El zoo de papel y otros relatos, de Ken Liu (II)

Por Martín Cristal

[Leer el post anterior: “1. Sobre el autor”]

2. Sobre los relatos

Para este primer libro, Liu no seleccionó sólo sus textos más famosos, sino también otros que pasaron desapercibidos pero que, sumados al conjunto, dan como resultado “una muestra acertada y representativa” de sus “intereses, obsesiones y objetivos creativos”.

El gran eje temático del libro son las dificultades de adaptación ante un gran cambio geográfico o histórico: la transculturación, muchas veces considerando la inmigración china en Norteamérica, pero no exclusivamente en esa variante. A veces también se trata de las fricciones producidas por el paso de un estadio evolutivo al siguiente, por un marcado cambio de época o incluso por una mudanza de planeta o galaxia.

Sobre su pertenencia o no al género de la ciencia ficción, dice el mismo autor (en el prefacio del libro):

“No presto demasiada atención a la distinción entre fantasía y ciencia ficción —ni, ya puestos, entre ‘obras de género’ y ‘literatura generalista’—. Para mí, la esencia de la ficción es que en ella se prioriza la lógica que rige las metáforas —que es la lógica que rige las narraciones en general— por delante de la realidad, que es irremediablemente aleatoria y carente de sentido”.

 

Los relatos, uno por uno

[Atención: spoilers]

La nave insignia del libro es “El zoo de papel” (“The Paper Menagerie”, que conocimos en castellano gracias a la antología Terra Nova, de Mariano Villareal y Luis Pestarini; Sportula, 2012). Este cuento es la primera ficción, de cualquier extensión, en ganar los premios más importantes del género: el Nebula, el Hugo y el World Fantasy.

Su narrador es Jack, un joven que recapitula su niñez en Estados Unidos como hijo de un americano y una mujer china. Al convertirse en adolescente, las típicas desavenencias entre hijos y padres cobrarán en Jack la forma de una creciente “vergüenza de los orígenes” de su madre, un desprecio especialmente centrado en su lengua materna. La idea que impulsa al cuento —más mágico o sobrenatural que propiamente de CF— recae en unas figuras de animales hechas con papel plegado: piezas de origami a las que la madre de Jack era capaz de insuflarles vida para que su pequeño hijo jugase con ellas.

(Por cierto, la brecha generacional también aparece en un cuento de Liu que NO fue seleccionado para este libro, pero que está online en castellano: “Quedarse atrás” [Staying Behind]. Tan conmovedor como el “El zoo…”, quizás quedó fuera por no mostrar tan claramente el tema que marcamos como eje de esta antología. No presenta rastros de la transculturación china-norteamericana, aunque sí hay un traspaso: del mundo finito de la carne a la vida eterna de los soportes digitales, tema sobre el que también varió Martín Felipe Castagnet en su novela Los cuerpos del verano).

Los dos cuentos con títulos más largos y estrafalarios son “Acerca de las costumbres de elaboración de libros en determinadas especies” (The Bookmaking Habits of Select Species) y “Manual comparativo ilustrado de sistemas cognitivos para lectores avanzados” (An Advanced Reader’s Picture Book of Comparative Cognition).

Ambos incorporan la forma del catálogo: el primero (que abre el libro), es una breve enciclopedia de la manera en que las especies de distintos planetas se las arreglan para hacer “libros”. Claro que esos “libros” no se parecen en nada a los nuestros, ya que los órganos perceptivos, los cerebros y la memoria de esas especies son muy diferentes… Éste es el cuento más borgeano del libro, y se integra a la tradición de esos que funcionan como un compendio de las costumbres exóticas de otras especies y lugares (todos los cuales parecen fundarse en Swift y Los viajes de Gulliver).

