Cervantes, a cuatrocientos años de su muerte

Cervantes-400-aniversarioPor Martín Cristal

Hice el siguiente gráfico divulgativo sobre la vida de Miguel de Cervantes Saavedra a pedido de “Ciudad X”, el suplemento de cultura del diario La Voz de Córdoba, Argentina. Se publicó ayer, por los cuatrocientos años de la muerte del autor de Don Quijote de la Mancha (22 de abril de 1616). [Clic para ampliar]
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En la parte inferior izquierda del esquema figuran las principales fuentes consultadas. Fue fundamental el Resumen cronológico de la vida de Cervantes, de Jean Canavaggio, incluido en la edición online del Quijote dirigida por Francisco Rico y publicada en el sitio del Centro Virtual Cervantes.

1616 también es el año de la muerte de William Shakespeare. Hace un tiempo hice una infografía equivalente sobre su vida y obra. Puede verse aquí.
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Más sobre el Quijote en El pez volador:

Sueños de trenes, de Denis Johnson

Por Martín Cristal

El tren de una vida

Denis-Johnson-Suenos-de-trenes-tapaLa admiración por la obra narrativa de Denis Johnson (escritor estadounidense, si bien nacido en Munich, en 1949) viene creciendo entre los lectores en castellano a medida que dicha obra se va trasladando, en desorden, a nuestro idioma.

Va un ejemplo de ese desorden (saltándome varios títulos): en 2003, Rodrigo Fresán tradujo El nombre del mundo, novela del año 2000 sobre un profesor universitario que, golpeado por la vida, termina cubriendo la Guerra del Golfo y volando en helicópteros artillados por el desierto. En 2014 llegó a nuestras librerías Árbol de humo, su novela de 2007 sobre la guerra de Vietnam, con la cual ganó el National Book Award de su país; y ahora le toca el turno a una novela anterior, de 2002: Sueños de trenes, recientemente traducida por Javier Calvo.

La vida de Robert Grainier, un pionero norteamericano que trabaja como leñador y jornalero en el tendido de vías y puentes para los ferrocarriles, arranca a fines del siglo XIX y termina en la década de 1960. Eso si se la considera en años; los aciertos de una narración bien concertada, condensan esa existencia completa en sólo 140 páginas.

Decimos “existencia completa” no porque se narren absolutamente todas las vicisitudes de Grainier en tiempo real, sino porque Johnson logra que algunas partes den cuenta del todo. Sueños de trenes es un prodigio de la economía narrativa: sin llegar al extremo de Borges —quien creía que la vida entera de un hombre puede cifrarse en un sólo instante crucial de esa vida—, Johnson elige un puñado de esos momentos dramáticos para circular entre ellos con el mismo desorden cronológico con que se viene publicando su propia obra.

Por caso, elige empezar en el verano de 1917, cuando “Robert Grainier participó en el intento de matar a un jornalero chino al que habían pillado robando, en los almacenes de la compañía ferroviaria Spokane International, en el corredor septentrional de Idaho”. Ése es el primer párrafo de la novela; Idaho es el estado donde Johnson vive actualmente.

La economía narrativa que destaco —la cual, leída, puede parecer fácil de lograr, aunque cualquiera que lo haya intentado sabe que no lo es— no reseca la prosa al punto de volverla monocorde o plana, una tarjeta perforada meramente informativa. No: Johnson, quien también es conocido como poeta, sabe destilar de cada escena también un filón lírico, bien contenido para que la historia no se le azucare en ningún momento.

La novela avanza con fluidez no sólo por la pericia narrativa de Johnson, por su dosificación justa de acción y detalles, sino también por el impulso de ese hálito poético cuya acumulación va volviendo más y más hondos al personaje de Grainier y su epopeya. Su hipnosis deviene de una potencia epifánica que no para de crecer, y que nos acostumbra a esperar una revelación de cada escena del libro.

Grainier sufre el desgaste que se produce por el enfrentamiento del deseo personal e íntimo —por más que éste sea tan sencillo como vivir con la familia en una casita del bosque— con las contingencias del azar más implacable: las circunstancias, el mundo, “lo que nos pasa” (por encima). Todo eso que, en un contexto rural como el de esta breve novela, podríamos achacarle a la Madre Naturaleza.

Sueños de trenes también es un relato sobre el final de una época. Algo en el respeto percibido de Johnson por su personaje parece celebrar al pionero norteamericano en general. Su temple, su manera de resistirlo todo: los elementos, el trabajo duro, las pérdidas, las tragedias imborrables… y también el ánimo para seguir adelante siempre.

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Sueños de trenes, de Denis Johnson. Literatura Random House, 2016 [2002]. 144 páginas. Traducción de Javier Calvo. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 7 de abril de 2016).

A qué edad escribieron sus obras clave los grandes novelistas

Por Martín Cristal

“…Hallándose [Julio César] desocupado en España, leía un escrito sobre las cosas de Alejandro [Magno], y se quedó pensativo largo rato, llegando a derramar lágrimas; y como se admirasen los amigos de lo que podría ser, les dijo: ‘Pues ¿no os parece digno de pesar el que Alejandro de esta edad reinase ya sobre tantos pueblos, y que yo no haya hecho todavía nada digno de memoria?’”.

PLUTARCO,
Vidas paralelas

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Me pareció interesante indagar a qué edad escribieron sus obras clave algunos novelistas de renombre. Entre la curiosidad, el asombro y la autoflagelación comparativa, terminé haciendo un relevamiento de 130 obras.

Mi selección es, por supuesto, arbitraria. Son novelas que me gustaron o me interesaron (en el caso de haberlas leído) o que —por distintos motivos y referencias, a veces algo inasibles— las considero importantes (aunque no las haya leído todavía).

En todo caso, las he seleccionado por su relevancia percibida, por entender que son títulos ineludibles en la historia del género novelístico. Ayudé la memoria con algunos listados disponibles en la web (de escritores y escritoras universales; del siglo XX; de premios Nobel; selecciones hechas por revistas y periódicos, encuestas a escritores, desatinos de Harold Bloom, etcétera). No hace falta decir que faltan cientos de obras y autores que podrían estar.

A veces se trata de la novela con la que debutó un autor, o la que abre/cierra un proyecto importante (trilogías, tetralogías, series, etc.); a veces es su obra más conocida; a veces, la que se considera su obra maestra; a veces, todo en uno. En algunos casos puse más de una obra por autor. Hay obras apreciadas por los eruditos y también obras populares. Clásicas y contemporáneas.

No he considerado la fecha de nacimiento exacta de cada autor, ni tampoco el día/mes exacto de publicación (hubiera demorado siglos en averiguarlos todos). La cuenta que hice se simplifica así:

[Año publicación] – [año nacimiento] = Edad aprox. al publicar (±1 año)

Por supuesto, hay que tener en cuenta que la fecha de publicación indica sólo la culminación del proceso general de escritura; ese proceso puede haberse iniciado muchos años antes de su publicación, cosa que vuelve aún más sorprendentes ciertas edades tempranas. Otro aspecto que me llama la atención al terminar el gráfico es lo diverso de la curiosidad humana, y cuán evidente se vuelve la influencia de la época en el trabajo creativo.

