Las furias, de Renzo Rossello

Por Martín Cristal

Cronista del futuro terrestre

Las furias no se muestra exteriormente como un libro de ciencia ficción, ni es publicado por una editorial especializada; sin embargo, su lectura devela pronto que entreteje motivos propios de ese género. Según Elvio Gandolfo en la contratapa, se trata de “un registro del todo nuevo” en la obra de Renzo Rossello (Montevideo, 1960), autor usualmente centrado en el género policial.

¿Novela o libro de cuentos? Respuesta corta: ambas cosas a la vez.

Para una respuesta más larga y precisa, recurramos a un concepto de la ciencia ficción: el de fix up. Según Miquel Barceló (en Ciencia ficción: Nueva guía de lectura), un fix up consiste en el “montaje de diversos relatos interrelacionados formando un único volumen, para lo cual, si hace falta, el autor ‘rellena’ los huecos que deja el material disponible con algunas historias escritas precisamente para ese fin”.


Con esos “arreglos” a la medida solía venderse mejor un ramillete de cuentos publicados previamente en revistas, aunque luego el procedimiento también pudiera aplicarse a inéditos (como en el caso que nos ocupa). Un ejemplo famoso de fix up es Crónicas marcianas; Ray Bradbury contaba que al presentarle el libro al que sería su editor, éste le preguntó: “¿Tienes más material con el que podamos hacerle creer a la gente que está leyendo una novela?” (Resultó que Bradbury sí tenía: en esa misma oportunidad también le vendió a la editorial El hombre ilustrado, otro fix up).

Las furias presenta diez relatos ensartados por los apuntes de viaje de un periodista sueco, Gunnar Ejbert. A la vez, esos diez se encuentran enmarcados por otros dos: el inicial, “La desaparición de Will Hudson”, cuyo asunto queda claro desde el título (Hudson es un periodista conocido de Ejbert); y el de cierre, “Diario de las furias”, donde un militar deja testimonio del caos desatado tras el hallazgo de una puerta colosal en la ladera de un monte groenlandés (el Gunnbjorn, en el que Hudson había estado antes de desaparecer).

Esos misterios impulsan al lector a atravesar las demás historias. La estructura episódica permite considerarlas en forma independiente: Ejbert recopila relatos como “La noche de Antón”, sobre el impiadoso exterminio de unos mutantes; “La cura”, acerca de un operativo gubernamental obsesionado con la profilaxis de enfermedades cardíacas; el conmovedor “El hundimiento del edificio Excélsior”, acerca de la manifestación de los malestares espirituales de un viejo edificio; o el ciberpunk “Toda la verdad sobre el proyecto Kurtz”, donde se explica (¿demasiado?) cómo una nueva tecnología reconfigura el espionaje internacional. Otros destacables son “Mientras llueve sobre Ciudad Gótica” y “Juicio al monstruo nonato”.

Unas “Notas al pie del futuro reciente” revisan, al cierre del libro, su paleta temática. La adenda no aporta narrativamente; parecen apuntes del autor, ofrecidos (como decía Cortázar sobre los libros VI y VII de Adán Buenosayres) “un poco como las notas que […] incorpora para librarse por fin y del todo de su fichero”.

Por lo demás, el conjunto funciona bien porque su ilación plantea cierta intriga (un aspecto menospreciado hoy por cierta narrativa que se autopercibe “exquisita”); también porque Rossello narra casi siempre con imágenes, como quería Mario Levrero; y porque el formato elegido lo ubica en un punto de equilibrio respecto de la habitual dicotomía “variedad/unidad”, dilema habitual en los volúmenes de cuentos.

La voluntad lectora se renueva ante cada relato, mientras la forma alienta un interés general. Esto hace que Las furias proponga una experiencia de lectura muy entretenida.

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Las furias, de Renzo Rossello. Estuario Editora, 2012. 152 páginas. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 5 de noviembre de 2017).

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Sultanes del ritmo, de Leonardo Oyola

Por Martín Cristal

Hacia el hondo bajo fondo

Por su constancia, y por la claridad conceptual de su propuesta, Leonardo Oyola (La Matanza, 1973) se ha ganado un lugar propio entre los narradores que mixturan géneros populares. Más específicamente —y como bien lo define la solapa del libro Sultanes del ritmo—, Oyola “escribe policiales y le guiña un ojo a lo fantástico”.

En su obra, el término “fantástico” también abarca lo sobrenatural (estirándose hasta los superhéroes, como en Kryptonita, su novela llevada al cine por Nicanor Loreti); y “policiales” no contemplaría sólo a los relatos detectivescos, sino sobre todo a las perspectivas delincuenciales del género negro (como por ejemplo en la recientemente reeditada Chamamé).

En los ocho cuentos de Sultanes del ritmo, basta listar la “ocupación” de los protagonistas/narradores para relevar los puntos de vista predilectos del autor:

En “Matador” tenemos a un preso gay (aunque, para autodefinirse, él mismo usa la palabra “puto”); en “Oxidado”, a un viejo malandra que sale de la cárcel para atestiguar que el mundo de hoy no lo recibe con los brazos abiertos.

En “El fantasma y la oscuridad” —quizás el mejor relato del libro—, narra un montonero tucumano, circa 1976, cuando se la ve venir negra entre los cañaverales; en “Animétal”, un coreano que, junto a un linyera amigo, prende un fueguito para calentarse debajo de una autopista porteña.

En “De caravana”, hay un adicto al paco, con amigos tan adictos y sacados como él; en “Diablo III”, un asesino serial; y un secuestrador en “Estocolmo” (cuento que, como adelanto, también fuera publicado en la revista Palp). Sólo en “Rick Astley” —donde Oyola hace gala de su sentido del humor— tenemos por protagonista a un policía. Para más datos, pelirrojo. Y harto de su apodo.

Queda de manifiesto la intención de explorar los márgenes y el bajo fondo, el suburbio y la criminalidad. Oyola distingue muy bien la Ley de los códigos, y se centra especialmente en estos últimos (que entre los criminales abundan, al menos entre los de la ficción).

Para cada cuento, Oyola elige un léxico particular. Busca (o inventa) expresiones que delimiten el ámbito de la acción: eufemismos carcelarios, la jerga del hampa, el habla de un barrio o una claseEsa oralidad, crucial en su estilo, estructura la deriva de cada narración y contribuye a verosimilizarla (aunque la percepción sobre ese verosímil dependerá de lo que cada lector ya conozca sobre los ámbitos citados).

Esas voces y sus sociolectos particularizan cada relato, y les dan, a todos, un ritmo arrollador: los vuelven unos verdaderos “sultanes del ritmo” (esto, más allá de los juegos de palabras con canciones de Dire Straits, mediante los cuales Oyola justifica el título en los agradecimientos del libro). Otro ingrediente, habitual en el autor, son las referencias de la cultura popular —el rock, el cine—, que todo el tiempo saltan desde la página como pop corn recién hecho.

Es elogiable que Oyola busque finales contundentes. Estos cuentos piensan en el lector y quieren garpar —como aconsejaba Padgett Powell—; un afán evidente, más allá de que a cada lector luego le parezca que lo logren o no. En otras palabras: no tenemos aquí esos cuentos —tan frecuentes en cierta literatura argentina de hoy— que, aunque “bonitos” por su prosa, no pasan de contar una escenita sensible pero inconducente, o peor: que se truncan de repente con un final que se declara “abierto” —por no decir irresuelto— y que quiere pasar por “sugerente”. Abrir una historia, la abre cualquiera; convencer con su cierre es bastante más difícil (OK, it’s just my opinion).

Sultanes del ritmo va por su segunda edición; integra la colección “Cosecha Roja”, editada por el sello uruguayo Estuario, el cual —al reanudar su distribución en la Argentina— vuelve a ocupar un lugar en las librerías cordobesas tras algunos años de ausencia.

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Sultanes del ritmo, de Leonardo Oyola. Cuentos. Estuario Editora, Montevideo, 2016 [2013]. 120 páginas. Con un texto algo más breve, recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 20 de agosto de 2017).