Si el primer cuento se centra en la escritura, el otro lo hace en la lectura, en un sentido amplio: las distintas formas de percibir e interpretar. En “Manual…”, un catálogo del modo en que distintas especies registran los estímulos que perciben sus sentidos, se intercala con la historia concreta de una familia de padre-madre-hija que se resquebraja ante una oportunidad única, ansiada por la madre: la de salir de viaje entre las estrellas, sin retorno, para intentar contactarse con otras formas de vida. A la vez tratado y memoria familiar fragmentaria (rasgo éste que recuerda al cuento “La historia de tu vida”, de Ted Chiang), el relato se publica por primera vez en este volumen.

“Cambio de estado” (State Change) es el que mejor representa la idea de tomar una metáfora y volverla literal, para así crear un personaje o un argumento narrativo. En el cuento, el alma de las personas al nacer se materializa como un objeto concreto, diferente para cada quien. Cada uno deberá tenerlo cerca durante el resto de su existencia. Los rasgos de ese objeto gravitan sobre la personalidad del sujeto; la destrucción del objeto es el fin de la vida. En el caso de la apocada Rina, su alma es un frágil cubito de hielo, que ella debe cuidar y llevar, refrigerado, a todas partes. Uno de los mejores cuentos del libro, en mi opinión.

“Como anillo al dedo” (The Perfect Match) incorpora elementos tecnológicos a lo Black Mirror. Tilly es una aplicación de asistencia personal (similar a Siri); su relación con Sai, el usuario-protagonista, recuerda un poco la película Her, de Spike Jonze. Sin embargo el relato no deriva hacia el enamoramiento hombre-software, sino hacia el tema de la cibervigilancia y la guerra por el conocimiento y el tráfico de la información que libran una megaempresa a lo Google y algunas guerrillas cibernéticas. Las preguntas de fondo son: ¿qué posición vas a tomar en esa batalla? ¿De qué lado estás?

“Buena caza” (Good Hunting) es otro de los mejores relatos del libro. Inicia en un universo legendario, de fábula china, con la aparición nocturna de seres sobrenaturales que no podrán mantener por mucho tiempo su reinado de magia y misterio: los tiempos cambian, se avecina la era del vapor y el iluminismo científico. Los seres mágicos deberán adaptarse a los adelantos tecnológicos para sobrevivir en un mundo que desdeña la magia y ya no tiene vuelta atrás. Claro que, como dijo Arthur C. Clarke, “Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”… La acción de este cuento abarca décadas, en un convincente degradé que hilvana la leyenda mitológica con el imaginario steampunk. Es, además, otro relato centrado en un problema de adaptación.

Le siguen “Simulacro” (Simulacrum) y “Regulada” (The Regular), tal vez los menos memorables del conjunto. El primero, ya desde el título, muestra cierta pátina dickiana: Paul Larimore ha inventado un proyector que puede reproducir personas por breves instantes. Son figuras móviles en 3D con las que se puede interactuar (incluso sexualmente); se las llama “simulacros”. El cuento extrapola nuestra obsesión por registrarlo todo en fotografías y videos; se articula en retrospectiva, con los testimonios alternados del famoso Larimore y los de su hija Anna. Ella dice conocer al “verdadero Paul Larimore”; su padre no es el prohombre que el mundo cree conocer. También sostiene que el mundo estaría mejor sin esos simulacros. ¿Juzga Anna demasiado duramente a su padre?

El segundo es un relato largo y de género negro (pero en el sentido en que dicho género fue procesado por el cyberpunk). Inicia con el asesinato de una prostituta que usaba un implante ocular para registrar sus encuentros con los clientes, con la previsible finalidad de chantajearlos. La detective encargada del caso también tiene un cuerpo mejorado a lo cyborg, con implantes biotecnológicos y drogas que la potencian. Pero no siempre es fácil vivir así.