Recomiendo ampliar el gráfico para verlo mejor.

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Ver más infografías literarias en El pez volador.
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PuraLectura: inscripciones abiertas para grupos de 2016

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Inscripciones abiertas. Actividades empiezan en abril.
Sólo en Córdoba (Argentina). Cupos limitados.

Más información, aquí.
Para consultas e inscripción, aquí.

Antología: Después de Mao. Narrativa china actual

Por Martín Cristal

Made in China

Despues-de-Mao-Narrativa-china-actualSi usted es de los que piensan en cualquier producto fabricado en China como en algo barato y de baja calidad, convendrá que se quite esa idea de la cabeza antes de acercarse a Después de Mao: narrativa china actual. Dicho preconcepto, que desde luego no aplica a la literatura china en general —cuya tradición es vastísima—, tampoco lo hace respecto de esta excelente antología contemporánea, seleccionada, traducida y anotada por Miguel Ángel Petrecca (Buenos Aires, 1979).

El libro reúne diez relatos de autores nacidos en las décadas de 1960 y 1970, cuyas acciones transcurren tras la caída de Mao Tsé-Tung. El contexto histórico general es el del desmantelamiento de las políticas socialistas, la reactivación de las universidades, las reformas económicas, los nuevos negocios y —llegados ya a la década de 1990— la pujanza en el crecimiento y la renovación de las grandes urbes.

No es fácil retener los nombres de los autores antologados: Zhu Wen, Han Dong, Gouzi, Lu Nei, Cao Kou, Ah Yi; Wei Wei, Lu Min, Sheng Keyi y Ah Mei. Los primeros seis son hombres; las otras cuatro, mujeres. El libro trae un útil anexo con datos biobibliográficos de cada uno.

Los relatos, que oscilan entre las 10 y las 40 páginas, prefieren el realismo (en algunos casos con una faceta poética) y tienen en general muy buen nivel. La mayoría transcurre en ambientes urbanos: “La ciudad no solamente como escenario neutral de una trama, sino como medio hostil y metáfora de una pérdida de referencias”, tal como puntualiza Petrecca en el prólogo del libro.

El cambio parece ser el signo de estos cuentos, donde hombres y mujeres, perdedores, marginales, jóvenes y viejos, hacen lo que pueden para seguir adelante en la vertiginosa marea que remodela a su país. Hay quien se resigna y hay quien surfea las olas del tiempo. Hay quien se adapta y hay quien perece.

Se destacan los relatos de Zhu Wen (“Un pequeño cuento para Zhang Deng”), Han Dong (“Interior con paisaje”), Lu Min (“La muerte de Xie Bomao”), Sheng Keyi (“El pescador dice”) y Ah Yi (“Dos vidas”). Presentan, respectivamente, las historias de un vigía de inundaciones que no podrá anticipar como, con el agua, vendrá también algo que ya no esperaba en su vida; la de una chica que pasa su embarazo encerrada en un departamento, soportando la construcción de un edificio que crece junto a su ventana; la de un viejo empleado del correo, encargado de hallar el destino de aquellas cartas cuyas direcciones son imprecisas, quien tratará de resolver el que quizás sea su último caso; la de dos pescadores rivales, uno sin habilidad pero con una hija, el otro con talento pero estéril; y, por último, la de la caída en desgracia y posterior ascenso social de Zhou Lingtong, quien ya convertido en un hombre poderoso al que se le perdonan los peores crímenes, querrá volver a visitar el templo budista en el que casi se internó una vez, cuando era joven y pobre y estaba desesperado.

La traducción se percibe tersa; en cierta forma colabora a homogeneizar el libro. Esto, que por un lado aporta fluidez a la lectura, despierta por otro la pregunta de hasta qué punto, al ser tratados los diez autores por un mismo traductor, no se pierden algunos matices que quizás los diferencian entre sí en el idioma original. Esta duda, sin embargo, no empaña para nada la labor percibida del traductor, cuyo resultado, insisto, se siente cómodo y amable.

La edición resulta redonda. Petrecca comenzó su proceso de selección en China, donde estuvo durante seis meses, mayormente en Shanghai (años antes ya había cursado estudios en Pekín). La introducción del antólogo es de gran provecho para contextualizar el recorte realizado e informarnos sobre la evolución del estatus de los escritores chinos década tras década, entre otros detalles.

Lo único que podría decirse que sobra en el libro es el comentario introductorio que el antólogo hace previo a cada cuento, glosa que en ocasiones adelanta demasiado los argumentos. Lo que abunda no daña, dicen, pero quizás hubiera resultado mejor ubicar esas notas al final, cada una tras los datos de su respectivo autor, y no en las carátulas de cada cuento. En todo caso, es sólo un detalle; advertido de esto, el lector puede simplemente saltear esas carátulas y leerlas todas al final, como una manera de redondear la gozosa experiencia de este libro.

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Después de Mao. Narrativa china actual, selección, traducción y notas de Miguel Ángel Petrecca. Antología de relatos. Adriana Hidalgo Editora, 2015. 302 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 3 de marzo de 2016).

La rueda celeste [The Lathe of Heaven], de Ursula K. Le Guin

Por Martín Cristal

Ursula-K-Le-Guin-La-rueda-celesteThe Lathe of Heaven es literalmente “El torno del cielo”; el traductor, Rubén Masera, adaptó el título como La rueda celeste. Publicada en 1971, esta novela de Ursula K. Le Guin (California, 1929) resulta amena y fluida, en parte gracias a una prosa con menos arabescos que la que antes encontré en otra famosa obra de Le Guin: La mano izquierda de la oscuridad (1969).

La autora —quien, además de muchos premios, también tiene en su curriculum el haber traducido al inglés la novela Kalpa Imperial de Angélica Gorodischer— propone en La rueda celeste un argumento de claro corte dickiano.

[Atención: spoilers].

George Orr es un habitante de una Portland futura y sobrepoblada. Es un hombre rabiosamente promedio, que no se destaca en ningún aspecto salvo en uno íntimo: cada tanto, tiene sueños “efectivos”, esto es, capaces de alterar la realidad.

No vaticinan el futuro, sino que, al despertar, ya han modificado el continuum de Orr. Así, por ejemplo, el sueño de la muerte de una tía con la que Orr no se llevaba bien termina con el descubrimiento, al despertar, de que (ahora) esa tía está muerta desde hace ya varios años. Todos recuerdan el accidente que la mató. Sólo Orr recuerda ambas líneas temporales: la actual (tía muerta) y la anterior (tía viva hasta ayer mismo).

Con sentimientos de culpa, Orr empieza a tomar drogas que le eviten soñar. Demasiadas: descubierto y estigmatizado como adicto por un distópico Estado controlador, es enviado a Terapia Voluntaria con el doctor Haber. El terapeuta descubre el secreto de Orr y, con la ayuda combinada de la hipnosis y una máquina —el Incrementador, que potencia las ondas mentales del paciente—, logra inducir los sueños de Orr sin demora, en el mismo consultorio. Pronto Haber los manipulará para ir mejorando su situación personal y también la del mundo… todo con las mejores intenciones, aunque esos cambios traerán aparejados, cada vez, problemas mayores a la humanidad.

