese libro no mantiene esa premisa. —Pero —dijo Paul—, trata de un presente alterno”.

Durante varias páginas pareciera que El hombre en el castillo es un ejercicio independiente que se aparta del tema central de la obra de Dick: el simulacro, la farsa de una realidad que de pronto no ofrece ninguna garantía de ser real. Algo así como si el autor se hubiera permitido experimentar algo distinto, alejado de la que a la larga sería “su obsesión” más famosa.

Resulta que no: progresivamente, El hombre del castillo se inserta en la gama temática dominante de la obra dickiana. La primera pista la dan ciertas reflexiones sobre el asunto de las falsificaciones, qué es lo auténtico y qué lo falso en un objeto “histórico”:


“Mira, uno de estos dos Zippo lo llevaba Franklin D. Roosevelt cuando fue asesinado, el otro no. Uno tiene valor histórico. Muchísima historia. Mucha más historia que la que tuvo antes cualquier otro objeto. El otro no la tiene. ¿Lo comprendes? […]. No puedes decir cuál es cada uno. No hay ‘presencia mística plásmica’, no tienen ‘aura’ a su alrededor”.

Sin un relato que lo certifique —concluye Dick—, el objeto histórico verdadero es indistinguible de cualquier otro falso. De paso, en el párrafo anterior se ve la manera indirecta con que Dick introduce los datos cambiados de su Historia alternativa. En este caso, la mención —mientras se habla de otro asunto— del asesinato del presidente Roosevelt, punto divergente del flujo histórico ficcional.

[Y ahora, atención: spoilers].

La novela se vuelve netamente dickiana cuando —redoblando su propia apuesta— plantea la mencionada ucronía de segundo grado dentro de la ucronía general y, posteriormente, la posibilidad de que los personajes atisben que su realidad puede ser falsa (algo que tendrán que considerar seriamente, dada su ferviente confianza en ese I Ching que viene a confirmárselos). Este sorprende encastre del libro en la obra completa del autor resulta admirable por su perfección, e imposible de prever al comienzo de la novela.

3. El secreto está en los detalles

No es descabellado pensar que, acumulando lecturas de Historia y ejercitando variaciones sobre las notas tomadas de esas lecturas, cualquier escritor más o menos aplicado podría escribir una ucronía que presente los hechos mundiales cambiados con cierta coherencia. Lo verdaderamente difícil no parece ser reformar la Historia —habilidad de la que Dick alardea llevándola a buen puerto dos veces en el mismo libro—, sino mostrar en ese nuevo contexto ficcional las nuevas mentalidades de las personas que viven en ese tiempo paralelo modelado por otros eventos, su cosmovisión alterada por los nuevos hitos históricos que le dan lugar.

Lo difícil es el detalle, la cosa chiquita y cotidiana que deviene de la variación grande, histórica. En esto, Dick demuestra ser un campeón. Un ejemplo magistral es la sumisa autohumillación del anticuario americano Robert Childan ante sus clientes japoneses:


Era una suerte tratar socialmente a una pareja japonesa, pues le aceptaban más como un hombre que como a un yank, o, por lo menos, como a un comerciante que vendía objetos de arte. Sí, esta nueva y joven generación ya no recuerda los días que precedieron a la guerra, ni siquiera la propia guerra… eran la esperanza del mundo. Las diferencias de clase no tenían sentido para ellos. Algún día acabará todo esto, pensó Childan. La misma idea de posición social desaparecerá para siempre. No habrá ni vencedores ni vencidos, sólo personas.

Queda establecida así la inferioridad del americano ante la clase/raza dominante (lo que hará que más tarde brille cierta escena en la que el obsequioso y sumiso Childan se rebela ante uno de ellos).

4. Dudas, paranoia, etcétera

Como ya comprobamos en Ubik, la aparición de una nueva capa de realidad al interior de la cebolla, revela siempre la posibilidad de que también haya más capas hacia el exterior: hace que aquella en la que estamos parados de pronto no nos parezca la última y definitiva expresión de lo real (con la consecuente paranoia que conlleva el descubrimiento).


