El combustible de la literatura

Por Martín Cristal

“Por distintos motivos me veo en la situación de tener que desarmar una hermosísima biblioteca. Es por eso que organizo un mercadillo de libros”. Así empezaba la invitación que, con la típica viralidad de hoy, me llegó por diferentes vías. Según algunos amigos era una biblioteca grande. Tomé nota sin ilusionarme: el interés que suscita una biblioteca privada no guarda relación directa con su tamaño. Las hay enormes pero caóticas, cementerios verticales sin criterio alguno. Las temáticas pueden ser más valiosas, aunque el tema que las aglutina quizás nos sea indiferente… ¿Por qué ésta era “hermosísima”? ¿De quién era?

El tercer viernes de abril, la curiosidad me llevó hasta un viejo departamento del centro cordobés. Sus luces amarillentas todavía no le ganaban al gris mortecino de la tarde, en retirada tras los vidrios de un patiecito embaldosado. Doce personas escrutaban las mesas cubiertas de libros, los aparadores abiertos y desbordantes de libros, las estanterías, los cajones de libros diseminados en todas las habitaciones. Había libros hasta en la cocina.

El protagonista de una novela de Paul Auster se mudaba a un departamento en Nueva York y, sin dinero para muebles, los emulaba apilando de distintas formas las cajas de libros heredadas de un tío muerto. En este departamento cordobés también era un tío el que había legado sus libros al morir (incluido El palacio de la luna de Auster). El Gran Lector que había vivido entre esas paredes —quizás reconciliando vida y lectura, en lugar de percibirlas con el triste desbalance borgeano—, era el psiquiatra Jorge Alexopoulos. Su sobrina Laura fue quien envió la invitación original.

Previamente, Laura había intentado catalogar el legado de su tío. Uno de sus hermanos residentes en Europa viajó para ayudarla; su estadía se agotó mucho antes de terminar la tarea. Pudieron inventariar 2.400 libros, bastante menos de la mitad de los que encontraron desembalados (todavía les faltaba relevar un depósito entero con cajas de una mudanza pretérita, que habían quedado sin abrir porque el Gran Lector las había ido tapando con más libros). A ojo entonces, pero sin exagerar, estimaron un total de 8.000 títulos. “Nos encanta leer”, me contó Laura, “pero esa cantidad superaba todas nuestras posibilidades”. Y —calculo yo— también las del señor Alexopoulos: para leer 8.000 libros en (pongamos) setenta años de vida, habría que despacharse un título cada tres días, llueva o truene, y empezando desde bebé. Es evidente que, a la larga, todo lector empedernido adquiere algún porcentaje de bibliomanía.

“Separamos todo lo relacionado con la profesión de mi tío para donarlo, tarea nada fácil porque la respuesta de ‘no tenemos lugar’ es más frecuente de lo que quisiéramos”, me explicó Laura, y agregó: “nosotros también nos hemos quedado una buena parte”. El resto lo ofrecieron, primero, a sus amigos más cercanos; después, con la ayuda de sus primos y otros colaboradores, armaron la feria, abierta al público durante todo un fin de semana. Un precio accesible —en promedio, veinte pesos por título— permitiría que cada ejemplar llegara a quien lo valorase tanto como su dueño original. De paso, la familia resolvería el problema del espacio y el traslado. Con los ingresos arreglarían el viejo departamento.

Me llevé una caja llena. Al despedirme, le comenté a Laura que Gabriel Zaid, en sus ensayos de Los demasiados libros, razona entre otras cosas el problema de estas bibliotecas: sus motivos y su desmesura, el costo en dinero, tiempo y espacio (tanto para formarlas como para mantenerlas o desarmarlas). Ella miró alrededor y dijo: “Creo que ese libro estaba por acá en alguna parte”.

El sábado a la siesta volví por más. El departamento ahora se veía luminoso y repleto de lectores, ávidos como hormigas que encontraron la azucarera. Hombro con hombro frente a los mismos estantes, su murmullo ignoraba el calor, el polvo en suspensión, los ácaros y el revoltijo que ellos mismos generaban.

Y sí: era una biblioteca hermosísima. Desdentada ahora que sus libros iban desapareciendo, pero con literatura de la buena recopilada con gran consistencia: seis o siete estantes en sólido amarillo-anagrama, varios más en negro-tusquets, en blanco-seix-barral, en alfaguara-multicolor… Las novedades de los ochenta y los noventa habían sido adquiridas sistemáticamente por el Gran Lector, aunque su curiosidad también se estiraba hasta libros muy recientes de autores locales, nacionales e internacionales.

