Fotosíntesis

Textos: Martín Cristal
Fotos: Facundo Di Pascuale

El siguiente artículo se publicó en la revista
Aquí Vivimos Nº 230. Córdoba, agosto de 2011.

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Fotosíntesis

Meditación vagabunda acerca de
la literatura, la fotografía, las plantas y el tiempo

Hay fotografía y hay literatura. Y en medio, están las plantas. Según Terry Eagleton, la literatura no es tanto una cualidad propia de cierto tipo de textos, sino “las diferentes formas en que la gente se relaciona con lo escrito”. La literatura es algo social, que no estaría en los textos en sí mismos, sino en la forma en que éstos son leídos. (¿Será literatura este texto que estás leyendo ahora mismo? ¿Lo será mañana? Depende de cómo lo leas).

John M. Ellis agrega que el término literatura “funciona en forma muy parecida al término ‘yuyo’. Los yuyos no pertenecen a un tipo especial de planta; son plantas que por una u otra razón estorban al jardinero. Quizá ‘literatura’ signifique precisamente lo contrario: cualquier texto que, por tal o cual razón, alguien valora mucho”.

La de Ellis es una definición por el negativo: la literatura como el anti-yuyo. El negativo, en fotografía, va cayendo en desuso a medida que las cámaras digitales reemplazan a las analógicas. Ahora que las imágenes pueden archivarse en una computadora, la gente copia menos fotos en papel. También el libro está pasando a un soporte electrónico: los árboles, felices. Con el tiempo, los libros de papel irán desapareciendo como las cámaras analógicas. Esto es, precisamente, una analogía. (Adoro las analogías. Su descubrimiento siempre resulta reconfortante. Me hacen sentir que, detrás del aparente caos, el mundo tiene un plan, que pueden hallarse relaciones escondidas entre los elementos que lo componen).

Nadie numera las hojas de un árbol, pero sí las de un libro. El libro necesita del papel, el papel necesita de los árboles y los árboles, como los fotógrafos, necesitan de la luz. Un fotógrafo es un adicto a la luz, igual que las plantas.
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La fotosíntesis es el proceso con el que las plantas transforman la energía lumínica en energía química, para producir hidratos de carbono y agua con la ayuda de la clorofila. ¿Y qué es la síntesis en una foto? Es la eliminación de los rasgos superfluos del objeto fotografiado. Si nos aproximamos más a él tendremos un detalle, y si lo hacemos hasta dejar fuera también sus rasgos esenciales, si lo volvemos difícilmente distinguible, entonces lo convertimos en una imagen abstracta. Aunque cuán abstracta puede ser una imagen si se la compara con algunas palabras abstractas, como por ejemplo, la palabra analogía. O la palabra palabra. O la palabra aunque.

Todo esto nos devuelve a aquello de la cotización de las imágenes y las palabras: 1 a 1.000, según el Wall Street popular, aunque —como se ve— todo depende de qué imagen y qué palabra tengamos enfrente.

Las hojas secas, por ejemplo, pueden verse como un signo natural del paso del tiempo. O pueden ser sólo hojas secas. Como la literatura, la fotografía también depende de la forma en que se la mire. Si se deja de mirar la planta en la foto para mirar la luz en la planta, ya se está mirando como fotógrafo.
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¿Qué ves? ¿Hojas o tiempo?

El tiempo nunca se detiene, salvo en la fotografía. En cambio, no hay narración sin tiempo. Descripción puede ser, pero no narración. La fotografía es un arte del espacio; la narración, un arte del tiempo. En la foto vamos de lo general a lo particular; en el relato, de lo particular a lo general.

El padre que le cuenta una historia a su hijo a la hora de dormir, lo está haciendo muy bien si el chico no deja de preguntarle: “y entonces, ¿qué pasó?”. Narrar es contestar incesantemente esa pregunta. (Claro que, si el chico sigue preguntando, entonces no se va a dormir nunca). Si algo “pasa”, “pasó” o “va a pasar”, entonces el tiempo se mueve, y el relato también.

En las fotos todo queda fijo: el esquiador que derrapa en la nieve, la bailarina que vuela en un cono de luz, el fuego, la lluvia, el auto de carreras que cruza la meta convertido en una mancha roja. El fotógrafo captura lo que ve, incluso el agua que corre. De “los tiempos” también se dice que corren. El tiempo tiene su metáfora natural en el río, aunque en la foto, ese río ya no se mueva.

