La revolución electrónica y La tarea, de William S. Burroughs

Por Martín Cristal

En las “lecturas recomendadas” de William S. Burroughs (1914-1997) nunca faltan El almuerzo desnudo; Yonqui; Marica (o con su título en inglés, Queer); su epistolario con Allen Ginsberg, Las cartas de la ayahuasca (o “del yagé”); su Trilogía Nova, de los sesenta, o bien la de los ochenta: la Trilogía de la noche roja.

No menos representativos, aunque no tan renombrados, son dos libros de no ficción publicados hace poco en la Argentina: La revolución electrónica y La tarea. Conversaciones con Daniel Odier. Ambos se publicaron originalmente a principios de los setenta —con agregados y modificaciones en reediciones posteriores— y son una buena puerta de entrada al ideario de Burroughs (quien no se expresó sólo en su obra escrita, sino también en colaboraciones en otras artes y en variadas intervenciones en el campo cultural).

Burroughs shooting by Jon Blumb

 

La revolución electrónica

William-Burroughs-Revolucion+Electronica-Caja-NegraEste texto se basa en el gran hallazgo teórico de Burroughs: el reconocimiento del arquetipo “virus” como forma básica de la sociedad de la información. Para el autor, el lenguaje es —literalmente— un virus, que afecta al hombre y su experiencia. A partir de ahí, glosa varias técnicas de manipulación mediática con base en la tecnología de su momento: filmadoras y grabadores de cinta abierta.

El imaginario de Burroughs está bien plantado en su tiempo: Watergate, el temor a la escalada atómica, el fantasma de las manipulaciones mediáticas subliminales, los experimentos secretos de la Agencia Central de Inteligencia durante la guerra fría… y otros rasgos por el estilo, sintetizables en una paranoia de campeonato.

Con esos elementos de su presente, Burroughs capta mucho del nuestro: intuye la esencia de los virus informáticos (y el concepto de “viralización”, tan activo hoy en internet); comprende la creciente manipulación de las noticias mediante su cuestionamiento revisionista o su edición, por ejemplo con el intercambio de fotografías y textos de distintas fuentes (algo similar a lo que vimos en la comunicación de los recientes disturbios sociales en Venezuela). “Cualquiera puede jugar” con estos recursos, dice Burroughs, anticipándose a nuestra era del “hazlo tú mismo”: fotos trucadas con Photoshop, remixes y mash-ups enYouTube, fanfictions en blogs, hoaxes en cadenas de correos…

Resulta esclarecedor el prólogo de Carlos Gamerro, que articula los diferentes momentos en la obra de Burroughs y analiza sus ideas clave. Entre ellas, postula que la revolución de Burroughs no defiende alguna ideología o facción política concreta, sino que propone un ataque general al “sistema” (otro término hoy fácil de relacionar con el de “virus”). Pero “¿quién utilizará estas técnicas?”, se pregunta Gamerro, y es pertinente: el manual revolucionario también podría ser contrarrevolucionario. Burroughs opone el Caos al Control. Sí, suena a parodia del Superagente 86, pero para el viejo Bill era un asunto mucho más serio.

Completa el volumen una entrevista realizada por Tamara Kamenszain en 1975, la cual capta la excentricidad del personaje y sintetiza varios vectores de su pensamiento.

 

La tarea. Conversaciones con Daniel Odier

William-Burroughs-La-Tarea-Cuenco-de-plataEn rigor, La tarea (The Job) contiene a La revolución electrónica y presenta un espectro temático más amplio (si bien no cuenta con los valiosos complementos aportados por Gamerro y Kamenszain en la edición de Caja Negra). Aunque La tarea es un libro-entrevista, no está construido sólo con las preguntas de Odier y las respuestas directas de Burroughs; éste se tomó la libertad de responder, en ciertos casos, intercalando algunos textos suyos que tocaban la cuestión planteada más extensamente, o con relatos que la ilustraban, o con comentarios personales a recortes de prensa que ejemplificaban su manera de pensar. Así el libro resulta elástico en su estructura, y contiene —como señala Ariel Dilon en la nota inicial— “todo el subtexto ideológico de sus novelas”.

Muchas veces Burroughs convence más por su propio convencimiento que por la expresión llana de sus teorías, las cuales no siempre se basan en materiales científicos, sino muchas veces también en datos pseudocientíficos y hasta esotéricos. Las fuentes de conocimiento más dudosas —incluida la cienciología— son igualmente consideradas por su inteligencia, de la que uno se pregunta si canaliza una lucidez total para comprender la realidad, o si son sólo arrebatos de clarividencia entreverados con un importante porcentaje de “quemazón” cerebral tras décadas de adicción a las drogas. En cualquier caso, Burroughs se las arregla para seguir siendo interesante.

¿Qué temas agrega La tarea a los ya mencionados de La revolución electrónica? Las adicciones como forma de control social; las drogas amplificadoras de la conciencia versus las sedantes, y su relación con la escritura; la (homo)sexualidad, el erotismo y la pornografía; su marcada misoginia, su descreimiento del amor; sus técnicas experimentales de escritura (como el cut-up); su renuencia a aceptar la etiqueta beat para sí; algunas consideraciones sobre otros escritores (Joyce, Beckett, Genet); la necesidad de demoler los conceptos de “familia” y “nación”; su reivindicación de la revolución violenta, precisamente para no llegar a la destrucción total prometida por la bomba atómica; los jeroglíficos egipcios en oposición al alfabeto occidental; y también la pena de muerte, la cultura libre, las posibilidades de la clonación… Todo eso y más, en un abanico articulado de paranoia y lucidez que nos llega desde otro tiempo para que comprendamos mejor el nuestro.

