Fabricar historias [Building Stories], de Chris Ware

Por Martín Cristal

Rompecabezas de una vida ordinaria

Por sus dimensiones, la caja de Fabricar historias parece la de un juego de mesa. Incluso una de las piezas gráficas que contiene es un tríptico en cartoné forrado, similar al de un tablero de juego… pero no es eso, sino otro engranaje en una maquinaria narrativa apabullante: una historieta madura, de altísima complejidad, que se expande en 14 cuadernillos, revistas, diarios y folletos de distintos formatos. Esa abundancia de lujos impresos provoca tal excitación al abrir la caja que, en YouTube, pueden verse videos de fans que se filmaron a sí mismos en ese preciso momento. Por ejemplo:

Su autor integral, Chris Ware (EE.UU., 1967), es a la narrativa historietística lo que James Joyce a la literatura: un experimentador formal y un explorador de la naturaleza humana. Aunque para los amantes de las historietas Ware sea ineludible, se entiende que todavía no sea del todo conocido para el público (argentino) en general: sus libros, importados desde España, son caros y llegan en poca cantidad.

“Fabricar historias” es sólo un sentido del título original, Building Stories; otro sería “pisos de un edificio”. Eso —un viejo edificio de Chicago— estructura uno de los cuadernos, que podría tomarse por el inicio de la historia, aunque nada obliga a empezar por ahí. Vemos sus tres pisos en una perspectiva isométrica; los espiamos por las ventanas, o gracias a toda una pared ausente, que —como la “cuarta pared” teatral— nos deja atestiguar cómo viven sus habitantes. Una anciana (la dueña); una pareja que oscila entre la pelea y la reconciliación; y una chica con una prótesis en una pierna: el personaje principal.

Este primer cuaderno pudo leerse por entregas, los domingos de 2005 y 2006, en The New York Times (otros fragmentos de la obra aparecieron también en prestigiosas publicaciones como The New Yorker, McSweeney’s, o The Chicago Reader). El resto de la caja profundiza en la vida de esa chica anónima. “¿No puede haber [un libro] sobre gente normal, con vidas corrientes?”, se pregunta ella en un cuadrito donde Ware justifica sus propios intereses.

El estilo es el que el autor ha depurado para todas sus historietas: colores casi sin degradés, trazo limpio y línea cerrada, obediente de la síntesis geométrica. Ésta se extrema en los dos cuadernillos dedicados a las fábulas de una abejita: Branford, personaje infantil y alivio cómico cuya “historia dentro de la historia” no comparte del todo el tono del material restante.

La hondura del tratamiento temático, los layouts —variables, a veces cercanos al diagrama infográfico— y el pequeñísimo cuerpo que puede adoptar la tipografía obligan a una lectura detenida, cercana. Detalles como un prendedor pueden reaparecer, cargados de sentido y fatalidad, muchas páginas después. Esto —y los saltos temporales, y las ramificaciones de la trama— hacen que el término “novela gráfica” (que no preferimos sobre “historieta”) resulte, a pesar de todo, muy útil para definir este trabajo de Ware.

Una página muestra a la protagonista bastante mayor, contándole a su hija sobre un sueño en el que se veía a sí misma con “su libro”, que alguien había publicado:

“Lo tenía todo… mis diarios, los relatos de mis cursos de escritura, incluso cosas que no sabía que había escrito…”. […] “Todas las ilustraciones […] eran tan precisas y nítidas que era como si las hubiese dibujado un arquitecto… eran tan coloridas e intrincadas…”. “Y no era, no sé, tampoco era un libro en realidad, sino… trozos, como si cayeran libros de un cartón…”.

Más que un juego de mesa, entonces, Fabricar historias de Chris Ware es un rompecabezas: el de la vida de una chica sin nombre y sin media pierna, que apela a la introspección para capear sus inseguridades, sus insatisfacciones y el temporal grisáceo de una soledad muy parecida a la de todos nosotros.

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Fabricar historias, de Chris Ware. Historieta. Penguin Random House (Reservoir Books), 2014 [2012]. Caja con 14 cuadernillos de diversos formatos. Recomendamos este libro-objeto en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 11 de agosto de 2019).

Doscientos canguros, de Diego Muzzio

Por Martín Cristal

Cuesta hablar de lo que más nos duele

No sólo hay doscientos canguros en el libro homónimo de Diego Muzzio (Buenos Aires, 1969). En sus siete cuentos también desfilan leones, tortugas, ballenas… Los animales aportan su presencia concreta, pero también ofrecen un símbolo enigmático, o encarnan una fantasía infantil, o dan pie para el absurdo.

El absurdo, precisamente, prevalece en “El Hombre Neutral”, donde una invasión de conejos inutiliza una pista de aterrizaje; la situación reaparecerá de soslayo en otros cuentos, como un divertido cruce argumental. Cabe advertir que, por su atmósfera enrarecida, quizás este cuento no sea el más representativo del conjunto. Arriesgo que en la decisión de ponerlo primero gravitó la transparencia con que muestra el tema recurrente del libro: las relaciones paterno-filiales (y también las fraternales, pero siempre como secuela de las otras).

Ese tema se confirma en “Los discípulos de Buda”; de sesenta páginas y corte realista, tal vez sea el mejor cuento del libro. Una familia se resquebraja por el enloquecedor talento ajedrecístico de uno de los hijos, y por la ambición paterna de aprovecharse de ese talento, y por las arbitrariedades más tenebrosas de la historia argentina. Con cameos de Bobby Fischer y Miguel Najdorf, el cuento sigue dos líneas temporales en una trama casi cinematográfica, que gambetea todo lo previsible. Lo sigue “El caza Zero”, una variación más acotada de “Los discípulos…”. Su encierro inicial lo propician una tintorería esclavizadora y la represión emocional de una familia japonesa.

“El cielo de las tortugas” amplia el juego. Primero, en lo formal: en vez de un narrador único, el cuento alterna monólogos que componen un dilema moral alrededor de la enfermedad terminal de una niña. Y segundo, en lo temático: porque en ese coro aparece una madre que equilibra la preeminencia paterna, tan marcada en los cuentos anteriores, donde ellas estaban casi elididas.

Otro cuento memorable, “Caballo en llamas”, articula una historia de amor y la Guerra de Malvinas. Aquí un padre que buscaba perjudicar a su hijo, lo empuja por un camino peligroso, que sin embargo el hijo, con los años, agradece, aunque no sin pagar un alto precio.

El cuento “Doscientos canguros” abre con una cita de Murakami cuya fuente parafrasea a Salinger; la lectura íntegra del relato reafirma la sospecha de que Salinger sería su verdadero modelo tutelar. La escena de una madre (en una casa junto a un lago) tratando de averiguar por qué está enfurruñada su hija recuerda aquella otra de “En el bote”, salvo que aquí la ternura materna nunca llega para aliviar el disturbio emocional. A su modo, la niña —una vez más— le endosará esa frustración a su hermana.

Cierra otro relato coral, “La estructura de los mamíferos”, cuyas primeras diez líneas constituyen uno de los inicios más potentes de la cuentística argentina reciente (y, de paso, nos presentan a la madre más patética de todo el libro).

La cohesión temática, la fluidez del estilo, su lenguaje contemporáneo y una buena paleta de recursos narrativos hacen de Doscientos canguros una experiencia de lectura más que recomendable.

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Doscientos canguros, de Diego Muzzio. Cuentos. Entropía, 2019. 232 páginas. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 23 de junio de 2019).

Mapas literarios. Tierras imaginarias de los escritores, por Huw Lewis-Jones (ed.)

Por Martín Cristal

Locos por los mapas

La edición de Mapas literarios: tierras imaginarias de los escritores es lujosa: trae 167 ilustraciones a color en un señor papel de 21 x 30 cm, con tapas enteladas y sobrecubierta. Puede resultar muy cara para el pauperizado bolsillo argentino; sin embargo, a quienes les fascinen los mapas de tierras imaginarias (o reales pero no del todo exploradas) sin duda este libro les parecerá irresistible.