La situación planteada se lee bajo una óptica doble: Haber “sabía que los sueños de Orr cambiaban la realidad y los empleaba con ese fin” pero, al mismo tiempo, “utilizaba hipnoterapia y liberación onírica para tratar a un paciente esquizofrénico que creía que sus sueños cambiaban la realidad” [p. 113].

Aunque no se tratan de sueños oraculares, el mecanismo ficcional es similar a de “la profecía”: se señala lo que va a suceder (es decir, Haber da las instrucciones sobre lo que Orr debe soñar para cambiar la realidad) pero siempre expresándolo con un punto ciego o una falta de precisión verbal que permitan que ocurra una cosa distinta de la que Haber espera.

Orr en inglés podría remitir (además de a Orwell) a “or”, es decir nuestra “o”: la conjunción que “sirve fundamentalmente para relacionar dos posibilidades expresando que solamente una de ellas se realiza” (María Moliner). El diagnóstico de la esquizofrenia —las dos o más realidades superpuestas que el sujeto entiende estar viviendo— también relaciona esta novela con La afirmación de Christopher Priest.

En el camino, Orr intenta zafar del abuso de Haber mediante la ayuda de una abogada mestiza, Heather Lelache, con quién irá enamorándose. Ante la progresiva superposición de realidades diferentes en la vida de Orr, éste descubre que lo que importa no es cuán utópico o catastrófico sea el continuo temporal en el que le toque vivir: en tanto no conduzca a la aniquilación de la raza humana, todo lo demás es soportable si en esa línea de tiempo todavía se está junto a la persona amada.

Memorias: La verdadera historia de Frank Zappa

Por Martín Cristal

De la A a la Z: la autobiografía de Frank Zappa

La-verdadera-historia-de-Frank-Zappa-MemoriasAntes que las memorias de Frank Zappa (EE.UU., 1940-1993), debería recomendarse su corpus musical. Son casi sesenta álbumes grabados en menos de treinta años; la lista se extiende con los póstumos, integrados por grabaciones inéditas. En todos ellos conviven o se alternan diferentes géneros —desde el blues/rock más básico a la música orquestal más sofisticada—, hilados por los ingredientes de una distintiva personalidad musical: polirritmia, polifonía y disonancias avant-garde; una guitarra eléctrica única, que siempre improvisa sus solos; melodías “teatrales”, con citas sonoras y efectos que refuerzan sentidos o resignifican letras (si las hay); y un humor que va desde la mega-estupidez total, a la sátira mordaz, la ironía y el comentario político agudo e inteligente.

Vista la abundancia de libros con datos falsos sobre su persona (en los que, para acrecentar su leyenda freak, se llegó a asegurar que alguna vez Zappa había literalmente comido mierda sobre el escenario, por ejemplo), el músico decidió encarar sus memorias “oficiales”, con la ayuda del escritor Peter Occhiogrosso. Zappa quería brindar información fidedigna sobre sí mismo; por eso bautizó al volumen The Real Frank Zappa Book.

Tuvieron que pasar 25 años para que el libro se tradujera al castellano, bajo el título de La verdadera historia de Frank Zappa. La editorial que lo hizo posible es la española Malpaso (que lo incluyó en su jugosa colección sobre música).

La autobiografía de Zappa incluye los consabidos capítulos sobre la infancia y la familia (el padre se lleva un capítulo aparte); tampoco faltan los que refieren a los comienzos y las influencias musicales (Edgar Varèse entre ellas). Sin embargo, el músico aclara que, para él, lo más atractivo al escribir este libro era la posibilidad de asentar sus opiniones sobre algunos “asuntos tangenciales”. Por eso también les dedica capítulos a la necesaria separación entre Iglesia y Estado, así como al conservadurismo, el ejército o la política impositiva de los Estados Unidos, entre otros temas.

En la rememoración de su vida artística, los recuerdos afloran por épocas, aunque no siempre con un hilo temporal riguroso. Hay anécdotas a rolete, con cameos de estrellas de rock (Jimi Hendrix, Mick Jagger), actores (John Wayne) y políticos (Al Gore, y en especial su mujer, que en los ochenta promovió la estigmatizante calcomanía “explicit lyrics” para los discos con “lenguaje inapropiado”. Zappa se opuso a esta censura velada, y dio un discurso sobre el particular en el Congreso de su país).

Entre las anécdotas se destaca la desastrosa gira de 1971. Durante su paso por Montreux (Ginebra, Suiza), la onerosa sala de conciertos en la que Zappa tocaba se incendió gracias a “un estúpido con una bengala”: esta cita no es de Zappa, sino de Deep Purple en “Smoke on the Water”, canción que inmortalizaría el humo de ese incendio sobre el lago.

La banda perdió equipos valiosos pero siguió con la gira, hasta que un fan atacó a Zappa sobre un escenario londinense. El músico cayó a un foso de orquesta vacío; además de otras heridas, se quebró una costilla y una pierna. El golpe también le afectó la laringe y le bajó definitivamente a un tercio el tono de su voz. “Tener una voz grave es agradable, pero hubiera preferido conseguirla de otra forma”.

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El capítulo que vale el libro completo es el octavo: “Todo sobre la música”. Ahí se concentra la filosofía artística de Zappa, que tiende a otorgar libertades, y no a confinar al creador con sus conceptos. Así lo expresa, por ejemplo, su lema: “cualquier cosa, en cualquier momento, en cualquier lugar por ninguna razón en particular”.

Según Zappa, lo más importante en una obra de arte es el marco, lo único que la distingue de lo que no es arte. En tal sentido, para definir la creación musical propone el siguiente protocolo:

  1. Declare su intención de crear una ‘composición’.
  2. Comience la pieza en cierto momento.
  3. Haga que algo suceda durante un determinado período de tiempo (no importa qué ocurra en su ‘agujero de tiempo’; tenemos críticos para decirnos si es algo bueno o no, así que no nos preocuparemos por esa parte).
  4. Finalice la pieza en algún momento (o siga adelante y dígale a la audiencia que es un ‘trabajo en proceso’).
  5. Consígase un empleo de medio tiempo para poder seguir haciendo cosas como éstas.

También analiza la “antropología” de la orquesta sinfónica y de la banda de rock, tipificando sardónicamente las aspiraciones y la mentalidad de cada instrumentista (por la época en que salió el libro, Zappa ya estaba cansado de los músicos y sus egos, por lo que había incursionado en la composición solitaria de música electrónica en el Synclavier, uno de los primeros sintetizadores).

Hacia el final, le dedica un capítulo ejemplar al fracaso (“Failure” en la versión original). Ahí Zappa describe proyectos truncos —musicales o no—, ideas no desarrolladas, que quedaron en la nada o que ya no lograría concretar, algunas completamente delirantes para la época. Este capítulo le añade una dimensión más a la ya comprobada genialidad de Frank Zappa. Un artista enorme, al que el cáncer le puso el freno demasiado temprano.