…realmente vemos de una forma astigmática; nuestro espacio y nuestro tiempo son creaciones de nuestra propia mente y, cuando ésta vacila, momentáneamente… como las agudas molestias del oído medio. Ocasionalmente, nos inclinamos peligrosa, excesivamente, y perdemos el equilibrio por completo.

El escritor Abendsen (habitante paranoico de un “alto castillo”, que en su libro “se ha imaginado cómo sería el mundo si el Eje hubiera perdido”), afirma haber usado el I Ching para la escritura de La langosta se ha posado. Dick también declaró el mismo modus operandi para escribir El hombre del castillo; así, la conclusión a la que arriban los personajes en las últimas páginas de la novela de Dick podría ser la misma a la que llegaríamos en nuestra propia realidad si el I Ching nos diera —acerca de El hombre en el castillo— la misma respuesta que les da a ellos cuando — sobre La langosta…— le preguntan: “¿Qué debe aprender de esta novela el lector?”.

Quizás empezaríamos a sospechar que hay un tiempo paralelo más verdadero que el nuestro, un tiempo donde el Japón imperial y la Alemania nazi se repartieron el planeta tras la guerra; o un tiempo donde pasó cualquier otra cosa, pero siempre distinta de lo que asumimos como nuestra “verdadera Historia”. En síntesis, podríamos vislumbrar que también este mundo en el que vivimos y confiamos es un mundo falso.

Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut

Por Martín Cristal

“Si este libro es tan corto, confuso y discutible, es porque no hay nada inteligente que decir sobre una matanza. Después de una carnicería sólo queda gente muerta que nada dice ni nada desea; todo queda silencioso para siempre. Solamente los pájaros cantan.”

Con este párrafo, que adjetiva en desmedro de su propio libro, Kurt Vonnegut Jr. anima al lector a pensar lo que quiera acerca de su obra, un poco como Cervantes lo hace en el prólogo del Quijote. “¿Te parece corto, confuso, discutible, poco inteligente? Ya te lo había dicho yo mismo”.

Se hace corto, sí, y es discutible como todo, pero Matadero Cinco no es confuso ni poco inteligente. La historia de Billy Pilgrim, ese hombre despegado del tiempo, en rigor arranca en el capítulo 2 (“Listen: Billy Pilgrim has come unstuck in time”); el capítulo 1 funciona como una historia-marco donde el propio “autor” narra cómo llegó a escribir su demorado libro sobre el bombardeo de Dresde (a fines de la segunda guerra mundial, esa “Cruzada de los niños” del subtítulo, que refiere a la corta edad de los soldados). Pilgrim será el protagonista de ese libro, si bien el mismo autor aparece de soslayo en él de vez en cuando.

“Todos los momentos, el pasado, el presente y el futuro, siempre han existido y siempre existirán”. El planteo de Matadero Cinco respecto del tiempo es determinista. Así lo explica uno de los extraterrestres que se lleva a Pilgrim a su planeta, Tralfamadore, y lo tiene ahí en una especie de zoo durante años (aunque en la Tierra no transcurren más que unos minutos):


Los terrestres son grandes narradores; siempre están explicando por qué determinado acontecimiento ha sido estructurado de tal forma, o cómo puede alcanzarse o evitarse. Yo soy tralfamadoriano, y veo el tiempo en su totalidad de la misma forma que usted puede ver un paisaje de las Montañas Rocosas. Todo el tiempo es todo el tiempo. Nada cambia ni necesita advertencia o explicación. Simplemente es. Tome los momentos como lo que son, momentos, y pronto se dará cuenta de que todos somos, como he dicho anteriormente, insectos prisioneros en ámbar. —Eso me suena como si ustedes no creyeran en el libre albedrío —dijo Billy Pilgrim. —Si no hubiera pasado tanto tiempo estudiando a los terrestres —explicó el tralfamadoriano—, no tendría ni idea de lo que significa ‘libre albedrío’. He visitado treinta y un planetas habitados del universo, y he estudiado informes de otros cien. Sólo en la Tierra se habla de ‘libre albedrío’”.