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La revolución electrónica, de William S. Burroughs. Ensayos. Trad. de Mariano Dupont. Caja Negra, 2009 [1970]. 89 páginas. | William S. Burroughs: La tarea. Conversaciones con Daniel Odier. Entrevista aumentada con ensayos y relatos breves. Trad. de Edgardo Russo y Ariel Dilon. El Cuenco de Plata, 2014 [1969]. 256 páginas. Recomendamos estos libros en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 3 de abril de 2014).

6 años

6-anos-de-el-pez-volador
Cumplimos seis años con este blog (y casi 300 posts). Gracias a todos los que lo leen. Muchas gracias a los que lo hacen regularmente. Y muchísimas gracias a los que, además, todavía se toman la molestia de dejar algún comentario. Seguimos por acá.

Perpetua en Eribea: novela de ciencia ficción, online

Leer el primer episodio
Uno es lo que come, dicen. Y también podría decirse que uno escribe lo que lee. Desde que me entró el berretín de volver a leer ciencia ficción, me empezó a dar vueltas en la cabeza una idea para una novela breve del género.

Encaré el texto con un seudónimo. No para ocultarme tras él, sino para separar bien este proyecto genérico de la tetralogía novelística que empecé con Las ostras (obras realistas, en las que todavía trabajo, y que no tienen nada que ver con la CF). Me pareció divertido seguir el modelo de John Banville/Benjamin Black (salvando las distancias, claro): el primero escribe literatura sin condicionamientos de género, mientras que su alias sí se enmarca en uno.
Y todos saben que los dos son el mismo, y no hay escándalo por eso.

Mi nom de guerre es Ari Epstein (a quien se puede seguir por Facebook).
La novela se llama Perpetua en Eribea. Se publicará por entregas,
todos los miércoles, en el website de PALP Series.

Acá ya se puede leer el primer episodio.

Ojalá les guste.

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La ilustración es del gran maestro Burda (Alejandro Burdisio), que tuvo la gentileza de hacerla especialmente para esta novela.

Las ostras, ahora también en e-book

Las-Ostras-en-ebook

Ahora la novela también está disponible
en versión electrónica

(en formato .epub, a un precio accesible y sin DRM)

En Amabook de Argentina

En Amabook de México

En Amabook de España

Ver otros Amabook
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En papel puede conseguirse desde
el sitio de Caballo Negro Editora.

Dos novelas del narco mexicano

Por Martín Cristal

Ante el desbordado saldo de muertes relacionadas con el narcotráfico en México (del que en buena parte también es responsable el ex presidente que le declaró la guerra: no se apagan incendios con gasolina), resulta lógico que varios narradores de ese país hayan enfocado el tema en sus ficciones. Elmer Mendoza, Juan Villoro, Daniel Sada, Sergio González Rodríguez y hasta Carlos Fuentes son algunos de los que dieron cuenta, cada uno a su modo, de distintos aspectos de esta delicada situación social, económica y política, que ya sobrepasa lo coyuntural para ser, llana y tristemente, una faceta cultural más de México.

Se ha querido acuñar el término “narcoliteratura”, lo que quizás sea un exceso, ya que en todo caso son apenas algunos rasgos temáticos comunes los que se aglutinan, y no necesariamente una forma narrativa o un estilo. El término, sí, funciona como una etiqueta comercial rápidamente asimilable para el mercado exterior. Y es que el narcotráfico como tema literario ha interesado más allá de las fronteras mexicanas: por ejemplo, las dos novelas breves que recomendamos aquí, se consiguen en librerías de Argentina por la vía de ediciones españolas.

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Trabajos del reino, de Yuri Herrera

Yuri-Herrera-Trabajos-del-reinoEsta novela breve de Yuri Herrera (Actopan, 1970) narra en tercera persona pero desde el punto de vista de un cantante de corridos, esa música popular del norte mexicano que, en sus letras, es el cantar de gesta del narco y sus antihéroes (o como la define Herrera: “…no son canciones para después del permiso, el corrido no es un cuadro adornando la pared. Es un nombre y es un arma”). Este Artista —Herrera elige nombrar a sus personajes por el arquetipo que representan— se pone al servicio de un Rey del narco para difundir sus proezas y las de sus aliados. A cambio de sus epopeyas de acordeón y redoblante, el bardo recibe dinero, alojamiento, comida y hasta la posibilidad de grabar: todo lo que jamás tuvo, al menos nunca a granel y con tanto lujo. Ahora lo tiene por trabajar para este Reino, en el que enseguida descubrirá cuán inestable es el equilibrio entre traiciones y deseos prohibidos. Bajo el ala del Rey no se pueden cometer errores.

Destaca el uso del lenguaje por parte de Herrera (algo que Fogwill supo elogiarle): en esta novela es lírico —ciertas páginas incluso parecen poemas—, pero a la vez tiene una fuerte raigambre oral mexicana, sin excesos, en un balance muy bien logrado. El lector argentino no familiarizado con la vertiente mexicana del idioma quizás pueda acusar que el sentido de algunas frases se le escapa; insisto en que el sazón del texto está precisamente ahí, y que no por esa nimia dificultad debería soslayar este excelente libro (además, en esta era digital todo lo que uno no entiende puede guglearse más tarde).

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Fiesta en la madriguera, de Juan Pablo Villalobos

J-P-Villalobos-Fiesta-en-la-madrigueraEn lo escritural, la primera novela de Juan Pablo Villalobos (Guadalajara, 1973) va hacia el lado opuesto: simplifica al máximo la cuestión del lenguaje mediante la asignación de la voz del relato a un narrador de corta edad, lo que la hace de digestión más rápida y para todo público. Tochtli es hijo de Yolcaut, un poderoso narcotraficante; con la ingenuidad de su mirada, que a veces pone al relato cerca de la fábula infantil (aunque matizada con toques de esa rara madurez que Salinger le atribuía a los niños en sus cuentos), Tochtli va dando cuenta de la vida que lleva, aislado en la mansión desértica de su padre.