Gaijin, de Maximiliano Matayoshi

Por Martín Cristal

Postal de la inmigración japonesa

Son muchas las novelas argentinas —podría hablarse de toda una corriente— que al abrevar en los relatos familiares como materia prima para la invención narrativa, ofrecen en paralelo su postal particular sobre la inmigración, ese mecanismo histórico fundamental para comprender la Argentina de hoy.

Las etapas argumentales que barajan dichas novelas suelen incluir las dificultades en la tierra de origen, los motivos para partir; las peripecias del viaje; la llegada, el choque cultural, el idioma; los duros comienzos, los rechazos, las contradicciones, la discriminación que fluye en ambos sentidos; el desgarramiento de volverse un ser de dos mundos; el lento tejido de nuevos lazos afectivos, con otras personas y con otra tierra. En todas vibra la aventura de lanzarse a lo desconocido, el azar sembrado en el camino, las esperanzas que promete cada horizonte. Una épica del esfuerzo, del tesón.

Todo esto también lo abarca Maximiliano Matayoshi (Buenos Aires, 1979) en su propio aporte a esta corriente narrativa. En su novela Gaijin, el paisaje histórico y emocional por el que nos conduce es el de la inmigración japonesa de posguerra.

Pasada la mitad de la década de 1950, Kitaro es un chico de 11 años; tras la devastación de Japón por la Segunda Guerra —con la isla ahora dominada por los norteamericanos y pugnando por reconstruirse—, su madre lo impulsa a embarcarse rumbo a la Argentina. El niño juntará valor para viajar solo, en busca de mejores oportunidades.

“Gaijin” es la palabra que los japoneses usan —incluso despectivamente— para señalar a quienes no son descendientes de japoneses. Una “persona de afuera”, un extranjero. Pero, ¿quién sería realmente el extranjero en esta novela? ¿Cualquier argentino al que este japonés designase como “gaijin” por no pertenecer a su colectividad, o quizás ese mismo japonés, que acaba de llegar a una Buenos Aires que, en principio, le es ajena casi por completo? Esa contradicción interna queda de relieve ya desde el título del libro.

El tiempo de la acción avanza en forma lineal a través de catorce años, en un reposado continuo (durante el viaje) o bien con sutiles elipsis (ya en la Argentina). Los pormenores de la travesía —los puertos asiáticos y sudafricanos—, los nuevos amigos, la tierra prometida, la inevitable tintorería, los enamoramientos: todos los detalles surgen sin floreos innecesarios, con la calma de un vívido recuerdo.

Gaijin se lee casi como si se la oyera. No por el remedo lexical de alguna oralidad, sino por la pasmosa naturalidad de su sintaxis. El verosímil del relato pareciera emanar de ese pulso firme más que de las fechas y los detalles de época (que no faltan, aunque se ofrecen matizados, como al pasar) o de la supuesta garantía que daría la ascendencia del propio autor.

La sobriedad de esa voz, su tono calmo y controlado, condicen con el retraimiento del personaje-narrador, a quien le cuesta expresarles sus sentimientos a los demás. La suya es una timidez proverbial, resultado de su carácter, pero también de las circunstancias y de las presiones culturales. Este tono impacta sobre todo por su madurez, especialmente al considerar que Matayoshi escribió Gaijin entre los diecinueve y los ventiún años. La novela se publicó dos años después, tras haber ganado en México el Premio UNAM-Alfaguara (2002).

Aunque tras esa primera publicación Matayoshi siguió mostrando relatos en distintas antologías —como por ejemplo en La joven guardia (2005)—, con los años diversificó su creatividad hacia la fotografía. Demasiado pronto, su novela se convirtió en un libro imposible de hallar; su justa reedición llega en 2017, poco después de la muerte del padre del autor, lo cual lo motivó a agregar un epílogo.

Ahí se subraya que Kitaro, el narrador de la novela, no es el padre del escritor, sino una invención que toma el derrotero y algunos rasgos de éste, pero también anécdotas y situaciones de otras fuentes (tal como suele ocurrir en el caldero de la imaginación narrativa). Este sentido epílogo sería la única modificación o agregado del texto original para esta reedición, apuesta con la que la flamante editorial Odelia inaugura su colección de narrativa contemporánea.

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Gaijin, de Maximiliano Matayoshi. Novela. Odelia Editora, 2017 [2002]. 248 páginas. Con una versión más breve de este texto, recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 23 de julio de 2017).

Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi

Por Martín Cristal

Ahí pero dónde, cómo

Lo real sólo es un problema en sus bordes: lo difícil es saber hasta dónde llega lo real, cuál es su frontera con eso “otro” que estaría ahí, “pero dónde, cómo” (según se preguntaba Cortázar).

Cuando la mente se inunda de dudas y de voces: en ese umbral transcurre Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi (Santa Cruz, Bolivia, 1979). Sus ocho cuentos aventuran metafísicas personales mediante raptos de psicosis, misticismo, alienación, o basados en las tradiciones ancestrales de los pueblos originarios.

En “El ojo”, esas visiones ultraterrenas las implanta una madre, que antes de persignarse, le dice a la narradora: “El enemigo viene disfrazado de ángel […], pero su verdadero rostro es terrible. No te olvides nunca de que llevas su marca en la frente. Él conoce tu nombre y escucha tu llamado”. La fina línea entre sentido figurado y literalidad es la cuerda por la que el lector camina hasta el final: ¿profecía verdadera o daño psicológico provocado por “el ojo” sauronesco de una controladora?

En “La Ola” las fuerzas extrañas son percibidas con la intuición, sin suscribir ya a un sistema de supersticiones previamente articuladas (léase “religión”). El relato de una insomne universitaria de Cornell —en Ithaca, Nueva York (donde Colanzi reside y enseña)— contiene a su vez al de una chola que atraviesa una experiencia enteogénica transformadora.

En “Meteorito”, la amenaza proviene del espacio exterior; sin embargo —y como ya dijera Ballard— es el espacio interior del individuo el que vale la pena explorar hoy. Eso hace Colanzi. Hay una finta similar en “Caníbal”: la amenaza exterior —ese “Hannibal Lecter” que ronda por París— sólo es envoltorio para la indagación de la intimidad de quien narra.

“Chaco” transparenta admiración por el Eisejuaz de Sara Gallardo. El protagonista también tiene un rapto místico: la voz de un indio muerto se instala en su cabeza de asesino, y lo insta a otras acciones. Los pasajes de esa voz merecen leerse en voz alta.

Menos como Ballard que como Philip Dick, en “Nuestro mundo muerto” Colanzi opta por un entorno neto de ciencia ficción: la (tópica) exploración de Marte. Los recuerdos de una Tierra que ya no ofrece nada se enzarzan con el paisaje hostil del presente, que concede delirios pero ninguna vuelta atrás.

Cierra “Cuento con pájaro”: coral y con saltos temporales, en su concepción puede relacionarse con “Lobisón de mi alma” de Mariano Quirós, por cómo ambos cuentos remiten oblicuamente al éxodo forzado de los nativos de las zonas rurales hacia las grandes urbes.

Los ocho cuentos arrancan con convicción. Muchos finales no buscan una redondez concluyente sino ambigüedad deliberada; la apreciación de esas sutilezas quizás divida a los lectores. Otros finales, abiertos, asemejan el cuento al piloto de una serie: proyectan la trama hacia lo que vendría (es el caso de “Alfredito”, donde lo cuestionado es el umbral de la muerte).

Por su cohesión temática, por su incorporación de ciertos rasgos regionales (¿nostalgia del boom latinoamericano?) y por un estilo trabajado como una masa liviana y refinada —con algunos localismos, frutos abrillantados dispersos que le dan a la prosa su sabor particular—, Nuestro mundo muerto es un libro disfrutable, plantado en la triple frontera entre lo verdadero, lo percibido y lo sobrenatural: “eso” que sólo aceptamos cerca de nosotros cuando su contacto se nos vuelve innegable.