Desde el día en que este “peregrino” (pilgrim) se sale del tiempo y queda condenado a circular, una y otra vez, por todos los momentos que conforman su vida —incluidos el de su nacimiento y su muerte, y a veces hasta más allá de esos extremos—, comprende que todo lo que hacemos ya ha sido predeterminado, y que esa circulación suya por hechos consumados no será capaz de alterarlos. “Entre las cosas que Billy Pilgrim no podía cambiar se contaban el pasado, el presente y el futuro.” Aquí no hay Marty McFlys ni Terminators.

Esta idea de la repetición (y también la estrategia de plantear la narración fantástica dentro de una historia-marco contada por el “autor”) me recordó por supuesto a Borges. En su cuento “Los teólogos” el heresiarca Euforbo, ya quemándose en la hoguera, mantenía su posición respecto de la circularidad del tiempo: “Esto ha ocurrido y volverá a ocurrir […]. No encendéis una pira, encendéis un laberinto de fuego. Si aquí se unieran toda las hogueras que he sido, no cabrían en la Tierra y quedarían ciegos los ángeles. Esto lo dije muchas veces”.

Si no esa circularidad, los libros de Tralfamadore buscan por lo menos la simultaneidad del tiempo. Por eso en ellos “no hay principio, no hay mitad, no hay terminación, no hay ‘suspense’, no hay moral, no hay causas, no hay efectos. Lo que a nosotros nos gusta de nuestros libros es la profundidad de muchos momentos maravillosos vistos todos a la vez”. Matadero Cinco es, sin duda, un libro tralfamadoriano.
|

|
La elección narrativa más sorprendente y riesgosa, la más elogiable entre las que toma Vonnegut en esta novela —sobre todo por haberla llevado a buen término— es la de renunciar a la mera crónica, o incluso a la ficción realista autobiográfica. Vonnegut podría haber aprovechado el “prestigio” de haber vivido él mismo el bombardeo de Dresde —“la mayor carnicería de la historia de Europa”, con más víctimas que en Hiroshima, según explica en el libro; podría haberse quedado en narrarnos llanamente que él estuvo ahí, en vivo y en directo cuando cayó prisionero de los nazis en un matadero de esa ciudad: el número 5, al que también va a dar Billy Pilgrim (una y otra vez).

Un escritor cualquiera con esa misma experiencia de vida hubiera ido por ese camino, el más seguro y directo. ¿Para qué inventar, para qué ficcionalizar sobre esa capa de experiencia de primera mano? Y mucho menos, pensaría uno, haría falta llevar las cosas al extremo del fantástico o la ciencia ficción (¡con extraterrestres!). Qué enorme decisión toma Vonnegut en esta novela, qué lección nos da a quienes tratamos de escribir ficciones.  Si, como dice él mismo, “la vida es mucho más de lo que se lee en los libros”, aquí Vonnegut cubre esa brecha con pura imaginación a favor de su libro, para que éste tenga una forma memorable y así esté a la altura de la vida.

Y si hablamos de otro tipo de lecciones, incluyamos también la de los tralfamadorianos que —además de explicarle lo de sus viajes temporales— de paso “enseñarían a Billy que lo importante era concentrarse tan sólo en los momentos felices de la vida ignorando los desdichados, disfrutar de las cosas bonitas puesto que no podían ser eternas”.

Mirrorshades. Una antología ciberpunk, de Bruce Sterling, ed. (III)

Por Martín Cristal

[Leer la primera parte]
[Leer la segunda parte]

3. Los relatos

Los que más me interesaron fueron:

• Tom Maddox, “Ojos de serpiente”: Un piloto de bombardero acepta un injerto cerebral que le permitirá controlar el avión casi fusionándose con la máquina; para poder controlar el software que lleva implantado deberá pasar una dura prueba de adaptación en una estación espacial. Maddox explora la problemática del cyborg y la lucha interna entre lo biológico y lo mecánico.