Su compilador es Huw Lewis-Jones (Inglaterra, 1980), historiador de la exploración y doctor por la Universidad de Cambridge. También es director de arte, editor y autor de otros libros relacionados con la exploración del Ártico, el Everest y la Antártida.

Dos docenas de autores —incluido él mismo— aportan ensayos histórico-filosóficos, crónicas y memorias personales sobre el asunto de los mapas. Están, entre otros, David Mitchell (El atlas de las nubes), Cressida Cowell (Cómo entrenar a tu dragón), Philip Pullman (La materia oscura, trilogía base para la película La brújula dorada) y Brian Selznick (La invención de Hugo Cabret). También diseñadores como Miraphora Mina o Daniel Reeve, responsables de los mapas en las películas de Harry Potter o El hobbit, respectivamente.

Mapa de la Tierra Media para la película de El señor de los anillos. Daniel Reeve hizo un pequeño cambio respecto del original de los libros: “El golfo de Lune, en Eriador, ahora guarda un ligero parecido con el puerto de Wellington, en Nueva Zelanda”, país donde se filmó la película (Reeve es neozelandés) [pág. 164 del libro].

No es un tratado exhaustivo sobre la cartografía; el conjunto de los textos resulta más variopinto que sistemático (por ejemplo hay algunos conceptos que se repiten a lo largo del libro). La ventaja es que así el lector circula por sus páginas con total libertad, zigzagueando entre los artículos, salteándose alguno según su curiosidad o hilando la lectura desde la exploración preliminar de las ilustraciones.

Porque, por muy interesante que sean algunos textos (o descubrir que aquella idea borgeana del mapa en escala 1:1 ya estaba en la última novela de Lewis Carroll), la verdadera gloria de este libro son los mapas. Entre los ficcionales muestra un grabado de 1518 con la isla Utopía, de Tomás Moro. Hay un corte de los círculos dantescos pintado en pergamino por Botticelli. Están la isla de Crusoe, tal como apareció en la edición de 1720, y el mapa del tesoro de Stevenson y el que Rider Haggard incluyó en Las minas del rey Salomón. El condado de Yoknapatawpha dibujado por Faulkner, y el plano del estanque Walden, de Thoreau. La hojita de una libreta en la que Jack Kerouac dibujó los viajes de En el camino. El bosque de Winnie The Pooh (¡creado en 1926!), la Neverland de Peter Pan, el reino de Oz y el mapa que abría las historietas de Astérix.

Y Terramar, de Úrsula K. Le Guin. Y los Siete Reinos de George R. R. Martin. Y muchas versiones de Ásgard, de Narnia y de la Tierra Media de Tolkien. Y dos portentosas infografías sobre Moby Dick y Huckleberry Finn. Incluso los mapas de juegos de rol como el primigenio Calabozos y dragones tienen su lugar en este libro, en la medida en que también son ficciones (interactivas).

Infografía (portrait map) sobre la novela Moby Dick, de Herman Melville. Diseño de Everett Henry realizado en 1956 para “una imprenta que deseaba presumir de sus tintas de alta calidad”. Ese mismo año se había estrenado la versión fílmica de la novela, con Gregory Peck como el Capitán Ahab [pp. 30-31 del libro].

Todos estos mapas ficcionales —algunos no incluidos en las ediciones de los libros, sino tomados de los cuadernos donde los autores pergeñaron sus obras— se alternan con otros históricos, de territorios verdaderos. Esa intercalación evidencia como el mapa imaginario intenta pasar por real —de ahí que haya autores de ficción que basan sus territorios fantasy en mapas carreteros actuales—, pero también cómo los mapas reales siempre incorporaron elementos imaginarios, al menos antes de arribar a la frialdad práctica del GPS y Google Maps. El mundo se exploraba sobre el terreno, sin satélites y paso a paso; siempre quedaban zonas por descubrir. ¿Qué dibujar ahí?

Según Aldo Leopold, “para aquellos que no tienen imaginación, un lugar en blanco en el mapa es un desperdicio; para los demás es la parte más valiosa”. Una palabra que rima con “misteriosa”, pero también con “peligrosa”.

Así, en su mapamundi del siglo XVI, Abraham Ortelius escribe, sobre todo el continente blanco del sur: terra australis nondum cognita (“tierra austral todavía no conocida”).

Theatrum Orbis Terrarum de Abraham Ortelius (1570). Uno de los mapas más conocidos del siglo XVI. “En el sur hay un continente enorme basado en mitos y rumores” [pp. 24-25 del libro].

Ortelius también rodea a su volcánica Islandia con monstruos marinos amenazantes, basándose en historias danesas y cuentos tradicionales. La leyenda “aquí hay dragones” (hic sunt dracones) se consignaba en esas zonas misteriosas de los mapas antiguos para decir: cuidado, este lugar está inexplorado. De él sólo tenemos mitos y leyendas.

Con el título original de The Writer’s Map, este deslumbrante compendio de Lewis-Jones se editó simultáneamente en varios idiomas. No debe ser confundido con otro libro vistoso para la mesita del living. Mapas literarios es un viaje fascinante por los territorios de la abstracción y por la abstracción de los territorios.

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Mapas literarios: tierras imaginarias de los escritores, edición de Huw Lewis-Jones. Blume, 2018. 256 páginas. Con una versión más corta del presente artículo, recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 24 de febrero de 2019).

Lincoln en el Bardo, de George Saunders

Por Martín Cristal

La noche de los muertos vivientes

George Saunders (Texas, 1958) ya era reconocido como uno de esos cuentistas que en cada relato varían las formas narrativas, poniendo a prueba sus límites y desafiando al lector. Algunos de esos experimentos pueden leerse en libros como Guerracivilandia en ruinas, Pastoralia o Diez de diciembre.

Cerca de sus sesenta años, Saunders —que enseña escritura creativa en la Universidad de Syracusa, Nueva York, donde en su momento fue alumno de Tobias Wolff— se probó al fin en el terreno de la novela con Lincoln en el Bardo. En 2017, el libro ganó el prestigioso premio Booker (a la mejor novela escrita en inglés y publicada en Inglaterra).

Saunders basa su libro en un hecho histórico, sobre el que agrega capas y capas de imaginación. El hecho: la muerte, con sólo 11 años, del hijo de Abraham Lincoln, justo cuando el presidente norteamericano enfrenta la Guerra Civil. Abrumado por la pena, Lincoln visita la tumba de su hijo a solas, en una noche de febrero de 1862.

Pero el “Lincoln” del título no es Abraham, sino su hijo, Willie; y el “bardo” en el que se encuentra no refiere a ningún quilombo (ni a ninguna otra de las acepciones que en la Argentina le damos a esa palabra), sino a un concepto del budismo tibetano: el Bardo es el estado astral intermedio del alma entre su muerte y su reencarnación.

Dicho concepto, mezclado con la cosmovisión cristiana —imposible no pensar en el Limbo dantesco—, resulta en un relato coral cautivante, que opera en un “más allá” con reglas propias.

La novela intercala dos planos narrativos: por un lado, los hechos terrenales, históricos, agrupados mediante un collage de citas bibliográficas (verdaderas e inventadas); y, por otro lado, los relatos de ese más allá en el que Willie ahora escucha las historias de otras almas. Son muertos que no admiten su condición de tales, y cuyas voces se alternan como en un texto teatral (salvo que se indica quién habla al final de cada parlamento, y no al principio).

En 108 capítulos breves y brevísimos, Saunders ensambla cientos de parlamentos. Algunos son torrenciales; otros, no van más allá de un tweet. Esa alternancia de voces muertas hace de Lincoln en el Bardo una actualización de la centenaria Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters. Aquí el cementerio es el de Oak Hill, en Washington.