Había ejemplares de hace veinte años con el plástico protector sin abrir. Había repetidos, en idéntica edición o en dos distintas. Había colecciones completas, diarios, biografías. Libros de editoriales contemporáneas pero con diseños que ya no se ven en librerías. Títulos tempranos de autores que uno ha descubierto hace diez o quince años, pero que el Gran Lector ya seguía desde mucho antes.

No se parecía en nada a comprar en una librería de usados: aquí cada rincón estaba impregnado de una misma presencia. No la de un fantasma, sino la de un hombre de carne y hueso (como prueba: la postal con una mujer desnuda que un amigo encontró dentro de un libro de George Steiner). Deambular entre esas joyas con la posibilidad de llevárselas producía la felicidad ansiosa de los chicos en una caramelería, la codicia y el cálculo de los traficantes de artículos religiosos, el asombrado respeto de los arqueólogos al descubrir un templo antiguo, el atropello de vikingos arrasando una aldea costera. Y también la comodidad de lo familiar: estábamos en una biblioteca.

Completa mi segunda caja, hice la fila para pagar y salir detrás de estudiantes de Psicología, de Filosofía y Letras, arquitectos, artistas, poetas, narradores… Jóvenes y viejos, todos felices con sus hallazgos, siempre a la medida de sus intereses y del nivel de lectura de cada uno. Algunos cebados que llevaban más de lo que podían pagar, tuvieron que dejar varios ejemplares a los pies de la agotada cajera.

ExLibris-AlexopoulosVolví a casa con libros de Pynchon, Foster Wallace, Eugenides, Vonnegut, Ballard, Le Guin, Bernhard, Wilcock, Fogwill, Briante, Gandolfo y siguen las firmas. Varios con la calco de Rubén Libros en la primera página. Varios con la reseña de ese mismo libro recortada del diario y amorosamente doblada tras una solapa. Casi todos con el ex libris del Gran Lector, o estampados con su sello de psiquiatra.

Podrían haber liquidado de una vez todo el lote, por un valor redondeado, con un mercader de libros; en cambio, los Alexopoulos decidieron convertir la disgregación de aquel tesoro en un evento social (sin necesidad de cursar un máster en gestión cultural, y con mejores resultados que Augusto Monterroso en “Cómo me deshice de quinientos libros”). Los lectores, esa entelequia vaporosa e inasible, se volvieron corpóreos e identificables por su convocatoria. No parece que el e-book (inexorable y muy bienvenido por otras razones) vaya a prodigar la alegría de reuniones como ésta.

Los libros de Alexopoulos ya viven en otros estantes. Mañana sus nuevos dueños también se irán de este mundo, y esas bibliotecas se diseminaran otra vez. El combustible de la literatura no son los libros —los cuales conforman un solo texto continuo, con pequeños agregados y supresiones—, sino los lectores. Son ellos los que se extinguen y se regeneran para que ese Texto siga fluyendo de mano en mano, de mente en mente, de biblioteca en biblioteca.

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Crónica publicada en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 9 de mayo de 2013).

La comemadre, de Roque Larraquy

Por Martín Cristal

Ciencia y arte, cabeza a cabeza

La-comemadre-Roque-LarraquySi todo cerebro es un díptico en el que
una mitad se ocupa del raciocinio y la otra de la creatividad, y si sus interconexiones producen el pensamiento —eso que para Descartes señala la propia existencia—, entonces se puede decir que La comemadre de Roque Larraquy (Buenos Aires, 1975) existe como un cerebro: un órgano dividido en dos partes, una ligada a la investigación científica, y la otra, a la búsqueda artística. Puede objetarse que los científicos también deben ser creativos y que los artistas también son (quien más, quien menos) racionales. Es así, pero incluso con esa contaminación el símil persiste y hasta se fortalece, ya que esos cruces también unen los dos hemisferios que integran la novela de Larraquy.

La primera parte transcurre en un sanatorio bonaerense, en 1907: un grupo de médicos, positivistas desaforados, se propone un experimento macabro que supone mentiras a los pacientes y —horror— decapitaciones. La segunda parte, en 2009, releva la vida de un artista contemporáneo que —horror— materializa sus obras con partes de cuerpos humanos. Incluido el suyo.

No es una mera yuxtaposición de dos relatos independientes (es decir, no estamos ante un ser de dos cabezas, aunque en la novela aparezca uno), ni dos variaciones del mismo relato (es decir, no son dos hermanos con un mismo nombre, aunque en la novela los haya, ni dos hombres sin parentesco pero casi idénticos, aunque en la novela, etcétera), sino un sólido e inteligente relato con un concienzudo trabajo de interrelaciones entre dos partes que componen un mismo ser.