Uno de los caprichos de este principito es obtener, para su zoológico privado, un hipopótamo enano de Liberia, animal en vías de extinción que sólo puede conseguirse en África (en el zoo de la novela de Herrera, el animal-emblema es el pavo real). Claro que ningún deseo es imposible para el hijo de un hombre como Yolcaut. La gracia de la novela de Villalobos reside en que el lector infiere del relato cándido de Tochtli todo el mundo opresivo y violento que lo rodea. La persistente inocencia del niño es un milagro entre toda esa sangre. Una sangre que todavía se derrama y espanta y da que hablar, tanto en México como en el resto del mundo.

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Trabajos del reino, de Yuri Herrera. Novela. Periférica, 2008 [2004], 128 páginas. | Fiesta en la madriguera, de Juan Pablo Villalobos. Novela. Anagrama, 2010, 112 páginas. Recomendamos estos libros en “Ciudad X”, del diario La Voz del Interior (cuyo manual de estilo insiste en cambiarme las X por J cuando escribo “mexicanos” o “mexicanas”). Córdoba, 6 de marzo de 2014.

Antología: Relatos selectos de Philip K. Dick

Por Martín Cristal

I. El libro

Selected-Stories-Philip-K-DickTras leer algunas novelas de Philip K. Dick, quise pasar a sus relatos. Descubrí que sus Cuentos completos son casi imposibles de conseguir en Córdoba: sólo vi los cinco tomos juntos una vez, en una comiquería (donde, dicho sea de paso, también se consigue la revista Palp). Editados por Minotauro e importados desde España, resultaban más caros que un e-reader. Por supuesto, compré el e-reader, y después conseguí los cinco tomos en versión electrónica (también un sexto con algunos inéditos compilados por fans de Dick).

Como ya había podido comprobar, con el e-reader pasamos del problema de la escasez al de la abundancia. Ahora que los tenía, ¿realmente quería leer cinco tomos de Dick? Los volúmenes “completos” de cualquier autor siempre nos reservan zonas tediosas o poco interesantes, porque en su afán de exhaustividad esos libros necesariamente incluyen intentos fallidos, tanteos, variantes no muy logradas o etapas no tan atractivas de la obra del escritor en cuestión.

La solución fue guglear alguna antología autorizada. Encontré una que salió a veinte años de la muerte del autor y titulada Selected Stories of Philip K. Dick (Pantheon Books, NY, 2002; reeditada por Houghton Mifflin Harcourt, NY, 2013). Aunque no estaba en castellano, podía extractar los veintiún relatos seleccionados de las versiones electrónicas que ya había encontrado traducidas en la red. Sólo tendría que leer en inglés la introducción —muy provechosa, de Jonathan Lethem—, texto que hallé en Google Books.
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II. Los cuentos

Cada vez me convenzo más de que la ciencia ficción se disfruta al máximo en textos de mediana extensión (sin duda más que en esas novelas hoy infladas por la moda del best-seller). Los mejores relatos de esta antología me parecieron:

“Sobre la desolada Tierra”, un relato nada tecno, sino más bien religioso: Silvia es una chica especial que —como los santos o los mártires— percibe ciertas apariciones angélicas que deambulan por nuestro planeta. Desoyendo a su familia y a su novio Rick, Silvia quiere irse con esos ángeles flamígeros, pasar al otro lado. Pero la cosa puede salir mal… ¿vale arrepentirse después? ¿Se puede volver del más allá sin alterar el equilibrio del universo?

“La fe de nuestros padres”: Chien es un integrante del Partido en una China que ya domina el mundo. Tiene una ascendente carrera por delante porque sabe callar sus pensamientos. Justo cuando su fidelidad y sus capacidades son puestas a prueba por el mismísimo Líder del Partido, Chien se mete (no tan) accidentalmente una droga que lo enfrenta a una verdad aterradora: el Líder no sería lo que aparenta ser (no sería humano). ¿Está drogado ahora, Chien, o en realidad lo estaba antes, cuando veía al Líder con su apariencia habitual? Podrá averiguarlo esta noche, en la recepción del Partido donde por fin podrá conocer al Líder en persona. Un relato genial.

“Algo para nosotros temponautas”: Una paradoja temporal. Así como alguna vez hubo una “carrera espacial” entre Estados Unidos y la Unión Soviética, ahora hay otra por dominar el viaje en el tiempo. El apuro por ser los primeros lleva a errores en el lanzamiento: un poco como el Eternauta de Oesterheld, los temponautas de Dick quedan atrapados fuera y dentro de nuestro mundo, fantasmas superpuestos en un loop temporal interminable que los agobia, y que —según calculan— sólo podrán romper de una forma.

“Quisiera llegar pronto”: Mi favorito del libro. Víctor Kemmings, embarcado en un viaje interplanetario, sufre un accidente: la criogenia no alcanza la temperatura correcta y, aunque su cuerpo viaja congelado como corresponde, su conciencia queda despierta. La computadora de la nave detecta el inconveniente; calcula que si Kemmings no recibe estimulación sensorial, tras los diez años de viaje llegará en estado vegetativo. Para salvar la situación, la computadora —que se dirige a Kemmings oralmente, como la HAL 9000 de Kubrick pero con mejor leche— decide bombardear a Kemmings con realidades virtuales construidas a partir de sus propios recuerdos.

Y también cuatro que ya conocía parcialmente, por sus adaptaciones al cine: “La paga” (Paycheck, con Ben Affleck); “Equipo de ajuste” (The Adjustment Bureau, con Matt Damon, película que expurga la faceta religiosa del cuento original); “El informe de la minoría” (Minority Report, con el insufrible Tom Cruise); y “Podemos recordarlo todo por usted” (Total Recall, en su primera versión, con Arnold Schwarzenegger, en la que se amplificaba el componente de aventuras).