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Todo está inmóvil en las fotos, salvo que el fotógrafo proponga una secuencia de dos o más; pero entonces se vuelve un poco narrador, no porque sus fotos pasen a moverse, sino porque en el hiato entre ambas imágenes inyecta una dosis de tiempo. Se produce una comparación, un antes y un después. Proyectado velozmente, eso se llama cine; dibujado con paciencia, historieta.

El tiempo: nuestro juez y nuestro destructor. El viento no tiene nada que ver, Luis Alberto: todas las hojas son del tiempo. Nosotros —músicos, escritores, fotógrafos: todos— también le pertenecemos. Eso sí: mientras el tiempo nos dé tiempo, trataremos de hacer con él lo que más nos guste. Literatura. Fotografía. Ir al río. Cuidar un jardín.

Tiempo recobrado (II)

Por Martín Cristal

Lectura del primer tomo de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust mediante la tecnología Text to Speech (“Texto a audio”). Segunda parte: apuntes sobre la experiencia.

[Leer la primera parte: motivos y preparativos]

Duración

Comencé la escucha el 15 de junio de este año; la terminé el 30 de agosto. En esos dos meses y medio repartí las 18 horas de audio de “Por el camino de Swann”. Creo que leer el mismo libro en papel me hubiera tomado menos tiempo, pero seguramente no hubiera podido hacerlo en el lugar y las condiciones en que lo escuché: parado, apretujado o casi a oscuras en un ómnibus de la línea T. Fueron 18 horas ganadas al tiempo muerto de esos viajes. Tiempo recobrado para la literatura.

Concentración/dispersión

Estoy esperando el bondi y pasa un amigo en auto. No sólo no se ofrece a llevarme, sino que encima me saluda alegremente. Le devuelvo el saludo y, distraído con estas cosas, me doy cuenta de que el narrador ha seguido adelante con el relato. Debo rebobinar para retomarlo donde me quedé. Esto es molesto (rebobinar es esperar, así que ahora espero por partida doble: al narrador y al bondi), pero en lo referente a la mera distracción, esto no es muy diferente de distraernos mientras leemos un libro.

En otras oportunidades, rebobino tres veces un mismo fragmento, y me distraigo otras tantas en el mismo punto del relato; así me doy cuenta de que mi atención no está bien dispuesta. Entonces cambio de carpeta en el reproductor y me pongo a escuchar música; volveré al texto otro día. Es lo mismo que pasa con un libro al reconocer que nuestros ojos cansados ya han repasado dos o tres veces la misma página sin poder extraerle un sentido.

También es frecuente que, al surgir una reflexión para estos mismos apuntes, deje de concentrarme en el texto de Proust; así pasan varias frases, que luego debo rebobinar.

Hay una diferencia crucial entre leer y escuchar un texto. Dejarnos llevar por los pensamientos que genera la lectura de un libro es algo muy común y disfrutable. Eso no es distraerse; al contrario, es pensar más hondo, discurrir por caminos insospechados con la lectura como pretexto. Un narrador que nos habla al oído sin detenerse no nos deja espacio para eso: o lo seguimos a él o nos vamos detrás de nuestros pensamientos. Sí, podríamos andar con el dedo listo sobre las teclas Pausa o Stop, pero eso seguiría teniendo la desventaja de ser un movimiento consciente, una burocrática aduana entre el texto y nuestra potencial divagación.

Sin subrayados

Resulta lamentable la imposibilidad de subrayar. A veces escucho un fragmento que me maravilla —el famoso de la magdalena, entre muchos otros— y deseo marcarlo de alguna manera para volver a escucharlo luego. Puedo hacerlo de inmediato, rebobinando (todavía decimos así, aunque en la era digital ya no haya bobina alguna), pero más tarde ya no podré ubicar ese fragmento sin ponerme a renegar con el rewind y el fast forward. Al final, cuando llego a casa termino subrayando lo que me interesa en el archivo de Word… pero a eso ya tengo que hacerlo en un tiempo que estaba destinado a otra actividad.

La voz

La traducción de Pedro Salinas, demasiado castiza para mi gusto, milagrosamente coincide con la voz de “Jorge”, cuyo acento es ibérico, por lo que cada una de estas cosas resulta tolerable gracias a la asistencia de la otra. Poco a poco me voy encariñando con la voz como si fuera la verdadera de ese narrador proustiano. ¿Qué va a pasar cuando use el programa para escuchar otro texto con la misma voz? ¿Voy a pensar que me lo lee Marcel? Puede que no: la sintaxis hace milagros.