• James Patrick Kelly, “Solsticio”:
En Masterpieces, Kelly nos había decepcionado con un cuento titulado “Rata”; aquí, en cambio, entrega uno de los mejores cuentos del libro. El relato meteórico de la carrera del diseñador de drogas más famoso del planeta se alterna con sus sentimientos por su hija adoptiva (clonada), el desprecio hacia el nuevo yerno-videasta que se la disputa, la misteriosa historia del monumento de Stonehenge —que visitan redrogados durante el solsticio— y una venganza que se arrastra hacia él desde hace varios años atrás. (El final, sin embargo, no redondea y la historia se va deshilachando en el recuerdo).

• Lewis Shiner, “Hasta que nos despierten voces humanas”:
De vacaciones con su esposa en una isla perfecta, el señor Campbell sale a bucear y alcanza a ver bajo el mar a una sirena, vivita y —sobre todo— coleando. La extraña visión primero ahonda las diferencias que ya lo venían distanciando de su mujer; después lo lleva a curiosear más allá de donde los turistas tienen permitido ir, ya que en la isla también funciona un proyecto secreto de máxima seguridad, llevado adelante por una compañía norteamericana.

• Bruce Sterling y Lewis Shiner, “Mozart con gafas de espejo”
(las mirrorshades del título general): El viejo y querido tópico de los viajes en el tiempo, con una perspectiva cuántica. Estados Unidos domina los viajes por tiempos alternativos a diversos puntos del planeta, para su prolija y masiva expoliación. El objetivo es llevar esas riquezas multiplicadas de vuelta al tiempo “real” o troncal. A veces, en el viaje puede colarse un joven y ambicioso Mozart, por ejemplo, o incluso surgir inconvenientes de variada índole.

• William Gibson, “El continuo de Gernsback” (incluido también en su propia antología de relatos, Quemando cromo): Un fotógrafo, al que le encargan fotos de la arquitectura americana de los años treinta, se obsesiona con sus rasgos futuristas, las formas de un “futuro-que-nunca-fue”; poco a poco empieza a ver imágenes vivas de ese futuro alterno en todas partes… “Gernsback” refiere al famoso editor Hugo Gernsback, que en los veinte sentó importantes bases para la CF. En este cuento temprano, Gibson señala aquellas raíces pero prefigura claramente su apartamiento de la noción de “futuro distante”. El “futuro próximo” en que este autor se enfocará no sólo va a definir el movimiento cyberpunk, sino cada vez más su propia obra, tendencia que el autor extrema en su “Trilogía del Presente” (que abre con la novela Mundo espejo).

• Bruce Sterling y William Gibson, “Estrella roja, órbita invernal” (también incluido en Quemando cromo): Un motín en una verosímil estación espacial rusa amenaza con liquidar el sueño soviético de la conquista espacial. Algo que la realidad se encargó de desmantelar mucho antes.

• John Shirley, “Zona libre”: Un viejo rockero cuya banda está a punto de desintegrarse, vuelve a caer por las drogas mientras transita con nuevos amigos por la “zona libre” de una isla artificial creada por las clases pudientes y poderosas del mundo (ahí se refugian de la debacle económica que afecta al resto del planeta). Si bien la anécdota no se resuelve —porque no es un cuento, sino un fragmento de novela—, la atmósfera convence. Sobre todo porque más que cyber es punk, especialmente en las bladerunnerescas calles de la zona libre.

Otros:

• Paul Di Filippo, “Stone vive”: Otro cyborg, aunque algo menos interesante que el de Maddox. Stone va a la Oficina de Inmigración y se ofrece, como muchos otros desempleados, para experimentos y trabajos insalubres. Acepta testear un implante ocular de visión enriquecida. Con la operación su vida cambia, pero más todavía por su nueva posición de protégé de la empresa que le hizo el implante. Desde esa cima, comprende mejor el funcionamiento de su mundo contemporáneo.