Esta antología vino a redondear mi percepción de la obra dickiana, ofreciendo toda clase de variantes en la configuración de los temas y motivos habituales del autor. Estos temas eran de esperar, ya que de la lectura de sus novelas habíamos mensurado ya el perímetro de sus obsesiones: simulacros, paranoia… Para captar de un vistazo esas superposiciones, hice la siguiente tabla (click para ampliarla):

Cuentos-de-Dick-935px

Si ya me eran familiares estos temas filosóficos o especulativos en la obra de Dick —y también los agentes que los provocan: robots o máquinas, aliens, drogas, extrañas deidades—, todavía me faltaba asimilar un “segundo juego de motivos” superpuesto en la estética del autor. Me lo hizo ver mejor Lethem en la introducción del libro:

“El segundo juego de motivos empleado por Dick es más prosaico: una obsesión perfectamente típica de los cincuenta por las imágenes de los suburbios, el consumidor, el burócrata, y con la situación de hombres pequeños debatiéndose bajo los imperativos del capitalismo. Si Dick, como un barbudo tomador de drogas californiano, puede haber parecido un candidato para integrar el círculo beat (y de hecho se juntaba con los poetas de San Francisco), su persistente compromiso con los principales materiales de su cultura lo preservaron de irse flotando hacia ensueños de escape. Lo relaciona en cambio con escritores como Richard Yates, John Cheever y Arthur Miller…”.

Tambien según Lethem (todo un fan, que hasta tiene tatuado el aerosol de Ubik en el brazo), “el gran logro de Dick [...] fue el de convertir los materiales de la ciencia ficción norteamericana de estilo pulp en un vocabulario para una notable visión personal de la paranoia y la dislocación.” Sin ánimo completista, siento que tras estas lecturas ya he comprendido bien ese logro. Me queda como pendiente la exploración del Dick tardío, ese iluminado que, de la invención de diversas formas de la paranoia, pasó directamente a su mistificación.

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La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski (III)

Por Martín Cristal

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Mark-Z-Danielewski-La-casa-de-hojasOtro rasgo de La casa de hojas es el fuerte uso de la ironía, muchas veces centrada en desacreditar o poner en tela de juicio al propio libro, el cual contiene comentarios sobre sí mismo y hasta lineamientos de lectura; por momentos uno siente que Danielewski intenta orientarlo demasiado sobre cómo interpretar su propia obra.

Lo único que argumentalmente no me cerró del todo es que, habiéndose producido bibliografía tan abundante sobre El expediente Navidson en tan poco tiempo —lo cual habla del suceso que representa el descubrimiento de la casa—, Truant no sepa absolutamente nada sobre el documental ni sobre Ash Tree Lane desde antes de encontrar los escritos de Zampanò. Son hechos extraordinarios y no de un pasado remoto —no hay ni una década de diferencia entre los sucesos y el momento en que Truant se hace de los papeles del viejo—; y aunque todo sucedió en la costa opuesta del país, la abundancia de citas bibliográficas (no todas académicas) sugiere que el tema fue tratado en diversos medios a los que Truant podría haber tenido acceso. (Esto asumiendo que no sea todo una invención de Zampanó, con citas y todo).

Tampoco me convence el uso que Danielewski hace de la historia de la foto —tan conocida— de la niña africana y el buitre, para aplicársela a la biografía de Navidson. (¿Quizás en los noventa todavía no era una historia tan conocida? Siento que esa superposición debilita al personaje de Navidson).

Mark-Z-Danielewski

El libro se completa con una serie de apéndices a los que —con la debida excepción de las cartas de la madre de Truant— les caben las palabras de Cortázar en su temprano comentario sobre los libros VI y VII del Adán Buenosayres marechaliano:

“…podrían desglosarse […] con sensible beneficio para la arquitectura de la obra; tal como están, resulta difícil juzgarlos si no es en función de addenda y documentación; carecen del color y del calor de la novela propiamente dicha, y se ofrecen un poco como las notas que el escrúpulo del biógrafo incorpora para librarse por fin y del todo de su fichero”.

También se incluye un índice analítico muy útil para la relectura (con algunos chistes internos, como incluir entre sus entradas las palabras “no” o “etc.”).

Hay páginas que fluyen como agua, por centrarse en los hechos de la casa (o por tener muy poco texto en ellas); otras se empantanan por las exasperantes digresiones, por la minucia (o por la tipografía abigarrada). La lectura promedia así una resignada velocidad crucero. Es recomendable no dilatar ese pulso para disfrutar de cierta continuidad y percibir mejor la unidad del conjunto.

Quienes busquen hundirse en una experiencia de lectura diferente, que requiera de ellos constancia y una participación atenta, encontrarán en La casa de hojas el laberinto ideal para perderse: como la casa de Ash Tree Lane —y como los buenos libros—, esta novela también es más grande por dentro que por fuera. Para los demás lectores existe la primera línea del libro, un desafío irónico impreso en tipografía Courier, solito en una página blanca. Dice:
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Esto no es para ti. [*]

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[*] Epígrafe que recuerda al de Milorad Pavic en el Diccionario jázaro —otro libro borgeano y laberíntico, aunque de prosa y estructura más refinadas—. El de Pavic decía: “Aquí yace el lector que nunca abrirá este libro. Aquí está, muerto para siempre”. Ambos epígrafes funcionan como un aliento por el negativo: son desafíos lanzados al verdadero lector.