“Las olas” (The Waves) y Mono no aware siguen en el índice a “Manual…”, muy posiblemente por su continuidad temática: los tres comparten el tópico de los viajes interestelares. En el primero —sin relación aparente con la novela de Virginia Woolf—, la dilatadísima extensión temporal del viaje implica cambios evolutivos en la raza humana, puntos de inflexión que los individuos discuten y que no siempre están dispuestos a asimilar dócilmente. Aunque los sucesivos cambios casi deshacen por completo la idea que hoy tenemos de “ser humano”, las relaciones afectivas consiguen mantenerse vigentes, en parte por la pasión de nuestra raza por compartir sus historias y las leyendas fundacionales del universo.

En el segundo —con protagonista japonés, no chino—, la nave interestelar que lleva a los últimos sobrevivientes de la Tierra sufre una avería grave. Se intercala el relato de los últimos días de nuestro planeta (condenado por la llegada de un enorme meteorito) con el de la acción heroica necesaria para tratar de salvar a la nave. En ambos relatos se trenzan el amor, el sacrificio y la conciencia de nuestra finitud. El título en japonés refiere a “la sensación de fugacidad de todas las cosas en la vida”.

“Todos los sabores” (All The Flavours) y “El literomante” (The Literomancer) se enfocan en el choque cultural entre chinos y estadounidenses, intentos de integración no siempre exitosos. Con aliento a western, el primero podría ser una novela corta (tiene 100 páginas); se basa en la historia de los inmigrantes chinos afincados en la zona de Idaho durante el siglo XIX, con todos sus esfuerzos y rechazos; esto último recuerda el comienzo de Sueños de trenes, de Denis Johnson. Lily, una joven americana, entabla amistad con uno de ellos, Lao Guan (o “Logan”), quien a su vez le enseña a jugar al go y le cuenta leyendas de la antigua China. El protagonista de estas leyendas es Guan Yu, el dios chino de la guerra. La estructura que intercala ambos niveles narrativos es la de las “novelas dentro de la novela” que conocemos desde el Quijote.

El segundo relato de este par invierte los términos geográficos y culturales: sigue a una familia de americanos afincada en Oriente, en 1961. La hija es Lilly, una niña que no se lleva bien con sus compañeras americanas de la escuela a la que asiste, en la base militar estadounidense en Taiwán. Sus problemas de adaptación parecen mejorar con su acercamiento casual con Kan Chen-hua, de oficio “literomante”: un anciano que “le dice la buenaventura a la gente basándose en los caracteres de su nombre y en los caracteres que eligen”. (Liu también utiliza el recurso narrativo de poetizar sobre la caligrafía en “Mono no aware”, salvo que en ese caso son caracteres japoneses). El encanto de ese oficio y la bondad del viejo parecen propiciar un acercamiento cultural, salvo que en el camino florecerá la tragedia, cuando Lilly descubra cuál es el verdadero trabajo de su propio padre en Taiwán.

Por su indagación histórica y su dimensión política, este relato está en contacto también con los tres que cierran el libro. En ellos, el individuo se planta y reivindica su dignidad ante los huracanados abusos de la Historia.

“Breve historia del túnel transpacífico” (A Brief History of The Trans-Pacific Tunnel) es una ucronía. Su punto de divergencia es 1929: el  inicio de la construcción de un túnel submarino entre Japón y Estados Unidos mejora las relaciones entre Oriente y Occidente; ésta y otras circunstancias históricas alternativas evitan la Segunda Guerra Mundial y sus atrocidades, aunque eso no quiere decir que en adelante todo vaya a ser color de rosa para la humanidad: el lector lo irá  descubriendo por el relato en retrospectiva que ofrece el narrador, un nativo de la isla de Formosa (Taiwán) que participó activamente en la construcción de esa monumental obra, superior —en esfuerzo y dimensiones— a la Gran Muralla China.