• Pat Cadigan, “Rock On”: La producción musical ahora utiliza los poderes de los “pecadores” (synners: amalgama de sinners y synthetizers), seres que vivieron la era de oro del rock & roll y que ahora poseen el poder de transmitir —mediante conexiones implantadas en sus cabezas— aquella “fuerza” del rock primigenio a los músicos actuales… algo muy útil en las salas de grabación.

• Marc Laidlaw, “Los chicos de la calle 400”: Las habituales guerras de pandillas urbanas se suspenden cuando muchas gangs son arrasadas por una banda de gigantes que llega a la ciudad. Las que quedan tratarán de suspender los viejos rencores para ir juntas a enfrentar a los gigantes.

Hay dos cuentos más que, sin ser malos, resultan disonantes en la selección: “Cuentos de Houdini”, de Rudy Rucker, simpático —recuerda al Houdini que E. L. Doctorow pinta al comienzo de su novela Ragtime—, pero realmente difícil de relacionar con la corriente cyberpunk; y “Petra”, de Greg Bear, que tampoco participa de la atmósfera tecnificada ni otros rasgos que dominan la corriente. Su acción se sitúa en una catedral, en un tiempo alterno o remoto, lo que da una atmósfera más imbuida del fantasy, con un narrador que es una especie de gárgola de esa catedral.

|

 * * *

Lo que más me atrajo del conjunto es la reconfiguración temática que propone para su época (que, como comentaba en el post anterior, considero muy influyente); en cambio, el rasgo estilístico que introduce elementos del policial hard-boiled o negro me interesó bastante menos. Lo más agobiante de leer en todo el libro quizás sea el uso generalizado de neologismos, esa jerga inventada que molestaba a Miquel Barceló. En los casos en que está bien hecha sí resulta esclarecedora (aquí resulta clave la dupla de traductores), pero muchas veces es un obstáculo. Fuera de este detalle, las atmósferas del cyberpunk me resultaron atractivas. Algunos de los autores seleccionados consiguen insuflarles vida con gran eficacia.

Mirrorshades. Una antología ciberpunk, de Bruce Sterling, ed. (II)

Por Martín Cristal

[Leer la primera parte]

2. Continuidad temática e influencia

En su Guía de lectura de la Ciencia Ficción (Ediciones B, 1990), Miquel Barceló define al cyberpunk como una “falsa novedad” que produjo “gran ruido” y “pocas nueces”. Según él, éste es un subgénero que…


“…aúna, como su nombre indica, características propias de una sociedad completamente impregnada por la cibernética y una nueva estética de tipo punk.

En general las novelas y relatos cyberpunk muestran una sociedad en el futuro inmediato (generalmente mediado o finalizando el siglo XXI), en la que el predominio de la informática y la tecnología cibernética es abrumador. Los personajes suelen ser seres marginales de los bajos fondos de las nuevas megalópolis del futuro, y la estructura narrativa está basada en la clásica novela negra al estilo de las que hicieran famosos a Dashiell Hammett y Raymond Chandler.”

[…]

“La principal característica de lo cyberpunk consiste en un ambiente sórdido de gran ciudad futurista, un poco al estilo del Blade Runner cinematográfico de Ridley Scott. También destaca la utilización, que para algunos puede llegar a ser abusiva, de un vocabulario técnico o pseudotécnico, todo ello sumergido en una estética postmoderna y de marcado contenido punk”.

Barceló criticaba la verosimilitud de algunos autores de esta corriente: “Algunas de las referencias tecnológicas al mundo cibernético de los ordenadores se limitan a una mera jerga inventada que, en algunos casos, delata la escasa formación técnica de los autores” (en esta crítica incluye a Gibson y su Neuromante). Y finalmente opinaba que “es de esperar que con el tiempo la corriente cyberpunk forme parte de la literatura general (mainstream)”.