La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski (II)

Por Martín Cristal

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Mark-Z-Danielewski-La-casa-de-hojasUna vez enfocado nuestro interés en la historia de la casa, el juego formal de la novela muchas veces nos pareció superfluo, o los ensayos sobre cualquier minucia, excesivos o innecesarios. La historia de Navidson y la casa de Ash Tree Lane es atrapante, tanto que por momentos la estructura elefantiásica del libro conspira contra ella al hundir su relato en un maremágnum de información periférica.

El oscilante relato exterior de Johnny Truant tiene sus momentos pero no es ni por asomo tan interesante como el de la casa; se vuelve exasperante tener que interrumpir el estudio de Zampanò acerca de El expediente Navidson para derivar otra vez por la mente confusa del lamentable Johnny. Por el contrario, otras veces lo exasperante es la minuciosidad obsesiva de Zampanò: en su estudio dilata tanto los acontecimientos narrativos de la casa que el argumento parece avanzar en cámara lenta. (En fin, no hace falta recordar que prácticamente todas las novelas de +500 páginas necesariamente tiene partes que son un embole…).

 

Borgeswski

Si Danielewski fuera hoy un joven escritor argentino buscando editor en nuestro país, estimo que varios rechazarían su novela por ser “demasiado borgeana”. Entre nosotros, esa influencia es muy evidente: narrativa fundida con ensayo, laberintos, espacios que sugieren la idea de infinito, puestas en abismo (incluso la muy cervantina de que el libro La casa de hojas aparezca dentro de la novela)…

Al lector iniciado en Borges le resultarán familiares esos tics; en algunos casos —por ejemplo, en el abundante uso de referencias bibliográficas falsas intercaladas con otras verdaderas—, incluso los sentirá transitados por demás (y no sentirá ni por asomo la necesidad de andar corroborando cada minucia). Borges aparece citado en algún epígrafe; también se ve su cara en uno de los collages del libro. (Y la de Poe, y en otro la de Jack London…).

Collage-DanielewskiBorges-Poe

Otra jugada borgeana: intercalar distintas series de referencias culturales que, en 2000, no podían constatarse tan rápidamente con Google o Wikipedia. Ese entramado de data externa (cientos de nombres y cabos sueltos diseminados por el autor) favoreció un culto alrededor del libro, fomentando una discusión incansable en foros de internet. Consultar hoy dichas exégesis puede resultar agobiador tras una lectura que, en sí misma, ya resulta extenuante. (Algo similar a esto comentábamos respecto de Contraluz de Pynchon).

¿Menospreciaría el malicioso Borges (en una cena en casa de Bioy) a su epígono Danielewski? Quizás diría de él lo mismo que dijo sobre Girondo: “como escritor, nunca contó mucho […]. Creo que a él le interesaba más la tipografía, la imprenta”. [*]

[Continúa en el próximo post.]

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[*] Citado de sus Siete conversaciones con Fernando Sorrentino. Creo que no todos los juegos tipográficos de Danielewski consiguen su efecto, y de hecho en muchas páginas la diagramación no se percibe como directamente relacionada con lo que se cuenta ahí mismo; en esos casos, todo resulta un tanto caprichoso y hasta pueril, como si en efecto MZD estuviera más interesado en sacarle el jugo al QuarkXPress (¿4.0?) que en narrar. En esos pasajes —no en todo el libro— uno piensa que la forma en Danielewski no pasa de un cambalache bastante desbalanceado si se lo compara, no tan arbitrariamente, con la perfecta armonía de un experimento narrativo como el Jimmy Corrigan de Chris Ware, novela gráfica compilada el mismo año en que se publicó La casa de hojas.

La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski (I)

Por Martín Cristal

Más grande por dentro que por fuera

Mark-Z-Danielewski-La-casa-de-hojasLa casa de hojas, de Mark Z. Danielewski (Nueva York, 1966) demoró trece años en aparecer en castellano: supongo que nadie estaba dispuesto a asumir los esfuerzos de traducción y edición que supone publicar una novela así.

Finalmente salió en España —con gran interés de la crítica— gracias al trabajo de las editoriales Alpha Decay y Pálido Fuego (que seguirán editando otras obras de Danielewski). El solvente traductor es Javier Calvo. Llegamos al libro por la insistencia del amigo René López Villamar, quien lo comentó tempranamente con tanta pasión y conocimiento que acabó siendo el revisor de la maqueta en castellano.

Basta hojear sus 710 páginas para apreciar lo titánico de esta coedición. La casa de hojas es un libro de diagramación no convencional, intransferible —por ahora— al formato electrónico. Danielewski trastoca el género del terror y lo trasciende mediante una estructura y recursos visuales de corte experimental. Resulta inevitablemente posmoderno (y, quizás por eso, un tanto demodé) en su manera de licuar toda clase de variantes visuales: hay diferentes tipografías alternadas, según qué narrador escribe; hay párrafos invertidos, espejados, tachados, inclinados; hay cajas de texto con distintas formas, marcos, orientaciones y tamaños; hay páginas con una sola línea, y otras cargadísimas de letra enana; hay textos en braille, pentagramas musicales, esquemas, fórmulas físicas, guiones de cine, poemas, cartas, historieta, fotos, collages; hay tintas de colores (la azul, siempre, para la palabra “casa”, sin importar dónde aparezca ni en qué idioma).