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Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi. Cuentos. Eterna Cadencia, 2017. 128 páginas. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 4 de junio de 2017).

Noche caliente, de Lee Child

Por Martín Cristal

Noche de calor en la ciudad

Hace unos años, Ricardo Piglia señalaba que las traducciones hechas en la Argentina habían producido “efectos en la escritura propia, nacional”. Como ejemplos presentaba (entre otros) los casos de Las palmeras salvajes de William Faulkner y Otra vuelta de tuerca de Henry James: en sus países de origen —decía Piglia—, esos libros son considerados menores dentro de la obra completa de Faulkner o James, pero debido a esas traducciones —de Jorge Luis Borges y José Bianco, respectivamente—, las cuales impulsaron la circulación de esos escritores entre nosotros, hoy ambas novelas son consideradas como centrales por los lectores argentinos. Según Piglia, esas traducciones locales “rompen los esquemas jerárquicos” y establecen otro orden para “textos que no están, en su origen, en el canon”.

Creo que algo similar sucederá con Noche caliente, primera traducción/edición de Lee Child hecha en la Argentina. Traduce Aldo Giacometti; la edición —que, para un best-seller popular como Child, uno esperaría de un grupo multinacional— llega en abril gracias a la editorial independiente Blatt & Ríos.

 

¿Quién es Lee Child?

No es —ni quiere ser— Faulkner o James. Lee Child (Inglaterra, 1954) es un maestro del thriller; su verdadero nombre es Jim Grant y durante años trabajó en una cadena de televisión. Cuando perdió ese trabajo empezó a escribir, imponiéndose el seudónimo y también el rédito comercial. Lo logró desde Zona peligrosa (Killing Floor; 1997), primera novela de su personaje Jack Reacher: un ex policía militar devenido en vagabundo al que —en un comienzo a lo Rambo— lo detienen al pasar por un pueblito rural. ¿Merodeo? No: lo acusan de un crimen…

Child vive en Nueva York, tiene una colección de bajos eléctricos vintage y usa dos computadoras: una para navegar por internet y la otra solo para escribir. Su estilo es seco, con diálogos cortantes. La intriga vibra, la acción fluye: la velocidad del texto fogonea el disfrute del lector. Child sin duda sabe cómo generar suspenso. Con esa fórmula, Child ya vendió millones de copias de sus 21 títulos de Reacher. Entretenimiento puro, cuya masividad aumentó al pasar al cine.

 

Jack Reacher, del papel a la pantalla

Reacher, el personaje, nació en 1960, en una base militar en Berlín. Hijo de un marine norteamericano y una francesa, fue criado con rigor en distintas bases. En novelas recientes —como Personal (2014)— ya lleva casi 20 años retirado del ejército y sigue recorriendo su país, tras haber conocido el resto del mundo cuando estaba de servicio.

Verdadero imán para los problemas, confía plenamente en sus aptitudes físicas, sobre todo para el combate (no así para correr o manejar). Tiene un gran poder de observación; acepta demasiado rápido sus primeras hipótesis, sí, pero eso suele funcionarle. Viaja sin equipaje en ómnibus de larga distancia. Apenas lleva un cepillo de dientes, su identificación y la tarjeta del cajero. Cafeinómano, vive de ahorros, changas y de lo que les quita a los contrincantes vencidos (su “botín de guerra”).

Es, además, un ropero: casi dos metros y cien kilos. O sea, nada parecido a Tom Cruise (excepto por su arrogancia). Sin embargo, ahí está el maderamen de Tom protagonizando Jack Reacher (Christopher McQuarrie, 2012), película basada en el noveno libro de Child: Un disparo (One shot; 2005). Hubo fans que, furiosos, abrieron una página de Facebook titulada Tom Cruise no es Jack Reacher; ahí —además de criticar el tamañito de Tom— cada uno propone su casting ideal.

Salvando ese “detalle”, la película resulta atrapante. No así la siguiente, Jack Reacher: Never Go Back (Edward Zwick, 2016, basada en la novela homónima de 2013), que carece de ritmo y donde a Cruise se lo ve más recauchutado que nunca.

Una curiosidad: en ambas películas hay cameos de Child.



Noche caliente

Donde Reacher no falla, es en los libros. Esta primera edición argentina, con prólogo de Elvio Gandolfo (lector entusiasta de Child), presenta dos novelas breves, publicadas originalmente como material extra (bonus material) en ediciones de bolsillo.

En la primera, “Noche caliente” (High Heat), Reacher tiene 16 años. Llega a Nueva York justo en la noche del Gran Apagón de 1977. La ciudad es peligrosa pero Reacher también: aunque todavía no es militar, su fortaleza y su temperamento ya están forjados. Encontrará chicas, mafiosos, un asesino serial y hasta una pelea en el CBGB, donde esa noche tocan Los Ramones.

En “Guerras pequeñas” (Small Wars), Reacher tiene 29, ya es policía militar e investiga un crimen. La identidad del asesino se nos muestra de entrada: es Joe Reacher, el hermano de Jack (central en la primera novela de la saga). ¿Lo descubrirá Jack? Aquí también aparece la sargento Neagley, ladera de Reacher en la recomendable Mala suerte (Bad Luck and Trouble, 2007).

Para los amantes del género negro, este libro arde. Traducirlo y editarlo en forma independiente motiva una lectura distinta y eleva su valor en el contexto deprimido de la industria editorial argentina. Adivino que el grupo editorial que tiene los derechos del resto de Child, aprovechará la repercusión de esta iniciativa y mandará desde España otros títulos de Reacher (que aquí hoy sólo se consiguen en saldos o por internet). Mientras tanto, para muchos lectores argentinos, Noche caliente se volverá la entrada principal a un nuevo y entretenido universo de ficción.

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Noche caliente. Dos historias de Jack Reacher, por Lee Child. Blatt & Ríos, 2017. Nouvelles, 216 páginas. Prólogo de Elvio Gandolfo; traducción de Aldo Giacometti. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 23 de abril de 2017).

El piano oriental, de Zeina Abirached

Por Martín Cristal

Del deseo y la identidad

Imposible no relacionar El piano oriental de Zeina Abirached (Beirut, 1981) con las historietas de la iraní Marjane Satrapi. El principal punto de contacto es un dibujo de estilo similar —en su nivel de síntesis, en sus formas de representación—, si bien en Satrapi se percibe más gestual y expresivo, y hasta informal en la aparente improvisación organizativa de ciertas páginas (como sucede en algunas de Bordados, por ejemplo).

En El piano oriental de Abirached, en cambio, el trazo resulta casi aséptico por sus líneas de grosor fijo y su geometría controlada. El planteo de cada puesta en página colinda con las obsesiones de perfección simétrica del diseño gráfico, y hace sospechar que el planeamiento visual fue realizado de entrada, en forma integral, para el libro completo (y no por acumulación como suele ocurrir en los volúmenes recopilatorios de material que fuera publicado originalmente por entregas).

También relacionan a estas dos artistas ciertas circunstancias biográficas, que determinan que ambas manejen temas en común. Quien haya leído Persépolis (o visto la película), recordará que Satrapi rememora su infancia en Teherán, su posterior mudanza a Francia y el desgarramiento de existir entre Oriente y Occidente. Algo similar sucede en El piano oriental: cambia la ciudad de origen, que aquí es Beirut, pero la trama autobiográfica de Abirached también articula el exilio y la vida entre dos tierras diferentes: en su caso,  Francia y el Líbano.

Esa trama se trenza con una evocación del Líbano que no refiere a la infancia de Abirached sino a una época anterior: la de un personaje basado en su abuelo. El alegre Abdalah Kamanja es músico y ha inventado un piano con el que al fin se pueden tocar los cuartos de tono de las melodías orientales.

Estamos en 1959; Beirut es muy distinta de esa ciudad destrozada que años de guerras televisivas han instalado en nuestro imaginario occidental. La Beirut de Kamanja es una ciudad floreciente y llena de esperanzas, incluida la del propio Abdalah: él desea que su invento pueda ser fabricado masivamente.