Una especulación metafísica, pero también las pérdidas, el luto, los anhelos que duran más que las vidas truncas; el maltrato que nos prodigamos entre los seres humanos; el amor paterno-filial; la vida pública y privada de un hombre público, sus responsabilidades entreveradas en los dos ámbitos; las infinitas versiones que compondrán, luego, la biografía de ese gran hombre y la historia de su país… esos y otros temas transita esta novela, llena de compasión y ternura por sus personajes, al punto de resultar conmovedora (sin por eso estar exenta de humor).

Dos planos de la existencia y una sola noche —¿con luna o sin ella?—, le bastan a Saunders para ofrecernos un hermoso alarde de inventiva y fabulación.

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Lincoln en el Bardo, de George Saunders. Seix Barral, 2018. Novela, 440 páginas. Traducción de Javier Calvo. Recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 4 de noviembre de 2018).

Sin segundo nombre, de Lee Child

Por Martín Cristal

Una vida en busca de problemas

En 2017, Blatt & Ríos publicó Noche caliente, primer libro de Lee Child traducido y editado en la Argentina. Traía dos historias cortas del héroe infalible que protagoniza todos los best-sellers mundiales de Child: el ex policía militar —y actual vagabundo en busca de problemas— llamado Jack Reacher.

Si se suman Noche caliente y el flamante Sin segundo nombre (con diez historias más, traducidas con igual eficacia por Aldo Giacometti) se obtienen los cuentos completos de Child-Reacher. Relatos de corta y mediana extensión que husmean en los intersticios de la vida del personaje: anécdotas que no se cuentan en las 23 novelas que abarcan sus aventuras (dos de ellas fueron llevadas al cine, con Reacher dentro del cuerpo —demasiado escaso— de Tom Cruise).

Quizás Child sea un mago de sólo dos trucos, pero no son dos trucos menores, y él los maneja muy bien: 1) el uso del suspenso y la intriga; 2) un estilo telegráfico que impulsa la acción —y la lectura— a máxima velocidad. Resultado: entretenimiento puro.

A grandes rasgos, la vida del duro Reacher se puede dividir en tres etapas: su niñez y juventud que, como hijo de un marine, transcurrieron en distintas bases militares del mundo (de hecho él nació en Berlín, en 1960); luego sus 13 años de servicio como policía militar, entre 1983 y 1996; y de ahí hasta el presente, su larga etapa como vagabundo libérrimo, que recorre Estados Unidos en ómnibus —sólo ocasionalmente vuela sobre los océanos—, sin más equipaje que un cepillo de dientes y sin más destino que los problemas.

Con esas coordenadas, el lector puede ubicar los cuentos de Sin segundo nombre aun sin conocer la biografía detallada de Reacher. Se encontrará con una de las primeras escaramuzas de su niñez, en una base de Okinawa; el chico tiene 13 años pero ya habla como el adulto que sus fans conocen (esta cualidad inalterable del personaje puede no gustar, pero fuera de eso el cuento es bueno). Otras derivas —encarcelamientos injustos, operativos contra espías, problemas en bares con mafiosos o secuestradores, la calculada asistencia a un fugitivo o la desinteresada a otros que lo pasan mal bajo la nieve— lo llevan por Maine, Nueva York, Washington, California, e incluso hasta Essex, Inglaterra. No faltan las peleas cuerpo a cuerpo ni las deducciones instantáneas y (casi) infalibles.

En un cuento le preguntan: “¿Es usted una persona ética, señor Reacher?”. “Hago lo que puedo”, responde él. En otro alguien lo tilda de psicópata: “¿Te refieres a si creo que me parece bien hacer lo que hago y después no sentir remordimientos? […] Entonces sí. Soy medio psicópata”. “Los viejos hábitos son duros de matar”, asegura en otra historia. Reacher nunca abandona el café ni la observación paranoica de quienes lo rodean.

En otros relatos dice que “cada día trae algo nuevo” y que “una cosa lleva a la otra”. Estas frases resumen la filosofía de un aventurero fuerte y confiado, con habilidades naturales o aprendidas, pero siempre bien dispuesto a enfrentar todo lo que el camino le depare.

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Sin segundo nombre. 10 historias de Jack Reacher, por Lee Child. Blatt & Ríos, 2018. Relatos, 392 páginas. Traducción de Aldo Giacometti. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 23 de septiembre de 2018).

Pájaro de celda, de Kurt Vonnegut

Por Martín Cristal

Los años como personajes de la Historia

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Con tapas de Liniers y traducciones de Carlos Gardini, La Bestia Equilátera fomentó un revival de la obra de Kurt Vonnegut (1922-2007). Pájaro de celda es una de esas reediciones. A esta novela le caben los mismos calificativos que a otras ficciones satíricas del autor: imaginativa, irónica, pesimista, compasiva… y divertidísima.

Si en Cuna de gato Vonnegut ajusta cuentas con la religión; si con Galápagos lo hace con Darwin y la biología evolutiva; y si en Barbazul se lleva por delante al arte contemporáneo, en Pájaro de celda su blanco es la historia reciente de los Estados Unidos.

El narrador de esta novela sobre la relación dinero-poder es Walter F. Starbuck, un viejo egresado de Harvard que rememora su vida desde la celda donde está por cumplir su condena. Sin un centavo —pájaro desplumado—, pronto saldrá para reinsertarse en la misma sociedad en la que, pocos años antes, fuera un opaco e inoperante funcionario del gabinete de Richard Nixon. En 1975, tras el escándalo de Watergate, Starbuck fue a la cárcel junto con otros miembros de ese gabinete.

Escrita al calor de este contexto histórico tan cercano (el libro es de 1979), Pájaro de celda podría señalarse como la más coyuntural de las novelas del autor. Sin embargo, Vonnegut no entra directamente en la historia de Starbuck en los setenta; como en otras de sus novelas, primero establece una breve historia-marco donde prima la voz autorial: el que narra ahí sería el propio Vonnegut, que arranca en modo autoficción.

En Pájaro de celda, esa primera voz autorial se desenvuelve en un prólogo (firmado por “K. V.”) donde lo histórico y lo ficcional se barajan a la vista del lector. Por ejemplo, el autor “confiesa” que algunos de los personajes secundarios de la novela están basados en personas reales, y detalla similitudes o diferencias; y también presenta un antiguo antecedente para la historia de Starbuck, una “violenta confrontación entre huelguistas y la policía y los soldados”: la Masacre de Cuyahoga. A renglón seguido, Vonnegut admite que esa masacre es “un invento” suyo, “un mosaico compuesto de fragmentos de anécdotas de muchos disturbios similares” de fines del siglo XIX. La maestría del autor se patentiza cuando, aun habiéndonos avisado esto, Vonnegut nos narra esa masacre con pelos y señales, en un alarde de su capacidad para insuflarle credibilidad a una escena de ficción.

La relación entre esa vívida escena y el relato que Starbuck hará de su propia vida quedará clara al final del prólogo. Sigue una significativa cita de una carta de Nicola Sacco —escrita justo antes de que lo ejecutaran junto a Vanzetti—, la cual subraya el tema de la novela: los desmanes de la despiadada política económica norteamericana, consecuencia lógica de un capitalismo extremo. El diagnóstico a futuro es el predominio de las empresas por sobre los gobiernos, representado en una corporativización total de la sociedad (en la novela todo va pasando a formar parte de una misma compañía, la RAMJAC).

Vonnegut revisa la historia del siglo XX y no da dos centavos por el futuro de la humanidad. Sin embargo, no es un satirista amargo, impiadoso y violento como, digamos, Céline; y no lo es gracias a que en su espíritu siempre guarda una pizca de compasión por los seres humanos. Esa compasión y un característico sentido del humor descomprimen el desconsuelo de los lectores. Con Vonnegut podemos, a pesar de todo, reír, y sentir que, si bien como especie lo hacemos todo mal, todavía tenemos alguna chance de redimirnos.