¿Caprichos? A veces lo parecen (ya ahondaremos sobre esto más adelante), pero en la mayoría de los casos esas piruetas apuntalan el sentido de la historia, sintetizable en cuatro círculos concéntricos:

  1. Johnny Truant, un tatuador de Los Ángeles limado por las drogas y la vida, explora los papeles de Zampanò, un vecino viejo y ciego, que acaba de morir.
  2. Así como Truant se obsesiona con esos papeles, en ellos Zampanò dejó constancia de su propia obsesión: un documental, El expediente Navidson, sobre el que escribió un ensayo erudito, plagado de citas y referencias.
  3. El documental fue rodado años antes por Will Navidson, ex fotoperiodista, en una casa de Virginia a la que se mudó con su esposa e hijos. Su intención era recomponer un tejido familiar dañado, pero en el camino se encontró con que…
  4. …la casa de Ash Tree Lane evidenciaba una anomalía: algunas habitaciones resultaban más grandes por dentro que por fuera. Cuando en una de las paredes apareció una puerta hacia un amenazante pasillo negro (sin que por fuera la casa mostrase ninguna alteración), el documental de Navidson se volcó a la exploración de ese nuevo territorio, cada vez más extenso: un misterio oscuro, helado e insondable.

O bien, detallando un poco más la cosa…

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En resumen: notas erráticas y digresivas (de Truant) sobre un ensayo pormenorizado (de Zampanò) sobre un documental inquietante (de Navidson) sobre un lugar aterrador (la casa “de hojas”: una posible explicación para dicho apodo se encuentra en uno de los poemas de Zampanò). En esta mediación de fuentes sucesivas para el relato —y también en el supuesto registro documental—, la novela se relaciona con una película estrenada poco antes de su publicación: El proyecto de la bruja de Blair.

Si bien la estructura y sus artificios visuales atraen en primera instancia al lector, es la historia de la casa y su exploración la que interesa una vez que se ha superado la sorpresa formal. Sin embargo, la importancia de dichos experimentos no puede soslayarse: sin esa faceta crucial, La casa de hojas sólo sería una (llana) historia de terror más sobre el tópico de la casa “embrujada” o “encantada”.

[Continúa en el próximo post.]

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La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski. Novela. Pálido Fuego-Alpha Decay, 2013 [2000]. Traducción de Javier Calvo. 710 páginas. Con una versión más corta de este texto —que acá en el blog continuará en dos posts más—, recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 6 de febrero de 2014).

Lo mejor que leí en 2013

Por Martín Cristal

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2013:

Rascacielos-J.G.BallardRascacielos
de J. G. Ballard
(novela)
Leer reseña

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Alessandro-Baricco-Mr-GwynMr Gwyn
de Alessandro Baricco
(novela)
Leer reseña

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Isidoro-Blaisten-AnticonferenciasIsidoro-Blaisten-Cuando-eramos-felicesAnticonferencias y
Cuando éramos felices
de Isidoro Blaisten
(artículos)

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Alejo-Carbonell-Sendero-luminosoSendero luminoso
de Alejo Carbonell
(poesía)

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Junot-Diaz-Asi-es-como-la-pierdesAsí es como la pierdes
de Junot Díaz
(relatos)
Leer reseña

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Los-ultimos-Katja-Lange-MullerLos últimos
de Katja Lange-Müller
(novela)
Leer reseña

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La-comemadre-Roque-LarraquyLa comemadre
de Roque Larraquy
(novela)
Leer reseña

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Stanislaw-Lem-SolarisSolaris
de Stanislaw Lem
(novela)
Leer reseña

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Alejandro-Lopez-keres-cojer-guan-tu-fakkeres cojer? = guan tu fak
de Alejandro López
(novela)

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Yasmina-Reza-ArteArte
de Yasmina Reza
(teatro)

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Damian-Rios-El-verde-recostadoEl verde recostado
de Damián Ríos
(poesía)

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Francis-Scott-Fitzgerald-El-Gran-GatsbyEl gran Gatsby
de F. Scott Fitzgerald
(novela)

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Conversaciones-con-mario-levrero-silva-olazabalConversaciones con Mario Levrero
de Pablo Silva Olazábal
(entrevista)
Leer reseña

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Robert-Silverberg-Muero-por-dentroMuero por dentro
de Robert Silverberg
(novela)
Leer reseña

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Kurt-Vonnegut-Desayuno-de-campeonesDesayuno de campeones
de Kurt Vonnegut
(novela)

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Laura-Wittner-La-tomadora-de-cafeLaura-Wittner-Balbuceos-en-una-misma-direccionLa tomadora de café y
Balbuceos en una misma dirección, de Laura Wittner
(poesía)

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[Ver lo mejor de 2012 | 2011 | 2010 | 2009]

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Desayuno por la tarde, de Andi Watson

Por Martín Cristal

Se buscan jóvenes con experiencia

Andi-Watson-Desayuno-por-la-tardeAndrés Calamaro contaba, en alguna de las 103 canciones de El salmón, que pasó por una época en la que, tras desintoxicarse y engordar, “desayunaba al mediodía”. Parece haber sido una época plácida, aunque breve (“cinco minutos de felicidad”). En cambio, en las 208 páginas de Desayuno por la tarde, el inglés Andi Watson (Yorkshire, 1969) plantea la sensación contraria: no es tan feliz desayunar después del mediodía si lo hacés porque perdiste tu trabajo y hace rato que no podés conseguir otro.

Esta historieta agridulce, enmarcable en lo que genéricamente se denomina slice of life —o “porción de vida”: narraciones realistas sobre el cotidiano contemporáneo— tiene un planteo inicial tan simple como efectivo. Rob y Louise son una joven pareja. Ya conviven y planean casarse pronto, pero entonces la fábrica en la que ambos trabajan hace un gran recorte de personal, debido a una renovación pero también por la crisis económica de la región (estamos en tiempos de Tony Blair). Ambos quedan en la calle. El futuro ya no parece tan claro como antes. Rob y Louise deberán salir a buscarse a sí mismos.