Cerebro-Pato

Pero analizar es separar. Así que separemos —aquí sin guillotinas— las cabezas de los cuerpos: a fin de cuentas, en ambas partes de La comemadre, los cuerpos resultan descartables. Se piden (incluso abiertamente, si son para la Ciencia; si son para el Arte, los pedidos deberán disfrazarse de científicos) para después usarse y finalmente ser entregados a fosos o a extrañas larvas que equiparan ciencia o arte con mafia.

Quedan sólo las cabezas: en ellas, Larraquy sospecha el reservorio último de la identidad. Por eso un personaje se pregunta: “¿Una cabeza cercenada, sigue siendo Juan o Luis Pérez, por decir algún nombre, o es la cabeza de Juan o Luis Pérez?”. Por eso otro está obsesionado con la frenología. Por eso toda alteración quirúrgica facial es en el fondo una alteración de la persona en sí (esa máscara indicada en la etimología del término persona).

Podrá señalarse que la prosa de La comemadre a veces está demasiado pendiente de sorprender en cada frase, o que en alguna aparezca la sombra de un Borges procesado pero distinguible. Preferibles esos riesgos a aquellas prosas que, por miedo a meter la pata, nunca se atreven a variar nada. Es cierto también que las voces de ambas partes, necesariamente distintas, no llegan a separarse del todo; sin embargo, la diferente óptica —científica pretérita o artística contemporánea— con la que se encara el mismo uso desapasionado de los cuerpos logra particularizarlas con suficiencia (amén de que el narrador de la segunda parte deja ver que leyó el texto de la primera; lo conoce, por lo que no sería casual ni mágico que él conforme su propio relato con palabras muy significativamente tomadas del otro. Todo cabe dentro del arte).

La comemadre de Roque Larraquy es una de esas primeras novelas que llevan a apuntar mentalmente el (sonoro) nombre de su autor, para estar atentos a la publicación de sus siguientes obras.

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La comemadre, de Roque Larraquy. Novela. Entropía, 2010. 146 páginas. Con una versión algo más corta de esta reseña, recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 2 de mayo de 2013).

Flores para Algernon versus Muero por dentro

Por Martín Cristal

[Atención: spoilers]

Resulta interesante comparar la evolución de los personajes centrales de dos novelas de ciencia ficción que eligen la mente como campo de batalla para su relato: Flores para Algernon, de Daniel Keyes, y Muero por dentro, de Robert Silverberg. Ambas son célebres dentro del género, y con razón.

Daniel-Keyes-Flores-para-AlgernonLa novela de Keyes es de 1966 (basada en un relato de 1959). En ella seguimos el diario de Charlie Gordon, un joven de treinta y dos años con retraso mental, que acepta someterse a un experimento de cirugía. La intervención de su cerebro no sólo promete “curar” su discapacidad, sino que además podría potenciar su inteligencia hacia niveles muy superiores a la media. El lector percibe los avances postoperatorios en la prosa de Charlie, primero llena de simplezas y hasta errores ortográficos y gramaticales, pero pronto correcta y cada vez más sofisticada. Charlie llegará a cuestionar la autoridad de los mismos médicos que lo sometieron al experimento.

Robert-Silverberg-Muero-por-dentroPor su parte, en la novela de Silverberg, de 1972, el narrador es un flamante cuarentón que tiene poderes telepáticos de nacimiento. David Selig puede leer la mente de los demás, si bien no transmitirles a los otros ningún pensamiento propio. El relato se desarrolla mayormente en primera persona, si bien intervienen también otros recursos narrativos (sorprende la riqueza de Silverberg en el manejo de estas variantes); nos presenta a Selig justo en el momento en que percibe la declinación de esos poderes extrasensoriales. Poco a poco, David deberá aprender a vivir como una personal común.

Hay muchas comparaciones posibles. En ambas novelas, por ejemplo, destaca el uso del flashback. Selig rememora días de juventud con un poder telepático intacto, aunque también las tribulaciones que esa misma rareza solía ocasionarle, haciéndolo sentir un freak. Por su lado, los flashbacks de Gordon son tristes: si bien Charlie cuenta con una lucidez nueva para analizar su pasado, éste sigue siendo el pasado de un chico con retraso mental. Sus recuerdos no han cambiado (sí sus herramientas para comprenderlos). Esto le produce una especie de escisión o disociación en su personalidad.