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Pájaro de celda, de Kurt Vonnegut. Novela. La Bestia Equilátera, 2015 [1979], 256 páginas. Con una versión ligeramente distinta de esta reseña, recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 13 de mayo de 2018).

Talking Jazz. Una historia oral, de Ben Sidran

Por Martín Cristal

Quince de los grandes

Talking Jazz: una historia oral compila entrevistas a quince personalidades de este género musical. El índice del libro de verdad impresiona. Sólo podría señalarse que en este conjunto de entrevistas —amables y bien llevadas por Ben Sidran (Chicago, 1943)— los grandes ausentes son los contrabajistas y los guitarristas, aunque algunos entrevistados sí se refieran a ellos de vez en cuando (sobre todo a los primeros).

El resto de los roles habituales en las bandas de jazz están bastante bien equilibrados en cantidad y calidad: tres trompetistas (Miles Davis, Wynton Marsalis y Don Cherry); tres saxofonistas (Sonny Rollins, Michael Brecker y Johnny Griffin); tres pianistas (Herbie Hancock, Keith Jarrett y Horace Silver); cuatro bateristas (Art Blakey, Max Roach, Paul Motian y Mel Lewis); un ingeniero de sonido (Rudy Van Gelder); y una compositora, cantante y multiinstrumentista (Carla Bley; hubiera sido interesante contar también con el testimonio de más vocalistas).

Hoy más de la mitad de estas grandes figuras ya ha fallecido; Sidran las entrevistó en su programa de radio de los años ochenta, Sidran on Record. Por entonces él ya tenía una carrera como músico; quizás por eso es aceptado enseguida como un interlocutor válido. El ida y vuelta también es fértil porque Sidran conoce bien la obra de quien está entrevistando.

En confianza, los músicos revisan anécdotas e influencias; comparten sus ideas sobre música y jazz; revelan cómo compusieron o grabaron algunas piezas clave, y cómo fueron evolucionando sus intereses, su aprendizaje y la búsqueda de su propio sonido. También comparan viejas épocas con el presente, confiesan las miserias del negocio alrededor de la música, señalan el cisma que significó la llegada del rock y comentan los cambios introducidos por los avances tecnológicos.

Música: sobre eso se centran estos diálogos. Incluso un asunto habitual como el del consumo de drogas en el jazz —el gran antecedente del reviente en el rock— no se menciona más que al pasar una sola vez.

Sonny Rollins cuenta cómo largó todo para irse con su saxofón a practicar sobre un puente de Nueva York. Miles Davis explica por qué su forma de tocar debía ser fácil de entender por la gente, y por qué no vuelve nunca a las canciones clásicas. Herbie Hancock resume su ascenso jazzístico en la suerte de haber estado en el lugar indicado en el momento indicado, y da ejemplos de eso. Art Blakey cuenta cómo elegía a sus músicos para integrar sus inoxidables Jazz Messengers, y también cómo y por qué se debe tratar bien al público. Don Cherry narra desde los días en que trabajaba en una aerolínea hasta su descubrimiento de la world music en África del Norte.

Paul Motian refiere su amistad y su colaboración con Bill Evans, y defiende su preferencia por las baterías pequeñas. Wynton Marsalis explica su compromiso con la tradición, y relaciona jazz con música clásica. Horace Silver asegura que la música tiene propiedades sanadoras, y cuenta sus ideas para desarrollarla en tal sentido. Michael Brecker habla de sus inicios en sociedad con su hermano Randy (de paso: alguna vez ambos tocaron juntos en la banda de Frank Zappa). Max Roach condensa la historia temprana del jazz, y señala a la batería como “el único instrumento surgido de la cultura estadounidense”.

Johnny Griffin cuenta cómo, antes de llegar al saxofón, tocar el oboe le salvó la vida. Carla Bley asegura que su vida empezó de verdad cuando abandonó su casa y manejó de California a Nueva York sólo para ver a Miles Davis. Mel Lewis valora la herencia de las big bands y reniega de los sintetizadores y las máquinas de ritmo. Rudy Van Gelder revela a cuentagotas algunos detalles de la creación del mítico “sonido Blue Note”. Keith Jarrett se pone espiritual y habla de ese “estado” tan particular  y misterioso al que un músico tiene que llegar cuando toca jazz en vivo.

Todo eso —y mucho más— hay en este libro.

Las relaciones profesionales y de amistad entre los músicos afloran constantemente en la conversación: quién formó parte de qué banda, con quiénes y cuándo; dónde tocaban, qué discos grabaron y cómo. Nadie se priva de alardear de su “genealogía jazzística”: son sus propias credenciales. En la lectura, tanto name-dropping puede resultar fascinante (para los conocedores) como cansador (para los demás).

Más allá de ese detalle, lo que emana de esos cruces es la inequívoca sensación de comunidad artística, de enseñanza mutua y de creación colectiva. Un permanente estado de ebullición, que surge en especial de los testimonios de los músicos más viejos.

El volumen puede leerse como si tratase de arte en general; o de música en general; o bien, centrándose específicamente en el jazz. Para esta última forma de leerlo, puede que este libro resulte desaconsejable para los no iniciados en el género (a ellos quizás les convenga buscar primero algún otro que cartografíe estilos y etapas históricas).

En cambio, para los viejos amantes del jazz, o incluso para aquellos que han comenzado a explorarlo hace poco, este libro no sólo es recomendable, sino fundamental por lo que ofrece: el testimonio vivo y de primera mano de varias personalidades —en su mayoría, centrales— de un género musical tan popular como complejo, cuya riqueza le aportó muchísimo a buena parte de la música del siglo XX.

 

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Talking Jazz. Una historia oral, de Ben Sidran. Entrevistas. Letra Sudaca-ICM, 2017. 288 páginas. Con una versión más corta de esta reseña, recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 1º de abril de 2017).

Personal, de Lee Child

Por Martín Cristal

Más aventuras para un héroe infalible

En 2017, cuando Blatt & Ríos publicó Noche caliente —el primer libro de Lee Child traducido y editado en la Argentina—, vaticinamos que el grupo editorial que tenía los derechos del resto de Child seguramente aprovecharía esa iniciativa independiente —que para muchos lectores argentinos fue la entrada al universo del duro vagabundo y ex policía militar Jack Reacher— y mandaría desde España otros títulos protagonizados por este mismo personaje. Allá varios ya estaban traducidos al castellano, pero hasta entonces por acá sólo era posible conseguirlos en saldos o por internet.

El pronóstico se cumplió: muy poco después aterrizaron en nuestras librerías Zona peligrosa, Morir en el intento y Trampa mortal, las tres novelas inaugurales de la “Serie Jack Reacher”. Llegaron como recién salidas del horno, aunque lo cierto es que, en España, algunas se habían editado tiempo antes.

Ahora es el turno de Personal, con lo cual saltamos a la novela número 19 de la serie; Child (Inglaterra, 1954) ya lleva publicadas veintidós con este mismo personaje, cuya popularidad lo llevó al cine en el pellejo de Tom Cruise (un casting que no agradó mucho a los fans). En rigor, Personal fue editada en España en 2014; ganó el Premio RBA de Novela Negra de ese año.

En sus páginas, Reacher ya lleva veinte años retirado del ejército estadounidense. De pronto lo recontactan (“Tú puedes abandonar el Ejército, pero él a ti no te abandona. No del todo”). Quieren que le dé caza a un francotirador que amenaza una cumbre del G8, ya que Reacher lo conoce bien de cuando todavía era policía militar.

Personal es otro thriller que no da respiro. Child vuelve a esos dos o tres trucos fundamentales que conoce y le funcionan tan bien, set de talentos que incluye el dominio del suspenso, la intriga y un estilo cortante que hace fluir la acción a toda velocidad (excepto durante las peleas: ahí Child narra en cámara lenta, exprimiendo al máximo la tensión del momento). Esa velocidad narrativa es verificable en estas líneas del comienzo:

“Empezaron a buscarme dos días después del atentado contra el presidente de Francia. Lo había leído en el periódico. Un intento a larga distancia con un fusil. En París. No tuve nada que ver. Me encontraba a más de nueve mil quinientos kilómetros, en California, con una chica que había conocido en el autobús. Quería ser actriz. Yo no. Así que, después de cuarenta y ocho horas en Los Ángeles, ella se fue por su lado y yo por el mío”.