“El maestro de litigios y el Rey Mono” (The Litigation Master and The Monkey King) se remonta a la China del siglo XVIII. Tian Haoli se gana la vida como asesor legal de los pobres, quienes recurren a él cuando tienen problemas en los tribunales imperiales. Los jueces, volubles y sesgados por la lealtad al emperador, se irritan por las ya famosas estratagemas de Tian. Él las discute —¿sólo en su mente o en contacto con el más allá?— con una figura mítica: el Rey Mono (cuya personalidad revolucionaria conocemos gracias a la genial historieta de Milo Manara). La dignidad moral y la resistencia del tramposo Tian serán puestas a prueba cuando este hombre corriente tenga que enfrentarse a una elección extraordinaria, en aras de preservar una verdad histórica para las futuras generaciones.

A “El hombre que puso fin a la Historia: documental” (The Man Who Ended History: A Documentary) lo conocíamos de la antología Terra Nova, Vol. 2 (Villareal y Pestarini; Sportula, 2013). Liu admite que tomó su forma de un excelente relato de Ted Chiang: “¿Te gusta lo que ves? (Documental)”. Su contenido, sin embargo, es totalmente diferente: el relato inicia dando cuenta de un avance técnico de concepción deslumbrante, el cual permite revisar el pasado. No viajar al pasado ni modificarlo, pero sí atestiguar sus hechos. La posibilidad material de dicha constatación modifica el estudio de la Historia como tal, pero también pone en cuestión las leyes y el Derecho, al permitir que eventos históricos atroces —en los que los derechos humanos fueron pisoteados, como en el caso de infame Escuadrón 731— sean revisitados con una objetividad nueva, basada en esclarecedores testimonios a posteriori. Sinuoso y algo largo, este relato de Liu vale, sin embargo, por la excelente idea que lo dispara, y por las discusiones y reflexiones que prodiga en su transcurso.

 

En síntesis

Como ya destacamos al referirnos a los mejores cuentos de la antología 25 minutos en el futuro, Liu nunca se queda sólo en el alarde expositivo de la idea-motor del cada relato (más o menos brillante según cada caso, pero siempre presentada de entrada y con sencillez), sino que busca trascender ese anzuelo inicial para llevar al lector al terreno de lo afectivo. Las ideas que motorizan cada relato no están ahí para su propio lucimiento, sino para propiciar una narración que cobra valor en su emotividad, en el sustrato de las relaciones intrafamiliares y en el drama de esas relaciones cuando se manifiestan durante los momentos más oscuros y difíciles de la historia de la humanidad.

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El zoo de papel y otros relatos, de Ken Liu. Runas (Alianza Editorial), Barcelona, 2017. 544 páginas.

La historia de tu vida, de Ted Chiang

Por Martín Cristal

Ted Chiang (EE.UU., 1967) reunió en La historia de tu vida sus primeros ocho relatos de ficción especulativa, casi todos publicados en revistas entre 1991 y 2002. Con ellos, este autor —que publica a cuentagotas— cosechó varios de los premios que galardonan a la mejor ciencia ficción. Son destacables la frescura del enfoque para cada tema y la inteligencia de los planteos que conducen cada trama, transportados por una prosa llana y amena. Aquí sintetizo el disparador de cada relato, sin quemar sus argumentos.

El libro abre con “La torre de Babilonia”, un
vívido relato en primera persona sobre la construcción de aquella mítica obra arquitectónica; su tono de fábula antigua lo distancia un poco del resto del libro. Mejor y más representativo resulta “Comprende”: narra la irrefrenable expansión de la inteligencia de un hombre cuyo cerebro, dañado después de un accidente, ha sido reconstruido y potenciado mediante una nueva droga. Si hace poco viste Sín límites (Limitless; Neil Burger, 2011) y te pareció que la peli desperdiciaba una buena idea por falta de profundidad —al fin y al cabo, la “inteligencia total” de su protagonista apenas le alcanza para hacerse rico y obtener poder, como si más allá de esos primeros objetivos los problemas metafísicos no terminaran siendo un desafío mayor para cualquier mente excelsa—, Chiang demuestra con este relato cuánto más lejos se puede llegar con el mismo concepto.