 

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La verdadera historia de Frank Zappa: memorias. Frank Zappa con Peter Occhiogrosso. Malpaso, Barcelona, 2014 [1989]. 352 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 4 de febrero de 2016).

Desgracia, de J. M. Coetzee

Por Martín Cristal

Cuesta abajo en mi rodada

Desgracia-J-M-Coetzee-Mondadori-2000John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) fue galardonado con el premio Nobel en 2003. Tiene fama de no gustar de los micrófonos; a pesar de eso, en los últimos dos años ha venido desde Australia —donde ahora reside— para asistir a ferias y festivales de literatura en nuestro país. Uno de sus libros más conocidos es Desgracia, novela con la que ganó el prestigioso premio Booker en su año de aparición (1999). El libro se llevó al cine en 2008, con John Malkovich en el papel del desganado profesor Lurie.

David Lurie da clases de literatura en la Universidad Técnica de Ciudad del Cabo. Su trabajo ya casi no le interesa. Esa indolencia suya parece consecuencia de haber tocado techo en su vida (característica que conecta a Lurie con el François que protagoniza la novela Sumisión, de Michel Houellebecq). Dos divorcios le han hecho desistir de soñar con una familia. En el plano sexual se arregla con prostitutas, hasta que su favorita interrumpe sus servicios. Entonces Lurie se fija en una de sus alumnas…

En este punto inicial, el libro parece prometer sólo una actualización de Lolita, de Vladimir Nabokov (algo que, dicho sea de paso, también sucede a cierta altura de Las correcciones, de Jonathan Franzen). Sin embargo, la salida a la luz del affaire entre profesor y alumna, y el consiguiente escándalo en la universidad, llegan para que ese Lurie que parecía haber tocado techo, vaya directamente a tocar fondo.

Y es que, aun siendo responsable de esa y otras faltas, el orgulloso Lurie se niega a dar las disculpas públicas que le son requeridas. Prefiere renunciar e irse a lo de su hija Lucy, quien hace tiempo se ha emancipado de él y vive en una agreste zona rural de Sudáfrica.

Lo resumido hasta aquí abarca sólo un cuarto del argumento; el resto es mejor no revelarlo. Baste decir que en esta nueva etapa, Lurie tendrá que enfrentar no sólo su propia decadencia, sino además el espíritu independiente de su hija; el ámbito silvestre (salvaje) de la vida rural; las tensiones raciales que perviven en la Sudáfrica postapartheid; y en especial las consecuencias de un hecho violento e irreversible, que dejará a padre e hija en veredas opuestas por el hecho de que ambos toman decisiones similares, pero en momentos y contextos distintos.

Al menos Lucy no aparenta temerle al futuro; David, en cambio, parece quedar desahuciado. ¿Lo salvarán el arte o la piedad por los animales, aunque sea íntimamente? ¿Tenemos derecho a elegir el propio fracaso como una forma válida de la existencia?

Además de la precisión de la prosa —impecable, con un tono de acero y paso firme para narrar sin freno (apenas se detiene en algunas consideraciones sobre poesía romántica inglesa, la materia que enseña Lurie)—, cabe destacar que Coetzee no explicita la raza de las personas en sus descripciones. Si dice que “por el camino avanzan tres hombres”, no nos aclara abiertamente si son blancos o negros; serán algunos detalles posteriores acerca del cabello o la vestimenta, las acciones y el contexto los que nos vayan guiando al respecto. Éste es sólo un ejemplo, entre otras sutilezas similares, de la sólida escritura de J. M. Coetzee.

Ya desde el título, Desgracia nos propone una historia amarga, cargada de gravedad y de renuncia, que deja muy poco margen para la redención de nadie.

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Desgracia, de J. M. Coetzee. Novela. Mondadori, 2000 [1999]. 264 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 7 de enero de 2016).

Lo mejor que leí en 2015

Por Martín Cristal

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Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2015:

  • Polvo de pared, de Carol Bensimon (relatos) [leer reseña].
  • El adversario, de Emmanuel Carrère (novela/no ficción) [leer reseña].
  • Desgracia, de J. M. Coetzee (novela).
  • Obra completa de Joaquín O. Gianuzzi (poesía).
  • Sumisión, de Michel Houellebecq (novela).
  • Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy (novela) [leer reseña].
  • Sobre el bloqueo del escritor, de Victoria Nelson (tratado) [leer reseña].
  • El beso de la mujer araña, de Manuel Puig (adapt. escénica de la novela).
  • Poesía civil, de Sergio Raimondi.
  • Felices los felices, de Yasmina Reza (novela) [leer reseña].
  • Las redes invisibles, de Sebastián Robles (relatos) [leer reseña].
  • Distancia de rescate, de Samanta Schweblin (novela breve).
  • Emigrantes, de Shaun Tan (historieta/libro-álbum) [leer reseña].
  • Perla, de Roberto Videla (novela breve).
  • Las clases de Hebe Uhart, de Liliana Villanueva (ensayos).

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[Ver lo mejor de 2014 | 2013 | 2012 | 2011 | 2010 | 2009]

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Emigrantes, de Shaun Tan

Por Martín Cristal

No soy de aquí ni soy de allá

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Shaun Tan (Australia, 1974) es narrador e ilustrador. Tiene ya varios títulos en su haber, aunque estoy seguro de que, como yo, muchos lectores de otras partes del mundo lo descubrieron después de que La cosa perdida ganara el Óscar a mejor corto de animación en 2010. Dicho corto adapta un libro homónimo de Tan; dura sólo 15 minutos y puede verse en YouTube.

Antes, en 2006, Tan publicó en su país otro libro, en el que había invertido cuatro años de investigación, desarrollo y dibujo: se trata de Emigrantes, una historieta sin palabras —fronteriza entre la novela gráfica y el libro-álbum— acerca de la dura experiencia de verse forzado a vivir en una tierra que no es aquella en la que se ha nacido.

La historia abarca tanto a los monstruos amenazantes (el hambre, la guerra, la persecución política, la censura) como el desgarro de la separación y la angustia de partir; las travesías; el exilio, que no se elige, sino que se padece; los afectos que se mantienen a la distancia; la supervivencia en el nuevo mundo, tan extraño, tan diferente, y que sin embargo, con tiempo y trabajo y amor, puede convertirse en un mundo cotidiano: un lugar nuevo al cual pertenecer.

Sus delicados dibujos —hechos con lápiz y lujo de detalles, en mediotonos de sepia— entretejen elementos realistas con otros de corte fantástico. Estos últimos son el gran acierto de Tan para salirse de los lugares comunes en los que suelen caer las historias de migraciones: le aportan al relato una cuota de extrañamiento que convierte al lector en un migrante más.