Sin querer entrar en la discusión que siempre suscita la definición de qué es lo normal, lo que me interesó al comparar la evolución de los personajes de ambas novelas es ver cómo los autores han construido el flujo dramático en estas dos ficciones. Veamos [ampliar el gráfico para ver más detalles]:

Grafico-Silverberg-Keyes-COMPARADOS

En el gráfico, por ejemplo, vemos cómo el punto de partida de Keyes está lleno de esperanza por la posibilidad de cambio, que el protagonista ya vislumbra, mientras que el de Silverberg se desmorona exactamente en la dirección opuesta. Más aún: para poder mostrarnos mejor la próxima decadencia de Selig —para que su tobogán sea más pronunciado—, Silverberg nos lo presenta en un día radiante donde sus poderes han vuelto, temporalmente, al máximo de su capacidad.

David no quiere perder lo que tiene porque eso lo emparejará con los demás, obligándolo a vivir como ellos, algo que él no sabe cómo encarar. Por el contrario, Charlie desea esa medianía que casi todos los demás comparten (después, incluso, la superará ampliamente). La inteligencia de Charlie crece con algunas mesetas; llegada la mitad de la novela, el personaje todavía está lejos de alcanzar el pico máximo de sus capacidades mentales. La telepatía de David, en cambio, se va perdiendo y recuperando intermitentemente.

En el gráfico también se puede apreciar cómo el clímax de ambas novelas inicia más o menos a los tres cuartos de la lectura (es fácil comparar esos porcentajes con el libro electrónico). Charlie alcanza la cima de su inteligencia, muy por encima de la media; desde ahí comienza a decaer —el experimento ha fallado, sí—; lo vemos perder página a página aquella lucidez que había ganado lentamente a lo largo de la novela. Por cada avance, que en su etapa de superación personal llevaba tres páginas de desarrollo, en la de su decadencia tomará sólo una. Así de acelerada es su caída. El dramatismo de las páginas finales de Flores para Algernon reside en este vértigo y en su inexorabilidad (no en vano hay en esa parte un referencia fuerte a El paraíso perdido de Milton).

La debacle dramática en Muero por dentro se consigue casi a partir del mismo punto de la lectura, pero de otra manera: lo que Silverberg hace no es plantear una bajada inexorable, sino un electrocardiograma caprichoso de imprevistas muertes y sorpresivos regresos. Los poderes de David Selig no son cada vez más débiles, sino cada vez más difusos e incontrolables. Vienen y se van cuando quieren. (Como con la señal del teléfono celular, es bueno contar con ella o bien no contar con ella en absoluto; lo peor es que sea intermitente, ya que esto es lo que genera problemas y malentendidos). El dramatismo, para el lector, se apoya en esa imprevisibilidad.

En ambas novelas hay una sensación de pérdida irremediable que sólo se compensa por el aprendizaje que experimentan sus protagonistas a lo largo del proceso. La inteligencia puede atraer problemas que ella misma no pueda resolver; Charlie Gordon aprende que algunas situaciones de su pasado fueron felices sencillamente porque él lo ignoraba todo acerca de ellas. Por su parte, aprender a ser una persona normal puede ser difícil para David Selig, pero en el camino aprenderá que un poder especial puede no ser una virtud, sino una carga: algo que no te acerca a los demás, sino que te separa de los demás. La diferencia es el tema fuerte que estos dos excelentes textos tienen en común.

Mr Gwyn, de Alessandro Baricco

Por Martín Cristal

De cómo dejar la literatura para escribir de verdad

Alessandro-Baricco-Mr-Gwyn

Cuando un escritor elige que el protagonista de un relato también sea un escritor, la ficción suele tomar por un camino trillado donde el oficio del personaje da pie a consideraciones librescas: se intercalan citas, anécdotas de otros autores, reflexiones sobre el arte de narrar o escribir, cantos sobre la dificultad, el valor o la inutilidad de dedicarse a esa tarea… entre otros ensayos camuflados de narración.

Menos abundantes son los casos en que el autor sólo toma el aura del artista-escritor como un punto de partida, para luego llevar el relato hacia la vida que ese hombre-escritor vive cuando no está escribiendo. Los ejemplos contemporáneos más difundidos quizás sean varios personajes de Roberto Bolaño [*]: narradores y poetas de cuya vida se nos cuentan muchísimas cosas, pero de cuyas obras, estilo o ideas estéticas se nos dice bastante menos.

De las obras literarias de Jasper Gwyn no leeremos casi nada a lo largo de la novela que lo tiene por protagonista. Alessandro Baricco (Turín, 1958) nos presentará en Mr Gwyn a este exitoso escritor inglés en el preciso momento en que decide abandonar la escritura para siempre. Un lugar común, sí  —otro que renuncia, un Bartleby más para la colección de Vila-Matas—, salvo que Gwyn no permanecerá ocioso tras su retiro. Ante la desesperación de su agente, dejará atrás las formas habituales de la literatura, se inventará una actividad artística interdisciplinaria, y se concentrará en las obsesiones necesarias para llevarla a cabo.