Fragmento de la adaptación a historieta de Neuromante, de William Gibson, realizada por Tom De Haven y Bruce Jensen en 1989; un verdadero fiasco, aunque sirve para ver cómo muchos rasgos “futuristas” de entonces hoy son marcadamente “ochentas”. Distinguir entre unos y otros nos permitirá reconocer cuál es el verdadero legado temático/estilístico del cyberpunk.

|

Por supuesto, Barceló se jugaba con esa mirada suya casi en el mismo momento de los acontecimientos literarios que procuraba sopesar; su juicio tiene así el valor de lo inmediato. Mi modesto parecer sobre el particular se expresa con menos conocimiento del género, pero cómodamente reclinado sobre veintidós años más de perspectiva. Desde tal posición no puedo más que disentir de la dureza de aquellas opiniones, por más que provengan de un gran conocedor.

Como contraste me resultó interesante una cita que traen a colación los traductores del libro. Pertenece a la Encyclopedia of Science Fiction, de John Clute y Peter Nicholls (de 1993):


“…si el ciberpunk está muerto en los noventa —como varios críticos afirman— será el resultado de una eutanasia desde dentro de la misma familia. Los efectos del ciberpunk, tanto dentro de la CF como fuera, han sido vigorizantes; y dado que la mayoría de estos escritores continúa escribiendo —aunque no necesariamente bajo esta etiqueta—, podemos asumir que el espíritu del ciberpunk sigue vivo”.

[La negrita es mía].

Trato de dilucidar si “sigue viva” esta apreciación sobre “los efectos” del cyberpunk a casi veinte años de formulada. Creo que hoy ya se puede distinguir mejor los aspectos del cyberpunk que resultaron influyentes de aquellos (pocos) rasgos que eran meras marcas “cosméticas” de la década en que la misma corriente estaba modelándose.

Me atrevo a practicar esa distinción clasificando algunas “afirmaciones genéricas” y “características comunes” que el propio Sterling, en su prólogo, ofrecía como distintivos del subgénero:

|

Epocales
(si persisten con mutaciones, igual son típicamente ochenteras)

• “Gafas de sol de espejos” (mirrorshades)
• “Hip-Hop, música scratch”
• “Rock de sintetizador de Londres y Tokio”
• Graffiti callejero con spray
• “Impresora, fotocopiadora”
———
Trascendentes/influyentes
(tienen más continuidad, o siguen siendo relevantes a la fecha)

• “Superposición de mundos […] como el ámbito de la alta tecnología y el submundo moderno del pop”.
• “Submundo de los hackers” (hackers y rockeros como ídolos contemporáneos).
• Que “los artistas punteros del pop” sean también “técnicos punteros.”
• La cultura tecnológica salida de madre. La ciencia “penetrando en la cultura general de forma masiva”. Pérdida de “control sobre el ritmo del cambio” tecnológico.
• “La tecnología de los ochenta se pega a la piel, responde al tacto”. [Esto creo que persiste, aunque los ejemplos de Sterling sean de época: las PC, el walkman, el teléfono móvil o las lentes de contacto blandas].
• Temas: “la invasión del cuerpo con miembros protésicos, circuitos implantados, cirugía plástica o alteración genética”; “interfaz mente-ordenador, inteligencia artificial, neuroquímica”. Es decir, técnicas que redefinen “la naturaleza del yo”.
• Drogas de diseño
• “Instrumentos para la integración global, la red de satélites de comunicaciones y las corporaciones multinacionales.”

|
Creo que los rasgos de la columna derecha no sólo son influyentes dentro de cierta CF posterior (que hizo metástasis hacia muchos desprendimientos de aquella corriente, como el steampunk —del que el mismo Sterling es cultor—, el biopunk y algunos otros –punk, un término que parece infinitamente adaptable), sino también que su interés todavía repercute en nuestra contemporaneidad, a diferencia de otros temas clásicos de la CF —como por ejemplo la conquista del espacio— que en nuestra vida actual prácticamente suenan a historia antigua… al menos hasta nuevo aviso. (En una entrevista reciente de Rodrigo Fresán a William Gibson, éste confesaba —palabras más, palabras menos— que ya no podía recordar cuándo fue la última vez que leyó una novela de ciencia ficción ambientada en el espacio que le haya resultado estimulante o satisfactoria).