Como se ve en en fragmento, otro atractivo es la vuelta a la primera persona, tal como arrancó la serie (la mayoría de las siguientes novelas de Reacher están narradas en tercera). En buena parte de esta aventura, el héroe recorre un paisaje inusual para él: Europa. Además se descubren algunos detalles sobre su parentela. Y se lo ve confrontar a un villano inolvidable, una suerte de Kingpin inglés con una mansión hecha a su medida.

Personal califica alto entre las novelas de Reacher que conozco (mi favorita sigue siendo Mala suerte, de 2007). Es una buena noticia que se encuentre en librerías. Otra buena: pronto llegan los cuentos de Child. El título del volumen será Sin segundo nombre; son diez relatos de Jack Reacher en unas 300 páginas. Lo publicará Blatt & Ríos.

Sin pedirle peras al olmo, los que los lectores deben saber es que los libros de Lee Child son entretenimiento puro. Nada más. Nada menos.

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Personal, de Lee Child. RBA, 2014. Novela, 424 páginas. Recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 18 de marzo de 2018).

Las furias, de Renzo Rossello

Por Martín Cristal

Cronista del futuro terrestre

Las furias no se muestra exteriormente como un libro de ciencia ficción, ni es publicado por una editorial especializada; sin embargo, su lectura devela pronto que entreteje motivos propios de ese género. Según Elvio Gandolfo en la contratapa, se trata de “un registro del todo nuevo” en la obra de Renzo Rossello (Montevideo, 1960), autor usualmente centrado en el género policial.

¿Novela o libro de cuentos? Respuesta corta: ambas cosas a la vez.

Para una respuesta más larga y precisa, recurramos a un concepto de la ciencia ficción: el de fix up. Según Miquel Barceló (en Ciencia ficción: Nueva guía de lectura), un fix up consiste en el “montaje de diversos relatos interrelacionados formando un único volumen, para lo cual, si hace falta, el autor ‘rellena’ los huecos que deja el material disponible con algunas historias escritas precisamente para ese fin”.


Con esos “arreglos” a la medida solía venderse mejor un ramillete de cuentos publicados previamente en revistas, aunque luego el procedimiento también pudiera aplicarse a inéditos (como en el caso que nos ocupa). Un ejemplo famoso de fix up es Crónicas marcianas; Ray Bradbury contaba que al presentarle el libro al que sería su editor, éste le preguntó: “¿Tienes más material con el que podamos hacerle creer a la gente que está leyendo una novela?” (Resultó que Bradbury sí tenía: en esa misma oportunidad también le vendió a la editorial El hombre ilustrado, otro fix up).

Las furias presenta diez relatos ensartados por los apuntes de viaje de un periodista sueco, Gunnar Ejbert. A la vez, esos diez se encuentran enmarcados por otros dos: el inicial, “La desaparición de Will Hudson”, cuyo asunto queda claro desde el título (Hudson es un periodista conocido de Ejbert); y el de cierre, “Diario de las furias”, donde un militar deja testimonio del caos desatado tras el hallazgo de una puerta colosal en la ladera de un monte groenlandés (el Gunnbjorn, en el que Hudson había estado antes de desaparecer).

Esos misterios impulsan al lector a atravesar las demás historias. La estructura episódica permite considerarlas en forma independiente: Ejbert recopila relatos como “La noche de Antón”, sobre el impiadoso exterminio de unos mutantes; “La cura”, acerca de un operativo gubernamental obsesionado con la profilaxis de enfermedades cardíacas; el conmovedor “El hundimiento del edificio Excélsior”, acerca de la manifestación de los malestares espirituales de un viejo edificio; o el ciberpunk “Toda la verdad sobre el proyecto Kurtz”, donde se explica (¿demasiado?) cómo una nueva tecnología reconfigura el espionaje internacional. Otros destacables son “Mientras llueve sobre Ciudad Gótica” y “Juicio al monstruo nonato”.

Unas “Notas al pie del futuro reciente” revisan, al cierre del libro, su paleta temática. La adenda no aporta narrativamente; parecen apuntes del autor, ofrecidos (como decía Cortázar sobre los libros VI y VII de Adán Buenosayres) “un poco como las notas que […] incorpora para librarse por fin y del todo de su fichero”.

Por lo demás, el conjunto funciona bien porque su ilación plantea cierta intriga (un aspecto menospreciado hoy por cierta narrativa que se autopercibe “exquisita”); también porque Rossello narra casi siempre con imágenes, como quería Mario Levrero; y porque el formato elegido lo ubica en un punto de equilibrio respecto de la habitual dicotomía “variedad/unidad”, dilema habitual en los volúmenes de cuentos.

La voluntad lectora se renueva ante cada relato, mientras la forma alienta un interés general. Esto hace que Las furias proponga una experiencia de lectura muy entretenida.

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Las furias, de Renzo Rossello. Estuario Editora, 2012. 152 páginas. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 5 de noviembre de 2017).

Sultanes del ritmo, de Leonardo Oyola

Por Martín Cristal

Hacia el hondo bajo fondo

Por su constancia, y por la claridad conceptual de su propuesta, Leonardo Oyola (La Matanza, 1973) se ha ganado un lugar propio entre los narradores que mixturan géneros populares. Más específicamente —y como bien lo define la solapa del libro Sultanes del ritmo—, Oyola “escribe policiales y le guiña un ojo a lo fantástico”.

En su obra, el término “fantástico” también abarca lo sobrenatural (estirándose hasta los superhéroes, como en Kryptonita, su novela llevada al cine por Nicanor Loreti); y “policiales” no contemplaría sólo a los relatos detectivescos, sino sobre todo a las perspectivas delincuenciales del género negro (como por ejemplo en la recientemente reeditada Chamamé).

En los ocho cuentos de Sultanes del ritmo, basta listar la “ocupación” de los protagonistas/narradores para relevar los puntos de vista predilectos del autor:

En “Matador” tenemos a un preso gay (aunque, para autodefinirse, él mismo usa la palabra “puto”); en “Oxidado”, a un viejo malandra que sale de la cárcel para atestiguar que el mundo de hoy no lo recibe con los brazos abiertos.

En “El fantasma y la oscuridad” —quizás el mejor relato del libro—, narra un montonero tucumano, circa 1976, cuando se la ve venir negra entre los cañaverales; en “Animétal”, un coreano que, junto a un linyera amigo, prende un fueguito para calentarse debajo de una autopista porteña.

En “De caravana”, hay un adicto al paco, con amigos tan adictos y sacados como él; en “Diablo III”, un asesino serial; y un secuestrador en “Estocolmo” (cuento que, como adelanto, también fuera publicado en la revista Palp). Sólo en “Rick Astley” —donde Oyola hace gala de su sentido del humor— tenemos por protagonista a un policía. Para más datos, pelirrojo. Y harto de su apodo.

Queda de manifiesto la intención de explorar los márgenes y el bajo fondo, el suburbio y la criminalidad. Oyola distingue muy bien la Ley de los códigos, y se centra especialmente en estos últimos (que entre los criminales abundan, al menos entre los de la ficción).

Para cada cuento, Oyola elige un léxico particular. Busca (o inventa) expresiones que delimiten el ámbito de la acción: eufemismos carcelarios, la jerga del hampa, el habla de un barrio o una claseEsa oralidad, crucial en su estilo, estructura la deriva de cada narración y contribuye a verosimilizarla (aunque la percepción sobre ese verosímil dependerá de lo que cada lector ya conozca sobre los ámbitos citados).