Se ha repetido hasta el hartazgo en todo tipo de manuales de empresa y superación personal que la palabra china para decir “crisis” está compuesta de dos caracteres que significan “peligro” y “oportunidad”. En lo dual de ese (inexacto) cliché de la sabiduría new age, se puede hallar el germen de las respectivas estrategias de supervivencia que encararán Rob y Louise. Él, poco flexible ante el cambio, se emperra en la negación y se entrega progresivamente a una peligrosa abulia, de corte depresivo; ella, con más cintura y ánimo, busca alguna solución, e incluso vuelve a estudiar, para aumentar sus posibilidades de encontrar un nuevo empleo. Lo interesante de la historia es lo que este forcejeo en direcciones opuestas hará con el proyecto y el amor de ambos. Otros ingredientes del temporal que deben capear es la presión social de los amigos y, más ampliamente, la de la sociedad de consumo.

Watson-Louise-and-Rob

Con trazo grueso y en blanco y negro —con un solo escalón intermedio de gris—, Watson consigue una atractiva síntesis geométrica para sus dibujos (algo de su búsqueda y sus intentos se pueden comprobar en los bocetos que completan las últimas páginas del volumen editado por Astiberri). Dicha síntesis condice con la del argumento: con escenas cortas y precisas, Watson consigue pintar el drama del desempleo, profundo aun en sociedades como la inglesa, que cuenta con paliativos estatales largamente establecidos para el problema.

¿Prevalecerá el amor por sobre la adversidad? Esto es lo que el lector quiere saber. Watson muestra interés por las relaciones de pareja también en otras de sus obras (como por ejemplo en Sed de noticias o Peleas de enamorados), pero en ninguna lleva los conflictos internos entre el hombre y la mujer al cruce con una realidad social tan urticante y palpable como en Desayuno por la tarde, lo que hace que esta historieta pueda considerarse, a la fecha, su obra más importante.

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Desayuno por la tarde, de Andi Watson. Historieta. Astiberri, 2006. 208 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, diciembre de 2013).

PALP, revista de géneros: ¡presentamos el número 1!

Revista-PALP-1
Muy contento de participar
en este nuevo proyecto colectivo:
PALP, revista de géneros.

Una revista-libro semestral —sí, impresa, en papel—
inspirada en las viejas publicaciones pulp norteamericanas.
Trae relatos completos de género (ciencia ficción, fantasía, terror,
policial, mixturas y zonas aledañas) escritos por distintos autores.

En el #1 escriben
Elvio E. Gandolfo, Rodolfo Santullo, Ramiro Sanchiz,
Cezary Novek, Luciano Lamberti, Diego Cortés,
Leonardo Oyola y un servidor.

Lo presentamos en Córdoba el próximo viernes 13 de diciembre.

El proyecto también comprende la publicación
de ficciones online por entregas: PALP Series.

Más información en el sitio:

www.revistapalp.wordpress.com
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La isla de cemento, de J. G. Ballard

Por Martín Cristal

Ballard-La-isla-de-cemento—Maitland, viejo, estás aquí varado como Crusoe. Si no te cuidas, te quedarás en esta isla para siempre.

Según la edición de Minotauro, La isla de cemento (Concrete Island, 1974), conforma una trilogía “urbana” junto con la novela anterior de Ballard, Crash, y la posterior Rascacielos.

Robert Maitland es un arquitecto inglés al que encontramos en el preciso instante de tener un accidente: mientras conduce a exceso de velocidad, su Jaguar pincha un neumático. Maitland pierde el control del auto, que vuela por sobre el borde de la autopista elevada y cae a un espacio baldío, mucho más abajo: un triángulo yermo entre tres autopistas de cemento, el único espacio urbano no planificado entre esas modernas vías de comunicación.

“Ese terreno abandonado en la conjunción de las tres autopistas era literalmente una isla desierta”, explica Ballard, que así actualiza al náufrago clásico de Daniel Defoe, llevándolo al terreno de sus intereses: el paisaje distópico.

Con todo y lo buena que es la idea —el ciudadano que no puede escapar de una isla desierta enclavada en el corazón de su propia civilización moderna (pero previa a los teléfonos móviles, que hoy hubieran resuelto el problema enseguida)—, hay que decir que los esfuerzos de Ballard por verosimilizar la situación resulta un tanto ampulosos y notorios. Demasiadas casualidades juntas impiden que el machucado Maitland escape de su isla, al menos en los sucesivos intentos que se llevan la primera mitad de la novela.

Jaguar-Concrete-Island

[Atención: spoilers].

Es cierto que estos fracasos mueven al lector a sospechar que, inconscientemente, Maitland no quiere volver a su vida de siempre. En efecto, veremos una transformación en el alienado arquitecto, un sinceramiento con su lado salvaje, que conecta con la metamorfosis social de Rascacielos, aunque en esta novela Ballard no sea tan sutil en la gradación del proceso.

Los móviles de lectura más comunes en las historias de náufragos suelen ser los medios de supervivencia y el rescate (intrigas: ¿cómo se las ingeniará X para sobrevivir? ¿Podrá escapar de la isla desierta?). En parte, de eso van Robinson Crusoe, y la peli Náufrago con Tom Hanks, y Lost, y muchas otras propuestas con situaciones extremas aisladas. En cierto punto de la novela, Ballard pone sobre las mesa ambas premisas, y altera las prioridades del náufrago: es ahí cuando Maitland reconoce que “esta voluntad de sobrevivir, de dominar la isla y aprovechar sus escasos recursos, era ahora un objetivo más importante que el de escapar”.

Con las intenciones trastocadas, Maitland llega a decirse, en voz alta: “Yo soy la isla”. Hasta aquí la novela parece sólo un cuento algo inflado, de progresión previsible. A mitad del libro, sin embargo, Ballard introduce un Viernes, unos Otros de los que es mejor no agregar más. Valga decir que la historia mejora, y que la ambigüedad del protagonista respecto escapar o no de la isla se ahonda y persiste más allá de este punto.