El núcleo duro del libro se compone de tres relatos que abrevan en las ciencias de los números y las letras. “Dividido entre cero” reexplora el tópico del matemático cuya propia genialidad se inclina hacia la locura, lo que lo lleva a cortar lazos con los demás; esto recuerda un poco a las películas Una mente brillante (A Beautiful Mind; Ron Howard, 2001) o La prueba (Proof; John Madden, 2005). En “La historia de tu vida”, una lingüista contratada para aprender el idioma de unos aliens recién llegados a la Tierra, le va contando a su hija el curso de sus vidas entrelazadas; los saltos adelante y atrás del relato quedan justificados por la nueva concepción del tiempo que ella abraza tras comprender el extraño sistema lingüístico de los extraterrestres. “Setenta y dos letras” es una sinuosa amalgama de autómatas victorianos, permutaciones cabalísticas, homúnculos, gólems y clonación genética.

En forma de ensayo, el brevísimo “La evolución de la ciencia humana” discurre sobre un salto en la historia del conocimiento, el cual dejaría atrás a buena parte de la humanidad, incluidos los mismos científicos. “El Infierno es la ausencia de Dios” pasa de la ciencia a la religión (cristiana): en un mundo contemporáneo en que los milagros son la práctica habitual de unos ángeles gigantescos —tan misericordiosos como destructores—, pueden distinguirse las fatalidades causadas por Dios de las que son obra del puro azar. La paradoja de tener que seguir amando a (y creyendo en) un ser superior capaz de dañarnos y quitárnoslo todo, obliga al protagonista a una difícil prueba: la de intentar acercarse a ese mismo Dios que mató a su mujer. Chiang entiende su cuento como una reescritura crítica de la historia de Job. Dice el autor en sus notas:


Para mí, una de las cosas menos satisfactorias del Libro de Job es que, al final, Dios recompensa a Job. Dejen a un lado la cuestión de si los nuevos hijos pueden compensar la pérdida de los anteriores. ¿Por qué Dios le devuelve algo a Job? ¿Por qué ese final feliz? Uno de los mensajes básicos de ese libro es que la virtud no siempre es recompensada; que a las buenas personas les suceden cosas malas. Job finalmente acepta esto, probando su virtud, y por consiguiente es recompensado. ¿No les parece que esto debilita el mensaje?

Me parece que al Libro de Job le faltó el valor de sus convicciones: si el autor estuviera realmente comprometido con la idea de que la virtud no siempre recibe su recompensa, ¿no creen que el libro debería haber terminado con un Job absolutamente desposeído de todo?

Cierra “¿Te gusta lo que ves? (Documental)”. Con una fluida estructura de documental televisivo (la cual recuerda un poco a la segunda parte de Los detectives salvajes), se alternan los testimonios de distintas personas a favor y en contra de un experimento: la “calistenia”, que consiste en eliminar, con una sencilla operación quirúrgica, la conexión cerebral entre la percepción y el reconocimiento de la belleza física. Las posiciones ideológicas y las consecuencias que Chiang extrapola de esa posibilidad son ricas y variadas.

Como los extras de un DVD, el libro se completa con una jugosa serie de comentarios del autor para cada cuento [de ahí tomamos la cita sobre Job]. La historia de tu vida no es fácil de conseguir en las librerías argentinas: podés comprarlo en alguna megalibrería virtual, pedirlo en el website de la editorial o —si no queda más remedio— rastrearlo por la gran tela de araña digital, ahí donde todavía no ha sido apedreada por el FBI. Yo no lo haría, pero ésta es la historia de tu vida, no de la mía.

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La historia de tu vida, de Ted Chiang. Relatos. Bibliópolis, Madrid, 2004. 256 páginas. Con otra versión de esta reseña, recomendamos este libro en el número 22 de la revista Ciudad X (abril de 2012).