¿Habrá tenido éxito la empresa de Abdalah? Y de no ser así, ¿su existencia habrá sido en vano? Todos los empeños de un hombre caben en los sucintos comentarios que sus deudos desgranarán mientras tomen el café del velorio. El deseo vertebral de toda una vida define la identidad del deseante.

Años después, en el extranjero, la joven Zeina reflexionará sobre su propia identidad. Para Sabato, estar en el extranjero es “tan triste como habitar en un hotel anónimo e indiferente; sin recuerdos, sin árboles familiares, sin infancia”. Para Iehuda Halevi, en cambio, Zion —la tierra prometida— “está ahí donde reinan la alegría y la paz” (es decir, no necesariamente donde naciste, ni tampoco, necesariamente, en los alrededores de Jerusalem). Para el bosnio Aleksandar Hemon —otro migrante—, el hogar “es allí donde tu ausencia no pasa desapercibida”… En El piano oriental, Zeina Abirached decide autodefinirse según un dicho de Mahmud Darwich: “Yo soy mi idioma”. Ese idioma no es el de un país en concreto, sino la mezcla interior que ella hace de su francés cotidiano y su árabe natal. Así, su propia identidad es como la de un piano de músicas mixtas.

Tras leer esta novela gráfica, queda claro que Zeina Abirached también maneja con maestría otro lenguaje: el de la narración secuencial. La historieta también es su patria.

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El piano oriental, de Zeina Abirached. Historieta. Salamandra Graphic, 2016. 212 páginas. Con un texto ligeramente diferente recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 9 de abril de 2017).

Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet

Por Martín Cristal

Las almas muertas 2.0

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En 2012, el prestigioso jurado del VII Premio a la Joven Literatura Latinoamericana eligió por unanimidad a Los cuerpos del verano de Martín Felipe Castagnet (La Plata, 1986). El narrador de esta novela breve es Ramiro: un difunto que tras décadas “en flotación” digital se reincorpora para buscar a su descendencia y concretar una venganza. “Es bueno tener otra vez cuerpo”, nos dice al principio, “aunque sea este cuerpo gordo de mujer que nadie más quiere, y salir a caminar por la vereda para sentir la rugosidad del mundo”.

¿Qué se almacenaría en Internet? ¿El alma, la psiquis, la memoria, la personalidad? Con acierto, Castagnet no lo define ni se enreda en disquisiciones filosóficas. A los fines narrativos basta con saber que lo digitalizado es la integridad de lo “no corpóreo”; la identidad, la persona, aunque “persona” implique “máscara”, y más en un mundo donde ya es posible disfrazarla con cuerpos diferentes.

Sorprende la fluidez de la prosa, más aun tratándose de una primera novela. Impera un pulso firme que no deja de narrar, es decir, de contestar incesantemente la pregunta “¿y entonces qué pasó?” (ese motor secreto que adoramos desde niños). Los cuerpos del verano nunca deja de incentivar al lector con nuevos descubrimientos a lo largo de su centenar de páginas.

Él único extrañamiento que ofrece el lenguaje (a diferencia de, por ejemplo, los cada vez más insistentes neologismos del futuro que prodiga Marcelo Cohen) es el de los nombres propios de algunos personajes, excentricidades que sugieren un tiempo con registros civiles más permisivos que en el presente.

Si en algún punto se vuelve necesario explicar en lugar de mostrar (algo que suele señalarse como pecado, pero que las narraciones que coquetean con la ciencia ficción siempre se ven arrinconadas a hacer, tarde o temprano, para allanar su legibilidad), Castagnet lo resuelve en pocas líneas, siempre sintéticas e inteligentes, y casi siempre por necesidad interna del relato. Incluso las reflexiones más interesantes son siempre concisas:

“La tecnología no es racional; con suerte, es un caballo desbocado que echa espuma por la boca e intenta desbarrancarse cada vez que puede. Nuestro problema es que la cultura está enganchada a ese caballo”.

(El eco simbólico de esta cita vuelve a oírse en los hechos finales de la novela).

La ciencia ficción tiene predilección por ciertos temas (el contacto con extraterrestres o los viajes en el tiempo son quizás los ejemplos más conocidos). Todo autor que lo intente sabe que su aporte no revolucionará el género ni el subgénero, sino que —con suerte— quizás le aporte una variante que faltaba al tratamiento de ese tema. En este sentido, Los cuerpos del verano podría intercalarse entre las obras de ciencia ficción (o adyacentes) que extrapolan nuestro presente digital, tanto como entre aquellas que exploran el umbral de la muerte y el más allá.

En ese degradé de ficciones —donde también están “Quedarse atrás” de Ken Liu o “San Junipero” de Black Mirror—, la novela de Castagnet podría ocupar un lugar entre Cero K de Don DeLillo (que especula sobre cómo mantener congelados los cuerpos y las mentes mientras la tecnología encuentra una forma de burlar a la muerte) y un clásico del manga: Ghost in the Shell (a punto de ser revivido en la pantalla grande con Scarlett Johansson en el protagónico).

En este universo cyberpunk creado por Masamune Shirow, muchas personas ya tienen implantes mecánicos o digitales; son cyborgs, y por ende sus memorias y sus almas —o sus “fantasmas”: eso que no es cuerpo ni hardware— son tan susceptibles de ser hackeadas como cualquier otro software.

La tecnología que esperan los personajes de DeLillo ya existe en la ficción de Castagnet, quien a partir de ella desarrolla consecuencias de todo tipo… excepto esa que motoriza a Ghost in the Shell: la posibilidad de que esas almas “en flotación” sean hackeadas. Porque podría haber secuestros virtuales de difuntos, desapariciones, modificaciones, eliminaciones y copias de seguridad para evitarlas… Pero, claro, un relato no puede ser infinito. Castagnet limita las premisas del suyo para dejar que la imaginación del lector siga ramificándose, como sucede con la mejor ciencia ficción.

La lectura de Los cuerpos del verano nos hace esperar ansiosos la próxima novela de Castagnet: Los mantras modernos, anunciada ya por la editorial porteña Sigilo.

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Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet. Factotum Ediciones, Buenos Aires, 2016 [2012]. 112 páginas. Con una versión más breve de este texto, recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 26 de febrero de 2017).

Cómo se hizo La guerra de los zombis, de Aleksandar Hemon

Por Martín Cristal

Buscarás algo digno de contar… o contarás una de zombis

aleksandar-hemon-como-se-hizo-la-guerra-de-los-zombisDespués de novelas como El hombre de ninguna parte y la imprescindible El proyecto Lázaro, Aleksandar Hemon (Sarajevo, 1964) incursiona en la comedia con Cómo se hizo La guerra de los zombis.

Primera decepción del lector (en especial si es fan de The Walking Dead): éste no es un libro sobre zombis. Aquí el único apocalipsis es el del tardío paso a la adultez de Joshua Levin, un treintañero que se eterniza en Chicago dando clases de inglés, mientras asiste a un patético taller de guión con otros amateurs tan aparatosos como él. Entre sus muchas ideas truncas, apenas logra desarrollar una: “La guerra de los zombis”, un guión plagado de clichés que él aspira vender a algún productor de Hollywood.

Hemos visto cientos de making of de películas, pero ¿en qué consistiría el making of de un guión? Sería todo lo que ocurre en la vida del guionista mientras lo escribe. El problema es que la apacible existencia de Joshua Levin no ha sido tocada por la más mínima tragedia y él no parece tener nada personal que contar.

Sin experiencia propia de la cual destilar temas o anécdotas, Joshua fuerza su cerebro a imaginar una historia dentro de un subgénero de reglas hiperbásicas a las que, sin embargo, tampoco logra aportarles un enfoque nuevo. Para colmo, estamos en 2002 y acaba de estrenarse 28 días después, aquella película —con guión de Alex Garland— que relanzaría la moda de los zombis en el siglo 21.