No conviene revelar el espíritu de la nueva empresa de Jasper Gwyn. Adelantemos sólo dos cosas: primero, que Gwyn necesitará que alguien lo asista en su proyecto, alguien cuya perspectiva ante la vida cambiará tras prestarse para ese trabajo. Y segundo, que el acto de escribir participará del asunto pero sin volverse literatura convencional, es decir, sin que Baricco tenga que volver a ese camino gastado que mencionábamos al principio. (Puede amagar con hacerlo en algunos pasajes reflexivos iniciales, pero luego se despega).

Y es que no importa qué tal escribe Gwyn o qué personajes creó para sus novelas. Lo que importa en Mr Gwyn es que Baricco ha vuelto a modelar personajes que uno quisiera abrazar. Los narra con cariño, sin miedo de rozar —y algunas veces, incluso, de saltar— la cuerda que separa la emoción pura del mero sentimentalismo; una frontera difícil de determinar, pero que sin duda separa a sus fans de sus detractores.

¿Demasiado dulce, tal vez? Yo aprecio al autor de Seda por el pulso de su prosa, pero sobre todo porque narra y narra y narra y no para de narrar nunca, afirmándose en símiles efectivos y en un humor cándido o irónico según convenga. Baricco crea historias que al leerlas nos importan como personas queridas, y también personajes entrañables que al fin y al cabo no son otra cosa que historias vivientes.

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Mr Gwyn, de Alessandro Baricco. Novela. Anagrama, 2012. 178 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 4 de abril de 2013).

[*] Por cierto, Baricco camufla en la novela una broma (?) que involucra a Bolaño: “Cuando acabó de comer, [Gwyn] dejó la mesa puesta y se tumbó en el sofá, escogiendo los tres libros a los que le dedicaría la velada. Eran una novela de Bolaño, las historietas completas del Pato Donald de Carl Barks, y el Discurso del método, de Descartes. Por lo menos dos de los tres habían cambiado el mundo. El tercero al menos, lo había respetado.” [p. 76]

5 años

5to-aniversario

Cumplimos cinco años con este blog (y renovamos diseño para festejarlos). Gracias a todos los que lo leen. Muchas gracias a los que lo hacen regularmente. Y muchísimas gracias a los que, además, todavía se toman la molestia de dejar algún comentario, considerando que estamos en una época en la que los blogs ya han muerto. Así dicen.

Las ostras, selección de abril de 2013 en Sur de Babel

Sur de babel blog
Me alegra enterarme de que en abril de 2013
Las ostras es el libro elegido por Sur de Babel,
club de libros independientes que, desde Buenos Aires,
realiza “una selección mes a mes de la literatura más escondida
que se edita en nuestro país y en toda Latinoamérica”.

Sus coordinadoras,
Josefina Heine y Victoria Rodríguez Lacrouts,
leen lo que las editoriales independientes publican,
haciendo un seguimiento de sus novedades. Eligen difundir
aquellas propuestas de calidad que no resultan tan visibles
como las de los grandes grupos editoriales.

¿Interesado en ser parte del club? ¿Ganas de saber más?
Toda la data en su website:

www.surdebabel.com.ar

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Klezmer, de Joann Sfar

Por Martín Cristal

Dibujar la música, cantar una historia

klezmer-1-joann-sfar-OKRecientemente, Joann Sfar (Niza, 1971) debutó como director de cine con Gainsbourg (Vida de un héroe), una bio-pic sobre el célebre y controvertido cantautor francés, Serge Gainsbourg. En algunos momentos de la película puede apreciarse la cruza entre lirismo y fantasía que también se halla en Klezmer, una gran historieta de Sfar que, en castellano, va por el tercer volumen (en francés ya salió el cuarto).

“Klezmer” es una antigua música de la tradición judía de Europa del Este. La dominan clarinetes y violines con un ritmo que puede ser frenético y muy alegre, para bailar en bodas y celebraciones. Es “el ídish de la música” o “el jazz del ídish”, según define Marc-Alain Ouaknin. En esta historieta, Sfar entrelaza las vidas de cinco músicos ambulantes, cuyos caminos se unirán cuando las circunstancias los lleven a formar una banda klezmer. Se harán amigos (o más que amigos) y se ganarán el pan tocando en fiestas, oasis alegres hundidos entre los arrebatos violentos de la Europa Oriental del siglo XIX.

klezmer-2-joann-sfar-OKEstos “héroes no religiosos” —según los define Sfar— son Yaacov, el joven expulsado de la ieshivá, despierto y cándido a la vez, actual aprendiz del banjo; el furibundo y temerario Barón de mi Culo, clarinetista; Vincenzo, el frágil y temeroso violinista; Tchokola, el guitarrista gitano y pendenciero, que en los intervalos improvisa relatos judíos para la concurrencia (parafraseando los de su propio pueblo); y la bella cantante, la alegre y desenfadada Hava.