ProustOye

En otros ámbitos

Voy acostumbrándome. Aunque a veces estoy en un lugar donde podría leer algo en papel, siento que tengo ganas de ponerme los auriculares y seguir con Proust. Mérito de Marcel más que del sistema de audio, sin duda, pero al menos eso prueba que el sistema no es necesariamente un obstáculo para el disfrute.

Empiezo a probarlo en otras partes. Por ejemplo: a pie, apenas anochece, por un camino que conozco bien —de mi trabajo a lo de mis padres o de la parada del ómnibus a mi casa— puedo abstraerme un poco del entorno, en penumbras y ya visto mil veces, y así escuchar mejor el relato. Muchas veces mis distracciones no son fugas del texto a la realidad, sino en el sentido opuesto, desentendiéndome de la realidad debido al texto; al descubrirme en tal estado, cruzando calles como un zombie, me da miedo de que me atropellen. Voy con el dedo sobre el botón de Pausa, para poder cortar el sonido de inmediato ante cualquier emergencia.

Estoy en un bar: quiero leer un libro de papel, pero el televisor está prendido en un programa de chismes de la farándula. Está con el volumen a mil y el bar es chiquito. Dejo el libro, me pongo los auriculares y sigo con Proust, que me cuenta sobre su amigo Bloch. Mientras, miro por la ventana. Ya bajó el sol, la gente cruza una esquina céntrica, vuelve a sus casas. Puedo verlo todo, aun siguiendo el relato, como si alguien me lo contara desde el otro lado de la mesa. Pero, si mi atención es convocada por un culo llamativo o una cara conocida (o viceversa), entonces… a rebobinar. [Más sobre estas distracciones en la tercera parte de esta serie.]

Pequeños accidentes

Con el peso de la mano dentro del bolsillo de la campera, vuelvo sin querer hasta el minuto cero del fragmento que estoy escuchando. Entonces, para volver al punto en que estaba, tengo que apretar el botón de fast forward, haciendo una parada cada tanto para escuchar por dónde voy. En esas paradas reconozco no sólo los párrafos que ya he oído antes, sino que también vuelven, como un flashback, los lugares por donde yo andaba cuando escuché esos párrafos la primera vez. El efecto es, irremediablemente, proustiano.

Otro: termino el fragmento 19 y el reproductor, en el que no he cargado la novela completa, recomienza con el fragmento 10, que ya he escuchado hace días, pero que no reconozco desde las primeras líneas porque, casualmente, dicho fragmento comienza con un “Pero”, lo cual le añade cierta continuidad con la última oración del anterior. Cuando me doy cuenta del error me veo forzado a admitir que en realidad no he estado escuchando con total atención; me siento como si un maestro me retara en la clase por haberme descubierto mirando por la ventana.

Defectos

Hay problemas con los nombres propios en otros idiomas: el programa los castellaniza y muchos suenan mal. Si hay algo mal tipeado o mal puntuado en el texto, esto se refleja en una pronunciación o un pausado defectuosos, que pueden resultar molestos. También hay algunos fragmentos breves que se han grabado entrecortadamente; se los entiende, pero se oyen como en los casettes cuando la cinta estaba mordida.

Utilidad

Quizás la tecnología TTS resulta mejor para textos ensayísticos, periodísticos o académicos que para un texto narrativo. Con todo y lo mejoradas que están las voces, la cadencia de la lectura es, a la larga, demasiado mecánica. [Más sobre esto en la tercera parte.]

El recurso quizás funciona mejor con textos que tienen enunciados no demasiado largos, por lo que hay que reconocer que Proust no era lo más indicado para arrancar… Lo probé con algunos de los artículos de Mario Vargas Llosa recopilados en su libro La verdad de las mentiras, y la experiencia resultó bastante satisfactoria. También con el primer capítulo de Una introducción a la teoría literaria, de Terry Eagleton, aunque aquí los enunciados sí eran largos, y los nombres propios en inglés quedaban deformados. Para la poesía creo que este recurso no sirve de mucho, salvo que quisiera usárselo de forma experimental.

También sirve en casa, para no tener que leer tanto en pantalla: un texto bajado de internet, un trabajo para la facultad, un artículo periodístico… No hace falta ser ciego para recurrir a esta tecnología; podemos usarla justamente para no quedarnos ciegos.

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En el artículo siguiente termino la serie con algunas relaciones entre el texto de Proust y esta experiencia de audio.