Por todo esto creo que, visto ya a la distancia, el cyberpunk no fue sólo “mucho ruido y pocas nueces”. Es cierto que sus rasgos temáticos trascendentes (no necesariamente los estilísticos) resultan de tal presencia contemporánea que aquella afirmación de Barceló —de que el cyberpunk podía transformarse en mainstream— podría verificarse sólo por la cercanía de estos temas con nuestra vida actual: con ellos ya no narraríamos el futuro, sino el presente. Sin embargo, no hay que olvidar que la ciencia ficción no es necesariamente una “apuesta” narrativa sobre el futuro, sino una variación o especulación lógica (en cualquier sentido, no sólo en el temporal). Que estos elementos ya convivan con nosotros, entonces, no implica que la imaginación no pueda seguir valiéndose de ellos para continuar divirtiéndose con más extrapolaciones y what ifs acerca de su naturaleza.

_______
Leer el tercero y último post de esta serie.

Mirrorshades. Una antología ciberpunk, de Bruce Sterling, ed. (I)

Por Martín Cristal

1. Operación Cyberpunk

Tras Neuromante de William Gibson (1984), es probable que el siguiente libro más representativo de la corriente cyberpunk en la ciencia ficción sea esta antología de doce relatos seleccionados por Bruce Sterling en 1986. Doce fueron también los años que el libro tardó en ser traducido al castellano.

Desde su prólogo ya es clara la intención del antólogo: tipificar esta corriente de los ochenta frente a los lectores de esa misma década —cohesionándola con una selección que resulte emblemática de aquellos aspectos que él entiende como esencialmente cyberpunkspara así delinearla, venderla como “la renovación” del género y de paso, propiciar la futura canonización de sus autores.

El mismo Sterling es un integrante de la corriente, por lo que aquí actúa en cierto modo como un director técnico que se mete a la cancha, o como juez y parte. Precisamente “la parte” del león se la llevan él, William Gibson y Lewis Shiner, que aparecen con ¡dos relatos cada uno! (Hay uno de Gibson; uno escrito por Gibson y Sterling en coautoría; un tercero, colaborativo también, entre Sterling y Shiner; y otro de este último en solitario).
|

Al comentar otra antología de CF —Masterpieces— ya me referí a esta costumbre inelegante de muchos antologadores: incluirse a sí mismos en la selección que confeccionan (no era el caso de Card). Sterling no sólo no se conflictúa con el asunto, sino que mete dos cuentos de su autoría. En las apostillas autorales se redime un poco de tanta ambición territorial al presentarse con humor: “Bruce Sterling […] es más conocido por su serie de los “Shapers”, que incluye la novela Schismatrix, y por su sentido de la ironía, lo cual le lleva a hablar de sí mismo en tercera persona”.

Creo que el problema del acto de definirse es que rápidamente puede ser confundido con el de confinarse. En la “Nota preliminar” de Andoni Alonso e Iñaki Arzoz —que oficiaron como traductores de la edición de Siruela/Bolsillo— ya se aclara que, posteriormente, la mayoría de los autores antologados eligieron otros caminos más personales, despegándose así de la etiqueta cyberpunk (lo corroboré al leer Mundo espejo, de William Gibson, que es de 2003 y ya no participa netamente del espíritu que animaba al autor en su primera trilogía, la “del ensanche” [The Sprawl Trilogy]).

No es rara esa fuga: las etiquetas nunca les caen bien a los propios escritores. “Las etiquetas literarias conllevan una extraña manera de ofender por partida doble: a los que la reciben porque se sienten encasillados, y a los que no la reciben, porque han sido olvidados”. (Bruce Sterling, en el Prólogo).

_______
Segunda parte: el comentario de los cuentos seleccionados en el libro.