Completan el círculo social de Joshua sus alumnos de inglés, inmigrantes de Europa Oriental que le enrostran sus duras vidas (precisamente la tragedia que a Levin le falta); una familia judía típica, tan agobiante como woodyallenesca; un casero desquiciado, veterano de la Guerra del Golfo; y dos chicas hermosas, prospectos de pareja que, además de sexo, proporcionan indecisiones y conflicto dramático.

Aleksandar Hemon. Foto de Velibor Vožobić

Segunda decepción del lector (en especial si ya era fan de Aleksandar Hemon): este libro no se parece mucho a los anteriores del bosnio. Okey, no deberíamos decir “decepción”, sino sólo “sorpresa”. Es cierto que el humor ya estaba presente en otras obras de Hemon; incluso había chistes en El proyecto Lázaro, aun cuando su atmósfera general era más grave. Aquí Hemon también intercala un par de chistes (buenos), pero en camino a extender ese humor a la narración completa, prodigando situaciones absurdas y enredos que hacen pensar en una comedia con Jason Schwartzman y Zach Galifianakis.

Con lenguaje suelto y coloquial —excepto cuando se parodia el tono dramático de la Torá, o el reflexivo-sentencioso de Baruj Spinoza (a quien Levin admira)—, Hemon amplía su exploración sobre qué implica ser extranjero, especialmente en los Estados Unidos post 11-S. Esta vez lo hace tocando otros temas, como el paso a la adultez, la búsqueda de algo personal que contar, la familia y el entorno cercano como recurso central para colmar esa búsqueda; el carácter evasivo de la literatura de género y la (dudosa) necesidad de haber sido rozado por la tragedia para así ser un mejor narrador. Y por supuesto, la amistad. Y la familia. Y el amor. Y el sexo.

Cómo se hizo La guerra de los zombis propone una lectura divertida y sin tropiezos, ideal para el verano. Una variante —accesible y ligera— para la prosa de un autor destacado dentro de la escena literaria norteamericana.

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Cómo se hizo La guerra de los zombis, de Aleksandar Hemon. Novela. Libros del Asteroide, 2016. 336 páginas. Traducción de Eduardo Jordá. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 22 de enero de 2017).

Cero K, de Don DeLillo

Por Martín Cristal

Meditación sobre la (in)mortalidad

don-delillo-cero-kComo en Cosmópolis —su novela llevada al cine por David Cronenberg—, Don DeLillo (Nueva York, 1936) acota en Cero K un espacio donde sus personajes puedan circunscribir su pensamiento y discutir algún aspecto de la cultura contemporánea. Esta vez ese lugar no es una lujosa limusina tecno que atraviesa Manhattan, sino un contradictorio complejo edilicio, tan minimalista como laberíntico, situado cerca de la frontera entre Kazajistán y Kirguistán. Los temas centrales no son el dinero y el poder, sino la muerte y nuestra ansiedad por trascenderla: tener (o fabricarnos) un más allá, insertar otra moneda —todas las monedas— para seguir jugando.

En ese edificio “apenas verosímil” se congelan cuerpos de personas pudientes cercanas a la muerte, hasta que la tecnología pueda despertarlos. Su aislamiento premeditado se basa en “fuentes de energía duraderas y potentes sistemas mecanizados. Muros blindados y suelos reforzados. Redundancia estructural. Seguridad antiincendios. Patrullas de seguridad por tierra y aire. Ciberdefensa elaborada”. Su diseño también busca promover una reflexión específica: “Estamos aquí para replantearnos todo lo que tenga que ver con el fin de la vida”.

Ahí llega Jeffrey Lockhart para acompañar a su padre y a la esposa de éste, una enferma terminal a punto de ser congelada (“cero K” refiere a la temperatura en grados Kelvin). Desestimada la promesa de un paraíso, se invierte en tecnología para perdurar acá: DeLillo toma este motivo de la ciencia ficción (véanse Ubik de Philip K. Dick, el relato “Quedarse atrás” de Ken Liu o el reciente episodio “San Junipero” de Black Mirror), pero es apenas el disparador para una novela que muy pronto muestra su verdadera vocación filosófica.

Esta eutanasia que deja los cuerpos en stand by, “¿es una forma horriblemente prematura de suicidio asistido? ¿O bien es un crimen metafísico que necesita ser analizado por filósofos?”. Suele decirse que una novela no está para dar respuestas, sino para hacer preguntas; DeLillo se toma ese dictum al pie de la letra y en varios pasajes de su libro, las preguntas afloran explícitas y abiertas, en cascada.

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“La tecnología se ha vuelto una fuerza de la naturaleza. No la podemos controlar. Recorre el planeta como una tormenta y no tenemos donde escondernos de ella.” —Don DeLillo, Cero K.

La preocupaciones literarias del autor se traslucen en algunas taras del narrador-protagonista: se toma su tiempo para elegirles nombres ficticios a los demás; se obsesiona con la semántica; evalúa la calidad de sus propias expresiones… Su preocupación por el lenguaje es manifiesta: “Vitrificación, criopreservación, nanotecnología. Dios bendiga el lenguaje […]. Que el lenguaje refleje la búsqueda de una serie de métodos cada vez más intrincados, hasta alcanzar los niveles subatómicos”. Una parte fundamental del pasaje helado a la vida futura es el aprendizaje de un nuevo idioma.

Cierto delay en algunas descripciones obliga al lector a remodelar lo que ya había imaginado por su cuenta. La primera parte del libro está saturada de imágenes catastróficas; en la segunda, DeLillo incrusta escenas fragmentarias del cotidiano neoyorquino, viñetas de la vida urbana con una mirada tendiente al extrañamiento, como si el autor hubiera razonado que, si se ha de discurrir sobre el rasero de la muerte, también se debiera dar cuenta de lo rara y variada que puede ser la vida.

Don DeLillo es todo gravedad; el humor queda afuera de esta novela. (¿Se puede hablar sobre la muerte con humor? Sí: los Monty Python lo hicieron). Introspectiva y seria a morir, Cero K explora en clave de literatura filosófica el mismo impulso que inspiró aquella leyenda urbana de un Walt Disney congelado: el de los millonarios que, ante la incertidumbre de la muerte, se autodepositan a plazo fijo para burlarla y algún día volver a vivir como seres “ahistóricos”, “libres de la inacción del pasado”.

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Cero K, de Don DeLillo. Seix Barral, 2016. 320 páginas. Traducción de Javier Calvo. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 4 de diciembre de 2016).

El increíble Springer, de Damián González Bertolino

Por Martín Cristal

Remembranza de una amistad gigante

el-increible-springer-gonzalez-bertolino-entropia“Por ese entonces Punta del Este era un lugar muy diferente del que es ahora”. Esa época es el verano de 1957, cuando Gastón Springer se convirtió en “el increíble Springer”.

El status de creíble (de verosímil) es una de las metas de cualquier escritor de ficciones: más allá de cuán extraña o fantasiosa sea la anécdota a narrar, se busca suspender por un rato la incredulidad del lector/espectador mediante el desarrollo de una lógica interna, propia del relato en curso. En El increíble Springer, Damián González Bertolino no sólo hace creíble el cambio que (paradójicamente) volverá “increíble” al pequeño y débil Gastón —logrando que lo real se acerque a lo fantástico—, sino que además le da entidad verdadera al entorno de una niñez que no es la suya: el autor nació en Punta del Este, sí, pero en 1980.

La infancia de su nouvelle es entonces la de una generación anterior, con autos descapotables, una ciudad que todavía es un pueblo y con playas que todavía no están abarrotadas de turistas argentinos (si bien desde los médanos se puede espiar a una joven y muy deseable Mirtha Legrand en traje de baño). Lo que para su narrador es una remembranza, para el autor —quien le dedica el texto a su padre— es un ejercicio de la imaginación.

Con nostalgia ficcional, esa imaginación dicta que el hijo de un pescador, que acompaña a su padre en bicicleta para repartir la mercadería de cada día, conozca al hijo de unos inmigrantes franceses. El lazo entre ellos será el de esas amistades automáticas que surgen entre niños de seis años, y que en los adultos son más difíciles de forjar. De hecho, cuando crezcan —los dos, pero en particular Gastón Springer— esa lealtad será puesta a prueba.