Esas voces y sus sociolectos particularizan cada relato, y les dan, a todos, un ritmo arrollador: los vuelven unos verdaderos “sultanes del ritmo” (esto, más allá de los juegos de palabras con canciones de Dire Straits, mediante los cuales Oyola justifica el título en los agradecimientos del libro). Otro ingrediente, habitual en el autor, son las referencias de la cultura popular —el rock, el cine—, que todo el tiempo saltan desde la página como pop corn recién hecho.

Es elogiable que Oyola busque finales contundentes. Estos cuentos piensan en el lector y quieren garpar —como aconsejaba Padgett Powell—; un afán evidente, más allá de que a cada lector luego le parezca que lo logren o no. En otras palabras: no tenemos aquí esos cuentos —tan frecuentes en cierta literatura argentina de hoy— que, aunque “bonitos” por su prosa, no pasan de contar una escenita sensible pero inconducente, o peor: que se truncan de repente con un final que se declara “abierto” —por no decir irresuelto— y que quiere pasar por “sugerente”. Abrir una historia, la abre cualquiera; convencer con su cierre es bastante más difícil (OK, it’s just my opinion).

Sultanes del ritmo va por su segunda edición; integra la colección “Cosecha Roja”, editada por el sello uruguayo Estuario, el cual —al reanudar su distribución en la Argentina— vuelve a ocupar un lugar en las librerías cordobesas tras algunos años de ausencia.

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Sultanes del ritmo, de Leonardo Oyola. Cuentos. Estuario Editora, Montevideo, 2016 [2013]. 120 páginas. Con un texto algo más breve, recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 20 de agosto de 2017).

Gaijin, de Maximiliano Matayoshi

Por Martín Cristal

Postal de la inmigración japonesa

Son muchas las novelas argentinas —podría hablarse de toda una corriente— que al abrevar en los relatos familiares como materia prima para la invención narrativa, ofrecen en paralelo su postal particular sobre la inmigración, ese mecanismo histórico fundamental para comprender la Argentina de hoy.

Las etapas argumentales que barajan dichas novelas suelen incluir las dificultades en la tierra de origen, los motivos para partir; las peripecias del viaje; la llegada, el choque cultural, el idioma; los duros comienzos, los rechazos, las contradicciones, la discriminación que fluye en ambos sentidos; el desgarramiento de volverse un ser de dos mundos; el lento tejido de nuevos lazos afectivos, con otras personas y con otra tierra. En todas vibra la aventura de lanzarse a lo desconocido, el azar sembrado en el camino, las esperanzas que promete cada horizonte. Una épica del esfuerzo, del tesón.

Todo esto también lo abarca Maximiliano Matayoshi (Buenos Aires, 1979) en su propio aporte a esta corriente narrativa. En su novela Gaijin, el paisaje histórico y emocional por el que nos conduce es el de la inmigración japonesa de posguerra.

Pasada la mitad de la década de 1950, Kitaro es un chico de 11 años; tras la devastación de Japón por la Segunda Guerra —con la isla ahora dominada por los norteamericanos y pugnando por reconstruirse—, su madre lo impulsa a embarcarse rumbo a la Argentina. El niño juntará valor para viajar solo, en busca de mejores oportunidades.

“Gaijin” es la palabra que los japoneses usan —incluso despectivamente— para señalar a quienes no son descendientes de japoneses. Una “persona de afuera”, un extranjero. Pero, ¿quién sería realmente el extranjero en esta novela? ¿Cualquier argentino al que este japonés designase como “gaijin” por no pertenecer a su colectividad, o quizás ese mismo japonés, que acaba de llegar a una Buenos Aires que, en principio, le es ajena casi por completo? Esa contradicción interna queda de relieve ya desde el título del libro.

El tiempo de la acción avanza en forma lineal a través de catorce años, en un reposado continuo (durante el viaje) o bien con sutiles elipsis (ya en la Argentina). Los pormenores de la travesía —los puertos asiáticos y sudafricanos—, los nuevos amigos, la tierra prometida, la inevitable tintorería, los enamoramientos: todos los detalles surgen sin floreos innecesarios, con la calma de un vívido recuerdo.

Gaijin se lee casi como si se la oyera. No por el remedo lexical de alguna oralidad, sino por la pasmosa naturalidad de su sintaxis. El verosímil del relato pareciera emanar de ese pulso firme más que de las fechas y los detalles de época (que no faltan, aunque se ofrecen matizados, como al pasar) o de la supuesta garantía que daría la ascendencia del propio autor.

La sobriedad de esa voz, su tono calmo y controlado, condicen con el retraimiento del personaje-narrador, a quien le cuesta expresarles sus sentimientos a los demás. La suya es una timidez proverbial, resultado de su carácter, pero también de las circunstancias y de las presiones culturales. Este tono impacta sobre todo por su madurez, especialmente al considerar que Matayoshi escribió Gaijin entre los diecinueve y los ventiún años. La novela se publicó dos años después, tras haber ganado en México el Premio UNAM-Alfaguara (2002).

Aunque tras esa primera publicación Matayoshi siguió mostrando relatos en distintas antologías —como por ejemplo en La joven guardia (2005)—, con los años diversificó su creatividad hacia la fotografía. Demasiado pronto, su novela se convirtió en un libro imposible de hallar; su justa reedición llega en 2017, poco después de la muerte del padre del autor, lo cual lo motivó a agregar un epílogo.

Ahí se subraya que Kitaro, el narrador de la novela, no es el padre del escritor, sino una invención que toma el derrotero y algunos rasgos de éste, pero también anécdotas y situaciones de otras fuentes (tal como suele ocurrir en el caldero de la imaginación narrativa). Este sentido epílogo sería la única modificación o agregado del texto original para esta reedición, apuesta con la que la flamante editorial Odelia inaugura su colección de narrativa contemporánea.

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Gaijin, de Maximiliano Matayoshi. Novela. Odelia Editora, 2017 [2002]. 248 páginas. Con una versión más breve de este texto, recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 23 de julio de 2017).

Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi

Por Martín Cristal

Ahí pero dónde, cómo

Lo real sólo es un problema en sus bordes: lo difícil es saber hasta dónde llega lo real, cuál es su frontera con eso “otro” que estaría ahí, “pero dónde, cómo” (según se preguntaba Cortázar).

Cuando la mente se inunda de dudas y de voces: en ese umbral transcurre Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi (Santa Cruz, Bolivia, 1979). Sus ocho cuentos aventuran metafísicas personales mediante raptos de psicosis, misticismo, alienación, o basados en las tradiciones ancestrales de los pueblos originarios.

En “El ojo”, esas visiones ultraterrenas las implanta una madre, que antes de persignarse, le dice a la narradora: “El enemigo viene disfrazado de ángel […], pero su verdadero rostro es terrible. No te olvides nunca de que llevas su marca en la frente. Él conoce tu nombre y escucha tu llamado”. La fina línea entre sentido figurado y literalidad es la cuerda por la que el lector camina hasta el final: ¿profecía verdadera o daño psicológico provocado por “el ojo” sauronesco de una controladora?

En “La Ola” las fuerzas extrañas son percibidas con la intuición, sin suscribir ya a un sistema de supersticiones previamente articuladas (léase “religión”). El relato de una insomne universitaria de Cornell —en Ithaca, Nueva York (donde Colanzi reside y enseña)— contiene a su vez al de una chola que atraviesa una experiencia enteogénica transformadora.

En “Meteorito”, la amenaza proviene del espacio exterior; sin embargo —y como ya dijera Ballard— es el espacio interior del individuo el que vale la pena explorar hoy. Eso hace Colanzi. Hay una finta similar en “Caníbal”: la amenaza exterior —ese “Hannibal Lecter” que ronda por París— sólo es envoltorio para la indagación de la intimidad de quien narra.

“Chaco” transparenta admiración por el Eisejuaz de Sara Gallardo. El protagonista también tiene un rapto místico: la voz de un indio muerto se instala en su cabeza de asesino, y lo insta a otras acciones. Los pasajes de esa voz merecen leerse en voz alta.