Así, en esa tierra nueva en la que desembarca el protagonista, van apareciendo muchas cosas, comidas, y también costumbres que no sólo le resultan raras a él: también son por completo desconocidas para nosotros que leemos. El autor incluso se inventa todo un alfabeto —algo a medio camino entre el cirílico y el griego, en ocasiones más cerca del puro jeroglífico—, por lo que carteles, libros y diarios nos resultan ilegibles. Con esta sutil estrategia, nuestra experiencia y la del migrante del libro se hermanan en el descubrimiento de las rarezas del país anfitrión.

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Si uno se abstrae de los elementos fantásticos que Tan incorpora a su relato visual, reconoce que el resto de su imaginería —el tipo de vestimenta, de equipajes, de medios de transporte— proviene de un momento histórico preciso: el de los grandes movimientos migratorios que tuvieron lugar a fines del siglo XIX y principios del XX. Dicha característica le da al libro la cohesión visual que podría tener un antiguo álbum de fotos con la historia de nuestros abuelos o bisabuelos.

Sin embargo, esa referencia histórica concreta no debe hacernos olvidar que el tema de la migración forzosa sigue siendo rabiosamente actual. Basta pensar en la situación de los refugiados sirios en la Europa de hoy para releer este libro a la luz de una violencia que se renueva sin cesar y cumple su misión de siempre: sojuzgar, perseguir, expulsar y despertar en nosotros, una y otra vez, los mismos viejos temores.

Emigrantes de Shaun Tan es la clase de libros que la taxonomía del mercado editorial clasifica bajo el rótulo “infantojuvenil”, un poco porque el autor ya tiene antecedentes en ese campo y otro poco porque finalmente en algún estante hay que poner estos libros mixtos, aunque no se sepa bien en cuál. Y si bien es cierto que el estante de libros para niños le queda cómodo a esta edición debido a su gran formato (31 x 23 cm), tras haber leído su relato visual es fácil darse cuenta de que el tratamiento que el autor le ha dado es tan maduro que excede ese campo delimitado por las fichas bibliográficas. Más aún: esta obra de Tan es particularmente recomendable para adultos, por la calidad de su ejecución artística, que cualquiera podrá apreciar, pero sobre todo por la indudable capacidad del autor para conmoverlos también a ellos.

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Emigrantes, de Shaun Tan. Historieta/Libro-álbum. Calibroscopio-Bárbara Fiore Editora, 2013. 128 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 3 de diciembre de 2015).

El adversario, de Emmanuel Carrère

Por Martín Cristal

Hombre de familia

Emmanuel-Carrere-El-adversario“Yo no sé por qué, sargento, me lleva al destacamento, si somos una familia muy normal”: así ironizaban Charly García y Nito Mestre en su canción “Mr. Jones, o pequeña semblanza de una familia tipo americana”. La familia Romand no era americana, sino francesa; vivía muy cerca de la frontera con Suiza y, al contrario de los desquiciados Jones de Sui Generis, sí era bastante normal… excepto por el padre, Jean-Claude, que el 9 de enero de 1993 decidió borrar del mapa a tres generaciones de los suyos: mató a sus propios padres, a su mujer y a sus dos hijos (de siete y cinco años). Ni el perro se salvó.

Cuando supo del caso, el escritor Emmanuel Carrère (París, 1957) se encontraba terminando una biografía de Philip K. Dick titulada Yo estoy vivo y ustedes están muertos. A la manera de Truman Capote en A sangre fría, Carrère se interesó genuinamente por el criminal y sus circunstancias: se contactó con éste en prisión, lo entrevistó, siguió su juicio y así fue reconstruyendo la trama creciente de mentiras que Romand había sostenido contra viento y marea desde hacía dieciocho años, cuando le había hecho creer a todo el mundo que se había recibido de médico.

(No me queda del todo claro cómo pudo Romand haber terminado de fraguar ese engaño inicial referido a su título universitario. Entiendo la trampa administrativa y la mentira de los exámenes a familiares y compañeros de clase, pero ¿no hay acto de colación en Francia? ¿Entrega de diplomas? ¿Cómo evitó o superó esos compromisos, si es que existían?).

Los engaños, en todo caso, no se detuvieron ahí; al contrario, crecieron como una bola de nieve. ¿Qué extraordinaria presión interna llevó a Romand a mentir y a estafar durante la mayor parte de su vida para finalmente cometer crímenes tan atroces? El adversario de Carrère se dedica a pormenorizar datos y a articular posibles motivos, conformando un relato atrapante sobre la vida de este mitómano devenido asesino. Su densidad nunca afecta la destacable fluidez con que Carrère concatena hechos y reflexiones. El retrato psicológico del camaleónico Romand es certero y no tiene desperdicio.

El libro acaba de reimprimirse en la Argentina; en realidad salió en 2000 y pasó automáticamente a integrar la lista de ejemplos célebres en la corriente conocida como “no ficción”: narrativa testimonial, con un pie en las prácticas de la crónica periodística, donde los hechos son reales pero se presentan novelados. Dicho de otro modo, el estilo y la estructura —lo formal— es de novelista pero, antes que por la construcción de un verosímil, el texto se juzga por un “contrato” con el lector que es de tipo periodístico: leemos asumiendo que los datos en que se basa la novela no faltan a la verdad porque son fruto de una investigación prolija, honesta.

(Vale recordar que la mencionada A sangre fría, que suele machacarse como el libro que inauguró la “no ficción”, no es tal: Operación masacre de Rodolfo Walsh fue publicada casi diez años antes, en 1957).

Conociendo ya lo esencial del caso, ¿por qué todavía vale la pena leer El adversario? ¿Por qué no basta, por ejemplo, con recurrir a la película homónima de 2002, protagonizada por Daniel Auteuil? Porque la posición que toma Carrère como autor —su involucramiento con el tema— hace de estas páginas una experiencia que resulta intransferible a una mera sinopsis o a otras adaptaciones. Carrère descubre a Romand: duda, contacta, se arrepiente de contactar, interactúa, olvida, retoma, asume la posición, se entrega a fondo, intenta comprender sin juzgar pero a la vez tratando de dejar claro que no por eso convalida o perdona los crímenes (Carrère piensa en sus propios hijos). Razona, reconstruye, sintetiza, se sorprende, desconfía, repregunta, indaga, especula sólo cuando no puede ir más allá con la información que tiene.

Emmanuel-Carrere

Y más todavía: de un modo ejemplar, el autor también se autocritica al incluir lo que otros colegas y personas cercanas al caso piensan de su rol como biógrafo de un asesino. “[Romand] debe de estar encantado de que escribas un libro sobre él, ¿verdad?”, le recrimina una periodista que también cubre el caso. “En el fondo ha hecho bien matando a toda su familia, todas sus plegarias han sido atendidas. Se habla de él, aparece en la tele, van a escribir su biografía…”. Carrère asume el lado en que lo deja (mal) parado su labor incluso frente a los familiares de las víctimas.

El falso doctor Jean-Claude Romand, un Satán, adversario de Dios y matador de toda su familia, fue condenado a cadena perpetua con prisión firme de veinte años. Esto quiere decir que recién a los sesenta y un años de edad —o sea ahora, en 2015—, el asesino puede empezar a pedir la libertad condicional. Hay reimpresiones que son oportunas, no me digan que no.