Picaresca condimentada con folklore judío ashkenazí, Klezmer busca trasvasar el espíritu de aquella música a sus imágenes: ritmos visuales en bailes multitudinarios, corcheas que flotan en el aire, onomatopeyas que varían para cada tema e instrumento y las letras de las canciones (verdaderas, en ídish) en boca de los cantantes. Sin embargo, lo que realmente particulariza a esta obra es el color, su uso de la acuarela. Sobre dicha técnica, no muy común en historieta, Sfar desarrolla todo un ensayo en uno de los apéndices de bocetos y notas que cierran cada volumen de la edición. Entre otros temas, en esos apuntes —muy personales— también habla sobre judaísmo, antisemitismo, Israel, religión y música.

klezmer-3-joann-sfar-OKMe conmueven las exploraciones de los orígenes que no ansían la literalidad histórica, sino que utilizan esa argamasa mítica para fabular a partir de sus indefiniciones. Usan un ancla fáctica (por ejemplo, los relatos familiares incompletos sobre algún antepasado), pero esa ancla se puede levantar en cualquier momento para que el barco de la ficción navegue a otros cuadrantes ricos en nuevos relatos.

Según sus apuntes, es en parte así como Sfar construye su Klezmer: con retazos de lo escuchado en el seno familiar. Al respecto, consigna un precepto narrativo para recordar: “Si se quiere escribir una historia, es una suerte tener lagunas en la memoria”.

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Klezmer, de Joann Sfar (Vol. I, II, y III). Historieta. Norma Editorial (España), 2006-2008. 432 páginas. Recomendamos esta serie en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, marzo de 2013).

Quemando Cromo, de William Gibson

Por Martín Cristal

William-Gibson-Quemando-Cromo

Los primeros cuentos de William Gibson, reunidos en volumen en 1986, redondean mi representación de la corriente cyberpunk. De los diez relatos que componen Quemando Cromo, ya conocía “El continuo de Gernsback” y “Estrella roja, órbita de invierno”, ambos comentados en este blog al reseñar la antología Mirrorshades; y también el excelente “Combate aéreo”, que señalamos como uno de los mejores de la antología Masterpieces.

[Atención: spoilers].

El libro abre con “Johnny Mnemónico”, que fue llevado al cine con Keanu Reeves en el papel de Juancito, un tipo que se alquila como disco duro externo viviente (puede almacenar data digital en un implante cerebral). Johnny no tiene acceso a la información que almacena para otros, salvo que se la active con una contraseña. Implantes y computación: hasta aquí lo cyber. Lo punk entra cuando Johnny baja a un submundo nocturno de la ciudad para tratar de cobrarle una deuda a cierta gente peligrosa. Antros de mala muerte, matones y asuntos que hay que enfrentar a la antigua: con una pistola escondida en un bolso Adidas.

“Fragmentos de una rosa holográfica” es el primer cuento de Gibson, y se conecta con otro del volumen, “El mercado de invierno”: en ambos el meollo pasa por la posibilidad técnica de grabar experiencias sensoriales u oníricas, que luego pueden ser reproducidas (asunto que por supuesto se ha expandido al terreno de la industria del entretenimiento). De estos dos relatos prefiero el segundo, más asible, menos críptico: en general, Gibson usa mucha jerga técnica inventada; quizás en su primer cuento todavía no había calibrado del todo este recurso. También porque en “El mercado…” aparece Lise, una chica con un exoesqueleto que permite que su cuerpo funcione a pesar del flagelo de una enfermedad congénita. El magnetismo de ese personaje —tan dark, tan timburtoniano— es el que lleva adelante el cuento.

“La especie” es un historia atractiva —escrita en colaboración con John Shirley—, si bien se aparta un poco de la atmósfera tecno de las demás. En el cuento, Coretti se va convirtiendo en un barfly a medida que se obsesiona con perseguir a cierta mujer que primero le resulta muy atractiva por su aspecto, y luego aún más atractiva y misteriosa cuando ese aspecto muta a ojos vistas —como el de un camaleón, en un minuto—, mientras van de un bar al otro. El misterio y el secreto motorizan la lectura.