El estilo tiene un aire de literatura norteamericana. Es reposado pero constante, sin apresuramientos ni dilaciones, en un tono de confidencia amable, sólido en su madurez de adulto que rememora, o que repite un relato que ya ha pulido de reflexiones innecesarias. La atmósfera de aquel pasado no se le impone al lector con detalles abrumadores, sino que lo va ganando de a poco con pinceladas impresionistas. Crece, sin prisa y sin pausa, como la mancha de sudor en la camisa de ese padre que pedalea.

el-increible-springer-gonzalez-bertolino-estuarioEl increíble Springer funciona bien como relato independiente, tal como lo reeditó el sello argentino Entropía, si bien originalmente se publicó como parte de un díptico, que mereció el Premio Nacional de Narrativa “Narradores de la Banda Oriental” en 2009.

En esa edición inicial, su lado B era el relato “Threesomes”, donde Punta del Este se parece mucho más a la que conocemos —o imaginamos— los argentinos: su historia transcurre en los noventa, en el club de golf (escenario que en el relato sobre Springer también aparece, aunque de pasada). Tres mujeres juegan y un caddie las sigue; entre esas cuatro figuras construidas en tercera persona, se van destilando una decrepitud que linda con la locura, miserias sociales, hipocresías, la necesidad de cuidar las apariencias y otras preocupaciones —a veces irrisorias— de la gente de dinero o con aspiraciones de figurar.

Vale la pena asomarse también a esa versión “completa” (desde 2014 se consigue por Estuario Editora). En ella, ambos relatos se apuntalan por los cruces que generan un escenario común y dos épocas muy diferentes.

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El increíble Springer, de Damián González Bertolino. Nouvelle. Entropía, 2015. 102 páginas. (También en edición uruguaya, como díptico junto al relato “Threesomes”. Estuario Editora, 2014). Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 30 de octubre de 2016).

Voces de Chernóbil, de Svetlana Aleksiévich

Por Martín Cristal

Chernóbil mon amour

svetlana-aleksievich-voces-de-chernobil-debateLa bielorrusa Svetlana Aleksiévich (URSS, 1948) usa las herramientas del periodismo para recoger testimonios valiosos, y las de la literatura para plasmarlos en narraciones corales, cuyos temas se enlazan en una crítica continua al régimen soviético. Obtuvo el Nobel de Literatura —que por lo general reciben autores de ficción—, por títulos como La guerra no tiene rostro de mujer (sobre las combatientes de la Segunda Guerra Mundial), Los muchachos del cinc (sobre la guerra de Afganistán) o el más abarcativo El fin del “Homo sovieticus”.

Entre ellos destaca Voces de Chernóbil. La autora desaparece de su propio libro para que sólo hablen los afectados por el accidente del reactor nuclear (“la mayor catástrofe de origen técnico en la historia de la humanidad”), salvo por un capítulo que sí incluye declaraciones propias, como la siguiente: “…la historia está formada por la vida de todos nosotros. Yo quiero contar la historia de manera que no se pierdan los destinos de los hombres… ni de un solo hombre”.

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La Historia, las historias

“¿Quiere usted hechos, detalles de aquellos días? ¿O mi historia?”, pregunta un entrevistado, señalando así los dos pilares del libro: la crónica fragmentada, con datos sobre la situación general; y la subjetividad de los que padecieron el accidente y sus consecuencias.

El resultado es tan necesario como estremecedor de leer (ya el primer testimonio —el de la esposa de un bombero— es devastador). El “pacto de lectura” es el de la crónica periodística: si Voces de Chernóbil fuera ficción, la desecharíamos por encontrar demasiados golpes bajos en el relato imaginado por el autor; al asumir que los casos son reales, el verosímil queda allanado, y nuestro ánimo, predispuesto a la compasión.

¿Y si se nos dijera que es una obra de ciencia ficción? Tal vez la encontraríamos poco centrada en lo científico y con un tema muy transitado: otro (post)apocalipsis. Dice Aleksiévich: “La zona… Es un mundo aparte. Otro mundo en medio del resto de la Tierra. Primero se la inventaron los escritores de ciencia ficción, pero la literatura cedió su lugar ante la realidad”. Otra voz le pide: “Enséñeme una novela fantástica sobre Chernóbil. ¡No la hay! ¡Y no la habrá!”. Una tercera confiesa: “Ya no me gusta leer ciencia ficción”.

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Las voces de la memoria

No hay spoiler posible: los hechos son públicos y ningún resumen reemplazará las voces de la experiencia. Aleksiévich conserva el registro oral: “escuchamos” hablar a hombres y mujeres: campesinos, evacuados, residentes (previos y posteriores al desastre), psicólogos, soldados, “liquidadores” (los enviados por el gobierno para clausurar la zona y evitar que las consecuencias del accidente se propaguen), profesores, cazadores, doctores, ingenieros, físicos, periodistas, fotógrafos, políticos, activistas, historiadores…

Todos ellos nos cuentan de los sacrificios impulsados por el amor —a la tierra, a la pareja o los hijos, al prójimo, a los animales— y de los crímenes contra las mismas víctimas. De agonías insoportables, de los mil modos en que la muerte fermenta en los cuerpos irradiados. De la frialdad con que un sujeto es convertido en objeto de observación científica: un fortuito pero aprovechable conejillo de indias.

Nos hablan de la mala prevención, de los errores ante la premura por controlar el accidente, de nuestro desconocimiento de la Física. De la desinformación y las amenazas promovidas por el Partido (cuando no de su propia “combinación letal de ignorancia y corporativismo”). Del secretismo de un Estado que, por no sembrar el pánico, engaña a pobladores y soldados sin brindarles medios de protección, que sus propios mandos altos sí usan. Un Estado que luego difunde la mentira de una “situación controlada” y borra documentos comprometedores.

Los castigos no alcanzan, pero muerte sobra. El hombre incluso provoca un exterminio animal (salvajes o domésticos, los animales de la zona debieron ser exterminados para que al migrar no extendieran la contaminación). Se reivindica con actos de heroísmo al lidiar con el desastre, sí, pero —como pide uno de los involucrados— “primero hay que hablar de la chapuza general y del caos, y luego de las proezas”. Sólo son inocentes los niños, mal cobijados por la soberbia y la necedad adulta.

“Los primeros días, la cuestión principal era: ‘¿Quién tiene la culpa?’. […] Luego, cuando ya nos enteramos de más cosas, empezamos a pensar: ‘¿Qué hacer?’, ‘¿Cómo salvarnos?’”

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Foto: AP Photo, mayo de 1986. Fuente: The Atlantic.

Se suceden diferentes reacciones: “‘Todo ha quedado atrás’; ‘Ya se arreglará todo de alguna manera’; ‘Han pasado diez años. Ya no hay peligro’; ‘¡Nos vamos a morir todos! ¡Pronto todos nos moriremos!’; ‘Quiero irme al extranjero’; ‘Han de ayudarnos’; ‘¡Al diablo con todo! Hay que vivir’”. Surge el humor, que también irradia negrura en medio de la tragedia. Y reflexiones filosóficas o espirituales: “Yo no temo a Dios. A mí lo que me da miedo son los hombres”.

Los poblados se afantasman tras las evacuaciones. Hay saqueos, y también gente que, a pesar de todo, regresa y se queda a vivir ahí: no tienen adonde ir, en otras partes no son nadie. Todos pasaron por la dura prueba de Job, pero sin un Dios que les restituyera nada: “No perdimos una ciudad, sino toda una vida.”

El libro tampoco se olvida del morbo: el de turistas, artistas y escritores (¿Aleksiévich incluida?). “Los periódicos y las revistas compiten entre sí para ver quién escribe algo más terrible, y estos horrores les gustan sobre todo a aquellos que no los han vivido”.