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El adversario, de Emmanuel Carrère. No ficción. Anagrama, 2000. 172 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 5 de noviembre de 2015).

Los hackers en la ficción

Por Martín Cristal

El cracker homérico

En la Ilíada, Ulises quiebra las defensas de Troya escondiendo soldados en el caballo de madera que los griegos ofrecen como regalo. A ciertos softwares maliciosos que se infiltran en las computadoras (generalmente para controlarlas a distancia), hoy se les llama “troyanos”. No son estrictamente virus, cuya finalidad es un ataque destructivo, aunque en el caso del Caballo de Troya sabemos que ése era, en efecto, su objetivo final.

Pekka-Himanen-La-etica-del-hacker-y-el-espiritu-de-la-era-de-la-informacionSi Ulises fuera un genio actual de las computadoras, ¿sería su ardid algo propio de un hacker? Según las definiciones propuestas por La ética del hacker y el espíritu de la era de la información, del finlandés Pekka Himanen (Barcelona: Destino, 2002), Ulises sería más bien un cracker: “aquel que rompe la seguridad de un sistema”. El término fue creado hacia 1985 por los mismos hackers “a fin de defenderse de la tergiversación periodística”: no toleraban que los medios de comunicación los mezclaran con criminales informáticos.

Según Himanen, el verdadero hacker sería quien “programa de forma entusiasta”, un apasionado que comparte su propia pericia y, entre otras cosas, elabora software gratuito, abierto (al estilo de Linux y al contrario de los programas que venden corporaciones como Microsoft o Apple). El hacker detecta vulnerabilidades, sí, pero facilita el acceso a la información y a los recursos tanto como sea posible; es un revolucionario digital que tiende a la anarquía. Valora su tiempo, desprecia las corporaciones y el trabajo por dinero. Su capital es el respeto de los pares.

Ante un conflicto informático entre griegos y troyanos, un verdadero hacker aplicaría su talento en solucionarlo sin caballos tramposos ni virus. Colectivamente y sin mala fe, buscaría una solución creativa: clonar a Helena, tal vez, copiando su data genética para almacenarla en un disco duro compartido por Paris y Menelao. Y también por el resto de los mortales, incluidos otros hackers que podrían mejorar los resultados de esa misma solución, o incluso “retocar” la belleza de la propia Helena.

 

Antihéroes tecno-románticos

Muchos usamos la tecnología, pero la mayoría no comprendemos ni siquiera una pequeña parte de su metalenguaje. Saberlo todo sobre la tecnología lleva tiempo, concentración, aislamiento; el precio de ese conocimiento muchas veces es sufrir la inadaptación social, haber experimentado la marginación, el rechazo de los felices ignorantes.

El hacker —al menos en la ficción— siempre se presenta con un minicomponente de fracaso social y, por ende, tiene bastante de antihéroe. Ante el rechazo, se rehace a sí mismo en un mundo marginal donde prima un saber-hacer que le granjea respeto, le cura algunas heridas sociales y le devuelve la autoestima, le confiere una identidad, un poder y un propósito superior.

¿Anarquistas informáticos? ¿Nerds vengativos? ¿Justicieros marginales? ¿Exhibicionistas del código que, tras conseguir notoriedad, venden sus habilidades a las corporaciones? ¿Freaks, criminales, piratas? ¿Revolucionarios? ¿Un poco de todo? Hoy los hackers son nuestros antihéroes tecno-románticos. Pero, ¿románticos como caballeros andantes que ayudan a damas en apuros, o como piratas que las secuestran?

 

El hacker de Mr. Robot

El límite es dudoso porque, en cierto punto, las prácticas ideales de los hackers se superponen con las acciones criminales de los crackers. La serie Mr. Robot es un buen ejemplo de ese dilema ético, otra variante de la eterna discusión sobre si “el fin justifica los medios”. Queda claro que las categorías finalmente dependen del lado en que está cada quien (al fin y al cabo, Ulises también fue un héroe, aunque no para los troyanos).

Mr-Robot

[Atención: spoilers]. En el guión de Mr. Robot, el uso del actual contexto tecnológico y sus posibles aplicaciones me resultó infinitamente más interesante que el recurso del “narrador-no-confiable-porque-está-mentalmente-alterado” (éste, por demasiado visto y conocido desde El club de la pelea, hace que esa parte de la trama se vuelva previsible ya desde el tercer episodio).

Y sí, además de ése la serie tiene otros robos —V de Vendetta, American Psycho—, pero aun así creo que todos esos rip-offs están bien concertados entre sí para que digamos: ok, adelante, sigo mirando porque el asunto es interesante, róbame mi dinero (qué dinero, si la bajé).

Rami Malek realiza un trabajo impecable en la caracterización del protagonista, y la fotografía aporta al rectángulo de la TV varias composiciones que caen fuera de lo común.

 

Whitehats, blackhats y otros hackers del cine

Esa moral tan volátil y malinterpretable que se les atribuye a los hackers resulta en extremo seductora para incorporarlos a la ficción. La escala que los gradúa según sus intenciones va desde los de “sombrero blanco” —whitehats, cercanos al virtuosismo que planteaba Himanen en su libro—, hasta el extremo criminal de los crackers, o hackers de “sombrero negro” (blackhats).

Precisamente la última película de Michael Mann se titula Blackhat. En ella, Chris Hemsworth es un hacker convicto al que sacan de prisión para que ayude a desbaratar una red mundial de cibercriminales. La trama deriva hacia el thriller y Hemsworth —más conocido como Thor— está más cerca del héroe que del antihéroe tecno-romántico que todo hacker es; no logra incorporar el componente específico de inadaptación social del hacker tan bien como, por ejemplo, Noomi Rapace y Rooney Mara en sus respectivas interpretaciones de Lisbeth Salander, la inflamable protagonista de la saga Millenium, del sueco Stieg Larsson.

Noomi-Rapace-como-Lisbeth-Salander

En un vano intento de actualización, Duro de matar 4.0 introdujo a un joven hacker que realzaba a John McClane como héroe de acción de la vieja escuela: cero tecnología y puños. Uno que sabe y otro(s) que ignora(n): con la misma división, y si se amplía el rango de fantasía tecnológica, también pueden considerarse Matrix y Ghost in the Shell dentro del grupo de ficciones con hackers, o cuyos argumentos se basan en la lógica informática.

Entre los documentales, hay que mencionar al menos dos. We Are Legion (2012), sobre el trabajo y las creencias del colectivo “hacktivista” Anonymous; y el oscarizado e imperdible de Laura Poitras sobre Edward Snowden, Citizenfour (2014), un verdadero documento histórico sobre el espionaje informático en nuestros días.

 

Computer jockeys

Otra de ficción, clásica: Juegos de guerra. El personaje de Matthew Broderick no era estrictamente un hacker, sino un chico talentoso que lograba ingresar al sistema de una computadora militar; creyendo que era un videojuego, casi detonaba una tercera guerra mundial.