“Regiones apartadas” trabaja sobre una idea interesantísima, que se desenvuelve de a poco: cerca de la frontera espacial máxima —delimitada por el alcance de la tecnología humana—, hay una estación que recibe a aquellos cosmonautas que fueron capaces de ir más allá y regresar. Estos héroes pagan el precio de la locura, pero a veces traen pequeños tesoros de civilizaciones desconocidas. Por esas migajas de descubrimientos científicos, a veces ínfimos, vale la pena presentarles a los viajeros un entorno amigable, edénico, donde puedan contar lo que saben antes de que la presión a la que los sometió su viaje termine de quebrarlos.

“Hotel New Rose” es el cuento que menos me gustó del conjunto, aunque en cierto modo es el que mejor permite ver la influencia de las atmósferas del género negro en Gibson. No hay un detective, pero sí un hotel de mala muerte, una chica fatal de pasado ambiguo, una pistola cromada y una traición en puerta. El elemento de CF es el contexto de esa traición: la pugna de dos grandes corporaciones por cazar los mejores talentos científicos del mundo. Después descubrí que también hay una película sobre este relato, dirigida por Abel Ferrara.

Neuromante-comicEl cuento final, que da título al libro, quizás sea el que más se aproxima a la atmósfera de Neuromante, la famosa novela de Gibson (la cual conozco por la lectura de una horrenda adaptación a la historieta con la que tuve la mala suerte de toparme, y que me quitó las ganas de leer el texto original). En “Quemando Cromo”, Bobby Quine y Automatic Jack son dos “vaqueros”, es decir, dos hackers: el uno representa el software, y el otro (un cyborg), el hardware. Juntos tratan de “quemar” la abultada cuenta bancaria que empodera a Cromo: la regente de un prostíbulo de la mafia. (El título en castellano debería ser entonces “Quemando a Cromo”, pero hay que reconocer que suena mejor el título sin esa a. Por cierto, el cromo parece ser el material favorito de Gibson en este libro: búsqueda de e-book mediante, veo que aparecen más de 20 referencias al cromo en las 200 páginas del texto, esto sin contar las veces que se lo usa como nombre propio en este cuento).

La “representación gráfica” que Gibson hace de los entornos virtuales al los que Bobby y Jack entran a saquear —geometrías abstractas sobre fondos oscuros, “muros” o “hielos” que representan información, virus, programas antivirus, etcétera— recuerda a la de algunos viejos videojuegos de los ochenta como el Tempest (el Arashi de la Mac) o los tanques en estructura de alambre del Battlezone.
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Battlezone1980

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La maestría de Gibson en la mayoría de estos cuentos reside en la técnica —fundamental en la CF contemporánea, pero no tanto en la más antigua— de no revelar expositivamente los argumentos ni la idea central que sostiene a cada relato. No se explica la época y lo que la generó para luego pasar a describir el entorno, sino que directamente se presenta el entorno como corolario de un teorema ausente: la nueva realidad se manifiesta en el texto sin el contexto histórico para comprenderla de entrada, de manera que se explique sola, por sus propias taras y por las características de su atmósfera (la capacidad de Gibson de “enrarecer” la atmósfera para verosimilizarla es impresionante). El narrador no le explica al lector como si éste fuera de otro lugar, sino que lo considera un par, un hombre de su mismo tiempo y espacio. Los sobreentendidos —lógicos en una estrategia narrativa así— quizás dificultan la entrada a los relatos, pero promediando cada uno de ellos queda esclarecido qué fue lo que generó ese entorno. Esto vuelve muy placentera la vuelta a las primeras páginas de cada cuento para releerlas bajo la luz de una nueva comprensión. Una comprensión cyberpunk.

El empapado Riquelme, de Francisco Mouat

Por Martín Cristal

Huesos en el desierto

Francisco-Mouat-El-Empampado-Riquelme“Empampado”, según el Diccionario de voces del norte de Chile, significa “perdido en el desierto, desorientado en medio de la pampa”. En 1956, Julio Riquelme, humilde portero del Banco del Estado chileno, sube a un tren en Chillán para hacer un viaje de cuatro días hacia Iquique. Va al bautismo de uno de sus nietos, lo que de paso servirá de reconciliación con uno de sus hijos. Allá también estará su ex esposa, a quien no ve desde hace años.

Riquelme nunca llega a Iquique. La última estación donde algún pasajero recuerda haberlo visto es Los Vientos: una desolada parada técnica de pocos minutos en el desierto de Atacama. Una de sus valijas sí llega a destino. Lo buscan en las inmediaciones: nada.

Cuarenta y tres años más tarde, en el baño de un aeropuerto aparece un sobre cerrado con todos los efectos personales de Riquelme (gastados por el tiempo, pero por lo demás intactos). Los acompaña una carta anónima que da las coordenadas exactas donde encontrar, en pleno desierto, un esqueleto sin enterrar, blanqueado por el sol de cuatro décadas.