Menos como Ballard que como Philip Dick, en “Nuestro mundo muerto” Colanzi opta por un entorno neto de ciencia ficción: la (tópica) exploración de Marte. Los recuerdos de una Tierra que ya no ofrece nada se enzarzan con el paisaje hostil del presente, que concede delirios pero ninguna vuelta atrás.

Cierra “Cuento con pájaro”: coral y con saltos temporales, en su concepción puede relacionarse con “Lobisón de mi alma” de Mariano Quirós, por cómo ambos cuentos remiten oblicuamente al éxodo forzado de los nativos de las zonas rurales hacia las grandes urbes.

Los ocho cuentos arrancan con convicción. Muchos finales no buscan una redondez concluyente sino ambigüedad deliberada; la apreciación de esas sutilezas quizás divida a los lectores. Otros finales, abiertos, asemejan el cuento al piloto de una serie: proyectan la trama hacia lo que vendría (es el caso de “Alfredito”, donde lo cuestionado es el umbral de la muerte).

Por su cohesión temática, por su incorporación de ciertos rasgos regionales (¿nostalgia del boom latinoamericano?) y por un estilo trabajado como una masa liviana y refinada —con algunos localismos, frutos abrillantados dispersos que le dan a la prosa su sabor particular—, Nuestro mundo muerto es un libro disfrutable, plantado en la triple frontera entre lo verdadero, lo percibido y lo sobrenatural: “eso” que sólo aceptamos cerca de nosotros cuando su contacto se nos vuelve innegable.

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Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi. Cuentos. Eterna Cadencia, 2017. 128 páginas. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 4 de junio de 2017).

Noche caliente, de Lee Child

Por Martín Cristal

Noche de calor en la ciudad

Hace unos años, Ricardo Piglia señalaba que las traducciones hechas en la Argentina habían producido “efectos en la escritura propia, nacional”. Como ejemplos presentaba (entre otros) los casos de Las palmeras salvajes de William Faulkner y Otra vuelta de tuerca de Henry James: en sus países de origen —decía Piglia—, esos libros son considerados menores dentro de la obra completa de Faulkner o James, pero debido a esas traducciones —de Jorge Luis Borges y José Bianco, respectivamente—, las cuales impulsaron la circulación de esos escritores entre nosotros, hoy ambas novelas son consideradas como centrales por los lectores argentinos. Según Piglia, esas traducciones locales “rompen los esquemas jerárquicos” y establecen otro orden para “textos que no están, en su origen, en el canon”.

Creo que algo similar sucederá con Noche caliente, primera traducción/edición de Lee Child hecha en la Argentina. Traduce Aldo Giacometti; la edición —que, para un best-seller popular como Child, uno esperaría de un grupo multinacional— llega en abril gracias a la editorial independiente Blatt & Ríos.

 

¿Quién es Lee Child?

No es —ni quiere ser— Faulkner o James. Lee Child (Inglaterra, 1954) es un maestro del thriller; su verdadero nombre es Jim Grant y durante años trabajó en una cadena de televisión. Cuando perdió ese trabajo empezó a escribir, imponiéndose el seudónimo y también el rédito comercial. Lo logró desde Zona peligrosa (Killing Floor; 1997), primera novela de su personaje Jack Reacher: un ex policía militar devenido en vagabundo al que —en un comienzo a lo Rambo— lo detienen al pasar por un pueblito rural. ¿Merodeo? No: lo acusan de un crimen…

Child vive en Nueva York, tiene una colección de bajos eléctricos vintage y usa dos computadoras: una para navegar por internet y la otra solo para escribir. Su estilo es seco, con diálogos cortantes. La intriga vibra, la acción fluye: la velocidad del texto fogonea el disfrute del lector. Child sin duda sabe cómo generar suspenso. Con esa fórmula, Child ya vendió millones de copias de sus 21 títulos de Reacher. Entretenimiento puro, cuya masividad aumentó al pasar al cine.

 

Jack Reacher, del papel a la pantalla

Reacher, el personaje, nació en 1960, en una base militar en Berlín. Hijo de un marine norteamericano y una francesa, fue criado con rigor en distintas bases. En novelas recientes —como Personal (2014)— ya lleva casi 20 años retirado del ejército y sigue recorriendo su país, tras haber conocido el resto del mundo cuando estaba de servicio.

Verdadero imán para los problemas, confía plenamente en sus aptitudes físicas, sobre todo para el combate (no así para correr o manejar). Tiene un gran poder de observación; acepta demasiado rápido sus primeras hipótesis, sí, pero eso suele funcionarle. Viaja sin equipaje en ómnibus de larga distancia. Apenas lleva un cepillo de dientes, su identificación y la tarjeta del cajero. Cafeinómano, vive de ahorros, changas y de lo que les quita a los contrincantes vencidos (su “botín de guerra”).

Es, además, un ropero: casi dos metros y cien kilos. O sea, nada parecido a Tom Cruise (excepto por su arrogancia). Sin embargo, ahí está el maderamen de Tom protagonizando Jack Reacher (Christopher McQuarrie, 2012), película basada en el noveno libro de Child: Un disparo (One shot; 2005). Hubo fans que, furiosos, abrieron una página de Facebook titulada Tom Cruise no es Jack Reacher; ahí —además de criticar el tamañito de Tom— cada uno propone su casting ideal.

Salvando ese “detalle”, la película resulta atrapante. No así la siguiente, Jack Reacher: Never Go Back (Edward Zwick, 2016, basada en la novela homónima de 2013), que carece de ritmo y donde a Cruise se lo ve más recauchutado que nunca.

Una curiosidad: en ambas películas hay cameos de Child.



Noche caliente

Donde Reacher no falla, es en los libros. Esta primera edición argentina, con prólogo de Elvio Gandolfo (lector entusiasta de Child), presenta dos novelas breves, publicadas originalmente como material extra (bonus material) en ediciones de bolsillo.

En la primera, “Noche caliente” (High Heat), Reacher tiene 16 años. Llega a Nueva York justo en la noche del Gran Apagón de 1977. La ciudad es peligrosa pero Reacher también: aunque todavía no es militar, su fortaleza y su temperamento ya están forjados. Encontrará chicas, mafiosos, un asesino serial y hasta una pelea en el CBGB, donde esa noche tocan Los Ramones.

En “Guerras pequeñas” (Small Wars), Reacher tiene 29, ya es policía militar e investiga un crimen. La identidad del asesino se nos muestra de entrada: es Joe Reacher, el hermano de Jack (central en la primera novela de la saga). ¿Lo descubrirá Jack? Aquí también aparece la sargento Neagley, ladera de Reacher en la recomendable Mala suerte (Bad Luck and Trouble, 2007).

Para los amantes del género negro, este libro arde. Traducirlo y editarlo en forma independiente motiva una lectura distinta y eleva su valor en el contexto deprimido de la industria editorial argentina. Adivino que el grupo editorial que tiene los derechos del resto de Child, aprovechará la repercusión de esta iniciativa y mandará desde España otros títulos de Reacher (que aquí hoy sólo se consiguen en saldos o por internet). Mientras tanto, para muchos lectores argentinos, Noche caliente se volverá la entrada principal a un nuevo y entretenido universo de ficción.

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Noche caliente. Dos historias de Jack Reacher, por Lee Child. Blatt & Ríos, 2017. Nouvelles, 216 páginas. Prólogo de Elvio Gandolfo; traducción de Aldo Giacometti. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 23 de abril de 2017).

El piano oriental, de Zeina Abirached

Por Martín Cristal

Del deseo y la identidad

Imposible no relacionar El piano oriental de Zeina Abirached (Beirut, 1981) con las historietas de la iraní Marjane Satrapi. El principal punto de contacto es un dibujo de estilo similar —en su nivel de síntesis, en sus formas de representación—, si bien en Satrapi se percibe más gestual y expresivo, y hasta informal en la aparente improvisación organizativa de ciertas páginas (como sucede en algunas de Bordados, por ejemplo).