En lo personal, de este trío ballardiano, antes que La isla de cemento me quedo con Rascacielos, e intuyo que también preferiré Crash, al menos a juzgar por la imaginería que David Cronenberg pudo destilar de esa novela.

Los últimos, de Katja Lange-Müller

Por Martín Cristal

Alquimia narrativa

Los-ultimos-Katja-Lange-MullerLa esencia del proceso de impresión creado por Gutemberg —la composición manual del texto acomodando bloques móviles de tipografía— se mantuvo relativamente intacta durante más de quinientos años. Tras la linotipia y la posterior composición “en frío”, llegó la progresiva informatización del rubro, y con esto, el fin de un viejo modo de hacer las cosas.

Sabemos que hoy Alemania es sinónimo de excelencia en lo referente a esta industria pero, ¿cómo puede haber sido una imprenta pequeña en la Berlín Oriental a fines de los setenta? Al entrar en la de Udo Posbich, por ejemplo, veríamos que todavía hay “cajistas” componiendo textos con caracteres grabados en plomo. Conviven con la linotipia, pero su trabajo manual persiste: Posbich puede cobrarlo más caro por la destreza y el tiempo que requiere. Para sus empleados es insalubre, pero de la salud y la jubilación de éstos ya se encargará el omnipresente Estado.

En esa sórdida atmósfera —donde mandan la rutina, el tedio y la falta de perspectivas individuales— nos sumerge Katja Lange-Müller (Berlín Oriental, 1951) desde las primeras páginas de Los últimos (nouvelle subtitulada Registros de la imprenta de Udo Posbich). Un trabajo decadente donde coinciden la triste narradora —una cajista novata— y otros tres empleados: son “los últimos” en ganarse el pan con el viejo oficio de Gutemberg antes de ser arrasados por la tecnología y la historia.

Los últimos de un oficio y de una era. Pero ese futuro inevitable que el lector avista desde el principio es sólo una finta narrativa, un camuflaje para las verdaderas historias que Lange-Müller nos tiene reservadas. Porque en realidad esas historias provienen del pasado: en los cinco capítulos de esta nouvelle magistralmente concisa, se nos resume un hecho crucial en la vida de estos cuatro imprenteros freaks, incluida la solitaria narradora, cuyos compañeros llaman “la morada elefanta manca”. El primero en sincerarse será Fritz, con el cuerpo marcado por la añoranza de un hermano; por boca de terceros lo conoceremos todo sobre Manfred, que sabe escuchar a las máquinas; y leyendo cartas ajenas entenderemos mejor a Willi, cuyo furioso desahogo quiere ser leído entre líneas (porque, como Spinetta, Willi también ha descubierto que “hay una armonía / donde no se lee / donde el papel / quedó en blanco”).

Los últimos es precisa y compacta en su disección del fracaso individual y colectivo. Los lectores ya sabemos que ese Muro de Berlín caerá y, con él, también el agobio del control estatal en la Alemania del Este; sabemos también que antes algunos habrán logrado cruzar las fronteras, y que algún día el nuevo soporte del texto será (ya es) electrónico. En el soporte que sea, este texto seguirá ofreciendo las experiencias pretéritas de cuatro “últimos” que supieron formar textos con sus manos. Un ramo de almas mustias, plantas solitarias que hace rato han perdido todas sus flores. Contándonos sus vidas, Katja Lange-Müller demuestra que es una alquimista narrativa capaz de transformar pasados de plomo en historias de oro.

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Los últimos, de Katja Lange-Müller. Nouvelle. Adriana Hidalgo Editora, 2007. 114 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 14 de noviembre de 2013).

Sumario #11

Resumen de los artículos publicados en El pez volador
entre mayo y octubre de 2013.


Noticias y actividades

Novedades sobre Bares vacíos

• Sudaquia editores ahora también ofrece Bares vacíos en formato e-book.
Omar Villasana reseñó la novela en la edición digital de Nagari, revista de creación (Miami, EE.UU.). Julio de 2013.


Apuntes sobre Narrativa y Lectura

Lenta biografía literaria

Versión extendida del texto que escribí para los Cuadernos de la Biblioteca Córdoba. Lecturas destacadas que marcaron lo que después intenté escribir.
[Leer la parte 1 | Leer la parte 2 | Leer la parte 3 | Leer la parte 4 | Leer la parte 5 | Leer la parte 6]


Ciencia ficción

Sci-Fi Fever

Continúa mi serie de lecturas de Ciencia Ficción. Tal vez no aportarán novedades para los veteranos del género, pero dejan registro de una divertida etapa de mi vida como lector. Se pueden consultar todos los posts sobre este tema bajo la etiqueta Ciencia Ficción.

En este semestre reseñamos los siguientes títulos:

Ojo en el cielo, de Philip K. Dick
Las playas del espacio, de Richard Matheson
Solaris, de Stanislaw Lem
Rascacielos, de J. G. Ballard
August Eschenburg y Risas peligrosas, de Steven Millhauser


Contemporáneos (lecturas/reseñas)

A una década de la muerte
de Roberto Bolaño

En el número de julio de Deodoro —gaceta de crítica y cultura de la UNC—, nos preguntaron a varios autores qué nos dejó el escritor chileno, qué pensamos de sus obras póstumas, qué pasaría si hoy siguiera escribiendo… Mis respuestas, aquí.


Libros recomendados

Así es como la pierdes, de Junot Díaz

Recomendamos estos cuentos en “Ciudad X”, La Voz
(Córdoba, 4 de julio de 2013).
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Conversaciones con Mario Levrero,
de Pablo Silva Olazábal

Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz
(Córdoba, 5 de septiembre de 2013).
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Examen de residencia, de Eduardo Muslip

Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz
(Córdoba, 3 de octubre de 2013).


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