Lo mejor que leí en 2011

Por Martín Cristal

Este año, visto que ya escribí (o preparé) mis comentarios sobre casi todos los libros que más disfruté leer, simplifico el ya tradicional post presentando sólo las tapas con los links a las correspondientes reseñas. Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Estos son los libros que más disfruté leer en 2011:

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Fiebre de guerra,
de J. G. Ballard
Por dentro todo está permitido,
de Jorge Baron Biza
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Me acuerdo,
de Joe Brainard
Ubik,
de Philip K. Dick
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Un canto pisano,
de Sam Hamill
Qué hacer,
de Pablo Katchadjian
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Chronic City,
de Jonathan Lethem
Asterios Polyp,
de David Mazzucchelli
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Las batallas en el desierto,
de José Emilio Pacheco
Contraluz,
de Thomas Pynchon
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Siempre juntos y otros cuentos,
de Rodrigo Rey Rosa
Lint,
de Chris Ware
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[Ver lo mejor de 2010 | 2009]

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En el ciclo “Las lecturas de 2011” de la revista digital Hermano Cerdo,
se puede leer una síntesis de la impresión que me causó cada uno de estos libros.

Siempre juntos y otros cuentos, de Rodrigo Rey Rosa

Por Martín Cristal

El siguiente es el libro que recomendamos en el Nº 13 de la revista Ciudad X (julio de 2011). En el fondo, es una recomendación doble.

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Rodrigo Rey Rosa (1958) vive en su Guatemala natal, aunque antes también lo hizo en Nueva York y en Marruecos. Fue amigo de Paul Bowles y de Roberto Bolaño, quien lo nombra en la segunda parte de 2666 y lo pone de personaje central para una anécdota africana incluida en Entre paréntesis. Pero no lo descubrí ahí, sino en un viejo número de la revista mexicana La Tempestad, donde apareció un cuento suyo, inolvidable, protagonizado por dos escorpiones: “Siempre juntos”. Más tarde, en una mesa de saldos porteña, encontré Ningún lugar sagrado (Seix Barral, 1998). Con esos “cuentos neoyorquinos” confirmé lo buen narrador que es Rey Rosa.

Cómo resistirme entonces al hallar en una librería cordobesa un libro con dos escorpiones en la tapa y el título de Siempre juntos y otros cuentos: una antología de la labor cuentística de Rey Rosa de los últimos veinte años. Con refrescante variedad formal, el autor consigue exprimir la gran tensión que late bajo la regularidad de su prosa, tranquila y pausada, un poco como la calma superficial de las aguas en los cenotes: una tranquilidad que esconde el peligro de las corrientes subterráneas que los conectan.

Tan buenos como el cuento del título, lo son “Cárcel de árboles”, que con su pulso de novelita borgeana reflexiona sobre el lenguaje; la angustiante desaparición en “Otro zoo”; el tierno y doloroso “La niña que no tuve”; “La prueba”, “Gracia” y “El pagano”, que se preguntan por Dios; el desencuentro epistolar de “Hasta cierto punto” y las brevedades de “Vídeo”. (Hubiera querido que no quedase afuera del libro un cuento policial-poético buenísimo, titulado “Elementos”).

Siempre juntos… es una de esas antologías que dan la sensación de que el autor tiene superpoderes, aunque su secreto no sea otro que el oficio acumulado de años y una buena selección. Puede ser cara y difícil de conseguir, así que, si antes se cruzan con un ejemplar de Ningún lugar sagrado, ya saben: no lo dejen escapar.

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Siempre juntos y otros cuentos, de Rodrigo Rey Rosa. Cuentos. Almadía, 2008.