En suma, este coro canta sobre un cambio de época y sobre una nueva forma del mal, que se parece a la guerra, pero cuya fuente es invisible e inexorable. Canta de un tiempo y un espacio redefinidos: el primero ensanchado más allá de toda medida humana (porque este daño “es para miles de años”); el segundo, disminuido (porque los efectos expansivos de la radiación se difundieron por todo el planeta en cuestión de horas).

En los sucesivos testimonios hay recurrencias agobiantes, pero esa repetición cataliza una experiencia en común. Tras la última página, queda expuesta la precariedad de nuestras vidas. Pero también, por contraste, podemos vislumbrar por un instante nuestra propia felicidad, esa que (mientras no prevemos la próxima catástrofe) nos rodea sin que seamos conscientes de ella.

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Voces de Chernóbil, de Svetlana Aleksiévich. No ficción. Debate, 2015 [1997]. 408 páginas. Con una versión más corta de esta reseña, recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 25 de septiembre de 2016).

Aquí, de Richard McGuire

Por Martín Cristal

Un rincón hecho de tiempo

Aqui-Richard-McGuire-TapaAquí los años son importantes, así que vamos con tres: 1957, 1989 y 2014.

Richard McGuire nació en Estados Unidos en 1957.

En 1989 publicó una historieta corta, con dibujo lineal en blanco y negro, en la revista Raw (editada por el célebre autor de Maus, Art Spiegelman). Esas seis páginas ya comunicaban la idea formal, sencilla y compleja a la vez, que McGuire había tenido para organizar una pieza narrativa secuencial.

Sin embargo —como si ya hubiera sabido que la materia de su idea era el tiempo—, el autor dejó pasar veinticinco años antes de rehacerla y ampliarla, en 2014, en la forma de un libro precioso, a color, con dibujos en distintas técnicas pero siempre ligados por el mismo concepto de su historieta original: cada doble página del libro muestra un rincón de una misma habitación, pero en distintos momentos del pasado, el presente y el futuro.

Todo el tiempo en un solo lugar. El libro se titula Aquí.

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La esquina de la habitación coincide con el lomo del libro; cada vez que lo abrimos, desplegamos el escenario esencial de un drama múltiple. El exterior del libro representa el exterior de esas mismas dos paredes.

A veces la habitación no está, porque vemos ese lugar en un pasado distante, cuando la casa aún no había sido construida; o bien porque presenciamos un futuro en el que la casa ya no existirá. Con variaciones rítmicas propias de una sinfonía, el vaivén temporal del libro nos lleva miles de años al futuro o millones al pasado, abarcando un rango temporal casi tan desmesurado como los de las obras de Olaf Stapledon.

Esos saltos se dan al pasar cada página, pero también dentro de una misma vista de la habitación, sobre la que flotan viñetas —como ventanas abiertas de Windows— que, respetando la perspectiva del fondo, le superponen a éste distintas temporalidades. Así se va solapando una percepción cuántica de la existencia.

Aqui-Richard-McGuire-1933

Elogiada por el propio Spiegelman y por el enorme Chris Ware, Aquí es una historieta fuera de serie, un reboot de la narrativa experimental modernista, un conmovedor poema visual, y también —si se me permite la brutalidad de la síntesis— una puta obra maestra, que McGuire planea trasladar a un formato de realidad virtual.

Ese living de McGuire (basado en el de la casa en la que creció) es un aleph borgeano que puede concentrar el nacimiento y la muerte de los habitantes del lugar; puede seguir el paso de un gato o demorarse en el vuelo de un pájaro que cierta vez entró sin querer por la ventana; puede acompañar a una flecha indígena que cruza los siglos sin alcanzar nunca el blanco, mientras detrás los soles salen y se ponen, y cambian la fauna, los paisajes, los electrodomésticos y la moda de los empapelados.

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Espiar en ese espacio habitable nos involucra en la condensación y dispersión de visitas, ocio, acontecimientos históricos, diálogos banales o trascendentes, fiestas, velorios, fotos familiares, juegos o mañanas de limpieza doméstica. Nos asomamos a habitaciones que son la misma pero son distintas porque están a oscuras o con las luces prendidas, vacías o repletas de obreros construyéndola, con las cajas de la mudanza o los muebles ya ordenados, con la ventana abierta o herméticamente cerradas, recién remodeladas o descascarándose, deshaciéndose, dejando su lugar a lo que las sucederá.

Hay poco texto en esta historieta —algunos globos de diálogo y, en la esquina de cada viñeta, el año que le corresponde—, por lo que su traducción, notoriamente ibérica, es una contra muy menor.

Un dato importante: Salamandra también reeditó aquellas seis páginas publicadas originalmente en Raw, en un formato modesto y con el título Aquí (1989). Es importante saberlo en caso de que se encargue el libro sin verlo antes, para que no haya confusiones en el pedido (podrían traerte esa delgada libretita encuadernada con broches, y no el libro de 304 páginas en tapa dura). Los futuros fans de esta maravilla quizás terminen queriendo las dos versiones.

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Aquí, de Richard McGuire. Historieta. Salamandra Graphic, 2015. 304 páginas. Con una versión más corta de esta reseña, recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 24 de julio de 2016).

Arrugas, de Paco Roca

Por Martín Cristal

Nos vamos poniendo viejos

Paco-Roca-Arrugas-Edicion-EspecialEn una entrevista reciente, le preguntaron a Stephen King: “¿A qué le tiene más miedo?”. Su terrorífica respuesta fue “…a la muerte, pero ni siquiera a la muerte tanto como al Alzheimer, a la senilidad prematura. Mi idea de una película de terror es Siempre Alice”.

Tras años de colaboraciones en revistas señeras de la historieta española —tales como Kiss Comix o El Víbora—, Paco Roca (Valencia, 1969) obtuvo un gran reconocimiento con la publicación, en Francia primero y en España poco después, de una historieta de 100 páginas titulada Arrugas. En ella tematiza precisamente ese miedo mayor que tienen King y muchas otras personas: no tanto el miedo a morir, sino el miedo al dolor, a la decadencia física que antecede a la muerte. A cómo será y qué pasará “justo antes de”.

Desde lo narrativo, se puede encarar ese momento dándose un baño de inmersión en la tragedia, como en la mencionada película Siempre Alice; se puede aligerar con humor —como Woody Allen cuando decía: “No es que le tenga miedo a la muerte. Sólo no quisiera estar ahí cuando eso suceda”—; o bien se puede matizar con una paleta agridulce que abarque todo ese rango. Esto último hace Roca en su historieta.

En una nota de 2007 incluida en el libro, el autor explica la génesis de este proyecto. Surgió al ir atestiguando no sólo su propio envejecimiento en el espejo, sino sobre todo el de sus padres, y el de los padres de algunos amigos:

“Emilio, el padre de Diego, sufre Alzheimer. Con risa amarga mi amigo me cuenta las idas de cabeza de su padre. Divertidas todas si no fuesen la inevitable decadencia final de una persona que siempre me infundió respeto”.

A partir de esos disparadores, Roca comenzó a recopilar anécdotas de adultos mayores de su entorno cercano; también visitó residencias de ancianos. Con la riqueza de ese material tramó Arrugas: la historia de Emilio, un ex empleado bancario de edad avanzada que un día debe aceptar que su hijo no pueda más que llevarlo a vivir a un hogar de ancianos. Ahí conocerá a otros internos, viejos como él, con distintas enfermedades (y en distintos grados de avance), y con sus taras acentuadas por la edad. Como dice Roca, algunas situaciones son hasta graciosas, en la medida en que el contexto lo permite.

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Arrugas le valió a Roca un notable éxito de ventas, múltiples premios y una adaptación al cine, que llegó a las salas con el mismo título en 2011, de la mano del director Ignacio Ferreras.

En 2013, la editorial Astiberri —que también publica muchas otras obras de Roca—, sacó una edición especial “limitada” (¡de 4000 ejemplares!) en tapas duras, con 76 páginas más de materiales adicionales, entre los que se cuentan apuntes y bocetos previos; un extenso estudio sobre la obra; las crónicas, historietizadas por el propio Roca, acerca del nacimiento de Arrugas y de su posterior adaptación al cine (la cual terminó con dos premios Goya, a la mejor película de animación y mejor guión adaptado); storyboards y diseño de personajes para dicha película, etcétera.