En El piano oriental de Abirached, en cambio, el trazo resulta casi aséptico por sus líneas de grosor fijo y su geometría controlada. El planteo de cada puesta en página colinda con las obsesiones de perfección simétrica del diseño gráfico, y hace sospechar que el planeamiento visual fue realizado de entrada, en forma integral, para el libro completo (y no por acumulación como suele ocurrir en los volúmenes recopilatorios de material que fuera publicado originalmente por entregas).

También relacionan a estas dos artistas ciertas circunstancias biográficas, que determinan que ambas manejen temas en común. Quien haya leído Persépolis (o visto la película), recordará que Satrapi rememora su infancia en Teherán, su posterior mudanza a Francia y el desgarramiento de existir entre Oriente y Occidente. Algo similar sucede en El piano oriental: cambia la ciudad de origen, que aquí es Beirut, pero la trama autobiográfica de Abirached también articula el exilio y la vida entre dos tierras diferentes: en su caso,  Francia y el Líbano.

Esa trama se trenza con una evocación del Líbano que no refiere a la infancia de Abirached sino a una época anterior: la de un personaje basado en su abuelo. El alegre Abdalah Kamanja es músico y ha inventado un piano con el que al fin se pueden tocar los cuartos de tono de las melodías orientales.

Estamos en 1959; Beirut es muy distinta de esa ciudad destrozada que años de guerras televisivas han instalado en nuestro imaginario occidental. La Beirut de Kamanja es una ciudad floreciente y llena de esperanzas, incluida la del propio Abdalah: él desea que su invento pueda ser fabricado masivamente.

¿Habrá tenido éxito la empresa de Abdalah? Y de no ser así, ¿su existencia habrá sido en vano? Todos los empeños de un hombre caben en los sucintos comentarios que sus deudos desgranarán mientras tomen el café del velorio. El deseo vertebral de toda una vida define la identidad del deseante.

Años después, en el extranjero, la joven Zeina reflexionará sobre su propia identidad. Para Sabato, estar en el extranjero es “tan triste como habitar en un hotel anónimo e indiferente; sin recuerdos, sin árboles familiares, sin infancia”. Para Iehuda Halevi, en cambio, Zion —la tierra prometida— “está ahí donde reinan la alegría y la paz” (es decir, no necesariamente donde naciste, ni tampoco, necesariamente, en los alrededores de Jerusalem). Para el bosnio Aleksandar Hemon —otro migrante—, el hogar “es allí donde tu ausencia no pasa desapercibida”… En El piano oriental, Zeina Abirached decide autodefinirse según un dicho de Mahmud Darwich: “Yo soy mi idioma”. Ese idioma no es el de un país en concreto, sino la mezcla interior que ella hace de su francés cotidiano y su árabe natal. Así, su propia identidad es como la de un piano de músicas mixtas.

Tras leer esta novela gráfica, queda claro que Zeina Abirached también maneja con maestría otro lenguaje: el de la narración secuencial. La historieta también es su patria.

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El piano oriental, de Zeina Abirached. Historieta. Salamandra Graphic, 2016. 212 páginas. Con un texto ligeramente diferente recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 9 de abril de 2017).

Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet

Por Martín Cristal

Las almas muertas 2.0

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En 2012, el prestigioso jurado del VII Premio a la Joven Literatura Latinoamericana eligió por unanimidad a Los cuerpos del verano de Martín Felipe Castagnet (La Plata, 1986). El narrador de esta novela breve es Ramiro: un difunto que tras décadas “en flotación” digital se reincorpora para buscar a su descendencia y concretar una venganza. “Es bueno tener otra vez cuerpo”, nos dice al principio, “aunque sea este cuerpo gordo de mujer que nadie más quiere, y salir a caminar por la vereda para sentir la rugosidad del mundo”.

¿Qué se almacenaría en Internet? ¿El alma, la psiquis, la memoria, la personalidad? Con acierto, Castagnet no lo define ni se enreda en disquisiciones filosóficas. A los fines narrativos basta con saber que lo digitalizado es la integridad de lo “no corpóreo”; la identidad, la persona, aunque “persona” implique “máscara”, y más en un mundo donde ya es posible disfrazarla con cuerpos diferentes.

Sorprende la fluidez de la prosa, más aun tratándose de una primera novela. Impera un pulso firme que no deja de narrar, es decir, de contestar incesantemente la pregunta “¿y entonces qué pasó?” (ese motor secreto que adoramos desde niños). Los cuerpos del verano nunca deja de incentivar al lector con nuevos descubrimientos a lo largo de su centenar de páginas.

Él único extrañamiento que ofrece el lenguaje (a diferencia de, por ejemplo, los cada vez más insistentes neologismos del futuro que prodiga Marcelo Cohen) es el de los nombres propios de algunos personajes, excentricidades que sugieren un tiempo con registros civiles más permisivos que en el presente.

Si en algún punto se vuelve necesario explicar en lugar de mostrar (algo que suele señalarse como pecado, pero que las narraciones que coquetean con la ciencia ficción siempre se ven arrinconadas a hacer, tarde o temprano, para allanar su legibilidad), Castagnet lo resuelve en pocas líneas, siempre sintéticas e inteligentes, y casi siempre por necesidad interna del relato. Incluso las reflexiones más interesantes son siempre concisas:

“La tecnología no es racional; con suerte, es un caballo desbocado que echa espuma por la boca e intenta desbarrancarse cada vez que puede. Nuestro problema es que la cultura está enganchada a ese caballo”.

(El eco simbólico de esta cita vuelve a oírse en los hechos finales de la novela).

La ciencia ficción tiene predilección por ciertos temas (el contacto con extraterrestres o los viajes en el tiempo son quizás los ejemplos más conocidos). Todo autor que lo intente sabe que su aporte no revolucionará el género ni el subgénero, sino que —con suerte— quizás le aporte una variante que faltaba al tratamiento de ese tema. En este sentido, Los cuerpos del verano podría intercalarse entre las obras de ciencia ficción (o adyacentes) que extrapolan nuestro presente digital, tanto como entre aquellas que exploran el umbral de la muerte y el más allá.

En ese degradé de ficciones —donde también están “Quedarse atrás” de Ken Liu o “San Junipero” de Black Mirror—, la novela de Castagnet podría ocupar un lugar entre Cero K de Don DeLillo (que especula sobre cómo mantener congelados los cuerpos y las mentes mientras la tecnología encuentra una forma de burlar a la muerte) y un clásico del manga: Ghost in the Shell (a punto de ser revivido en la pantalla grande con Scarlett Johansson en el protagónico).

En este universo cyberpunk creado por Masamune Shirow, muchas personas ya tienen implantes mecánicos o digitales; son cyborgs, y por ende sus memorias y sus almas —o sus “fantasmas”: eso que no es cuerpo ni hardware— son tan susceptibles de ser hackeadas como cualquier otro software.

La tecnología que esperan los personajes de DeLillo ya existe en la ficción de Castagnet, quien a partir de ella desarrolla consecuencias de todo tipo… excepto esa que motoriza a Ghost in the Shell: la posibilidad de que esas almas “en flotación” sean hackeadas. Porque podría haber secuestros virtuales de difuntos, desapariciones, modificaciones, eliminaciones y copias de seguridad para evitarlas… Pero, claro, un relato no puede ser infinito. Castagnet limita las premisas del suyo para dejar que la imaginación del lector siga ramificándose, como sucede con la mejor ciencia ficción.

La lectura de Los cuerpos del verano nos hace esperar ansiosos la próxima novela de Castagnet: Los mantras modernos, anunciada ya por la editorial porteña Sigilo.

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Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet. Factotum Ediciones, Buenos Aires, 2016 [2012]. 112 páginas. Con una versión más breve de este texto, recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 26 de febrero de 2017).