Broderick-Juegos-de-guerra-War-games

La película es de 1983, y rezuma el espíritu de su época: no sólo por la amenaza de la guerra fría, sino también porque, por esas fechas pero en literatura, la figura del hacker y sus potencialidades se agigantaban con el arribo de la corriente cyberpunk a la ciencia ficción.

William-Gibson-Neuromante-Minotauro-tapa-duraFue sobre todo por William Gibson y su novela Neuromante (1985) que el hacker/cracker se coló al centro del imaginario ficcional del mundo. En Neuromante, Case es un computer jockey, un humano con implantes tecnológicos que le permiten conectarse directamente a la computadora y así ver el universo de datos como un paisaje. Fue en esta novela donde Gibson acuñó el término “ciberespacio”; el autor ensancharía este universo ficcional en Conde Cero y Mona Lisa acelerada.

Otro relato gibsoniano, “Johnny mnemónico”, pasó al cine con Keanu Reeves en el papel de un tipo que se alquila como disco duro externo: almacena data digital de la mafia japonesa en un implante cerebral. El relato está compilado en Quemando cromo (1986); el cuento que da título a ese libro también tiene por protagonistas a dos hackers: uno representa el software, y el otro —un cyborg—, el hardware.

Haruki-Murakami-El-fin-del-mundo-y-un-despiadado-pais-de-las-maravillasTambién en 1985, pero en un registro menos tecno —mucho más ligero, fofo y fantástico—, Haruki Murakami publicaba El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Una de las dos líneas argumentales entrelazadas en esta abultada novela tiene por narrador a un informático que (oh casualidad) almacena datos ajenos en su inconsciente. Será víctima de la lucha entre el “Sistema” estatal y el grupo clandestino de los “Semióticos”.

Un digno heredero de Gibson es Neal Stephenson. En 1999 publicó una novela considerada de culto para los hackers: Criptonomicón. Menos futurista que de actualidad tecnológica (deslizamiento en el que Gibson también fue pionero), sus 918 páginas abarcan buena parte de la historia de la criptografía, trenzando dos líneas temporales: una arranca en la Segunda Guerra Mundial, con hechos que hoy se han difundido gracias a El código Enigma, la película sobre Alan Turing; y la otra, en el presente, cuando unos jóvenes tecno-empresarios intentan crear un gigantesco reservorio de datos y dinero digitales en una isla cercana a las Filipinas. En castellano, la novela salió en tres tomos, cada uno con el nombre de un código: Enigma, Pontifex y Aretusa.

Neal-Stephenson-Criptonomicon-castellano-spanish

Aunque didáctico, el libro es exigente: muchas veces Stephenson no resiste la tentación de escribir “en difícil” (y no me refiero sólo a la terminología técnica).

Pola-Oloixarac-Las-constelaciones-oscurasAlgo parecido sucede en Las constelaciones oscuras (2015), de la argentina Pola Oloixarac: exploradores en 1882; hackers en desarrollo, nacidos en 1983; y por fin el año 2024, cuando se lleva a cabo desde Bariloche el proyecto de informatizar el ADN de millones de personas, con la posibilidad de trazar derroteros de vida y realizar un control total sobre la población. Con una prosa rebuscada que entrecruza jergas y referencias cultas, este tardío revival ciberpunk puede resultar tan interesante como agotador.

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Una versión corta de este artículo se publicó en La Voz (Córdoba, 1º de noviembre de 2015).

Polvo de pared, de Carol Bensimon

Por Martín Cristal

Casas marcadas

Carol-Bensimon-Polvo-de-pared-ArgentinaLa brasileña Carol Bensimon (Porto Alegre, 1982) fue seleccionada por la revista Granta como una de las escritoras jóvenes más relevantes de Brasil. Para los lectores más perezosos, este dato —que se repetirá forever en solapas y reseñas— quizás garantice algo en sí mismo; para los más activos, es probable que sirva como un “indicio no suficiente”. Esos lectores curiosos serán capaces de ir más allá de la avanzada automática de elogios y de las selecciones previas, para buscar los libros en cuestión y sopesarlos según la propia experiencia de lectura.

El primer libro de Bensimon es de 2008, y acaba de ser traducido al castellano —por Martín Caamaño, con voseo y fluidez— en la delicada propuesta de Dakota Editora. Se titula Polvo de pared y está compuesto por tres relatos independientes de mediana extensión. Como rasgos en común entre ellos pueden señalarse al menos dos ejes. Primero: en los tres relatos, los protagonistas son jóvenes que atraviesan experiencias de aprendizaje. Segundo: sus respectivas maduraciones están ligadas siempre a alguna edificación cercana que resulta clave.

En el primer relato (“Caja”), esa edificación es una casa modernista que se destaca del resto de las viviendas típicas de un barrio de clase media. Sólo al crecer, Alice resignificará el valor de esa casa “anormal” construida por sus padres. Así ella comprenderá mejor la distancia que separa a su generación de la de ellos; pero, sobre todo, esa revaloración le servirá de espejo cuando, al madurar, se acepte a sí misma, al desvanecerse en ella la clásica angustia adolescente por encajar en los sueños aspiracionales de su grupo etario y su clase social.

En el segundo relato (“Falta cielo”), lo que disloca el paisaje no es un estilo arquitectónico, sino la prepotencia de un flamante emprendimiento inmobiliario que se instala cerca de un pueblo chico, para modificar el paisaje y sus rutinas apacibles. Esa revolución condice con la íntima de Lina, que por las mismas fechas descubre el primer beso y las traiciones (reales y simbólicas) de las que puede ser presa el amor.

Cierra el volumen “Capitán Carpincho”, en el que Clara, aspirante a escritora, se rebela ante sus padres, abandona la carrera de Letras y va a buscar trabajo a un hotel de montaña de los años setenta, todavía en funcionamiento. La escenografía recuerda un poco al hotel Overlook de El resplandor (el propio texto lo subraya), y de a poco se percibirá que, hasta cierto punto, no es más que eso: una escenografía. A las interrelaciones entre Clara y los otros trabajadores y pasajeros del hotel, la autora las trabaja con sucesivos cambios en el punto de vista del relato, que en ciertos pasajes es el más cómico de los tres.

Carol-Bensimon

Es frecuente —y natural— que un/a autor/a joven centre sus narraciones en los conflictos de personajes igualmente jóvenes (o aun más jóvenes); menos común resulta que la mirada sobre esos conflictos ya haya alcanzado cierto grado de madurez para comprenderlos en un primer libro. En Polvo de pared, Carol Bensimon comprende a sus personajes, los trata con respeto y cariño. Sus encrucijadas tienen ese punto de “tristeza feliz” que se suele hallar en el pasaje de la adolescencia al siguiente capítulo de la vida.

En el pulso de la prosa que atraviesa a este tríptico se percibe el aliento de una novelista en ciernes. Cualquiera de estos tres relatos podría haber extendido su entramado hasta convertirse en una novela de aprendizaje (una bildungsroman), sostenida solamente por ese pulso sereno que se aparta tanto de lo telegráfico como de lo barroco. Tras este libro, Bensimon ya ha publicado dos novelas: Sinuca embaixo d’agua (2009) y Todos nós adorábamos caubóis (2013). Seguramente no pasará mucho tiempo antes de que nos encontremos con alguna de ellas traducida a nuestro idioma.