El camino de los personajes de Roca en esta historieta está regado de rencillas domésticas y pequeñas rebeldías, amores y desconfianzas, un salpicado de momentos amargos y tiernos… pero —y a esto los lectores lo sabemos de entrada— su transcurso es todo el tiempo cuesta abajo. El impactante recurso de las páginas finales —“Todas hieren, pero la 96 mata”, puntualiza Gregorio Belinchón en los anexos del volumen— se adelanta al que Chris Ware emplearía en 2010 al cierre de Lint. En ambas historietas, una muerte blanca espera sentada a que los personajes se deslicen hacia ella por la pendiente del papel y los vericuetos de la tinta.

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Arrugas, de Paco Roca. Historieta. Astiberri, 2013 [2007]. 180 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X“, La Voz (Córdoba, 2 de junio de 2016).

Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enriquez

Por Martín Cristal

Doce campanadas de horror contemporáneo

Mariana-Enriquez-Las-cosas-que-perdimos-en-el-fuegoCon los doce cuentos de Las cosas que perdimos en el fuego, Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) corrobora su predilección por el terror. La autora garantiza un genuino conocimiento del género en cuentos como “La casa de Adela” o “El patio del vecino” (que revisitan algunos tópicos genéricos de manera impecable), o bien en “Bajo el agua negra” (que remite a un tótem mayor, H. P. Lovecraft), si bien el libro en su conjunto trasciende el mero dominio de esos engranajes y referencias.

Se destaca su gran concreción contextual. A la potencia que en sí mismo suele poseer “lo sobrenatural” en cualquier buen relato de terror, Enriquez le suma otras variedades del horror contemporáneo, para abrir ese abanico sobre escenarios palpables, reconocibles. Pueden respirar la amenaza latente de lo rural/provinciano (en La Rioja o en el Litoral) o la violencia de la gran urbe (en Constitución, Lanús y otros puntos de Buenos Aires). En cualquier caso, resultan vívidos en su detalle y fiables en la cotidianidad inicial de sus realidades.

Enriquez nos interioriza minuciosamente en esos entornos. Con ese ánimo, a su prosa fluida a veces se le percibe cierto hálito de crónica periodística; merodea el peligro de caer en un didactismo for export, pero finalmente el trabajo vale la pena: el lector se involucra en la realidad del escenario, y así acepta más fácilmente la próxima entrada en lo fantástico. Cuando Enriquez quiebra esa “normalidad” inicial, surge una fractura expuesta que horroriza, pero de la que es imposible apartar la vista.

Otro rasgo común verificable en el volumen es cierta inclinación a las desapariciones, antes que a los aparecidos (véanse “El chico sucio” o “Tela de araña”). También la elección mayoritaria de protagonistas jóvenes, casi siempre mujeres, salvo en un cuento (“Pablito clavó un clavito: una evocación del Petiso Orejudo”). Ellas —que en la mitad de los casos son, además, narradoras en primera persona— casi siempre van cayendo en el desequilibrio psicológico. Cuando los relatos evocan una época pasada, las marcas temporales también son concretas: pueden referir a las décadas del ochenta (“Los años intoxicados”) o del setenta (“La hostería”).

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Enriquez erige atmósferas que propician el horror; muchas veces las imágenes que riega son pequeñas distracciones de prestidigitadora, que nos predisponen para el escalofrío que viene, pero que también esconden la verdadera fuente de ese miedo, a la que cada cuento se acercará en su clímax.

En resumen, el terror aquí funciona en buena parte por una saturación de indicios dispuestos con sutileza en una bandeja de realidad, que sustenta el verosímil. Eso sí: la sutileza se abandona a la hora del martirio de los cuerpos. Hay que advertir que, en esto, Enriquez no escatima detalles ni truculencia.

¿Conserva la literatura alguna fuerza al respecto, después de años de cine gore explícito? Creo que sí. Lean estos relatos tras las doce campanadas de la medianoche, solos, en una casa vacía… y después me cuentan.

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Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enriquez. Relatos. Anagrama, 2016. 200 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 5 de mayo de 2016).

Sueños de trenes, de Denis Johnson

Por Martín Cristal

El tren de una vida

Denis-Johnson-Suenos-de-trenes-tapaLa admiración por la obra narrativa de Denis Johnson (escritor estadounidense, si bien nacido en Munich, en 1949) viene creciendo entre los lectores en castellano a medida que dicha obra se va trasladando, en desorden, a nuestro idioma.

Va un ejemplo de ese desorden (saltándome varios títulos): en 2003, Rodrigo Fresán tradujo El nombre del mundo, novela del año 2000 sobre un profesor universitario que, golpeado por la vida, termina cubriendo la Guerra del Golfo y volando en helicópteros artillados por el desierto. En 2014 llegó a nuestras librerías Árbol de humo, su novela de 2007 sobre la guerra de Vietnam, con la cual ganó el National Book Award de su país; y ahora le toca el turno a una novela anterior, de 2002: Sueños de trenes, recientemente traducida por Javier Calvo.

La vida de Robert Grainier, un pionero norteamericano que trabaja como leñador y jornalero en el tendido de vías y puentes para los ferrocarriles, arranca a fines del siglo XIX y termina en la década de 1960. Eso si se la considera en años; los aciertos de una narración bien concertada, condensan esa existencia completa en sólo 140 páginas.

Decimos “existencia completa” no porque se narren absolutamente todas las vicisitudes de Grainier en tiempo real, sino porque Johnson logra que algunas partes den cuenta del todo. Sueños de trenes es un prodigio de la economía narrativa: sin llegar al extremo de Borges —quien creía que la vida entera de un hombre puede cifrarse en un sólo instante crucial de esa vida—, Johnson elige un puñado de esos momentos dramáticos para circular entre ellos con el mismo desorden cronológico con que se viene publicando su propia obra.

Por caso, elige empezar en el verano de 1917, cuando “Robert Grainier participó en el intento de matar a un jornalero chino al que habían pillado robando, en los almacenes de la compañía ferroviaria Spokane International, en el corredor septentrional de Idaho”. Ése es el primer párrafo de la novela; Idaho es el estado donde Johnson vive actualmente.

La economía narrativa que destaco —la cual, leída, puede parecer fácil de lograr, aunque cualquiera que lo haya intentado sabe que no lo es— no reseca la prosa al punto de volverla monocorde o plana, una tarjeta perforada meramente informativa. No: Johnson, quien también es conocido como poeta, sabe destilar de cada escena también un filón lírico, bien contenido para que la historia no se le azucare en ningún momento.

La novela avanza con fluidez no sólo por la pericia narrativa de Johnson, por su dosificación justa de acción y detalles, sino también por el impulso de ese hálito poético cuya acumulación va volviendo más y más hondos al personaje de Grainier y su epopeya. Su hipnosis deviene de una potencia epifánica que no para de crecer, y que nos acostumbra a esperar una revelación de cada escena del libro.

Grainier sufre el desgaste que se produce por el enfrentamiento del deseo personal e íntimo —por más que éste sea tan sencillo como vivir con la familia en una casita del bosque— con las contingencias del azar más implacable: las circunstancias, el mundo, “lo que nos pasa” (por encima). Todo eso que, en un contexto rural como el de esta breve novela, podríamos achacarle a la Madre Naturaleza.

Sueños de trenes también es un relato sobre el final de una época. Algo en el respeto percibido de Johnson por su personaje parece celebrar al pionero norteamericano en general. Su temple, su manera de resistirlo todo: los elementos, el trabajo duro, las pérdidas, las tragedias imborrables… y también el ánimo para seguir adelante siempre.

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Sueños de trenes, de Denis Johnson. Literatura Random House, 2016 [2002]. 144 páginas. Traducción de Javier Calvo. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 7 de abril de 2016).