Esto resume las primeras cinco páginas de El empampado Riquelme, la crónica de investigación realizada por el periodista Francisco Mouat (Santiago de Chile, 1962). Los primeros capítulos plantean los interrogantes mayores sobre el destino del viajero, preguntas que operan como la intriga de un policial. ¿Qué le pasó a Riquelme? ¿Se tiró, se cayó, lo tiraron? ¿Por qué, ya abandonado por el tren, se internó diecisiete kilómetros en el desierto en vez de caminar siempre junto a la vía férrea?

Las respuestas quedarán en suspenso. En los capítulos siguientes, Mouat revisa el contexto: nos cuenta otras historias de empampados, o nos amplía la genealogía y las relaciones internas de la familia Riquelme (en la que cundieron toda clase de hipótesis sobre la desaparición, no todas a favor del desaparecido).

El libro pasa de la crónica llana de los hechos a la crónica de la investigación en sí: Mouat va apareciendo cada vez más dentro de su propio relato. Entrevista a ex compañeros del Banco, revisa la prensa de la época, sondea los archivos del registro civil; la potencia de las preguntas abiertas es tal que el lector sigue adelante aunque alguno de estos pormenores pueda resultarle accesorio. El libro también abre una dimensión fuerte referida a las relaciones filiales: incluye una interesante análisis psicológico y una digresión sobre la relación de Mouat con su propio padre.

El lector puede temer que la investigación sólo amplíe el lienzo contextual, sin llegar a una definición sobre el misterio de Riquelme. Por eso vale advertirle que, en los capítulos finales, sí recibirá noticias reveladoras de buena fuente (y luego otras de una fuente no tan acreditable, aunque pueden tomarse como especulaciones verosímiles). Esas noticias despegarán —del amplio fondo de sospechas— las hipótesis más plausibles sobre qué puede haber hecho que el pobre Riquelme termine como aquel rey de Borges: entrampado en el laberinto sin paredes que es todo desierto.

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El empapado Riquelme, de Francisco Mouat. Crónica periodística. Libros del Náufrago, 2011. 140 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 7 de febrero de 2013). Adrián Savino me regaló este libro, y también lo reseñó en su blog.

Las ostras: reseña en La Tempestad, por David Miklos

La Tempestad 88

[...] Casi al comienzo de Bares vacíos (2001), su primera novela, Cristal, en ese entonces habitante de nuestro país, escribió: «Recién no llovía, ahora llueve. Moraleja: todo puede estar peor». Once años después y en su tercera, Las ostras, la lluvia reaparece como amenaza vivencial: ¿qué tanto puede determinar el clima las andanzas de sus personajes, un coro compuesto por jóvenes y viejos, hombres y mujeres que, sin más, ocurren a lo largo de un día en Córdoba, Argentina, territorio literario poco conocido en nuestro país y al que Cristal inmortaliza en una de las mejores novelas en español editadas el año pasado? En Las ostras la solvencia y lo entrañable se intersectan para alumbrar una serie de tramas y voces que ocurren al mismo tiempo y en el mismo espacio, casi sin tocarse –en espiral y no en asterisco, como quiere su demiurgo, en un guiño a Magnolia de P.T. Anderson–, hasta que la lluvia se desata y todo, la vida misma, cobra sentido.

Diseñada como una especie de diorama acuático o marino, Las ostras es un logrado ejercicio de prosa simple y gran profundidad narrativa. [...]


David Miklos
, en revista La Tempestad,
Nº 88, México, enero-febrero de 2013
(en portada: Mario Bellatin).

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Lo mejor que leí en 2012

Por Martín Cristal

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2012:

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HellraiserEl corazón condenado (Hellraiser),
de Clive Barker
novela breve

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Fun Home,
de Alison Bechdel
historieta
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El hombre en el castillo,
de Philip K. Dick
novela
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Leer reseñaEl mal menor,
de C. E. Feiling
novela
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Mujeres,
de Elvio E. Gandolfo
relatos
Leer reseña

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El proyecto Lázaro,
de Aleksandar Hemon
novela
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El mapa y el territorio,
de Michel Houellebecq
novela
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Plop,
de Rafael Pinedo
novela breve
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La afirmación,
de Christopher Priest
novela
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Aún sin reseña aúnKlezmer (Vol. I, II y III),
de Joann Sfar
historieta
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Hombres salmonela en el planeta Porno,
de Yasutaka Tsutsui
relatos
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Vonnegut-cuna-de-gatoCuna de gato,
de Kurt Vonnegut
novela

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GalápagosGalápagos,
de Kurt Vonnegut
novela

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Matadero Cinco,
de Kurt Vonnegut
novela
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[Ver lo mejor de 2011 | 2010 | 2009]

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