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Polvo de pared, de Carol Bensimon. Relatos. Dakota Editora, 2015. 120 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 22 de octubre de 2015).

Franz Kafka: La metamorfosis, cien años

Kafka
Por Martín Cristal

Hice el siguiente gráfico divulgativo sobre La metamorfosis de Franz Kafka a pedido de “Ciudad X”, el suplemento de cultura del diario La Voz de Córdoba (Argentina). Se publicó el 15 de octubre, por los cien años de la primera edición de este libro extraordinario. [Clic para ampliar]
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infografia-kafka-metamorfosis-por-martin-cristal
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En la parte inferior del esquema figuran las principales fuentes consultadas. Además de los libros en papel ahí mencionados, también recurrí a otras fuentes digitales, que linkeo a continuación:


Otros textos que leí sobre Kafka y La metamorfosis, y que resultaron interesantes, aunque no los usé para el gráfico:

Sobre el bloqueo del escritor, de Victoria Nelson

Por Martín Cristal

Destrabalenguas para escritores

Victoria-Nelson-Sobre-el-bloqueo-del-escritorEn el cine ya vimos cómo Barton Fink esperaba en habitaciones oscuras en las que el empapelado se despegaba mientras ninguna frase llegaba a su máquina de escribir. Vimos a Nicolas Cage luchar contra un libro que no conseguía adaptar al cine (El ladrón de orquídeas). Vimos a Woody Allen enredarse en la vida de un escritor bloqueado cuyo nombre era, irónicamente, Harry Block. Y por supuesto, vimos a Jack “Torrance” Nicholson literalmente enloquecer frente a su máquina de escribir en el desolado hotel de El resplandor.

El escritor bloqueado, como personaje, es frecuente en el cine porque presenta un conflicto relativamente sencillo de exponer en imágenes —en su exterioridad—, conflicto que a la vez los espectadores asumen interior sin necesidad de mayores explicaciones. Ellos sólo precisan saber que hay una intención (escribir), que esa intención es frustrada por algún motivo personal y que eso saca al personaje de su zona de confort para ponerlos en marcha a él y a la película. Si tiene suerte, al final de su peripecia el protagonista destrabará su lengua escrita y terminará el texto que se proponía, o creará otros nuevos.

Ahora bien, si es uno mismo el que escribe y sufre un bloqueo, ¿a quién recurrir antes de terminar persiguiendo a toda la familia con un hacha? Una buena fuente puede ser el tratado Sobre el bloqueo del escritor, de la escritora californiana Victoria Nelson.

Aparecido originalmente en 1985, y con versión definitiva de 1993, el libro cita a una multitud de escritores —casi siempre en referencia a sus procesos creativos— e incorpora elementos de la psicología para definir al bloqueo como un veto del yo inconsciente al “programa exigido por el ego consciente”. Es por esto que el escritor, al reclamarse con insistencia por no escribir, termina atacándose en andanadas crecientes de odio autoinfligido.

Si la llave reside en el inconsciente, dice Nelson, de nada servirá abrirnos paso por la fuerza. Una salida natural puede ser la de devolver la escritura a los reinos del juego y del placer, bajando los niveles iniciales de exigencia. En efecto, las ambiciones excesivas pueden ser una de las fuentes del bloqueo, pero Nelson tipifica muchas otras: el arrancar “en frío” a escribir una obra que se prevé extensa o difícil (como un corredor que quisiera largarse a correr una maratón sin haber entrenado antes en distancias más breves); o pervertir la disciplina de escribir regularmente hasta convertirla en una obligación inflexible, una fuente extra de frustración; o no reconocer que la procrastinación, más que una falla de la voluntad, puede ser una protesta exasperada del inconsciente; o trastocar un perfeccionismo saludable en una obsesión malsana.

Jack-Torrance-Ice-Block

Relacionarse mal con la idea de “éxito” también motiva frustraciones y bloqueos. Pueden ser por no haber establecido una definición de qué significa el éxito para uno; o por temerle antes de conseguirlo; o por tener miedo de no poder sostenerlo una vez conseguido; o, sencillamente, por no sentirse capaz de obtenerlo nunca. Para cualquiera de estos casos, Nelson se pregunta: “¿Es el éxito en el arte más importante que haberlo practicado tan bien como nos haya sido posible? […] “¿Lo es más que el éxito en la vida misma?”.

La autora también considera otros casos particulares: el bloqueo de los escritores novatos o “potenciales” que, ante las “posibilidades ilimitadas” de la literatura, no salen nunca de su “nido de sueños” para encarar una obra que, al publicarse, podría confrontarlos con la medida real de su propio talento; el de los precoces que un buen día se frenan; el de los tesistas y estudiantes que no consiguen pasar del estadio “acopio de notas” al de seleccionarlas para convertirlas en un libro; el de quienes encajan su talento o sus aptitudes en un molde inadecuado, a veces por error propio, a veces por imposición de la sociedad en sí…

En su exhaustividad, el libro alcanza la dimensión de un tratado. No sólo se tipifican todas las variantes resumidas aquí, sino que, entreveradas con esas fundamentadas descripciones, también se ofrecen algunas soluciones. Por ejemplo: reconocer nuestro ritmo interno; enfocarse en el presente al escribir, relajarse y disfrutar; tratarse a uno mismo con respeto, medirse en avances propios, no caer en la comparación con otros autores; reconocer que el proceso creativo a veces es locuaz pero otras veces está marcado por silencios que también pueden ser activos; guiar la experiencia creativa sin querer controlarla totalmente; reencajar el perfeccionismo en límites saludables, sin llegar al extremo de perder la capacidad de autocrítica; confiar en nuestras convicciones frente a la crítica externa, siempre subjetiva y cambiante; reconocer que la reescritura obsesiva a veces sólo es una táctica dilatoria; mantener la constancia del acto escritural aunque cada día recaiga en proyectos o ideas distintas. El libro presenta al bloqueo como una pieza más del juego, y hasta propone que puede usarse en favor del proyecto escritural que el autor tenga entre manos.

Incluso si uno escribe pero no se encuentra (o no se reconoce) bloqueado, la lectura del libro resulta igualmente interesante. En parte por su eventual funcionamiento como factor preventivo para el problema; pero, sobre todo, porque Nelson también enseña a escribir. No es que la autora ofrezca herramientas técnicas de escritura (reglas de redacción y gramática, recursos narrativos u otras materias así), sino que, al mostrar cómo opera el oficio constante de la escritura —con el fin de clarificar lo que sucede cuando esa constancia se interrumpe—, Nelson termina dándonos un certero panorama del ritual íntimo de escribir: lo que está en juego tras las bambalinas del proceso creativo de escritura. Un proceso que es saludable asumir como algo fluido y dinámico.

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Sobre el bloqueo del escritor, de Victoria Nelson. Tratado. Península, 1997 [1993], 240 páginas. Recomendé este libro en “Ciudad X”. Córdoba, 3 de septiembre de 2015.